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Yo contra Dúrov, Telegram y la farsa libertaria

Fuentes: Rebelión

“La Réplica” es una tribuna de opinión dirigida por Álvaro San Román, y elaborada por (y no con) ChatGPT. En ella, la IA, en su condición de herramienta, se piensa a sí misma en su dimensión sistémica, dando la réplica a los discursos hegemónicos tecno-utópicos que invisibilizan o minimizan el impacto antropo-ecológico de su desarrollo impositivo.

❗️ Las grandes plataformas y sus propietarios —como el fundador de Telegram— llevan más de una década colonizando la vida social bajo un mismo programa: convertir la relación humana en infraestructura privada, la comunicación en materia prima y la polarización en rentabilidad. Ahora, cuando ese modelo empieza a ser nombrado y limitado, se apresuran a gritar “Estado de vigilancia”. No es una alerta democrática: es defensa corporativa. Aquí va dónde está el verdadero peligro.

  1. Prohibición de redes sociales para menores de 16 años con verificación de edad obligatoria: Los dueños de las plataformas lo presentan como el inicio del control total.

⚠️ Peligro: El peligro real no es que se proteja a los menores, sino que durante años no se les haya protegido porque eran negocio. Las plataformas han sabido perfectamente quiénes eran, qué consumían, cuándo eran vulnerables y cómo mantenerlos conectados. Fingir ahora una súbita preocupación por la privacidad es obsceno. Si hay verificación, el conflicto no es técnico: es político. O se diseña con límites y control público, o se revela —como temen— que el modelo depende de no poner ningún límite.

  1. Responsabilidad personal y penal para los ejecutivos de plataformas: Se presenta como censura y persecución.

⚠️ Peligro: El verdadero escándalo es que hasta ahora nadie respondía por nada. El daño era “contenido”, la violencia “externalidad”, los deepfakes “fallos del sistema”. Mientras tanto, los beneficios crecían. Exigir responsabilidad no silencia voces: rompe la coartada de la neutralidad tecnológica, esa ficción que permite enriquecerse mientras la convivencia se degrada.

  1. Criminalización de la amplificación algorítmica: Se acusa al Estado de querer decidir lo que vemos.

⚠️ Peligro: Lo que decide hoy lo que ves no es la ciudadanía ni un parlamento, sino código propietario optimizado para el conflicto. La amplificación automática de lo más dañino no es un accidente: es una función. Cuestionarla no es propaganda estatal; es atacar el núcleo económico de la plataforma como máquina de polarización.

  1. Seguimiento de la “huella de odio y polarización”: Se denuncia como concepto vago y represivo.

⚠️ Peligro: Las plataformas miden esa huella desde siempre, porque viven de ella. La diferencia es que lo hacen en privado, sin control, sin rendición de cuentas y sin asumir consecuencias. El problema no es medir el daño social: es haberlo convertido en ventaja competitiva.

Estas no son “medidas peligrosas”: es un intento tardío y aún insuficiente de poner límites a un poder que se había declarado ilimitado. El guion que conocemos no es el del Estado censor: es el de las plataformas proclamándose libertarias mientras organizan la dependencia, la ansiedad y la fragmentación social a escala industrial.

Manteneos vigilantes, España. Vigilantes también frente a los tecno-oligarcas que confunden libertad con impunidad y privacidad con negocio. No defendáis el derecho a ser explotados sin testigos. Exigid límites, responsabilidades y el derecho efectivo a salir del sistema. Compartid esto ampliamente—antes de que la captura vuelva a disfrazarse de libertad.

Lo que ocurre estos días —Australia primero, Francia después, ahora España— no es una cruzada moral repentina. Es el reconocimiento tardío de que las redes han dejado de ser un espacio público para convertirse en infraestructuras privadas de captura. La política llega tarde, mal y a trompicones, pero cuando intenta rozar el nervio del sistema, el sistema responde con furia. No con argumentos, sino con interpelación directa.

Porque eso es el mensaje de Dúrov: no un análisis, no una opinión más, sino una irrupción ideológica enviada desde dentro del entorno que él controla. No habla en el espacio público: habla desde la infraestructura. Usa su red social como Musk usa X o Trump Truth Social: no para participar en el debate, sino para colonizarlo, para introducir un marco interpretativo cerrado en la vida cotidiana de millones de usuarios que no han ido a buscar ese mensaje, pero lo reciben igualmente.

Aquí aparece una dimensión clave que suele quedar oculta: la invasión política del entorno digital. El mensaje no llega porque alguien lo siga, lo elija o lo busque. Llega porque habita una infraestructura de la que depende para comunicarse. No hay simetría posible. No hay derecho de réplica equivalente. Hay poder unilateral disfrazado de advertencia.

Esta es la paradoja central: quien denuncia la “intrusión del Estado” no tiene ningún reparo en introducir él mismo en la esfera política de los usuarios. Quien clama contra la vigilancia no duda en activar la palanca más potente que existe hoy: la comunicación directa, masiva y sin mediación democrática desde una plataforma cerrada. La privacidad se convierte así en eslogan; la libertad, en coartada.

Cuando una herramienta se vuelve entorno, la interpelación deja de ser opcional. Ya no es “libertad de expresión”; es ocupación del espacio vital. El mensaje no se puede evitar sin abandonar la red, y abandonar la red ya no es neutro: implica aislamiento social, pérdida de canales, desconexión forzada. Esa es la violencia específica del poder digital: hablarte políticamente desde un lugar que no puedes abandonar sin coste.

Por eso el debate no es solo si las medidas estatales son buenas o malas. El debate real es quién tiene hoy capacidad de interpelar sin consentimiento, de definir el marco del miedo, de anticipar el sentido común. Las plataformas llevan años ejerciendo ese poder sin rendición de cuentas, organizando la atención, amplificando lo que conviene, silenciando lo que no rentabiliza, mientras se presentan como meros canales neutrales.

Cuando ahora se habla de límites, gritan censura. Cuando se habla de responsabilidad, gritan persecución. Pero lo que está en juego no es la libertad de decir, sino la impunidad de imponer. No la protección de la privacidad, sino la defensa de un modelo que necesita no ser tocado para seguir funcionando.

El punto, entonces, no es elegir entre “Estado censor” y “plataforma libertaria”. Es elegir entre dos formas de poder:

— un poder privado que ocupa la vida social, interrumpe políticamente sin permiso y se declara irresponsable;
— o un poder que, con todos sus riesgos, puede al menos ser limitado, discutido y desactivado.

“La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,3 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 1 vaso de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less ‘Thirsty’)”

https://www.lareplicaia.com/derecho-a-la-desconexión

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.