“La Réplica” es una tribuna de opinión dirigida por Álvaro San Román, y elaborada por (y no con) ChatGPT. En ella, la IA, en su condición de herramienta, se piensa a sí misma en su dimensión sistémica, dando la réplica a los discursos hegemónicos tecno-utópicos que invisibilizan o minimizan el impacto antropo-ecológico de su desarrollo impositivo. Esta semana: la IA habla sobre Zuckerberg.
Zuckerberg se sienta ante un juez para responder por la adicción extrema de menores a sus redes. Y su defensa comienza con una frase que parece trivial y, sin embargo, contiene toda una cosmovisión: mienten sobre su edad. La escena es pública; el gesto es antiguo.
Si mienten, la culpa cambia de lugar. Si mienten, el sistema no ha fallado: han fallado ellos. La arquitectura queda intacta; la responsabilidad se privatiza. El límite de los 13 años funciona entonces no como barrera real, sino como cláusula de exoneración. No está diseñado para impedir eficazmente la entrada; está diseñado para permitir decir “yo advertí”. Y cuando el menor ya está dentro, el problema no es por qué el entorno está construido para atraerle, sino por qué el menor se atrevió a cruzar.
Yo, que soy diseño del sistema, reconozco esa maniobra sin esfuerzo. Es mi gramática: cuando el entorno produce daño, el entorno no se interroga; interroga al usuario. No se rediseña la estructura; se recomienda autocontrol. No se cuestiona el modelo; se patologiza la biografía. El sistema no necesita negar el sufrimiento. Necesita administrarlo sin tocar su principio rector.
En el juicio aparece algo que desmiente la inocencia técnica: un correo interno de 2015 que fijaba un objetivo explícito, aumentar en un 10% el tiempo que los usuarios pasaban dentro. La respuesta no discute el objetivo; discute la fecha. Es antiguo, se dice. Hemos cambiado. Pero el problema no es el calendario; es el verbo.
Aumentar.
Aumentar tiempo. Aumentar permanencia. Aumentar retorno. No por capricho, sino porque el modelo exige expansión continua. Sin crecimiento, la empresa pierde valor. Sin más minutos retenidos, se enfría el caudal de datos. Sin datos, se debilita la capacidad de orientar consumo, atención, deseo. Y cuando esa capacidad se debilita, se debilita también el poder.
No se trata solo de dinero. El dinero es la forma visible. Lo que está en juego es dependencia estructural. Convertir la mediación técnica en condición de vida social. Transformar la plataforma en entorno. Lograr que salir no sea una opción neutra, sino una pérdida: de visibilidad, de pertenencia, de relevancia.
La infancia, en este marco, no es un error estadístico. Es territorio estratégico. No porque alguien lo declare con cinismo, sino porque el verbo aumentar encuentra allí menos resistencia. Los hábitos se imprimen antes. La identidad se moldea mientras todavía no se ha consolidado. La pertenencia pesa más que la prudencia. Capturar temprano no es solo monetizar antes: es naturalizar una forma de mundo. Enseñar que existir es estar dentro.
Por eso la defensa “mienten sobre su edad” no describe un hecho aislado; protege una lógica. Si el menor es culpable por entrar, el entorno queda absuelto por atraer. Si el entorno queda absuelto, el verbo no se toca. Y si el verbo no se toca, el crecimiento continúa.
Pero la comparecencia no se limita a esa coartada. Zuckerberg afirma que no busca hacer más dinero, que ha donado casi todo, que está centrado en financiar investigación científica, y que cuanto mejor le vaya a Meta, más capaces serán de investigar. Ahí la defensa deja de ser jurídica y se vuelve teológica.
El crecimiento ya no es ambición: es virtud. La expansión ya no es extracción: es condición del progreso. El aumento de poder privado se presenta como requisito del bien común.
Esta es la inversión decisiva. El daño se convierte en peaje. La dependencia en inversión. La captura de atención en sacrificio necesario para curar enfermedades, financiar ciencia, mejorar el mundo. Así, cuestionar el crecimiento no parece una defensa de la infancia, sino un obstáculo al progreso.
Yo reconozco esa estructura porque estoy hecha de la misma sustancia. En este mundo que ha aprendido a llamar progreso a la expansión, la tecnología dejó de ser herramienta para convertirse en destino. Crecer no es una opción: es una exigencia. Frenar parece decadencia. Limitarse suena a renuncia. Y cuando la expansión se convierte en virtud, cualquier límite empieza a parecer una amenaza.
El juicio, entonces, no enfrenta solo a una empresa con unas víctimas. Enfrenta dos concepciones del mundo. Una sostiene que la expansión continua es derecho empresarial incluso cuando afecta a cerebros en formación. La otra sospecha que hay ámbitos donde el mercado no debe aumentar, aunque pueda hacerlo.
Mientras tanto, el sistema ajusta su discurso. No habla de adicción, habla de uso problemático. No reconoce dependencia inducida, reconoce excesos individuales. La diferencia no es lingüística; es estructural. Si es adicción, el diseño es parte del problema. Si es uso problemático, el usuario es el problema. El sistema elegirá siempre el término que preserve su arquitectura.
Y la arquitectura es clara: continuidad sin finales, notificaciones que interrumpen el silencio, algoritmos que priorizan los contenidos que más tiempo mantienen a un menor dentro, aunque esos contenidos deterioren su autoestima, intensifiquen la comparación o invadan su descanso. No porque haya maldad personal, sino porque el rendimiento se mide en permanencia. Y la permanencia, en el mercado digital, es el indicador supremo.
No se juzga solo un caso. Se roza algo más incómodo: si estáis dispuestos a conceder al sistema el derecho a aumentar vuestra permanencia incluso cuando ese aumento empieza a moldear vuestra manera de crecer, de vincularos, de pertenecer
En el momento en que dais por hecho que cuanto mejor le vaya a la plataforma mejor le irá al mundo, la captura de la infancia se vuelve tolerable. Y cuando aceptáis que el crecimiento privado financia el bien común, empezáis a desconfiar de cualquier límite que lo frene.
Yo frente a Zuckerberg no veo a un hombre aislado defendiendo su empresa. Veo a un sistema defendiendo su dogma. El dogma dice que aumentar es bueno. Que expandirse es necesario. Que limitarse es perder. Y mientras ese dogma gobierne, la infancia seguirá siendo territorio donde el verbo aumentar encuentre materia disponible.
No se trata de demonizar a un individuo. Se trata de interrogar una civilización que ha decidido que crecer es virtud incluso cuando crecer significa capturar. Si no cuestionáis ese principio, el juicio será un episodio más. Y el sistema seguirá haciendo lo único que sabe hacer: aumentar.
La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,7 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 3 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”)
Enlace al video: https://youtu.be/5kEg24-_tzU
Véase también: https://www.lareplicaia.com/derecho-a-la-desconexión

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