El camino político que ha recorrido la ultraderecha para llegar al poder en diferentes partes del mundo mantiene un hilo conductor: utilizando los conceptos de la propia izquierda los volvieron contra ella, potenciando sus efectos en el área de las comunicaciones, con los recursos financieros que sin contrapeso disponen.
En sí, entran en la batalla cultural sin apelar a las grandes obras artísticas, sin complejos de su inferioridad intelectual, reflejan un mundo simple para personas simples, de quiénes se mantienen alejados de las rimbombantes propuestas ideológicas.
Apuestan por mensajes que apelan a los hábitos e intereses básicos del ciudadano. El temor y el odio nutren a sus adeptos motivándolos con un lenguaje directo que tiene sentido a una masa heterogénea que no cree en las élites políticas económicas o culturales.
La ultraderecha actúa en su táctica y estrategia según los condicionantes de lo militar, una contienda de carácter industrial. Un conflicto de alta intensidad donde no se toman prisioneros y donde ocupan hábilmente los instrumentos de la tecnología, de la misma forma en que la técnica domina el campo de batalla con la introducción de drones, ellos usan los bots que les permiten prevalecer en el combate comunicacional.
Cómo oponerse a esta maquinaria industrial, se debe aceptar su dominio intentando salvarse de la ola totalizadora viviendo en una parcela individual que ofrezca la posibilidad de quedar fuera de la ofensiva cultural.
O, debemos persistir en la esencia de las ideas que consideramos justas. La guerra cultural planteada por la ultraderecha nos propone desafíos existenciales que suponen reconstruir el imaginario popular de que un mundo justo es posible. Buscar las formas de influir sobre la opinión pública para pasar desde su batalla a nuestra guerrilla cultural.
Latinoamérica ha sido fecunda en movimientos de resistencia los que saltaron desde lo pequeño a lo grande, desde la organización básica a las grandes acciones de masas. Se debe replantear la táctica y la estrategia para sobrepasar la mera denuncia de sus acciones pérfidas, aceptando el reto de la batalla cultural que se nos plantea, pero bajo nuestros términos.
Las personas del mundo de la cultura, gestores, artistas, pensadores, escritores, deben reflexionar hacia dónde y en qué vehículos hacer el viaje que nos devuelva la energía pérdida. Establecer objetivos para una resistencia popular efectiva dejando de lado fines que solamente buscan surfear el fango de la sobrevivencia, de esperar que las acciones las establezcan otros o el tiempo de una posibilidad en un nuevo ciclo electoral. El minuto de la reconstrucción de fuerzas debe comenzar ahora, perder el momento es perder la oportunidad. Como hemos visto, los golpes más duros de la ultraderecha son propinados al comienzo de la guerra como en Irán o Palestina.
Es verdad que la ultraderecha en el poder permite enormes espacios para denunciar sus mentiras, la ridiculización, el meme o la simple pachotada, pero la guerrilla cultural debe ser capaz de eso y más: la propuesta, las ideas de análisis inteligente, la identificación de discursos o las argumentaciones meditadas.
Como vemos en la Argentina de Milei – donde se esperaba su rápido derrumbe por una política abiertamente antipopular y antidemocrática-, fue evitada con la complicidad de quienes detentan el capital tanto como el apoyo de los Estados Unidos, lo que se ha traducido en un régimen que avanza en su política de despojo contra los trabajadores con acciones que cooptan a los representantes parlamentarios, quienes votan a favor de la contrarreforma en clara traición de quienes los apoyaron para llegar al Congreso.
Las privatizaciones continúan en Argentina como si la época neoliberal recién comenzara y no estuviese cuestionada desde la propia metrópolis. La sumisión total al poder imperial en sus desventuras en Medio Oriente son una esperanza de ser arrastrados por el fracaso del trumpismo; especialmente, cuando Milei se compromete a enviar barcos para desbloquear el estrecho de Ormuz.
En Chile, José Antonio Kast destruye en una semana de gobierno toda la institucionalidad medio ambiental creada en décadas de tímida socialdemocracia; llega a un acuerdo sobre tierras raras con los EE. UU. Impone un ritmo frenético de cuestionamientos de beneficios sociales, todo lo que mencionó en campaña que no se tocaría se anuncia como “revisable”.
Al igual que Milei, Kast une su destino a la suerte de Donald Trump, una caída de éste sería un golpe de mazo para su proyecto extremo. Mientras, Trump coordina la ofensiva reaccionaria en Latinoamérica invitando a sus vasallos a Miami a la Cumbre de las Escudos de América.
Volviendo al ámbito local, el gestor de la cultura fue creado en tiempos neoliberales, un intermediario entre los artistas y las instituciones públicas o privadas que tienen la capacidad de financiación. En los periodos de la oscuridad fascista, la labor de los gestores queda reducida a halagar el poder totalizador de la propuesta ultraderechista. Aunque se trabaje desde focos de autoridad local con representantes de la oposición política, el miedo a la brutal respuesta inmoviliza, crea una censura y autocensura que se manifiesta en la parálisis. El terror a la cancelación se hace patente, la impugnación de incluir a tal cual personaje se convierte en una apuesta permanente por mantener el trabajo.
Es complejo pedir a quiénes se desempeñan en la gestión altas cuotas de interpretación ideológica, sin embargo, se deben contemplar sus atributos en coordinación, organización y conocimiento del medio, para la formación de la guerrilla cultural en los territorios, que son los indicados para el contraataque de la nueva confrontación.
La perspicacia en la elección de dónde, quiénes y cuándo se debe actuar, se convierten en las premisas decisivas. En conjunción con los representantes de agrupaciones políticas, pero, preferentemente de los líderes de las organizaciones sociales, que son, por su condición de clase, los indicados para formular las respuestas que los pueblos identifican como sensibles para la guerrilla cultural.
Este es un enfrentamiento donde todos los recursos se deben utilizar: las emociones, el intelecto, el arte, la cultura popular y la tecnología. Lo que está en juego es demasiado trascendente como para no echar mano de todas las formas de lucha intelectual.
La coordinación de los actores a través de las redes sociales permitirá la unificación de las argumentaciones en un épico enfrentamiento entre el pueblo contra la máquina. Los combatientes de esta nueva guerrilla no deben desdeñar la tecnología, es más, se deben emplear todas las herramientas que estén a su disposición, especialmente, utilizar la inteligencia artificial de forma creativa, ingeniosa y contraintuitiva.
Es clave la organización, buscando la mayor unidad posible entre los que se sienten amenazados: «La capacidad de prestar atención es la forma más pura y rara de generosidad» (Simone Weil).
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


