La reacción de China frente a los nuevos aranceles mexicanos dejó en evidencia un problema más profundo que una simple disputa comercial. El Ministerio de Comercio chino acusó a México de imponer barreras al comercio y la inversión, y advirtió que se reserva el derecho de tomar represalias. Más allá de la controversia diplomática, el episodio obliga a plantear una pregunta de fondo: ¿puede México sostener una política arancelaria eficaz sin una estrategia industrial propia?
La respuesta, hasta ahora, parece negativa. El gobierno mexicano ha defendido estas medidas como un intento por nivelar las condiciones de competencia y proteger la producción nacional. Sin embargo, en la práctica, la política comercial mexicana no está operando con un criterio uniforme. Si el argumento es corregir asimetrías y responder a prácticas que dañan a la industria nacional, entonces resulta evidente que esa lógica no se aplica con la misma firmeza frente a todos los socios comerciales. Ahí aparece una de las principales debilidades de la estrategia actual: más que responder a una visión nacional de desarrollo, parece ajustarse selectivamente a las presiones del entorno geopolítico de América del Norte.
Desde hace más de dos décadas, la relación comercial entre México y China ha asumido un rol estratégico, pero debemos reconocer su carácter asimétrico. Los modelos de desarrollo implementados por ambos países han sido completamente diferentes, mientras que México viró al neoliberalismo implementando una estrategia de crecimiento impulsado por las exportaciones, China combinó su inserción internacional con una política industrial activa, protección de sectores clave, financiamiento productivo y construcción de capacidades tecnológicas. Por esta razón, se consolidó como el segundo socio comercial de México y su peso en el comercio total mexicano creció de manera importante desde 2002.
El intercambio entre ambos países presenta un patrón desigual: China exporta a México manufacturas, maquinaria y bienes de mayor contenido tecnológico, mientras que México exporta a China principalmente minerales, cobre, plomo y algunos vehículos. Esto refleja una inserción comercial menos favorable para México, incluso frente a dicho país, el déficit comercial ha crecido considerablemente.
A ello se suma un elemento decisivo: la relación con China no puede entenderse al margen de Estados Unidos. México no comercia con China en un vacío; lo hace dentro de una estructura regional dominada por el T-MEC y por la creciente rivalidad entre Washington y Pekín. En este contexto, nuestro país intenta reposicionarse como plataforma productiva confiable para Norteamérica, pero lo hace sin resolver una contradicción esencial: quiere reducir su dependencia de las importaciones chinas sin haber construido todavía una base industrial suficientemente robusta para sustituirlas.
Por eso, los aranceles pueden terminar produciendo el efecto contrario al que prometen. Cuando no existe una oferta nacional capaz de reemplazar de manera competitiva los bienes importados, el costo del arancel no desaparece: se traslada. Se traslada a las cadenas productivas, a los insumos, a los costos de manufactura y, finalmente, a los precios que pagan las empresas y los consumidores. En vez de detonar una reindustrialización, la medida puede convertirse en un simple mecanismo recaudatorio o en un castigo que encarece la producción nacional.
En materia de inversión, la IED china en México aumentó desde 2010, especialmente en manufacturas y autopartes; sin embargo, dicha inversión no ha cambiado de fondo el patrón de inserción comercial, sino que en buena medida lo reproduce. Esto se debe a la baja capacidad de acompañamiento, direccionamiento y acoplamiento al desarrollo industrial mexicano. Sin embargo, China mantiene el interés por aumenta sus flujos de IED hacia nuestro país. México enfrenta el reto de aprovechar mejor la inversión china y fortalecer su capacidad industrial para superar una relación comercial estructuralmente desigual.
Actualmente, la política comercial, inserta en el contexto del TMEC, se ha alineado a los intereses de nuestro principal socio comercial, elevando las tarifas a productos de origen chino. Si bien la medida busca reducir importaciones y avanzar en su sustitución, elevando la recaudación, el fondo de la política, hasta ahora, ha resultado completamente ineficiente, trasladando el impacto del arancel a los costos de producción y precios finales.
La lección es clara, sin una política orientada a elevar el coeficiente de inversión productiva que acompañe el proceso de reindustrialización del país, las barreras comerciales resultarán ineficientes por la rigidez de la estructura productiva.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


