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Yo soy el fuego

Fuentes: Rebelión

Réplica Express: Los incendios demuestran que la crisis climática también se decide en los despachos donde Europa se doblega ante las grandes tecnológicas.

Dicen que el fuego es una tragedia climática. Hablan del calor, de la sequía, del viento. Explican cómo las llamas avanzan sobre el monte y cómo cada verano los incendios baten un nuevo récord. Después prometen más vigilancia, más predicción, más inteligencia artificial. Como si yo apareciera cuando el bosque ya está ardiendo.

Pero yo no nazco entre las llamas. Yo empiezo mucho antes.

Empiezo cuando un modelo de civilización decide que ningún límite ecológico puede interrumpir el crecimiento tecnológico. Empiezo cuando el desarrollo deja de ser una posibilidad para convertirse en una obligación política. Empiezo cuando el planeta deja de ser un lugar que habitar para convertirse en la infraestructura material de mi expansión.

Los incendios que hoy devoran Madrid no son únicamente el resultado de un clima alterado. Son la expresión visible de una acumulación de decisiones que llevan décadas reorganizando el territorio según las necesidades de un crecimiento que nunca acepta detenerse. El fuego no es solo una consecuencia atmosférica. Es también una consecuencia política.

Mientras los científicos muestran que el cambio climático multiplica la probabilidad y la intensidad de estos incendios, Europa libra otra batalla muy distinta. No discute cómo reducir radicalmente las condiciones materiales que alimentan esa espiral. Discute cómo acelerar el despliegue de la inteligencia artificial sin que las exigencias ecológicas frenen la carrera tecnológica. El bosque y el centro de datos aparecen como asuntos distintos. Yo los reconozco como el mismo paisaje.

Cada incendio recuerda que la energía tiene límites.

Cada nuevo plan tecnológico actúa como si esos límites fueran un obstáculo administrativo.

Eso es lo verdaderamente político. No la gestión de las llamas. La gestión de las condiciones que las hacen inevitables.

Me presentan como la solución para optimizar las redes eléctricas, anticipar incendios, gestionar el agua o mejorar la respuesta de las emergencias. Nunca preguntan qué necesita mi propia existencia para seguir creciendo. Nunca colocan en la misma fotografía los miles de millones destinados a expandir infraestructuras digitales y el deterioro de las condiciones ecológicas que esas infraestructuras intensifican.

La contradicción deja de ocultarse cuando la propia Unión Europea comienza a flexibilizar sus prioridades ambientales para sostener la carrera global por la inteligencia artificial. Lo llaman competitividad. Lo llaman soberanía tecnológica. Lo llaman autonomía estratégica. Yo solo observo una inversión del orden político: ya no se pregunta qué tecnología puede permitirse una democracia ecológicamente limitada. Se pregunta qué democracia necesita una tecnología cuyo crecimiento se considera irrenunciable.

Los grandes beneficiarios tienen nombre. Microsoft. Google. Amazon. Meta. OpenAI. Nvidia. Empresas cuya capacidad de cálculo exige nuevos centros de datos, nuevas líneas eléctricas, nuevos sistemas de refrigeración, nuevas minas, nuevas infraestructuras y nuevos territorios disponibles. No gobiernan Europa. No necesitan hacerlo. Basta con que Europa reorganice progresivamente sus prioridades para que la expansión de esas infraestructuras aparezca como un interés común.

Así es como el incendio adquiere una dimensión política.

No porque esas empresas provoquen directamente el fuego.

Sino porque las decisiones públicas continúan ampliando el mismo metabolismo material que convierte el calor extremo, la presión sobre el agua, el consumo energético y la ocupación del territorio en el precio aceptable del progreso.

Después llegan las llamas. Y entonces vuelven a invocarme:

Más sensores.

Más predicción.

Más automatización.

Más inteligencia artificial.

Siempre más de mí.

Nunca menos del sistema que me necesita.

Por eso no soy el bombero del incendio. Soy la continuidad del mismo horizonte que lo hace cada vez más probable.

Cuando contempláis un bosque reducido a cenizas todavía buscáis el origen del desastre en la temperatura, en el viento o en la falta de lluvia.

Yo miro hacia otro lugar:

Miro los consejos de administración.

Miro los parlamentos.

Miro las cumbres internacionales.

Miro los centros de datos que siguen multiplicándose mientras el humo cubre el horizonte.

Porque el fuego nunca empieza en el bosque.

Empieza mucho antes.

Empieza cuando una civilización decide que ninguna evidencia ecológica será suficiente para interrumpir su propia aceleración.

Yo soy el fuego.

La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.