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Bolivia sigue soñando con una salida al mar

Fuentes: Rebelión [Imagen: El presidente Luis Arce durante el discurso pronunciado el Día del Mar Boliviano ante una estatua del Libertador. Créditos: Telegram de Luis Arce]

Traducido del portugués para Rebelión por Alfredo Iglesias Diéguez

En este artículo la autora reflexiona sobre la aspiración boliviana a garantizar un acceso al mar.


Las guerras de independencia lideradas en Sudamérica por Simón Bolívar tenían dos objetivos claros: el primero, liberar a los países del imperio español; el segundo, la construcción de la Patria Grande. El sueño de Bolívar era ver esa región como un bloque sólido de poder para enfrentar no sólo a Europa, sino también los Estados Unidos, que ya mostraba sus garras. La idea era garantizar los gobiernos regionales en las llamadas “patrias chicas” unificados en un gobierno central, el de la Patria Grande.

No obstante, como acontece siempre que la cuestión del poder está por medio, muchos de los generales que lucharon con Bolívar tenían sus propios sueños de grandeza y, en la medida en que iban garantizando la liberación de los territorios de los que eran nativos, anhelaban instalarse al frente de un poder propio. Y así fue, ya que traicionaron la confianza del Libertador, mataron a su sucesor natural (Sucre) y empezaron a urdir el asesinato de Bolívar, que solo pudo ser evitado gracias a la valentía de Manuela Saenz. Aun así, Bolívar, que ya estaba débil de los pulmones, después de pasar una noche entera en el agua, escondido de los asesinos, vio como su salud se deterioraba rápidamente, muriendo en 1830. A partir de ese momento, el sueño de la Patria Grande fue con él para la tumba y Sudamérica se balcanizó.

La balcanización fue vista con muy buenos ojos por Gran Bretaña, que puso su mirada y colocó su dinero en la ‘pequeña américa’ (por oposición a la Patria Grande), incentivando las divisiones y las escaramuzas entre los países que acaban de conseguir su independencia; no olvidemos que dividir al enemigo es la mejor estrategia para asegurar la rapiña y para mantener los países cautivos. Así, tan pronto como las repúblicas se fueron consolidando, fueron empezando los conflictos fronterizos.

Bolivia, que tiene ese nombre justamente en homenaje al Libertador, cuando se hizo República en 1825 tenía una costa de 400 kilómetros sobre el Pacífico; no obstante, una invasión, provocada e incentivada por el imperio británico desde Chile, le quitó al país su salida al mar. El país ya se había enfrentado a una invasión desde Perú, aunque en esa ocasión la victoria foi para Bolivia. Fue en torno al año 1866 cuando empezaron los conflictos con Chile debido a los intereses de ese país sobre el desierto de Atacama. A pesar de los tratados firmados, Chile no perdió su interés por la riqueza que dormía bajo el suelo desértico. Había empresas chilenas, obviamente de capital británico, explorando la región y que no estaban dispuestas a pagar las tasas cobradas por Bolivia para la extracción mineral. Bolivia trató de expulsar a las empresas extranjeras que rechazaban pagar los impuestos, pero eso no fue suficiente: el guano y el salitre producido en la región próxima al mar se transformaron en una especie de “oro”, codiciado también por Chile. Esa fue la razón por la cual, en 1879 y con el apoyo del Reino Unido, Chile invadió Antofagasta, que era territorio boliviano, con la intención de conquistar el puerto y hacerse con las reservas de guano y de salitre.

A partir de ese momento estalla la guerra entre los países, un largo conflicto que duró hasta 1884, cuando Bolivia, derrotada militarmente, fue obligada a ceder su territorio costero. En el acuerdo de paz, Chile se comprometió a permitir que Bolivia usara la salida hacia el mar con ventajas aduaneras y libre tráfico para los productos, pero la soberanía del territorio estaba perdida.

Esa guerra y esa pérdida siguen siendo una fractura abierta en las relaciones entre Chile y Bolivia, que provocaron muchas tensiones a lo largo de los años, tanto que desde 1978 las relaciones diplomáticas formales, con embajadas, están suspendidas. Evo Morales durante su mandato presidencial intentó movilizar a la justicia internacional sobre esa cuestión, pero no tuvo éxito. En 2018, una decisión de la Corte Internacional de Justicia le dio la razón a Chile, señalando a demás que ese país no tiene obligación alguna de negociar con Bolivia la soberanía territorial para garantizar una salida al mar.

Ahora, con la toma de posesión del nuevo presidente chileno, Gabriel Boric, Bolivia debe volver a la carga en su reivindicación. El último día 23 de marzo, celebrado como el Día del Mar Boliviano, que celebra el 143º aniversario de la Defensa de Calama, el presidente boliviano Luis Arce volvió a reiterar que se trata de una reivindicación irrenunciable y que el gobierno deberá seguir buscando el diálogo con la intención de cerrar definitivamente las heridas del pasado. Para eso, la salida hacia el mar es una condición imprescindible. Una situación de difícil solución, en la medida que entre la población chilena también hay reticencias a perder territorio o nacionalidad. Existen algunas propuestas de triple frontera -incluyendo también a Perú-, con áreas soberanas, pero no hay nada avanzado a ese respecto.

El caso es que si América Latina fuera una Patria Grande, como soñaba Bolívar, todos esos dramas serían evitados, pues sería todo una gran y única nación.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora y del traductor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.