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Una conversación con Miguel Núñez sobre Manuel Sacristán

Con maleta de doble fondo

Fuentes: Rebelión

Miguel Núñez, dirigente histórico del PSUC y del PCE, con torturas y largos años en cárceles franquistas a sus espaldas, tuvo la amabilidad de responderme, en octubre de 1997, a un cuestionario sobre su relación política y personal con Manuel Sacristán. La entrevista ha permanecido inédita hasta ahora. Años más tarde, en 2005, Núñez respondió […]

Miguel Núñez, dirigente histórico del PSUC y del PCE, con torturas y largos años en cárceles franquistas a sus espaldas, tuvo la amabilidad de responderme, en octubre de 1997, a un cuestionario sobre su relación política y personal con Manuel Sacristán. La entrevista ha permanecido inédita hasta ahora. Años más tarde, en 2005, Núñez respondió también amablemente cuando solicitamos entrevistarle para «Integral Sacristán», el con junto de documentales dirigidos por Xavier Juncosa (El Viejo Topo, Barcelona, 2006).

De Miguel Núñez puede verse: La revolución y el deseo. Memorias. Península, Barcelona, 2002, edición de Elena García Sánchez, con prólogos de Manuel Vázquez Montalbán y Luis Goytisolo.

*

 

Usted conoció a Sacristán en 1956 y fue su responsable político en el PSUC durante unos años

Efectivamente, conocí a Manolo Sacristán en 1956. Me explicó que había regresado de estudiar en Alemania y que había pasado por Francia. Allí le dijeron que la organización clandestina del Partido le buscaría en Barcelona. Yo fui ese contacto. Ellos le habían facilitado una consigna para una cita conmigo.

Cuando nos vimos, enseguida me dijo que había sido oficial de milicia del ejército franquista como universitario, que había militado en Falange, e incluso me habló de amigos suyos falangistas que eran excelentes personas, pero que, claro, él se había dado cuenta finalmente de la situación.

Vi que venía muy influenciado por el marxismo, dominándolo mucho, al menos teóricamente. El marxismo le había ilusionado. Además, como era muy trabajador, me empezó a hablar de un montón de libros que yo no había leído, excepto alguno de ellos. En cambio él, los conocía todos.

Me causó también una extraordinaria impresión su gran preparación política.

¿Qué recuerda de aquellos primeros contactos?

Una anécdota que creo muy significativa. Como dije, desde Francia me informaron de que un joven profesor universitario había pasado por París, había contactado con la organización y se había traído una maleta de doble fondo -fue José Gros quien se la facilitó- con propaganda comunista de la época, Mundo Obrero, Treball y algunos folletos de intervención política.

Hice algunas gestiones para dar con él. Creo que lo conseguí por mediación de un editor amigo. Cuando nos vimos, le pregunté por los materiales de la maleta. Manolo me contó que había decidido repartirlos él mismo para que no perdieran actualidad y durante varios días, a primeras horas de la mañana, a primerísimas horas más bien, él había ido a las puertas de las fábricas de la zona industrial de Poble Nou en Barcelona y había entregado en mano el material del Partido a los trabajadores de esa antigua zona fabril. Lo repartió todo, no quedaba nada por repartir. ¡Típico de Manolo Sacristán! Afortunadamente no se produjo ningún percance.

Era admirable. Eso si, Sacristán tendía a mitificar a la gente obrera. No se comportaba del mismo modo con los intelectuales.

¿Cómo fueron sus primeros años de militancia?

Enseguida empezó a trabajar en la Universidad, creo que como profesor ayudante, y desde el primer momento actuó como un decidido propagandista y organizador, aunque, por lo que me han contado diversas personas, no hiciera nunca proselitismo político en sus clases como erróneamente a veces se ha comentado.

Yo seguía manteniendo el contacto con él y por su mediación fuimos creando grupos de estudiantes que se interesaban por el marxismo, que se querían comprometer en la lucha antifranquista, y estableciendo también relaciones con otros profesores de la Universidad.

La principal tarea de Manolo era, en aquellos momentos, las charlas, las conversaciones algo informales, pero muy útiles, con estudiantes y algunos profesores y el pasar de mano en mano libros marxistas que él ya tenía o que yo le iba proporcionando.

Muy pronto sus charlas, más que clases, tuvieron un gran eco y a ellas acudían no sólo los alumnos de su materia, sino otros muchos de diferentes disciplinas pero que se interesaban por los planteamientos filosóficos y políticos de Manolo.

¿Por qué fue tan importante como se ha dicho su incorporación al Partido?

Porque entonces éramos muy pocos, por su altura intelectual y por su entrega.

Además, con su ejemplo se demostraba que los hijos de los vencedores se podían situar al lado de la democracia. La política de la reconciliación nacional del partido iba en esa dirección. Además, Sacristán se convirtió en un polo de atracción: rigurosidad, valentía. Tenía además vocación de enseñante, se esforzaba siempre en explicar las cosas.

Nuestro movimiento necesitaba figuras. Yo no tenía la talla intelectual adecuada y era muy clandestino en esos momentos. Una persona que deslumbra produce una atracción extraordinaria. No hay duda de que uno de los polos principales de reclutamiento de militantes para el partido fue Sacristán. Teniendo esa gran influencia, tuvo una gran habilidad para conocer y destacar gente. Pienso, por ejemplo, en Francisco Fernández Buey, en Octavi Pellisa, en verdaderos valores del Partido.

En fin, Manolo construyó un armazón de la inteligencia del PSUC alrededor de nuestros planteamientos. Tuvo una enorme influencia.

Además, era un minucioso conocedor de las normas del partido y las aplicaba escrupulosamente. Se las tomaba en serio, vamos.

¿Y usted pudo asistir a algunas de esas charlas de las que hablaba?

Sí, pude hacerlo. Asistí a algunas de esas conferencias y eran un verdadero espectáculo. Con el tiempo he pensando que, mirado objetivamente, la labor académica de Manolo era uno de los principales focos de trabajo del PSUC por el enorme prestigio que él tenía.

Eso sí, empezaron muy pronto los inconvenientes con otros profesores reaccionarios y seguramente con algunas policías de la brigada político-social infiltrados entre los estudiantes. Fueron en aquellos años, finales de los cincuenta, cuando se formaron las primeras células universitarias del partido.

Manolo, junto con otros amigos y compañeros suyos, inició una labor de organización. Se fue dando forma a un comité de estudiantes del PSUC y a un comité de intelectuales que dirigía el propio Manolo, en los que se agrupaban jóvenes que, como le decía, posteriormente, han sido y son personalidades reconocidas en Catalunya y España por su valía.

¿Tuvieron ustedes alguna discusión en aquel período?

Algunas y, sobre todo, en otras épocas. Sacristán fallaba un poco, en mi opinión, porque ideologizaba toda la política de un modo muy radical. Luego, creo, fue cambiando.

Recuerdo que un día discutimos y que yo me enfadé mucho. Le llegué a decir: «Mira Manolo eres un analfabeto político». Se quedó parado, y luego me dijo: «Saltor -ese era mi nombre de guerra entonces- me parece que tienes razón». Y eso, claro está, le llevaba a ver cómo corregir esa supuesta incompetencia.

Además, para él, no se podía separar el comportamiento personal del político. Creo que ha sido demasiado exigente consigo mismo, sobre todo consigo mismo, y también con los demás. En nuestra sociedad eso no es posible. Él fue muy criticado e incomprendido por gentes que se comprometían en un 40%, digamos, con la lucha, con las ideas del partido.

Para decirlo en pocas palabras, la diferencia entre nosotros en algunos momentos fue la siguiente: yo decía «venga ese 40% de entrega»; en cambio él exigía un cumplimiento total de todas las cosas.

Insisto, eran años de dura lucha clandestina. La gente se la jugaba comprometiéndose.

¿Pero se podía discutir con él? ¿Admitía las críticas?

Cuando alguien le hacia frente, lo digo por propia experiencia, cuando se discutía con él, te obligaba a ponerse al nivel de discusión adecuado.

Claro que aceptaba el debate. Y merecía la pena. Yo le combatí políticamente en varias ocasiones. Pero valió siempre la pena.

Usted ha comentado en algunas ocasiones, como acaba de decir, que Sacristán era muy exigente en la actividad política. Se ha comentado también que tenía poca cintura política, que Sacristán era poco flexible.

Él exigía un cumplimiento total, pleno, de todas las tareas. Eso le llevaba, por un lado, a tener actitudes injustas. Creo que él, verdaderamente, fue injusto con mucha gente a causa de ello, porque les ha juzgado. En lugar de comprender, juzgaba a la gente. Hace mucho tiempo que yo he aprendido que es más importante comprender que juzgar, y él juzgaba, siempre juzgaba.

Eso sí, juzgaba con elementos de juicio, con criterio, con argumentos que no eran tonterías, pero al mismo tiempo olvidaba aspectos y perspectivas diferentes en sus análisis. Creo que a veces no tenía en cuenta las condiciones en que se producían esas cosas, esos comportamientos.

Él tuvo mucha influencia, y podría haber tenido mucha más, si hubiera sido, cómo podemos decirlo, más flexible, más comprensivo. Ha podido ser injusto, pues, sobre esa base, sobre la consideración que estoy realizando, sobre la falta de flexibilidad para comprender algunas actuaciones, pero no, desde luego, sobre la base de los principios.

En cuanto a su comportamiento militante. ¿Cómo era Sacristán?

Leal, él era también muy leal. Es decir, si en algún documento del partido habían cosas que no le gustaban, enseguida lo ponía sobre la mesa y lo discutía. No se quedaba nada en el tintero, no escondía sus posiciones por quedar bien. Pero generalmente, en aquellos años, en sus primeros años de militancia, estábamos siempre de acuerdo. Sacristán era un minucioso conocedor y ejecutor de las orientaciones del partido. Lo hacía muy bien.

De hecho, él formó parte de la dirección del Partido.

Manolo pasó a formar parte de la dirección del PSUC en el interior y más tarde se integró en el comité central, elegido en el I Congreso. Durante este período, su trabajo fue muy intenso y valioso siempre; en mi opinión, como ya he insinuado, más acertado en lo ideológico que en lo político. Para mí, su honradez era cualidad esencial en él de tal manera que cualquier debate, por dura -y a veces testaruda- que fuese su opinión, si los argumentos que le contradecían le aclaraban el tema, nunca tenía la menor duda en reconocer su error. Y eso, sin duda, es una virtud, y una virtud, además, poco frecuente en aquellos años, e incluso ahora.

Sacristán era capaz de rectificar ante argumentos esgrimidos por camaradas que eran trabajadores con escasa formación cultural y eso, para mí, es un gran cualidad en un intelectual de su talla.

¿Llegó usted a conocer a su primera compañera, a la hispanista Giulia Adinolfi?

Conocí a su compañera Giulia Adinolfi poco tiempo después que ella llegase a Barcelona. Nos vimos ella, Manolo y yo, en un café de la parte alta de Barcelona. No lo he olvidado nunca. Me causó excelente impresión.

Tengo una anécdota de aquel encuentro. La ingenuidad y la convicción política de Giulia la llevaron a sacar de su bolso, mientras charlábamos, con toda naturalidad, el carné del Partido Comunista Italiano (PCI ) y a proponerme ¡que se lo cambiara por el carné del PSUC!. Formaban, no hay duda, una pareja estupenda.

Más tarde, no tuve rato frecuente con ella, pero siempre la consideré como una mujer valiosa y decidida. Sacristán y Giulia eran una pareja muy particular: inconformistas, inadaptados, con sus propias ideas, con sus propias concepciones de las cosas.

¿Participó Sacristán en las publicaciones del partido?

Son conocidas, y reconocidas, sus colaboraciones en Nuestras Ideas, Realidad, Horitzons, Nous Hortizons, Quaderns de cultura catalana.

En aquellos años en que nos conocimos, se publicaba Cultura catalana, una revista de orientación nacionalista contraria a la dictadura. En 1954 empezó a publicarse Cultura Nacional, en la que ya colaboraron intelectuales del PSUC, del partido. Recuerdo haber discutido con él sobre esta publicación y sobre su colaboración en ella. Pero no sé si, finalmente, llegó a escribir. Sé que poco después se publicaron los Quaderns, y Horitzons un poco más tarde.

Creo que Sacristán hizo un regalo a su hija en aquellos años, su traducción de El Banquete de Platón.

Efectivamente, ella lo conserva aún. Mi hija Estrella conserva el librito que le regaló Manolo con la siguiente dedicatoria de su puño y letra: «Para la hija de Pepe y Peque, a la que llamaremos provisionalmente Pequepepita (cuando llegue a los quince años).»

Estrella tenía entonces alrededor de nueve años. El libro titulado, como usted ha dicho, El Banquete de Platón, dice: «Prólogo, traducción, notas y vocabulario de Manuel Sacristán Luzón». Impreso por editorial Fama, Barcelona, 1956.

El libro tiene dos notas. En una dice «Están corregidas las erratas». Y en la otra «El libro barato español no tiene derecho a no tener erratas». Magnífica expresión del humor, siempre intencionado, de Manolo. La dedicatoria firmada por Manolo lleva la fecha del 30 de noviembre de 1956.

Mi hija ha conservado este libro con todo cariño y devoción, por lo que ahora me ayuda a recordar

Hay gentes que dicen también que Sacristán era demasiado serio en la acción política, que no tenía sentido del humor.

Lo parecía, parecía que no lo tenía, pero sí que lo tenía. Cuando discutíamos a mí a veces me decía. «Lo siento, eso no está en los libros. No puedo decirte más».

Me partía de risa, nos partíamos de risa.

Después de la detención de Gabriel Ferrater por miembros de la Brigada político-social creyéndole autor del artículo publicado en una revista teórica del PCE (Nuestras ideas, nº 1, mayo-junio 1957, pp. 85-90), Sacristán se entregó a la policía. El artículo, como usted recordará, llevaba por título «Humanismo marxista en la «Ora marítima» de Rafael Alberti» y apareció impreso con la firma «V. F.» y fue en el índice de la revista donde aparecía como autor «Víctor Ferrater». ¿Qué recuerda del comportamiento de Sacristán en aquellos momentos?

Sobre la conocida anécdota de que Manolo se presentase en la Vía Laietana, donde estaba, no se olvide, la Jefatura Superior de Policía, reconociéndose autor del artículo publicado en Nuestras Ideas y firmado como «V. Ferrater» y declarándose igualmente marxista-leninista, tengo mi propia opinión. No sé si los que han emitido juicios negativos contra él, tienen conocimiento de cosas que yo desconozco.

Para mí, la cuestión, siendo aparentemente incomprensible, es comprensible en la formación que entonces, estamos en 1957, tenía Manolo: cruce de valores falangistas como «honor» y «lealtad» y su sentido de responsabilidad de no consentir que otro pagase por él.

Manolo, creo yo, actuó con un impulso moral más allá de cualquier otra reflexión.

¿Impulso moral? ¿Cómo debería haber actuado entonces desde un punto de vista más político?

Sacristán se olvidó de que era un dirigente político clandestino y de que se debía a la organización y salió, sin más, para liberar al inocente. Además, creo yo, estoy seguro vamos, Manolo no se planteó que él pudiera poner en peligro a la organización, porque él estaba seguro de que, llegado el caso, no le arrancarían ni una palabra contra ningún camarada. Si se comprometía por una persona, que no era un camarada del partido, jamás entró en su consideración, ¿cómo iba a comprometer a otros, a los camaradas?

Conociéndole, así interpreté yo las cosas en aquel momento. Cuando, tomando las sabidas precauciones, pudimos vernos, él reconoció que su «noble comportamiento» había podido poner en peligro a la organización.

Pensé entonces, pienso ahora que, tal vez, su manera de actuar fue tan insólita que la policía le consideró más bien un marxista-leninista teórico, no pensó que fuera un militante comunista organizado. No sé si otras personas tendrán otros datos que modifiquen mi criterio.

¿Y en cuanto a la petición de militancia de Jaime Gil de Biedma en el PSUC?

El tema no fue la homosexualidad como se ha dicho. El tema principal era sentir o no segura a una persona que quería militar en un partido clandestino, que se la jugaba permanentemente. En el caso de una persona homosexual, el riesgo era doble, como militante y por su orientación sexual, que entonces, como es sabido, era muy perseguida en España.

Mi impresión es que, además, en el caso de Gil de Biedma, a quien creo que admiraba como poeta, contaba su trabajo en Tabacos de Filipinas.

¿Volvieron a verse cuando usted salió de la cárcel a finales de los años sesenta?

Cuando salí de la cárcel a finales del 68, él ya estaba en otras posiciones. Siguió jugando un papel intelectual muy importante a la contra, con razón o sin ella. Estuvo además su posición en el caso de la invasión de Praga que fue muy valiente y decidida.

Años más tarde, Sacristán se separó de la dirección del partido y más tarde de la misma organización.

El no situarse en el terreno de juego de la política, del compromiso y del consenso, llevó a Sacristán a una posición de enfrentamiento con la línea del Partido.

Sacristán criticó la posición del partido en la transición. Con razones, lo admito. El único punto en el que seguramente no tenía razón es que no había fuerzas para hacerlo de todo modo. Simplemente, la correlación de fuerzas no permitía seguir por el camino que a él, y a muchos, nos hubiera gustado.

Pero, posiblemente, el juicio adecuado de lo que podía haber sido y no fue, lo tenían él y algunas gentes que pensaban como él.

Notas.

Publiqué en El viejo de topo, marzo 2003, nº 176-177, pp. 120-121, una reseña del libro de memorias de Miguel Núñez, La revolución y el deseo. Memorias, anteriormente referenciado, con el título: «Unas memorias, una presentación y un curioso prólogo». Es ésta:

«Me atrevo a sugerir iniciar la lectura de La revolución y el deseo (o, si se prefiere, el deseo de revolución) por los dos anexos finales. En el primero de ellos, Núñez ha recogido su intervención en el acto de presentación de Asalto a los cielos, de Irene Falcón, la colaboradora -que no secretaria, como apunta Núñez- de Dolores Ibárruri. Aquí, el autor sintetiza sus actuales posiciones políticas básicas: denuncia sentida dolorosamente de las miserias, dureza y comportamientos poco compasivos, y no siempre comprensibles, del comunismo hispánico e internacional, vindicación de los principios básicos ilustrados, no sectarios y anticapitalistas de la tradición enrojecida y llamamiento explícito a la actitud crítica, permanente y antiservil como atributo esencial de la militancia en todos los contextos e instituciones, incluida las propias en primer lugar.

Dado que la narración no es lineal, el breve y útil anexo II que ha trazado la editora -dudo que la admirable modestia de Núñez le haya permitido esta nota-, donde se ha dibujado cronológica y sucintamente los principales avatares político-históricos del autor, es de ayuda inestimable para seguir cómodamente lo narrado. Nacido en 1920, Núñez González combatió en la guerra civil («quinta del biberón»), se afilió al Partido Comunista de España (mejor «en España»), fue responsable político de la organización guerrillera del partido y, en la clandestinidad, fue uno, entre pocos más, de los artífices de la reconstrucción del PSU de Catalunya (mucho mejor: «en Catalunya»). En medio, condena en las prisiones de Atocha (prisión convento), Yeserías, Ocaña, Aranjuez, Prisión Celular (Modelo (!)) de Barcelona y, finalmente, desde 1959 hasta 1967, en la prisión central de Burgos de cuyo comité de prisión formó parte. En total, unos 14 años de cárcel (la sexta parte, hasta ahora, de una vida que sigue activa, muy activa), con torturas y comportamiento ejemplar y modélico para generaciones de comunistas y próximos. Sabido esto, recordar que no hay intención alguna de concelebrar comunitariamente, como fiesta de la ciudadanía democrática, el día del combatiente antifranquista, y que esa merecida jornada pueda ser el 14 de abril o el 16 de febrero, por ejemplo, y, que en cambio, el día en que un Papa, Pío XI (por cierto, tan reaccionario como su siguiente nominal), editó una bula en la que declaraba, por dogma acrítico de fe, libre de pecado original a la esposa del carpintero José, sea, en cambio, fiesta de obligado e inamovible cumplimiento en un Estado laico, es prueba apodíctica, y casi inapelable, no sólo de una injusticia aléfica sino de una curiosa, aunque no única, aportación hispánica a la barbarie «civilizatoria».

La revolución y el deseo (RD) está estructurado en siete apartados: 1. Raíces (infancia y juventud de Núñez); 2. La guerra civil; 3. La victoria franquista (con especial atención a la represión inmediata a la guerra); 4. Las cárceles; V. La resistencia a la dictadura; VI. La legalización y VII. La cooperación solidaria: 1982-2002. Los recuerdos, como se sabe, suelen transcurrir por escenarios subjetivos y no exhaustivos y, como ya apuntó Borges, la memoria humana no suele acuñar moneda alguna, ni la propia. Por ello, se pueden encontrar algunos extraños olvidos (o incluso erratas) en estas memorias y se puede discrepar de algunas de las consideraciones de Núñez. Así, por ejemplo, apenas hay noticias sobre lo que los comunistas españoles pensaron sobre las invasiones de Hungría y Praga o sobre el mayo parisino, las varias crisis internas del PCE-PSUC son descritas con excesiva cautela (por ejemplo, la de Claudín, Semprún y Vicens), la posición política del autor es discutible, y muy concreta, en algunos puntos (por ejemplo, cuando se refiere a lo acontecido en el V Congreso del PSUC o al supuesto intento de superación de las diferencias en el VI), su percepción de la transición política es sin duda singular («¿Podía hacer sido el cambio de otra forma? Quizás no…», p. 324); lo apuntado sobre la actuación del PSUC en el caso de Puig Antich es conjetural, con riesgo de alta tensión; no hay apenas noticias (aparte de lo apuntado en el anexo I) de lo que significó la desintegración de la URSS y la caída del muro, pero, por una parte, justo es reconocer que de todo no se puede hablar y, por otra, que algunos otros pasos compensan con creces posibles desacuerdos. Por ejemplo, lo señalado sobre Fraga y el 23-F (p.336), su aproximación a Miguel Hernández (pp.146-147), pero, sobre todo y especialmente, el pulso irónico, veraz y sabiamente modesto con que Núñez narra sus propias e impresionantes vicisitudes derrumban cualquier arista crítica o discordante. Donde algunos hubieran filmado, a cámara impúdicamente lenta, con plano fijo y Réquiem de Mozart para impresionar al lector, él ha tenido la gentileza de hacerlo con la rapidez, la ironía y, en ocasiones, rabia contenida del Wilder de Primera plana. El lector debería agradecer su elección, aunque, como suele ocurrir, uno pueda extralimitarse en alguna escena.

RD, en síntesis, puede ayudar y ayuda a la construcción de la permanentemente revisable (que no revisionista) verdad histórica sobre nuestro pasado próximo. Si como Machado pedía, y Montalbán recuerda, lo que importa es buscar la verdad, no la de cada uno, no se ve como conseguir aquélla sino es a partir de las subjetividades parcialmente veraces y sopesadas de cada uno.

En contra de lo que suele ocurrir con los prólogos de ocasión, las páginas de presentación de Vázquez Montalbán («Nosotros los comunistas», pp. 9-22) merecen lectura atenta y producen efectos gratificantes, con aguda reflexión sobre el voluntarismo de los combatientes antifranquistas y el perverso cuento de una transición inspirada por un rey bueno y ejecutada por un valido sagaz. A este prólogo, se añade, digámoslo así, una breve nota de Luis Goytisolo (pp. 23-24). El deseo de que una revolución adrenalínica no altere las constantes vitales de lector me empuja a aconsejarles, sin atisbo alguna de censura, que, llana y simplemente, se lo salten. Si obran así se evitarán chocar (inelásticamente) con pasos tan sutiles como los siguientes: a) «¿qué hubiera pasado en España si, por haber discurrido las cosas exactamente al revés de como discurrieron, el PC hubiera llegado al poder?… al menos durante los años que yo recuerdo -la segunda mitad del franquismo-, nadie en España, salvo la dirección del Partido Comunista y la Dirección General de Seguridad [sic. algo así como la dirección de la gestapo o de la Dina chilena], creía que eso fue posible. Y los apoyos que hallaba el Partido Comunista se basaban en ese supuesto (¡¡¡)» (probablemente Goytisolo (Luis) generaliza aquí lo que acaso es propia y exclusiva percepción), y b) «(…) Pondré algunos ejemplos relacionados con personas y hechos que también yo he conocido. Así, la imagen que ofrece de Manuel Sacristán, persona de trato difícil en la medida en que su inflexibilidad ideológica iba unida a una preocupante ausencia de sentido de la realidad. Mejor juicio le merecemos los universitarios de la época, y en especial Octavi Pellissa, con su ironía socrática, en el polo opuesto de Sacristán…» El ataque de inmodestia apenas es un grano de sal si se compara con la indelicadísima oposición Pellissa-Sacristán y con la absoluta contradicción de lo apuntado y los pasos que Núñez dedica a Sacristán (pp.256-257) que ni siquiera un deconstruccionista derridiano de última hornada podría leer de forma consistente con lo señalado por el prologuista: lo que el señor académico comenta de Sacristán es de cosecha propia, en absoluto atribuible a Núñez. En síntesis y con ánimo agotado: el admirado autor de Antígona y de Teoría del conocimiento no tuvo su tarde-noche al escribir este nota. ¿O tal vez sí?

 

Igualmente, en El viejo topo de mayo de 2003, nº 179, publiqué un comentario más detallado sobre el prólogo de Goytisolo al libro de memorias de Núñez con el título «El prólogo de un académico», que se iniciaba con un aforismo de Vicente Núñez:»No me interesa tu flecha, sino el sentido de tu flecha»

«Miguel Núñez ha publicado recientemente unas memorias1 a las que ha sumado dos prólogos: uno, algo extenso e impecable de Vázquez Montalbán («Nosotros los comunistas»); el otro, breve, muy breve, de Luis Goytisolo lleva por título «¿Mereció la pena tanto sacrificio?» (pp. 23-24). Goytisolo construye la respuesta a su algo retórico interrogante en los siguientes puntos:

1. Señalando, en primer lugar, que la lectura de obras como la de Núñez invitan a plantear cuestiones ajenas a la obra «si tenemos en cuenta que su autor fue, junto con Gregorio López Raimundo, uno de los dirigentes más destacados del Partido Comunista en Barcelona durante los años del franquismo». Como se verá, no se acaba de entender que las cuestiones planteadas sean ajenas a las memorias de Núñez, pero, sin duda, puede haber aquí una errata de edición (Península no siempre cuida con el detalle suficiente sus publicaciones. Piénsese, por ejemplo, en su reciente éxito El atizador de Wittgenstein). Pero, más allá o más acá, ¿por qué el autor habla del Partido Comunista en Barcelona? Probablemente, porque el término «comunista» puede producir humores desagradables en algunos lectores, que, en cambio, tal vez no produzca el nombre del partido del cual ambos fueron realmente dirigentes: el PSUC. Sin duda, el PSUC fue el partido de los comunistas catalanes (o, para decir con más precisión, de parte sustancial de los comunistas catalanes y no catalanes) pero la elección nominal de Goytisolo, nos tememos, no es inintencionada. Aquí, el nombre de la rosa aproxima o aleja a la flor del rosal.

2. La primera de las preguntas formuladas por Goytisolo en su prólogo dice así: a la vista de la evolución seguida por el partido comunista español y el hundimiento generalizado de los regímenes comunistas, «¿mereció la pena tanto sacrificio?». Posición LG: «La respuesta no puede ser más que afirmativa, toda vez que las decisiones, como la leyes, no tienen carácter retroactivo. Las decisiones se tomaron entonces, no ahora y de no haberse tomado, tal vez la situación presente no sería la misma». En primer lugar, ¿qué sentido tiene este «tal vez»? ¿Es estricta prudencia epistémica o acaso afirmación apuntada, aunque no creída, de que los aires democráticos de la historia hubieran empujado mágicamente por sí mismos en la misma dirección?

Supongamos lo primero, esto es, que lo señalado aquí es sofisticado saber gnoseológico de los complicados y sofisticados senderos de las ciencias sociales y del acontecer histórico. Entonces, ¿por qué apelar a la retroactividad? Supongamos igualmente que, a diferencia de las leyes jurídicas, las decisiones pudieran serlo. ¿Entonces qué? ¿Cuál sería entonces la actitud racional a la vista de lo acontecido? ¿No haber combatido el franquismo en las filas y columnas de los partidos comunistas? Si hubiera sido así, ¿hay alguna duda de que la oposición hubiera sido testimonial en el, digamos, 99,999…% de los casos?.

3. La segunda pregunta tiene más calado: «¿Qué hubiera pasado en España si, por haber discurrido las cosas exactamente al revés de como discurrieron, el Partido Comunista hubiera llegado al poder?». Debo confesar que por mucho que lo intento no logro entender qué puede significar la expresión «haber discurrido las cosas exactamente al revés». No es básico: problemas de mi neocórtex. Antes de contestar, LG señala que se trata de una pregunta que, formulada o no explícitamente, todo el mundo se ha hecho alguna vez. ¿A qué mundo refiere «todo el mundo»? ¿El lector/a se ha hecho, se hizo, alguna vez esa pregunta? Este comentarista, desde luego nunca, pero deben ser también problemas neuronales propios no transmisibles.

Lo interesante, en todo caso, es la respuesta a su interrogante del propio LG:

«(…) lo cierto es que, al menos durante los años que yo recuerdo -la segunda mitad del franquismo-, nadie en España, salvo la dirección del Partido Comunista y la Dirección General de Seguridad, creía que eso fuese posible. Y los apoyos que hallaba el Partido Comunista se basaban en ese supuesto».

No están precisados los límites de lo que el autor entiende por período franquista pero supongamos, y sin duda es suponer mucho, que ese período abarca tan sólo desde 1939 hasta 1975. La segunda mitad serían pues los años 1957-1975. ¿Cómo sabe LG que tan sólo la dirección del PC y la DGS tenían la creencia de que el partido comunista hubiera podido llegar al poder? Que algunos miembros de la dirección del PC han confesado precisamente lo contrario es saber público, pero que LG hermane en el plano de las creencias a la dirección de ese partido con la DGS, que es algo así como la dirección de la Gestapo o de la DINA chilena, no es, desde luego, un regalo amable. Además, sostener a estas alturas de la historia que la dirección de la represión policial del franquismo pensó que el PC de los sesenta y setenta podía llegar al poder, se sobreentiende, vía revolucionaria (no había mecanismo democrático alguno que permitiera una vía distinta) es tan inverosímil como sostener que el núcleo duro de la oposición al franquismo estaba situado en los salones de la Real Academia de la Lengua española.

4. LG señale, a continuación, que el libro de Núñez suscita estas reflexiones por su valor de testimonio «directo en su enunciado y acertado en sus observaciones». Ilustra su afirmación con algún ejemplo. El siguiente:

«Así, la imagen que ofrece de Manuel Sacristán, persona de trato difícil en la medida en que su inflexibilidad ideológica iba unida a una preocupante ausencia de sentido de la realidad. Mejor juicio le merecemos los universitarios de la época, y en especial Octavi Pellisa, con su ironía socrática, en el polo opuesto de Sacristán?».

Aunque dejemos pasar por alto la indelicada oposición establecida por Goytisolo entre dos ausentes, por lo demás amigos (Pellisa-Sacristán), las cuestiones se agolpan. En primer lugar, ¿qué puede significar la afirmación de que Sacristán no gozaba del atributo de la ironía socrática? ¿Qué entiende Goytisolo por ironía socrática? ¿No es acaso la parte interrogativa del método socrático, alumbradora de la ignorancia previa y necesaria, previa a la mayéutica? Si apunta hacia allí, uno, que desde luego, es muy provinciano y limitado, no ha conocido a nadie, hasta la fecha, que gozara de ese atributo en mayor grado. Pero no es sólo opinión marginal. Todo un conseller de Universidades, como Andreu Mas-Colell2, e igualmente todo un reconocido editor como Xavier Folch3 han sostenido tesis estrictamente similares. Sabido es que los argumentos de autoridad apenas tienen valor, pero mucho menos los testimonios imprudentes.

Está lo de la inflexibilidad ideológica, pero, aquí, como es evidente, todo depende de donde uno se sitúe. Si uno entiende por flexibilidad de ideas, la evolución política seguida por el propio Goytisolo (y afines) entonces, sin duda, lo de Sacristán era inflexibilidad, pero si uno entiende por inflexibilidad, dogmatismo, falta de cintura, el defenderla y no enmendarla, la afirmación no puede ser menos veraz. Baste con recordar que el inflexible y escasamente «irónico socrático» Sacristán tenía como aforismo de mesa de estudio la creencia de que todo pensamiento decente debía estar en crisis permanente, por lo que, preguntado por la enésima crisis del marxismo en los años ochenta4, respondió sin atisbo de duda y con satisfacción no contenida que por él podía durar todo el tiempo del mundo y algo más.

No sólo eso. Hay además, algunas incorrecciones de lectura impropias de un académico de su talla. Cuando Goytisolo, en un ataque de inmodestia, sostiene que mejor juicio le merecen a Núñez los universitarios de la época, la afirmación, si seguimos el texto de las Memorias, sólo es válida para el caso de Pellisa, pero en absoluto puede generalizarse (p. 257), a no ser que LG caiga en la ingenuidad de tomarse al pie de la letra lo de «extraordinaria valía» que, como es obvio, es una figura retórica de educado uso. Más aún: lo sostenido por Núñez sobre Sacristán (pp.256-257) es, precisamente, un ejemplo de manual de un caso de negación lógica: ‘no- A’, lo sostenido por LG, es la negación de ‘A’, lo afirmado por Núñez. Como es sabido, en casi todas las lógicas, divergentes o no, dos enunciados contradictorios no pueden ser veraces a un tiempo. Tan sólo era concebible esa posibilidad en el Diamat, en la mal entendida y asignificativa lógica dialéctica. Debe tratarse, por tanto, de algún resquicio no controlado del LG marxista-ortodoxo aún presente en la cosmovisión del actual académico no-marxista Goytisolo.

5. Situar, como hace LG en su punto final de su prólogo, a Castellet, a Salvador Giner y a él mismo en la izquierda revolucionaria es, como mínimo, chocante y no sé si del gusto de los citados. Sea como sea, es sabido que Castellet jamás fue militante del PSUC.

Sostiene Goytisolo en este mismo apartado, que de los asistentes a unas conversaciones entre la izquierda laica y el progresismo católico, al cabo de los años, sólo Alfonso Carlos Comín seguía vinculado al PC. No es el caso. También lo estaba Octavi Pellissa, al que cita. Lo de que Comín supo ver en el marxismo el mensaje evangélico y en López Raimundo y Núñez los representantes de ese mensaje (¿acaso sus profetas?), puede ser una maldad o una bondad, según se lea. Lo de que «Nosotros, en cambio, sus antagonistas en las conversaciones de La Garriga, éramos demasiado paganos para entregarnos a este tipo de consideraciones», refiere a un extraño paganismo que tuvo muchos contraejemplos en el arriesgado movimiento comunista de la época.

6. Cabe añadir acaso algo más sobre inflexibilidades y comportamientos. Francesc Vicens, como es sabido, fue expulsado del PSUC-PCE cuando la crisis Claudín-Semprún. Después de dos años de malvivir en París sin documentación (él fue un «sin papeles»), decidió con riesgo controlado volver a Barcelona. La ciudad de los prodigios, y de la especulación inmobiliaria, era entonces mucho más abarcable que en la actualidad. En uno de sus paseos por el Eixample barcelonés, Vicens se encontró con Sacristán. El autor de simples Panfletos y materiales no sólo saludó, con indisciplina militante y con cierto riesgo policial, al antiguo compañero de lucha, sino que le invitó a cenar a su casa. Esa noche Vicens la guarda en su memoria con todo detalle y, desde mi modesto entender, con alguna incomprensión. Vicens no acepta el educado silencio de Sacristán ante su largo monólogo que duró hasta la mañana siguiente ni tampoco la supuesta frialdad de una dedicatoria, por él solicitada, escrita en un libro (Lecturas I. Goethe, Heine) con el que Sacristán le obsequió: «Ejemplar de Francesc Vicens. Manolo». Desconoce Vicens la antipatía inconmensurable de Sacristán por las dedicatorias en general. He visto y tengo ejemplos (fotocopias) de ello. En ejemplares de su tesis (Las ideas gnoseológicas de Heidegger) regalados a seres íntimos, y para él imprescindibles, puede leerse: «MA NO LO. 60». No es plausible interpretar esta dedicatoria como muestra de frialdad emotiva; analógicamente tampoco la anterior puede ser interpretada de ese modo.

El silencio puede entenderse: Sacristán no quería polemizar con Vicens sobre una crisis que, sin duda, afectó a lo que para él era decisivo, el movimiento real, las gentes combatiendo contra el franquismo, conflicto, por otra parte, sobre cuya resolución tenían posiciones discordantes y, además, no hay que olvidar, que por aquel entonces Sacristán seguía siendo miembro activo (y activísimo) de la dirección ejecutiva del partido.

No importa. El inflexible Sacristán, el nada irónico Sacristán, el personaje de carácter difícil, que, desde luego, como todos, era poliédrico y se equivocaba en ocasiones, saludó, invitó y recibió al compañero. Otros, y no pocos, no sólo no saludaron a Vicens sino que, según su propio y dolido testimonio, le rehuían como un apestado. Entre ellos, el admirable autor de Antígona y de Teoría del conocimiento, pero no tan excelso autor del prólogo comentado que, en este caso, y como bastantes otros, ha tendido a ver una paja inexistente en el ojo izquierdo de Sacristán y, en cambio, se le ha pasado por alto una viga no menor en el propio.

(1) Núñez, M (2002), La revolución y el deseo, Barcelona, Península.

(2) López Arnal, S y De la Fuente, P (1996), Acerca de Manuel Sacristán, Barcelona, Destino, pp. 548-558.

(3) López Arnal, S: «Una conversación con Xavier Folch. Recordando a Sacristán», El viejo Topo nº 140, páginas 31-43.

(4) «¡Una broma de entrevista!», Acerca de Manuel Sacristán, op. cit, p. 232.

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