En abril de 2026, más de 12.000 estudiantes secundarios fueron
convocados al Movistar Arena para asistir a la Experiencia Endeavor
Sub20. Tres años antes, en 2023, ya habían sido 8.000 los jóvenes
obligados a participar de la misma puesta en escena. La continuidad no
es casual: el gobierno de la Ciudad convirtió las pasantías escolares
(ACAP) en “Actividades de Vinculación con el Futuro” (VCF),
institucionalizando la presencia empresarial en la escuela bajo el
discurso de “preparar para el mañana”.
La paradoja es evidente.
Mientras se denuncia de manera sistemática el supuesto “adoctrinamiento”
en las aulas públicas —cuando docentes trabajan contenidos críticos o
históricos—, no se considera adoctrinamiento exponer a miles de
adolescentes a las “bondades” del mercado. Allí, los cantos de sirena
sobre el mérito y el éxito individual se presentan como horizonte único,
borrando la realidad cotidiana de precarización y desigualdad que
golpea a esos mismos jóvenes.
Endeavor se convierte así en el
laboratorio de una pedagogía instrumental que instruye en la
performatividad económica de los egresados: competir, emprender,
adaptarse. La solidaridad, la cooperación y la construcción de otro
mundo posible para la emancipación quedan invisibilizadas, sustituidas
por la naturalización del mercado como destino inevitable.
Genealogía institucional y advertencias previas
Las
“Actividades de Aproximación al Mundo del Trabajo y a los Estudios
Superiores” (ACAP), creadas en 2021, ya imponían pasantías desconectadas
de la formación real de los estudiantes. En junio de 2023 señalábamos
cómo 8.000 jóvenes fueron obligados a asistir a Endeavor,
un evento que exaltaba la lógica de los paraísos fiscales y la
pedagogía instrumental. Dos años más tarde, en junio de 2025,
advertíamos que las ACAP funcionaban como una simulación laboral que abría la puerta a la tercerización educativa, desplazando la responsabilidad estatal hacia las empresas privadas.
La resolución 996/2025 del
Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires que transforma las
ACAP en “Actividades Educativas de Vinculación con el Futuro” (VCF)
institucionaliza esa trama privatista. El cambio de nombre legitima la
intervención empresarial en la escuela pública y convierte la asistencia
a eventos como Endeavor en parte del trayecto escolar obligatorio.
Esta mutación marca el pasaje de la escuela como espacio de formación crítica a la escuela como plataforma de entrenamiento en valores de mercado, tal como venimos señalando desde hace años. Reafirmamos que es aquí donde se instala la pedagogía instrumental, que reduce la educación a la performatividad económica y prepara el terreno para la manipulación juvenil que se profundiza con Endeavor 2026.
El rechazo estudiantil y las sombras penales del adoctrinamiento corporativo
La jornada Endeavor Sub20 de 2026 expuso a 12.000 estudiantes a un desfile de discursos empresariales que exaltaban el mérito y el éxito individual como si fueran verdades universales. Sin embargo, la reacción juvenil fue clara: silbatinas y abucheos contra figuras como Martín Migoya (Globant) y a Ariel Sbdar (Cocos Capital) , señalando la desconexión entre esos relatos y la realidad de precarización y desigualdad que atraviesa a la juventud.
El rechazo se vuelve aún más contundente cuando se observa el prontuario de quienes pretenden dar cátedra. Globant, dirigida por Migoya, enfrenta denuncias por despidos masivos y fraude fiscal vinculado a subsidios de la Ley de Economía del Conocimiento.
Ariel Sbdar, cofundador de Cocos Capital, fue uno de los primeros en celebrar la criptomoneda $LIBRA, promocionada por Javier Milei en 2025 y que terminó en una estafa con pérdidas estimadas en 251 millones de dólares para más de 44.000 personas. Su exposición en Endeavor fue interrumpida por abucheos y gritos de “vendepatria”, obligándolo a abandonar el escenario.
Y en el trasfondo, Mercado Libre sigue siendo exhibida como “empresa modelo” pese a que su fundador, Marcos Galperin, se burló públicamente de una jubilada que cobraba la mínima, trasladó su residencia fiscal a Uruguay para pagar menos impuestos, y acumuló más de 247 millones de dólares en subsidios estatales entre 2023 y 2025 .
La puesta en escena de Endeavor se legitima con cifras congeladas —como los 28 billones de dólares de facturación global en 2020 que aún se exhiben en su página oficial— y con la exaltación de Estados Unidos como modelo inspirador. Pero ese país, presentado como ejemplo, es también el fiel representante de la barbarie contemporánea: responsable del genocidio palestino en su alianza con Israel, invasor en Irán, perpetrador del secuestro al presidente de Venezuela y su esposa, violencia institucional desatada contra lxs migrantes, un sistema educativo atravesado por la lógica del mercado y desigualdad extrema: el 20% más rico concentra 52,6% del ingreso total, mientras el 20% más pobre apenas 5,2%; y el 49% de los hogares no alcanza el umbral de seguridad económica, con especial impacto en familias monoparentales y adultos mayores.
Así, el rechazo estudiantil es la respuesta crítica frente a un adoctrinamiento corporativo que pretende naturalizar el mercado como destino inevitable, mientras oculta las denuncias penales, los privilegios fiscales y el desprecio social de quienes se presentan como referentes del éxito.
La colonialidad del saber o la pedagogía crítica
El encuentro organizado por Endeavor Argentina en convenio con el gobierno de la Ciudad a través del Ministerio de Educación —por el que los estudiantes tuvieron asistencia obligatoria— el pasado 28 de abril en el Movistar Arena se presentó como un espacio de inspiración para jóvenes. En los hechos, funcionó como un dispositivo pedagógico meramente instrumental, orientado a imponer un único modo legítimo de entender el conocimiento a través del éxito en relación con el futuro. Un perfecto experimento neoliberal para moldear conductas y patrones de identificación.
Es difícil encontrar un ejemplo más transparente de la colonialidad del saber en acción, en su versión local, empresarial y glamorizada.
Desde el inicio, la puesta en escena fue inequívoca. Empresarios millonarios, elevados al rango de “docentes”, se posicionaron como autoridades epistémicas capaces de decirles a lxs estudiantes qué es ser exitoso, qué es el trabajo y, sobre todo, qué es lo que deben desear.
No hubo diálogo, ni construcción compartida de sentido; solo una transmisión vertical de un relato único. Se trató de una forma actualizada del modelo bancario denunciado por Paulo Freire: aquí los oradores depositaban “consignas motivacionales” envueltas en estética TED, mientras la experiencia concreta, situada, conflictiva y material de la vida adolescente y juvenil quedaba totalmente desplazada.
Lo pedagógicamente inaceptable es la obligatoriedad de la asistencia, con estudiantes convertidos en audiencia cautiva, el evento adquirió un matiz disciplinador. La libertad —tan celebrada en el discurso emprendedor (y libertario)— se evaporaba cuando se trataba de obligar a escuchar, sin debate posible, a quienes se arrogan la potestad de definir el “camino correcto”.
El contenido transmitido tampoco dejó lugar a dudas. Bajo la retórica seductora del “soñar en grande”, se instaló un dispositivo ideológico que combina individualismo extremo, meritocracia vaciada de contexto y un odio visceral al Estado.
Sin embargo, este rechazo a lo público convive con la realidad económica más evidente: las mismas empresas que pontifican contra el Estado se sostienen gracias a subsidios, beneficios impositivos y apoyos estructurales, como ya lo hemos relevado.
La narrativa emprendedora, presentada como verdad natural, esconde sus propias condiciones materiales de existencia. Este doble estándar es parte del núcleo de la colonialidad del saber: una verdad impuesta que se autoproclama neutral mientras niega las relaciones de poder que la hacen posible.
La reacción estudiantil —amplia, espontánea y crítica— resultó ser el elemento más lúcido del encuentro. Allí donde los organizadores pretendían moldear subjetividades dóciles, emergió la resistencia.
Esa insubordinación epistémica muestra que la pedagogía crítica no es un ejercicio académico abstracto, sino una práctica viva: los jóvenes reconocieron, quizá intuitivamente, el intento de colonizar simbólicamente su futuro y se negaron a aceptarlo.
Lo ocurrido evidencia cómo ciertos eventos masivos se usan para legitimar una narrativa única del desarrollo: el emprendimiento se presenta como la única salida posible, el éxito individual se superpone a cualquier proyecto colectivo y la desigualdad estructural queda reducida a falta de voluntad o espíritu emprendedor.
Esta operación es parte de la producción de subjetividades funcionales a un orden económico que necesita trabajadores autoexplotados, culposos y políticamente desmovilizados.
En definitiva, el encuentro fue un ejercicio de poder simbólico, una actualización local de la colonialidad del saber que desvaloriza cualquier forma de conocimiento no alineada con el mercado.
Lo destacable es que el hecho pedagógico se produjo: la rebelión epistémica de lxs estudiantes marcó un aprendizaje y la diferencia respecto de la pasividad de encuentros anteriores del mismo tipo. Otra experiencia a tener en cuenta antes de afirmar encuestas que dan cuenta de la “apatía” juvenil.
Como docentes y pedagogos no perder de vista, frente a estos dispositivos seudopedagógicos de dominación, que la respuesta crítica —en las aulas, en los espacios comunitarios, en la reflexión colectiva— no solo es necesaria; es urgente y desde las bases, si lo que buscamos es una educación que emancipe y no decline frente a la vulgata autodefinida “clima de época”.
Fuente: https://huelladelsur.ar/2026/05/06/de-la-escuela-publica-al-adoctrinamiento-corporativo/
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