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Reseña del ensayo El creacionismo, ¡vaya timo!. Carta a un crédulo de Ernesto Carmena

Deconstruyendo timos y timadores

Fuentes: El Viejo Topo

  Ernesto Carmena, El creacionismo, ¡vaya timo!. Carta a un crédulo. Laetoli, Pamplona, 2007, 154 páginas.   «¡Vaya timo!» es una colección de la editorial Laetoli dirigida por Javier Armenia, astrofísico, director del planetario de Pamplona y miembro del consejo editorial de la revista El Escéptico. La colección cuenta con el apoyo de la Sociedad […]

 

Ernesto Carmena,

El creacionismo, ¡vaya timo!. Carta a un crédulo.

Laetoli, Pamplona, 2007,

154 páginas.

 

«¡Vaya timo!» es una colección de la editorial Laetoli dirigida por Javier Armenia, astrofísico, director del planetario de Pamplona y miembro del consejo editorial de la revista El Escéptico. La colección cuenta con el apoyo de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico y pretende desenmascarar timos, falsas creencias presentadas como profundos saberes no atendidos por «la ciencia oficial», pseudoverdades asentadas en falsedades oceánicas que llevan en su máscara la etiqueta «conjeturas atrevidas», manipulaciones de libro, timadores que ocultan sus cartas tramposas y, en ocasiones, sus rentables negocios. Se han publicado hasta ahora cinco volúmenes en la colección: el que comentamos, uno dedicado a los ovnis, otro más dedicado a la sábana santa, un cuarto centrado en la parapsicología y, finalmente, el que tiene en el yeti y en otros animales curiosos sus ejes centrales.

Ernesto Carmena, el autor del volumen reseñado, es un joven y brillante científico de pluma ágil y descarada, miembro de la sociedad para el avance del pensamiento crítico. El tema al que se enfrenta tiene dos caras, sin duda interrelacionadas: el propio creacionismo y la teoría, digámoslo así, del diseño inteligente. Los creacionistas, los creata en un indiscutible logro nominal del autor, un movimiento político-religioso que sigue extendiéndose en Estados Unidos y en otros países, defienden su tesis de la creación del mundo y de las especies vivientes amparándose en una lectura literal de la Biblia, después de señalar con angustia la neta contradicción entre el libro «sagrado» y los desarrollos y conjeturas de las arrogantes ciencias humanas.

El diseño inteligente es una teoría algo mas sofisticada que cuenta con algunos, pocos, científicos entre sus filas, los IDiots (de ID, Intelligent Design) los llama el autor en otro logro nominal no menos destacable. El bioquímico Michael Behe, famoso por su noción de la complejidad irreducible, es uno ellos (Las estadísticas señalan, eso sí, que por cada científico que no defiende la evolución hay más de 10.000 que sí la defienden). Dios, según esta teoría, ya no es inicialmente creador ex nihilo, o no llegamos a ese atributo siguiendo los postulados bíblicos, sino que es el gran ordenador de lo existente, el Norman Foster del Universo. Como no se entiende, o no se quiere entender, que la selección natural es una razonable explicación de la evolución, los partidarios del diseño sostienen que la naturaleza, el universo, no puede explicarse por sí mismo y necesita para su explicación de su Ser singular y habilidoso, no identificable con ninguna instancia natural. Esa entidad ordenativo es nada más y nada menos que el Dios de las tradiciones religiosas, el divino arquitecto, el omnisciente e ilimitado Ser que ha diseñado toda la armonía natural existente. No importa, o no se quiere aceptar, como señalaba recientemente Francisco J. Ayala, el reconocido profesor de biología evolutiva de la Universidad de California, que los seres vivos tengamos una arquitectura bastante mediocre. El canal de la natalidad de las mujeres no es suficientemente grande para que pase el niño sin dificultades ya que la cabeza de los bebés se ha ido expandiendo a través de la evolución y como consecuencia, aparte de otras razones sociales médicas, millones de mujeres mueren en el parto y también millones de niños, que no han cometido pecado alguno, mueren antes de nacer. Ayala concluía que alguien que hubiera diseñado de ese modo, un diseñador que llevara a la muerte de tantos fetos, sería calificado de abortista o de cosas mucho peores. El diseño inteligente, señalaba, implica que Dios es el principal abortista del mundo. Pura herejía sin duda, pero fundamentada en un argumento bastante contundente apuntado por un autor que apuesta por una convivencia apacible entre ciencia y religión, negándose a que la ciencia traspase sus estrictas demarcaciones, tesis, como es sabido, opuesta a la de autores como Sam Harris o Richard Dawkins que defenderían un ensanchamiento del espacio crítico de los saberes y logros científicos.

Carmena ha escrito un delicioso e informado libro de diecisiete breves capítulos, que no sólo critica y falsea argumentos esgrimidos por defensores del creacionismo o del diseño inteligente y denuncia manipulaciones textuales, sino que aclara y explica nociones centrales de la teoría neodarwinista no siempre bien entendida. Pondré algunos ejemplos de ello, pero antes cabe citar una de las más conocidas manipulaciones de los creata que bebe en fuente darwinista. Creacionistas y diseñadores suelen defender sus posiciones con esta cita de Darwin: «Suponer que el ojo, con todos sus inimitables artificios para ajustar el foco a distintas distancias, para admitir distintas cantidades de luz y para la corrección de la aberración esférica y cromática, pudo haberse formado por selección natural parece, lo confieso libremente, absurdo de todo punto». Punto, aquí finalizan. Empero, señala Carmena, inmediatamente después, Darwin añadió: «Y sin embargo la razón me dice que, si puede mostrarse que existen numerosas gradaciones desde un ojo perfecto y complejo a uno muy imperfecto y simple, siendo cada grado útil para su poseedor, si además el ojo varia ligeramente, y las variaciones son heredadas, lo cual ocurre ciertamente, y si alguna variación o modificación en el original ha de ser útil, entonces, aunque insuperable por nuestra imaginación, la dificultad para creer que un ojo perfecto y complejo puede haber sido formado por selección natural apenas puede considerarse real». La reflexión global es otra cosa, desde luego.

Los ejemplos antes citados. La evolución suele confundirse, señala Carmena, con uno de sus mecanismos, la selección natural, y ésta suele visualizarse como una guerra entre distintas especies o razas, o como aniquilación de los débiles en manos de los fuertes, pero, realmente, la evolución «es el proceso que da lugar a cambios hereditarios en las poblaciones de seres vivos a lo largo de las generaciones» (p. 44), o dicho en otros términos, la evolución es el cambio en la frecuencia de los genes en las poblaciones (un conjunto de individuos de la misma especie que se reproduce entre si) a lo largo del tiempo. Esa teoría, revisable como cualquier otra teoría científica, da cuenta de un hecho evolutivo (que a veces también es llamado «evolución» dando pie a una confusión conceptual): «los seres vivos de la Tierra están emparentados y han ido divergiendo a partir de un ancestro común y transformándose durante millones de años» (p. 45)

Por otra parte, ¿qué papel juega el azar en la teoría de la evolución? ¿La evolución es fruto del azar? Depende como entendamos el término, apunta Carmena. Se dice que las mutaciones se producen al azar pero las mutaciones tienen sus causas: roturas en el cromosoma mal reparadas, errores de copia, inserción de segmentos parásitos de ADN. Ciertamente, «ciertos genes tienen más probabilidad de mutar que otros porque están en zonas del genoma más desplegadas y expuestas» (pp. 112-113). ¿Qué quieren decir entonces los biólogos cuando afirman que las mutaciones se producen al azar? No que las mutaciones carezcan de causas o que todas tengan las mismas oportunidades, sino que «las mutaciones ocurren con independencia de las necesidades del organismo» (p.113). Esta es la cuestión.

Sobre la relación entre ciencia y religión, la posición del autor del volumen no coincidiría con intentos de armonización en la línea de Stephen Jay Gould. La ciencia tiene un ámbito y la religión otro. La primera intentaría desarrollar teorías que expliquen los hechos del mundo natural; la religión operaría en el mundo de los fines, los significados y los valores humanos, que la ciencia podría iluminar pero nunca resolver. El empuje y el documentado descaro de Carmena le impide seguir ese sendero de pacto: «La religión, según entendemos muchos, no puede evitar colisionar con el conocimiento científico. Ella es así porque es así. Sólo lograra cumplir su «orden de alejamiento» si consigue evolucionar y convertirse en una ética descafeinada y superflua adornada con rituales» (p. 151). Al adversario, ni agua, esa es la otra cuestión.

Finalmente, hay un problema de razón pública e instrumentos en este debate señalado por Carmena al igual que por Francisco J. Ayala. ¿Cómo debatir con los partidarios de la creación o del diseño inteligente? ¿Vale la pena el cara a cara? Carmena y Ayala parecen desechar esa vía: en los debates públicos no cuenta la razón sino, sobre todo, la retórica, la publicidad, el marketing, las habilidades engañosas, la publicidad de prejuicios asentados, las caras hermosas y sonrientes, los trajes de Zara, no en cambio, o en mucha menor medida, los verdaderos conocimientos ni la validez de la ciencia. No se puede explicar en 10 o en 20 minutos, con un público no neutral que a veces es aleccionado para el caso, asuntos de cierta complejidad que exigen atención, muy contrarios a creencias y prejuicios arraigados.

Tal vez sea sí. Quizás podamos aparcar ese ámbito de intervención como sugiere Carmena, tal vez podamos batirnos en retirada en ese espacio enemigo, pero eso significa dejar a los creacionistas un amplísimo y transitado campo para un proselitismo generosamente financiado. Es sabido: a veces, para avanzar, es necesario intervenir en territorio comanche. ¿Cómo? ¿Con qué armas? Denunciando imposturas, señalando puntos débiles y de fácil comprensión de la posición debatida, no intentado defender de entrada las propias posiciones. Eso vendrá luego, en una segunda fase. Esta vez las segundas partes serán mejores.