Recomiendo:
1

Descubriendo a Forrester: Una exploración de la condición humana (II Parte)

Fuentes: Rebelión

Jamal y Claire van a una fiesta de la escuela. El sitio resulta ser la casa del Dr. Spence, su padre, directivo y millonario o millonario y por ello directivo. Todos los asistentes, por el juego de Jamal, se darán golpes en la espalda hasta la medianoche, relata Claire. Ella tiene una dura prueba sobre Sherlock Holmes: les hacen investigar tonterías, como quién presentó a éste con el querido Watson: “Lo que hacen para que así uno tenga que leerlo todo”. Para Jamal, lo duro no es lo de nueva escuela, nueva gente, sino donde ni la policía quiere estar de noche. Claro, si Jamal viviera en Fosa Común, cambiaría de opinión con respecto a la presencia o ausencia de policía, en especial por el ESMAD, versión criolla de los Robocops. Aparece en la terraza el padre de Claire y al ver el tácito flirteo de Jamal y su hija, la llama y la toma por la cintura, como quien sugiere: “Ella es mía y la pelota tuya”. O: “Confórmate con la pelota, y deja tranquila a Claire”. Esto es, asalto a la propiedad privada que no es ni de lejos eso. El racismo se hace explícito, aunque una tenue sonrisa pretenda ocultarlo. El desquite de Jamal no se hace esperar y es intelectual: llama a Claire y le revela que fue Stamford, en un bar de Londres, quien presentó a Watson con Holmes. El saber amilana, sin que esa sea una intención manifiesta o corresponda a un ánimo innoble o fuera de control.

Jamal contradice a WF en cuanto a que una conjunción “Y” no puede iniciar una oración. Que no es, sino “era” una regla firme pues el usarla hace que resalte: y esa puede ser la intención del escritor. Como pasa en poesía cuando reiterarlo entraña énfasis, no repetición. El único riesgo es redundar. Distrae y puede dar la sensación de coprolalia, en griego “balbucear heces” y en sentido coloquial “hablar mierda”. “Tomaste algo que era mío y lo hiciste tuyo. Un gran logro”, le dice WF a Jamal a propósito del título de Una temporada de la fe perfecta y del párrafo inicial de su obra. Y éste va a la biblioteca a averiguar sobre El muelle de Avalon, cuyas 24 copias en línea están todas fuera de Mailor. Cuando habla con la funcionaria, china u oriental, a su lado está el mismísimo Van Sant frente a un computador.

Jamal le pregunta a WF por qué lee revistas sensacionalistas. Él le dice que lee el Times en la cena y aquellas son el postre. Cuando discuten sobre por qué leer en frente de todos, WF le dice a Jamal que eso no es escribir: claro, porque nadie debería escribir para lucirse, sino para intentar responder a sus búsquedas internas, interrogantes, demonios/abismos: “Los escritores escriben para que los lean los lectores”. Nada más. Lo de leer en los cafés, bromea WF, es para acostarse con alguien. Y tiene hasta razón pues escribir es un oficio de solitarios. La chanza machista no tarda: “Las mujeres se acuestan contigo, aunque el libro sea malo”. “¿Te pasó a ti?”, riposta Jamal. “Claro”, responde WF a tan ambiguo interrogante pues no se sabe si Jamal se refiere a que las mujeres se acuestan con alguien por escribir un libro o porque este es malo: aunque ello parezca descartable de plano por el éxito de Avalon Landing.       

Al preguntar Jamal si alguna vez se casó, WF dice: “No es pregunta de sopa, precisamente”. No se casó nunca, pero le cuenta que aprendió cosas que le pueden servir/ayudar con la joven de la que habla a toda hora: “La llave que te abrirá el corazón de una mujer es un regalo inesperado en un inesperado momento”. ¿Por qué? Porque contra lo que piensa el machista falocéntrico no es el hombre el que seduce sino la mujer: ella dará siempre la última palabra en una relación. O como dice Fernando González en Viaje a pie: “Las mujeres que han de ser nuestras vendrán a buscarnos”. Aun así, el regalo inesperado termina siendo para Claire: una copia numerada/firmada de Avalon Landing (1954). “No te la puedo aceptar, eso cuesta una fortuna”. Ahora se sabe, Mailor es una escuela para hombres, así que el papá de Claire hace lo que cualquiera en su cargo habría hecho: entró al Directorio y cambió las reglas.

Ahora, Crawford no cree que Jamal escribió el texto que otro directivo tiene en sus manos; y, lo peor, dice ser muy consciente de la seriedad de tal acusación. El otro, Matthews, cree que es un trabajo notable y pregunta a Crawford si lo reconoce de algún lado. El sabueso parido por el fracaso de su propia obra, tiene ya la respuesta, al menos, parcial: “El estilo lo he visto”. Recurso narrativo que funciona muy bien al citar una historia, igual que aquí con el cine. Para el envidioso Crawford, Jamal no tiene talento: simplemente, es un jugador… del Bronx. Su interlocutor le recuerda que ha ganado 17 juegos consecutivos; aun así, pregunta a Crawford si ha considerado que pueda ser bueno. “No tan bueno”, señala.

Pantalla dividida para mostrar a Jamal con su balón viendo TV y a WF tomando J&B y luego escribiendo. Cuando Jamal pone un libro en la biblioteca, WF lo observa y de inmediato aquél entiende que debe hundirlo hasta el fondo. El mejor momento de la escritura es cuando el escritor coge su primer borrador y lo lee solo, antes de que unos pendejos agarren algo que no podrían hacer en toda una vida… ¡y lo hagan pedazos en un solo día! Entonces, cuando los críticos comenzaron a especular con lo que WF querría haber hecho, él decidió que no escribiría un libro más: hizo lo que Monterroso en su cuento El zorro es más sabio. (7)

Jamal se queda viendo un álbum de fotos de WF: de infancia, sobre la guerra, del Yankee Stadium, adonde el Joven lo invita a ir, justo, en ese momento. En el Metro, WF trastabilla y cae. De ahí su duda al salir del apto. cuando Jamal le insistía: “¡Vámonos!” Éste, desesperado lo busca; tras unos segundos de tiempo diegético, no natural, aparece WF y le ayuda a pararse. No salía mucho porque perdió la noción del tiempo. Como a tantos les pasa en Fosa Común con el virus/negocio. WF le pregunta a Jamal por qué lo llevó a la casa que Babe Ruth erigió: “Porque es tu cumpleaños”. Lo sabe por el almanaque. De paso, descubre que no aparece en el obituario. WF y su hermano veían todos los juegos hasta que éste se fue a la guerra: al regreso hablaba menos y bebía mucho más. Como le pasó a Lester Pres Young, entre otras figuras del jazz, que fueron a la II Fiesta Mundial de la Muerte, según Thomas Mann. Cuando su hermano se enfría en un cuarto de hospital, la enfermera al lado lee su libro: de ahí en adelante, todo cambió para WF, ya nada fue igual. En cinco meses enterró a su hermano, a su madre, a su padre. A todos, en el Bronx. Como dice Paul Auster en El cuaderno rojo, uno cree que la tragedia jamás lo va a perseguir de ese modo, pero de pronto vienen familiares muertos en cascada; o respecto al acto de escribir, en el prólogo, El cazador de coincidencias: “Escribir es un caso de impersonation, de suplantación de la personalidad: escribir es hacerse pasar por otro”. Y en efecto uno puede ser el no tan macho Henry Miller, la lesbiana o forra Higui, el secuestrador de guerrilleros Paulo Malhães, el boxeador cubano sifilítico Kid Chocolate, el revolucionario y uno de los cinco luchadores contra la injusticia Che Guevara.

“El reposo de los que nos han precedido, no puede acallar la ineptitud de aquellos que nos seguirán”, le recuerda Jamal textualmente a WF. Algo que está en Avalon Landing. Las luces del Yankee Stadium se apagan. Elipsis: ambos se despiden en el apto. de WF. Éste, nota que, si se le da suficiente tiempo, Jamal llegará a asombrarlo hasta a él. En otras palabras, ya presiente que el alumno puede superar al maestro. De pronto, aparece ‘T’, quien ha escuchado todo desde la escalera. En el filme lleva el nombre del rapero Trevor James Smith Jr., quien deriva su apodo del antiguo jugador de la NFL George Busta Rhymes, que le fue dado por Chuck D, integrante del grupo de RAP y de Hip-Hop, Public Enemy. Nombre que, a su vez, se corresponde con el filme The Public Enemy (1931), de William Wellman sobre gángsters, con James Cagney y Jean Harlow. El filme está basado en la novela inédita Beer and Blood, de John Bright y Kubec Glasmon, ex pandilleros de la Prohibición o Ley Volstead (1920-1933): por el diputado abstencionista de Minnesota, Andrew Volstead, su principal promotor. Prohibición en la que algo funcionó mal, porque apenas al año de iniciarse ya NY, que apenas contaba con 15.000 bares ilegales pasó a tener 32.000 tabernas con mirilla, como lo cuenta Hans Magnus Enzensberger en su libro de ensayos Política y delito al abordar a Al Capone.

Cuando regresan del estadio, ya en el apto., al despedirse Jamal, WF le dice que esa fue una de las mejores veladas que ha tenido en mucho tiempo. Ya con la amistad consolidada, ambos se tutean, como debe ser. ‘T’ pregunta a ‘J’ de dónde conoce a WF y él le dice que es “mi maestro”. Jamal se presenta ante Crawford, quien le dice que ya es hora de tener una charla sincera/abierta sobre cómo escribe: “O tiene un don excepcional que ha emergido de repente o… está recibiendo su inspiración de otra fuente”, le suelta con disimulada alevosía, pero alevosía al fin, disfrazada de buenos modales. “Yo escribí esos ensayos”, no oculta Jamal. “Entonces, no le importará demostrármelo”, dice Crawford. Ya hasta el más tonto, aparte del espectador, sabe que hay una verdad perceptible, la de artistas, poetas, escritores, que siempre estará enfrentada a la verdad demostrable, la de abogados, jueces, políticos. Algo irrefutable.

Jamal no escribirá nada para justificarse ante Crawford, le dice a WF. Enseguida, plantea la lucha de clases (el motor de la Historia, para Marx): “¿A un niño de dos comas le hubiera dicho ‘dados sus antecedentes’”? Y, se agrega, máxime si era blanco… porque no hay casi negros de dos comas, o sea, de un millón de dólares. Crawford no puede entender que un joven negro del Bronx escriba como Jamal, como sostiene WF, así que supone que aquél es un incapaz. Igual que para Jamal, Crawford es un pendejo. Cuando le pregunta a WF si lo conocía, porque sabía de su libro, le responde “no” y agrega: “Muchos escritores saben las reglas para escribir, pero no saben escribir”. Y eso pasa porque escribir no es un cuento, como se dijo, de musas e inspiración, sino de trabajo y disciplina. El escritor tiene que renunciar a muchas cosas, incluso a su propio confort, si en verdad quiere escribir y escribir, además, algo de valor, peso histórico, trascendencia. De lo contrario, se quedará de ‘crítico’ o de ‘profesor’ que dicta cátedra sobre cómo escribir, aunque él mismo nunca haya sabido hacerlo.

Para WF, Crawford escribió un libro sobre cuatro autores que sí sabían… y WF era el único vivo de ellos. Crawford convenció a un escritor de que se lo comprara. Así que WF escribió a un editor y a otros sobre un segundo libro “y que si querían que escuchara sus ofertas”. “Por eso el libro de Crawford desapareció”, agrega Jamal. WF no planeaba tal libro, como conjetura Jamal, pero ellos no lo sabían, agrega WF. “Es interesante lo que pasa cuando los recursos no están a la mano”, afirma el ventrílocuo de la envidia/vileza/soberbia. Jamal coge su obra Una temporada…, para presentar al concurso del Mailor. Crawford abochorna a Coleridge, pero no resiste que Jamal actúe igual: que obre en justicia frente a una injusticia. Todo porque Coleridge no sabe quién escribió el pasaje de: “Enantes…”, anacronismo. Jamal sí, porque es el memorioso Funes de la clase. Varios personajes del filme se inspiran en la literatura: 1. John Coleridge, corresponde al apellido de uno de los mayores poetas ingleses de toda época: S. T. Coleridge. 2. Spence, padre de Claire, tal vez se llama así porque en la Oda del poema Melancolía, S. T. Coleridge (1772-1834), al final del epígrafe cita ‘Balada de Sir Patrick Spence’: a propósito, un sabio en meteorología. La profe Joyce, es probable se llame así por el autor, James, de una de las obras cumbres de la literatura universal, el Ulysses, que a su vez viene del latín Ulises, que significa máscara/persona/nadie/todos y que en griego es Odiseo, justo, el protagonista de La Odisea, “el libro más influyente de la historia” escrito por el ciego Homero, quien por recientes pesquisas ahora parece ser una chica siciliana. (8)

“Quizás sus talentos se extienden un poco más lejos que el baloncesto”, añade un perverso Crawford, lo que no causa daño a Jamal, sino que se vuelve contra aquél mismo: el efecto boomerang. “Más allá”, dice Jamal puesto que “más lejos” = distancia, mientras “más allá” = grado. Tensión que se da por la prepotencia, ante la cual se levanta la rebeldía innata de un ser íntegro en nada parecido a mermelada. Más bien, a coraje, valentía, firmeza, que incluso sin querer se yergue como reto inconsciente a la postura de su parce Coleridge, sobre Crawford, en el rancio sentido de que es mejor pasar de agache cuando él lo crea útil. Algo que Jamal no atiende, desoye, rechaza de plano. “No lo hagas”, susurra Coleridge a Jamal, antes de que éste se agarre con Crawford. No obstante, Jamal no se disculpará jamás y así lo plantea a WF, para quien aquél no ha hecho nada malo, sino que le ganó su propio juego.

Es política del Directorio preguntar si se le quiere dar crédito en un trabajo a otro autor o reconocer a otros escritores al entregarlo. “1960”, cita Crawford: “Un ensayo titulado ‘El mejor año del béisbol’, con un subtítulo que dice ‘Una temporada de la fe perfecta’. Publicado en el New Yorker y escrito por… William Forrester”. “Su versión es bastante original, pero debemos tomar en cuenta el título y el primer párrafo”, dice Crawford. Matthews: “¿Tienes el permiso de [WF] o tienes alguna otra explicación?” “No”, responde Jamal al recordar que hizo un pacto de lealtad/honestidad/ética, con WF: algo que, salvo para un político, sería impensable quebrar. La Directiva, según Crawford, tiene la potestad de ponerle en periodo de prueba e incluso impedirle jugar básquet en el futuro. Aun así, curioso, no se le prohíbe jugar el campeonato estatal. Lo dicho por Claire regresa al futuro: Mailor hace lo que quiera con sus alumnos y, ante todo, con su talento: según convenga. La educación, como tantas otras cosas, no es un servicio, sino un negocio: ya no más sin ánimo de lucro, ahora, sinónimo de lucro. Jamal es una ficha más en la cadena de valor de cambio, otra mercancía (como los futbolistas hoy), refundida entre el manto de la hipocresía y del plus-valor capitalista.

“Nunca me avergüences enfrente de mi clase”, le suelta Crawford a Jamal tras dejarle papel y pluma encima de su ensayo para que escriba una disculpa a sus compañeros y la lea en voz alta: “Yo no leeré nada” concluye enfático y disuelve, como en un Paro Nacional, la reunión con la Directiva del Mailor. Por último, Crawford lo conmina a devolver la pluma al acabar.

Jamal va adonde WF, quien le pregunta, en son de broma: “¿No hay saludos convencionales hoy?” “¿Por qué me hiciste reescribir algo tuyo?”, responde Jamal preguntando. “¡Ten cuidado!”, agrega WF. “¿Por qué no dijiste que se publicó?” Al saber que Jamal presentó el ensayo en la escuela, WF le recuerda el compromiso mutuo sobre privacidad: todo lo escrito en el apto. se quedaría allí. Jamal solo clama por un poco de ayuda: WF dice que esa opción no existe. El Joven lamenta estar acostumbrado a que eso ocurra. “No vengas con esas idioteces de ‘pobre de mí, sin papá’.” Jamal enfurece: “¿Qué has dicho?” Y le enrostra a WF su miedo. A salir de casa y ayudar a alguien que, como él, lo necesita. En síntesis, Jamal está cansado: “Ya me harté de esta mierda”. Y parte hacia el parque, donde están sus amigos que, sorprendidos, ironizan: “Jamal ha venido a saludarnos”. Fly es el más disgustado.

Llega la hora del juego de Jamal, con Mailor, en el Madison Square Garden. Spence le cuenta que la directiva decidió olvidar el asunto del ‘plagio’ y que el año siguiente tendrá menor carga académica. El chantaje emocional/monetario salta a la palestra, por parte de Spence: cuando Jamal pregunta qué debe hacer, suelta el veneno: que salgan campeones al final del torneo. Pero, Jamal y su rebeldía innata, voluntad, carácter, operan contra la manipulación. Así, cuando el marcador va 62/63 a favor del rival “negro” Creston sobre el “oro” Mailor y se presenta una falta doble sobre él, que antes acertó 50 tiros en liza con Hartwell, ahora, a voluntad, yerra los dos tiros que los harían ganar. ¿Efecto? No todo lo controla el poder ni lo decide el poderoso. A veces, el pueblo, el “negro del Bronx” tiene la última palabra, cuando el presupuesto es la dignidad, no el maldito metal del que habla Marx en sus Manuscritos de 1844, al citar a Shakespeare en su poema Timón de Atenas: “¡Oh, maldito metal, / vil ramera de los hombres, / que enloquece a los pueblos!” Por fortuna, Jamal no está loco o alienado ni piensa ceder a la tentación del tal oro con el que “se torna blanco el negro, / y el feo hermoso; / virtuoso el malvado; / el anciano, mancebo; / valeroso el cobarde y noble el ruin”. (9)

No olvidar, Jamal es escritor: su afán material, de tenerlo, es poco probable que se consolide, si es que su pasión, no en tanto sufrimiento sino sacrificio, acción del deseo, libertad, marca su derrotero, el prurito de esculpir sus sueños, el no fracasar al seguir fiel a sus principios. WF alista su cicla y parte a saldar cierta deuda metafísica con alguien urgido de ayuda y cuyo descuido sería imperdonable. Un montaje paralelo lo muestra en su fino balanceo sobre la bici y a Jamal en la biblioteca… luego, en su cuarto dormido. Su hermano ‘T’ entra, con el pretexto de apagar la luz y termina por hallar su carta para WF, que Jamal ha metido en un sobre de la Biblioteca Pública de NY. ‘T’ lanza la carta bajo la puerta de WF e intenta irse, pero aquél lo alcanza en la escalera. Le cuenta que Jamal la escribió después del juego y que al día siguiente va a volver a la escuela. “Es curioso: siempre te dejan llegar hasta cierto punto, antes de quitártelo todo”, sentencia ‘T’ con amargura/realismo sobre su hermano. 

Jamal entra por la puerta que anuncia el 110º Simposio del Arte de Escribir, organizado por Mailor. Llega al salón con fotos de grandes escritores, entre ellas la de WF. Claire pregunta a Jamal si la silla contigua está libre: él con desdén dice “sí”. Para sorpresa de Crawford, entra WF y le pregunta: “¿Puedo leer unas cuantas palabras?” “¿Qué hace él aquí?”, suelta Claire. “Por favor”, dice Crawford a WF, se dan la mano y éste agradece. Ya en el atril, lee el texto “Perder familia”: “Perder familia nos obliga a buscar a nuestra familia. No siempre a la familia que es de nuestra sangre, sino la que puede volverse de nuestra sangre. Si tenemos la sabiduría para abrir la puerta a esta nueva familia, descubriremos que lo que deseábamos del padre, que antes nos guiaba, del hermano que antes nos inspiraba… [aquí un tiempo muerto vibra] Lo único que nos quedará por decir será: ‘Quisiera haber visto esto, o quisiera haber hecho aquello o…’ La mayoría de ustedes son demasiado jóvenes para saber cuáles serán sus deseos. Pero cuando leo estas palabras, […] de esperanza, de sueños, me doy cuenta de que el deseo que me fue concedido a mí, tan tarde en la vida, fue el regalo de la amistad”.

WF parte en medio de un silencio que acojona, que grita por una pizca de justicia por aquel joven negro, del Bronx, llamado Jamal Wallace. Para nada una marca de mermelada, más bien el heraldo de una nueva camada de escritores. De los que ya no creen en rancios abolengos, ni en escuelas del chantaje emocional ni material, salvo en su propia condición. Lo que lo ha llevado a una honda exploración personal y, más allá (no “más lejos”, aunque también, en este caso), a una compleja exploración de la condición humana, sin prejuicios/límites ni fronteras. Primer paso para el hallazgo de una real libertad de expresión y una auténtica declaración de principios basada en honradez/honestidad/ética. Todo ello, hecho más con el corazón que con la cabeza y como quien primero escribe sin pensar, con la emoción, y luego le da forma estética y contenido trascendente, con la razón y la coherencia.

Crawford, creyendo que habla por todos, da gracias a WF por su inesperada visita. Y exalta el valor de sus palabras, “algo que todos debemos aspirar a alcanzar”. La cereza que le falta al postre de ecuanimidad/justicia/dignidad, la pone WF cuando aquél le pregunta a qué se debe el honor de tenerlo en Mailor. Porque a un amigo suyo no se lo permitieron. Amigo que tuvo la integridad de protegerlo, cuando él no estuvo dispuesto a ello. “Su nombre es Jamal Wallace”. “¿Jamal Wallace es amigo suyo?”, pregunta Crawford invadido más por envidia que por admiración. Sí, WF lo ayudó a hallar sus propias palabras con unas suyas. A cambio, “él me prometió jamás decir nada acerca de mí… una promesa que cumplió”, certifica WF.

“Sr. Forrester, mientras su visita parece sincera, sé que puede apreciar que ella no cambiará ni interferirá con [llegar] a una decisión justa […] en este caso”, dice Crawford. “Hay una cuestión más que debo aclarar. Las palabras que leí hoy yo no las escribí. [Fue JW]”. El aplauso no da espera. Ante tal afecto por WF y por Jamal, Crawford grita ‘silencio’. Como a todo político, lo aturde el clamor que no aterriza en su feudo. “¡Callados! […] Eso no tiene […] relevancia”. Ante breve acción de Matthews, Crawford, al borde de un colapso nervioso, vocifera tener la última palabra. Matthews le ordena sentarse: “He sido maestro por más de 30 años. [El] suficiente tiempo para saber que la integridad cuenta. Diría que el Sr. Forrester nos ha aclarado este asunto de [modo] concluyente. Como presidente de la directiva, tengo la última palabra”. Así, Wallace no necesita presentarse a la junta la semana próxima. “Sr. Forrester, si algún día le interesa tener una posición docente… [WF declina ante la oferta] Jamal, ¿estas son tus palabras? 16 [años]. Admirable”.

Los rostros de la envidia restallan por doquier. WF cree/piensa que Jamal tomará sus propias decisiones de ahora en adelante. La reflexión/disenso de Jamal no demora: “Pensé que ibas a decir algo [así] como que siempre había podido”. “No, ya se acabaron las lecciones”, dice WF. Y tiene una duda: “Los dos tiros libres al final del juego… ¿los fallaste… o los fallaste?” “No es una pregunta de sopa, precisamente”, le devuelve Jamal a WF, una respuesta a cuando Jamal le preguntó si alguna vez estuvo casado. Sobre “los fallaste… o los fallaste”, he ahí cómo un término igual a otro, a veces no es igual a otro. Así como un ‘do’ que se repite no es un ‘do’ igual al anterior, como decía John Cage. El ánimo o las circunstancias cambian.

“¿Tú crees que publiquen nuestro acto de circo en una revista barata?”, pregunta WF. Jamal asiente. Pase lo que pase WF está dispuesto a partir a Escocia, su “suelo patrio”, lo que no dice por chovinismo, sino porque quizás recuerda a Rilke para quien “la patria es la infancia”. Y cuando le pregunta a Jamal cuál es la palabra que sus amigos usan en tal caso, da su respuesta/pregunta: “¿Irse?”, lo que como se verá en breve lapso diegético del filme cobra una connotación muy distinta. “Ah, sí, Irlanda”, bromea Jamal. “Escocia, por el amor de Dios”, corrige WF. “Que no se te olvide escribir”, lo que pareciera una frase de doble filo, remata Jamal. WF no contesta: lo que ofrece más seguridad sobre concretar el hecho: no siempre lo que se promete, se cumple. Lo que pasa, sobre todo, si de por medio hay políticos.               

Epílogo: La colonización por el lenguaje

En conclusión, el discípulo ha superado al maestro o va en camino de hacerlo. No sin antes haber sido depositario de la confianza, el respeto, la admiración de WF, una vez éste decide “irse” (entre broma blanca y humor negro, de negro), desaparece de su entorno y regresa a Escocia, no a “Irlanda”. Ahora bien, curiosamente, es Irlanda la tierra de los mayores escritores de Inglaterra (Oscar Wilde, James Joyce, George Bernard Shaw, T. S. Eliot, W. B. Yeats) que, a través de la colonización por el lenguaje, terminó aboliendo las lenguas nativas de cada miembro de la Commonwealth o Comunidad Br(u)tánica para pasar a mandar: porque, como dice Juan Carlos Monedero, “el que nomina, manda”, el que nombra, decide.

“Último año de bachillerato”. Jamal retorna a Mailor. Se topa con Coleridge, quien pregunta si sabe algo sobre WF y Jamal dice sí, pero ignora qué estará haciendo. Entra a la oficina y se encuentra con Steve Sanderson, abogado, representante legal de WF. Cuando Jamal sonríe para preguntar cómo está, rápido un sable corta la emoción; es invitado a sentarse para no ser noqueado por el golpe: sus abogados han sabido que “pasó a mejor vida”. Recibe maletín, llaves y sobre. “¿Qué pasó?” “William tenía cáncer”. Se le descubrió dos años atrás. Lo que, en flashback, el “irse” cobra pleno sentido, uno muy distinto: definitivo/palmario/alevoso.

Jamal, Janice y Terrell llegan al nuevo apto.: el legado, ahora material, que le deja WF. Increíble. Todos esos libros. “No toques nada”. Frente al júbilo filial, Jamal, triste, abatido, desconsolado e inconsolable, abre la carta de WF: “Querido Jamal: Un conocido escribió que abandonamos nuestros sueños, por miedo de fracasar o, peor aún, por miedo de tener éxito. Mientras sabía, desde temprano, que realizarías tus sueños… jamás imaginé que realizaría de nuevo los míos. Las estaciones cambian, joven. Esperé hasta mi invierno, para ver lo que vi este último año, pero no cabe duda de que hubiera esperado demasiado a no ser por ti”.

“No me puedes ver los ojos esta vez”, dice Jamal a su amigo, hundido en la derrota que causa la muerte de un ser entrañable. “Se te va a pasar. Ven”, concluye Fly. Así sea cierto, no deja de haber adioses insoportables e indeseables despertares. El plano final muestra que WF si escribió un segundo libro, lo que, pese a coincidir con Monterroso, permite señalar que nunca posó ni quiso ser zorro ni más sabio: apenas, un hombre dedicado al oficio de escribir, sin alarde, y con la foto de una mujer en la pared: de la que no se supo nada, ni si fue su esposa. En todo caso, paralelo al ritmo de muerte, corre el ritmo de vida. Esto ya lo sabe JW, marca pura de talento, jamás de mermelada. “Ocaso – Una novela de [WF]. Prólogo a ser escrito por [JW]”. Picado: Fly y Jamal juegan el juego más grato, al que luego se suman sus amigos y luego se van hasta que Jamal queda solo y se retira al aparecer los créditos. Mientras ellos juegan, escuelas y universidades de EEUU, los reclutan, para explotarlos, a fin de inflar sus arcas a costillas de un despreciado pueblo/talento negro en un hecho disfrazado de filantropía.

Con base en dos personajes, uno negro/Joven y otro blanco/Viejo, Gus van Sant ha realizado un filme que, aunque se resienta de ciertos fantasmas previsibles, es muestra palpable de un cine sensible e inteligente, a través del cual hace una exploración de la existencia y a la vez de la condición humana; mostrando, en el intento, por un lado, una descripción de la amistad para nada viciada por interés, por ego/vanidad, por el pecado que recoge a los demás, la soberbia (Papini); por otro, desde la óptica de Epicuro y su visión de la amistad, una síntesis de prodigio, en al menos cinco aspectos: 1. Los bienes (en este caso, libros) son para quienes saben disfrutarlos: de nada sirven riquezas si no se consigue ser más feliz. 2. El mayor logro de la autosuficiencia es la libertad, basada en la acción del deseo y en el sacrificio hecho a nombre del amor, lo más revolucionario. 3. Por sí misma toda amistad es deseable, por el sencillo hecho de tener un buen amigo, por la compleja razón que eso significa dentro del innoble e interesado capitalismo: el que lleva todo a la ruina. 4. Vivir oculto: esa es la señal suprema de la discreción. 5. Quien se olvida de los bienes gozados ayer, ya es viejo hoy, lo que quiere decir que la memoria, ese único tribunal incorruptible, es inherente a la felicidad.

Notas:

(7) https://ciudadseva.com/texto/el-zorro-es-mas-sabio/

(8) https://www.infobae.com/cultura/2021/05/16/mitos-y-secretos-de-la-odisea-de-homero-el-libro-mas-influyente-de-la-historia/?fbclid=IwAR12J_aCGqh3gVhO5zyQrb8IQN5JTlJMROTljF5hKijgHHQSd_oukXPcoiQ

(9) MARX, Karl. Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Edit. Grijalbo, México, 1975, 160 pp.: 156.

FICHA TÉCNICA: Título original: Finding Forrester. Español: Descubriendo a Forrester. País: EEUU. Año: 2000. Género: Drama. 35 mm; color; 136 min. Dir.: Gus van Sant. Guion: Mike Rich. Prod.: Sean Connery. Fot.: Harris Savides. Mon.: Valdis Óskarsdóttir. Int.: Sean Connery (WF); Rob Brown (Jamal W.); F. Murray Abraham (R. Crawford); Anna Paquin (Claire S.); Busta Rhymes (‘T’); April Grace (Ms. Joyce); Michael Pitt (J. Coleridge); Stephanie Berry (Janice); Michel Nouri (Dr. Spence); Richard Easton (Matthews); Glenn Fitzgerald (Massie); Fly W. III (Fly); Matthew Noah Word (Hartwell); Steven Sanderson (Matt Damon). Prod.: Columbia Pictures. Dist.: Sony Pictures / Netflix / FandangoNow.      

Luis Carlos Muñoz Sarmiento. (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución fue lanzado por UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión. E-mail: [email protected]     

1