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Desnudar al Poder real

Fuentes: Rebelión

En casi 35 años de democracia ininterrumpida, nunca ha sido tan palpable como hoy el rostro del verdadero poder en la Argentina. El Poder real, aquí y en el mundo, no necesita de elecciones ni de partidos políticos para gobernar, pues está por encima de toda coyuntura. Cualquier gobierno (poder formal) puede negociar, acordar, rechazar […]

En casi 35 años de democracia ininterrumpida, nunca ha sido tan palpable como hoy el rostro del verdadero poder en la Argentina. El Poder real, aquí y en el mundo, no necesita de elecciones ni de partidos políticos para gobernar, pues está por encima de toda coyuntura. Cualquier gobierno (poder formal) puede negociar, acordar, rechazar o disputarle privilegios a ese Poder, en un mecanismo de tensión permanente. Estas son las reglas del juego en la dinámica de un país. Sin embargo, en la era Macri el poder formal es detentado por una facción empresaria de las corporaciones económicas más poderosas: detrás de sus medidas orientadas a beneficiar a esos mismos sectores, se divisa como nunca la mano imperceptible del Poder real. Que hoy atiende los dos lados del mostrador: son los dueños de los principales recursos estratégicos (energía, alimentos, capitales, medios de comunicación) y conducen el Poder Ejecutivo y los órganos de control.

Ese Poder -que, como quedó claro, está por sobre quien ejerce la Primera Magistratura y también por sobre los Poderes Legislativo y Judicial- parece no tener empacho a la hora de ocultarse, en su urgencia por recuperar el tiempo perdido. Ávido de revancha y escarmiento, maneja a su antojo a los jueces federales y muestra su rostro más brutal en la persecución judicial a la oposición; exhibe voracidad al apurar una transferencia de ingresos de los sectores del trabajo hacia sus propias arcas; en suma, se muestra impune porque, cebado como está, considera suyo (y lo es) a ese gobierno al que definitivamente contribuyó a catapultar.

El verdadero rostro del Poder real en la Argentina aflora hoy más que nunca antes. Como quien está a punto de emerger del agua hacia la superficie, comienza a entreverse su silueta. Ni siquiera lo disimula: ya dejó atrás sus modales y va por todo. Sediento de sangre, quiere asegurarse de que nadie volverá a confrontarlo. De este modo se dispone a embanderar candidatos incapaces de objetar sus deseos.

Por primera vez se siente a tono con la prédica continental de seducir votantes y manipular elecciones. Ganada de momento la batalla cultural, este Poder parece urgido por impulsar las reformas que le garanticen su eterno influjo. Con la impunidad que le otorga el capital, el manejo de las instituciones, de los medios de producción y de comunicación, se siente autorizado a desterrar todo indicio de resistencia. Controlarlo todo para impedir males mayores: proscribir las voces disidentes para imponer su verdad como la Verdad, perseguir y domesticar al sindicalismo y reprimir la protesta para avivar la apatía social, arrinconar a la oposición -vía condena mediática o persecución judicial- para instalar a sus propios gerentes o testaferros de la política.

Es necesario repensar el futuro político colocando en el primer plano del debate a ese Poder cada vez más concentrado y prepotente, cada vez más difícil de soslayar. Parece inútil enfrascarse en discusiones banales, polemizando sobre la conveniencia de los candidatos: Macri, Vidal, Massa, Randazzo, Urtubey y tantos otros serán apenas quienes deban administrar las políticas dictadas por aquel. Una sociedad entretenida en esas divergencias no hace más que facilitarle el control de la política. Y obstaculizar el triunfo de una nueva anomalía, como lo fue el peronismo. Y en algún punto, también el kirchnerismo.

Es indispensable develar las caras y los nombres de ese Poder, cada vez más reconocible porque ha sido beneficiado con creces en estos dos años de macrismo: los sectores agroexportadores, el monopolio Clarín, las corporaciones financieras y extractivas y los sectores latifundistas a los que representa la SRA y su ministro Etchevehere. Ligado, claro, a una nueva fase del capitalismo periférico, en la etapa imperialista del capital financiero.

Uno de los casos en donde es más visible la cara del Poder real es Clarín. Beneficiario directo de todas las concesiones presidenciales, Héctor Magnetto logró convertir a más de la mitad de la población en cliente cautivo: con semejante potencia comunicacional ocurrirá lo que Ricardo Aronskind definió como censura privada: las noticias que le resulten inconvenientes al multimedio -por ejemplo, los pasados cacerolazos contra la reforma previsional- sencillamente desaparecerán. Y con semejante poder simbólico se debilita la democracia: hace años que Clarín instaló el periodismo de guerra, a través del cual supo inyectar el odio e impulsar el revanchismo; y en esa guerra en la que el multimedio se victimizó terminó arrasando, entre otras cosas, con la ley (de Medios), la pluralidad de voces, el periodismo y la Justicia. Ha envilecido a toda una sociedad, poniendo en peligro el estado de derecho en la Argentina. Porque no habrá estado de derecho si este poder agobiante y mercenario maneja a su arbitrio las intrigas palaciegas.

Si en el pasado parecía insostenible gobernar sin Clarín, en el futuro será imposible, para cualquier administración nacional y popular, gobernar con las exigencias y extorsiones de esa corporación. En su metabolismo expansivo, el multimedio ha condenado a muerte al periodismo, herido de operaciones y post-verdad. Y no sólo al periodismo, sino también a la democracia real.

El protocolo que utiliza el Poder real es bien conocido: imputar a sus enemigos el guantazo de la corrupción. El hostigamiento y la reproducción al infinito en sus medios hegemónicos han servido para intimidar a sus víctimas y erosionarlos en el favoritismo popular. Así pasó ayer con los políticos de la oposición, hoy con el sindicalismo y, de este modo, prolongar el modus operandi para eternizarse. Logró que gran parte de la sociedad argentina votara en contra de sus propios intereses, y hará lo imposible para perpetuar el modelo político imperante.

En línea con el capitalismo financiero transnacional, el Poder real en la Argentina exige más despidos, eliminación de retenciones y subsidios, desarticulación de todos los organismos reguladores del Estado, total libertad a la disputa de la renta por las grandes empresas formadoras de precios, y políticas liberales en comercio exterior. Y lo está perpetrando contra toda resistencia. Macri y sus funcionarios, los políticos de la oposición, los jueces y legisladores, parecen apenas un puñado de soldados sometidos a la voluntad de unos pocos generales que habitan otros despachos. Ante esto, ¿tiene todavía sentido prolongar la discusión acerca de la corrupción, las candidaturas y demás controversias?

El Poder real también utiliza como protocolo la mentira para erosionar a sus enemigos. El problema es que esa mentira parece no tener consecuencias ni responsabilidades: un ejemplo de esto es la reciente manipulación de datos, por parte del Banco Mundial, que perjudicó intencionadamente al gobierno de Michelle Bachelet en Chile, favoreciendo al candidato triunfador, Sebastián Piñera. El economista jefe del organismo, Paul Romer, reconoció que esa organización financiera alteró su ranking de competitividad empresarial en desmedro de Bachelet: vale decir, mintieron para que pueda triunfar el candidato de la derecha conservadora chilena. Eso sí, pidieron disculpas. En Argentina la prensa hegemónica jamás desmiente la increíble andanada de falacias que a diario viene cometiendo desde hace años; mucho menos, pide perdón. Ninguna de esas mentiras parece generar en la sociedad condena alguna.

Por eso es necesario desnudar al Poder real. Hacerlo visible, exponerlo y revelar sus propósitos, contrarios al interés de las mayorías populares. Ese Poder controla los medios, fija la agenda política y dice de qué nos tenemos que preocupar. Detrás de cada segmento de esa agenda laten los intereses de aquella superestructura dominante. Desmontarlos y mirarlos en perspectiva, con espíritu crítico, contribuirá a interpelar a un Poder cada vez más insaciable y menos sutil.

Ese Poder juega cínicamente con la democracia. Su agenda consiste en entretener a las sociedades con una clara finalidad: que esas sociedades no lo cuestionen. «Es una neurosis colectiva -dijo alguna vez José Saramago- el Poder real es económico; no tiene sentido hablar de democracia«.

Gabriel Cocimano (Buenos Aires, 1961) Periodista y escritor. Todos sus trabajos en el sitio web www.gabrielcocimano.wordpress.com

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.