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El Estado en estado de coma inducido

Fuentes: Rebelión

“Si las piedras de tu calle tuvieran entendimiento,
cada vez que yo pasara lloraran, de sentimiento”
huayño boliviano

Hasta las piedras llorarían, sabiendo que soportan el peso de siglos de injusticia, con lo que están haciendo a la tierra de donde provienen. Si ya no hay pueblo, ¿quién las haría barricadas y trincheras, para hacerlas parte de la defensa nacional? Sin pueblo, hasta las piedras dejarían de ser útiles para construir. En una cosmovisión que afirma que todo, absolutamente todo, es persona, es sujeto y, por eso, merece respeto, hasta las piedras hacen parte de la reflexión sobre la dignidad humana. Esta reflexión nos conduce a la política. Porque el destino de nuestra tierra, que somos nosotros, se define políticamente. Vayamos entonces con un diagnóstico coyuntural, en este triste 6 de agosto.

En apenas 9 meses, el gobierno ha vaciado ya, toda la credibilidad con la que asumió su mandato. Demostrando grados de corrupción inverosímiles y un acelerado desmantelamiento estatal que, a la vista impotente de todo un pueblo, apunta a reunir las condiciones que hacen a un Estado fallido.

El propio gobierno, para inmunizarse de toda responsabilidad (que “todo es culpa del Evo”), ha lobotomizado la conciencia social urbana con prejuicios racista-señoriales, para demonizar la pasada movilización y bloqueos indígena-populares. Ahora, este improvisado gobierno, producto del azar político, y gracias a la inconsciencia “pitita”, tiene las manos libres para continuar el despojo nacional que inició desde el primer día de su asunción.

Ya en abril de este año Bolivia y USA firmaron un acuerdo de intereses en el control de minerales críticos y tierras raras como el litio, antimonio, zinc, neobio, wolframio, tantalio, germanio, indio, litio, además de uranio verificado y polimetálicos en La Paz, Oruro, Potosí y Santa Cruz. Y la enajenada sociedad urbana no dice nada (porque todo es culpa del “masismo”, esa muletilla que ya no convence), viendo cómo se destruye YPFB, YLB y todas las empresas estratégicas, para planificar su insolvencia y condición deficitaria y armar las condiciones para su privatización (y dejar un Estado limosnero que ni la “renta dignidad” pueda garantizar sino endeudándose más). Los comités cívicos, que tanto exigían la soberanía de los recursos estratégicos (el litio y el gas, sobre todo), en la movilización que avaló el golpe del 2019, ahora guardan un silencio cómplice que los delata como meros instigadores del fascismo ahora reconstituido; cuyo único plan es la obediencia a la “Doctrina Don-Roe” y, en la actual guerra de commodities, balcanizar Sudamérica[1].

Lo que el gobierno señaló, desde su inicio, como “trancas” –que son las que mínimamente aseguran, en la propia Constitución, la soberanía estatal– no hizo sino delatar que se trata de “trancas” para intereses ajenos, No para nuestro país. De ese modo, ya se pudo advertir ante quiénes se inclinaba la voluntad política del régimen. Y si busca, aún más, reducir al Estado, en realidad lo inflama con prioridades que ya no son nacionales, porque grafica la fisonomía de una “empresa fantasma”: desvía sus obligaciones para canalizar ingresos y destinarlos a manos privadas (desparecido un ministerio de planificación, se entiende que el gobierno ya no planifica nada, sólo recibe órdenes de afuera). Habiendo renunciado a sus responsabilidades estatales (como son educación trabajo y cultura, dejándolos como botín para el mercado) sólo le queda inflamar sus aparatos coercitivos. Su poder se inmuniza. Y se recubre del lawfare o la judicialización de la política: el pueblo pauperizado por medidas antinacionales, debe demostrar que su protesta es legal, de lo contrario, se deduce que su reclamo es ilegítimo y, por tanto, sedicioso. Circulo vicioso fetichista. La ley se vuelve criterio de sí misma. Trampa leguleya que confunde legalidad y legitimidad.

Pero, si ésta es la apuesta tradicional de los grupos de poder, ¿por qué la derecha –su brazo político– apuesta al revocatorio? Porque ahora sólo se trata de pugnas por la jefatura del poder. La derecha cree que, demonizando al MAS, domina toda la preferencia electoral (aún cuando no decida nada sin el consentimiento de Washington). Por su parte, el MAS confía en que el campo popular, por pura nostalgia, apostaría por el Evo. Pero la ilusión es una pésima táctica. Sin mencionar que ninguna opción, de izquierda y menos de derecha, piensa en una cualificación del poder estratégico (porque poder que no es estratégico no es poder en absoluto).

Y aunque sea necesaria la remoción de un improvisado gobierno, cuya única encomienda parece ser corromper todas sus instancias y el desmantelamiento total del Estado; la pregunta principal y necesaria sigue siendo el cómo restaurar la fe en el proyecto plurinacional.

El golpe híbrido del 2019 demostró un desencantamiento profundo en el pueblo; de modo que el proceso implosivo del propio gobierno, de su credibilidad, coadyuvó al éxito del golpe, que se orquestó no para bajar un gobierno sino para destruir el carácter plurinacional que debía adquirir el Estado.

En ese sentido, una adelantada contienda electoral no resuelve el asunto central; porque el espectro político, en las condiciones actuales, irá desgraciadamente por la escenografía peruana, donde absurdamente se cree que la mixtura de denominaciones políticas es muestra de la diversidad, degenerada en el ensalzamiento, sin criterio ético alguno, de lo “pluri-multi-tutti-fruti”, o sea, del todo vale y nada vale. Lógica del que ya perdió todo, hasta la dignidad.

Pero lo que está en juego es la viabilidad del propio Estado (y, en general, de todos los Estados latinoamericanos), en una disputa geopolítica ya iniciada por el anglosionismo y sus satélites regionales. La existencia de Sudamérica es lo que está en juego en esta guerra de recursos críticos y control de las rutas comerciales, corredores geoestratégicos y las cadenas de suministro globales (cerrar el acceso de China, sobre todo, al suministro de minerales estratégicos para la tecnología de punta, es parte de la geopolítica anglosionista de control de los estrechos y canales de comercio global)[2].

Un proyecto popular debe proponerse no sólo la idea de un nuevo Estado sino su factibilidad interna y externa. Pero esto supone superar dos escollos: la ausencia de operadores y ejecutores de un proyecto verdaderamente nacional y la remoción del lastre burocrático que sólo sabe administrar la dependencia y el entreguismo al poder imperial. Y no sé trata de la simple burocracia, sino de ésta convertida en poder político, supeditando las definiciones político-estatales a sus prerrogativas administrativas.

En nuestro país constituyen logias hasta familiares que ven al Estado como su patrimonio. Ningún gobierno (tampoco el “gobierno del cambio”) ha podido librarse de esa presencia que, conociendo muy bien el manejo administrativo del Estado, se hace imprescindible para todo gobierno que debe asegurar su gestión. Son logias que conocen y controlan muy bien el lenguaje estatal: la ley. Por eso se reparten, entre ellos, los puestos decisorios de la arquitectura administrativa, porque la ley les otorga permisividad y en ese laberinto, que esa casta ha ido construyendo para abrirlo y cerrarlo a discreción, aseguran una permanencia hasta hereditaria; por ello se visten de todos los colores políticos para asegurar su continuismo. Por eso también, el carácter clasificatorio selectivo de las castas señorialistas, que controlan el Estado, no cambia desde la fundación de nuestra república.

En sus manos, la famosa meritocracia es potestad de esta selectividad que instituye el carácter vertical y excluyente del poder político. Son los protagonistas del síndrome del rey cercado[3]. Son los que instituyen el llunk’erio en la política republicana. Los primeros llunk’us[4] son los burócratas criollos que se ofrecen a Bolívar y Sucre, para traicionarlos después, una vez que se creen elite y generan el llunk’erio como cultura política. Son logias que, para hacer del Estado su patrimonio hasta familiar, mixturan su lealtad con todas las denominaciones políticas.

El Estado plurinacional, desde la promulgación de su carta magna, en 2009, creyó ingenuamente en la obediencia burocrática, sin darse cuenta de que el poder no puede ejercerse sin la concurrencia de la intermediación política. Por eso no se trata de la simple burocracia sino de ésta hecha autoconsciencia de su poder. No puede administrarse aquello que no se controla. En este control radica su poder.

Ahora que nos encontramos ante la premeditada implosión estatal (por eso este gobierno no es sino la reiteración de los propósitos del golpe de 2019), la izquierda no puede seguir siendo ingenua y creer que apenas un cambio de gobierno puede devolverle al Estado plurinacional su factibilidad.

Sin sujeto no hay proyecto y la propia traición que hizo la COB al movimiento indígena-campesino no ha hecho sino demostrar que el verdadero sujeto del proyecto plurinacional es el resto crítico más excluido, negado y deshumanizado por la formación social boliviana; aquél que se expresa en términos de comunidad, ayllu, suma qamaña, allin kawsay, ñandereko, ivi maraei, cuya ética nos impele a dialogar siempre: aruskipasipxañanakasakipunirakispawa. Pero el eurocentrismo colonial de la izquierda no le permite todavía comprender esta nueva realidad.

El poder burocrático sólo apuesta por su permanencia y sólo sabe administrar el carácter colonial, dependiente y señorialista del Estado republicano (ese que añora la élite oligárquica boliviana). En tal situación, la verdadera y más legítima tarea de un Estado en transición, es la renovación paulatina de la composición orgánica del Estado actual (todos los prejuicios estatales se reproducen y legitiman por la mediación de esa composición).

La política es también una cuestión de fe y si no se cuenta con operadores y ejecutores idóneos, se hace imposible una gestión. Si desaparece la voluntad política, sólo queda la demagogia, y la corrupción repone las exigencias burocráticas. La estructura piramidal es la fisonomía que permanece siempre y es el germen de la restauración, cada vez más sellada, del Estado que se pretendía transformar.

En política no basta el horizonte utópico; la validez y la legitimidad son lo que sostiene al poder popular, pero lo estratégico y lo operativo han sido lo más descuidado en el ejercicio mismo del poder democrático. Hay que decirlo: la izquierda es demasiado obediente a la ley (esa que ha sido hecha para minar la democracia misma, made in USA); y muchos, hasta por su procedencia de clase, en su ascenso social, dejan de ser pueblo y sólo disputan el poder de los ricos, para aspirar a esa forma de vida que ven como el logro máximo de su apuesta política. Eso delata la miseria moral de los que trepan rápidamente (no hay revolución verdadera sin revolución moral, ética y cultural).

Sólo el sujeto que apuesta por otra forma de vida, más digna, libre y justa, podría estar a la vanguardia de un proceso que ya no aspire a la inclusión sino a la transformación del sistema estatal. De allí colegimos que no todos constituyen pueblo sino sólo el resto crítico que es capaz de anticipación en el presente, del porvenir que anuncia su lucha. Ese es el pueblo en tanto que pueblo.

A ese pueblo nos dirigimos. No para mandarle recetas de lo que debe hacer sino para devolverle el protagonismo del poder político, de ese pueblo hecho horizonte, o sea, voluntad de cambio, poder popular. Esa sería la política ya no como el arte de lo posible sino como la ciencia de lo imposible. ¡Seamos realistas, hagamos lo imposible!, diría la juventud que se propuso tomar el cielo por asaltos.

La revolución es verdadera cuando los ancestros reviven y luchan junto a los vivos. Vuelven para asaltar los cielos, para hacer estallar el tiempo que nos domina y para sembrar la tierra con las semillas que el pueblo ha sabido preservar. Es cuando el pueblo, anuncia en el viento, que ha encontrado al fin su destino verdadero. El ¡ahora es cuando!, ya no es un anuncio sino un anticipar el tiempo verdadero, el nayra pacha (el tiempo eterno como vivencia mística del sujeto hecho pueblo).

Porque no nos liberamos para ser libres sino para redimirnos, redimiendo a nuestros ancestros. Y porque los muertos no están muertos si los vivos hacemos nido de su causa en nuestra vida. Porque somos la única razón de la existencia de ellos. Si el enemigo vence, ni ellos se salvarán. El ¡Ahora es cuando! se convierte en el ¡ahora es Nuestro! Porque cuando los muertos sueñan con los vivos, es cuando la revolución está, de nuevo, despertando. Por eso a la madrugada le antecede una oscuridad más oscura que la noche.

Notas:

[1] Ver nuestro ensayo: Sudamérica en disputa: la nueva guerra de los commodities, en El Ángel de la Historia, vol. II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reseteo global, yo soy si Tu eres ediciones, La Paz, 2024.

[2] Acaba de abrirse el capítulo “invasión humanitaria” de las guerras híbridas a nivel mundial, cuyo epicentro, después del laboratorio en Ceuta, será Sudamérica; promovida por el imperialismo anglosionista y el globalismo agenda 2030 que, por diferentes motivos, estarían acelerando la colisión entre Occidente versus China, Rusia e Irán. Sin renunciar al control del comercio energético, el nuevo teatro de operaciones será Latinoamérica. Por eso, todas las medidas económicas y políticas de los gobiernos títeres de la región tienen, por objetivo, la pauperización acelerada de sus pueblos y así provocar crisis migratoria y conflictos transfronterizos. Ver nuestros libros, donde advertimos desde el 2018, esta escenografía como parte de un plan de reseteo global: El tablero del siglo XXI. Geopolítica des-colonial de un nuevo orden post-occidental, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2019; El ángel de la Historia. Genealogía, ejecución y derrota del golpe de Estado, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2021; El ángel de la Historia. Volumen II. La disputa del arco sudamericano y la geopolítica del reseteo global, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2024.

[3] “El séquito (o llamado también “círculo q’ara” o “círculo blancoide”) eleva al rey a condición divina porque su presencia es lo único que garantiza la existencia del séquito (ya que sin el rey son nada). El rey se hace omnipotente, pero necesita del séquito, y el séquito necesita un rey dependiente. Por eso lo aísla y lo envuelve; de modo que todo lo hacen por él y, de ese modo, el rey ya no ve con sus ojos sino con los ojos del séquito, ya no escucha sino con los oídos de ellos; su contacto con la realidad está mediado por esa presencia que más le envuelve cuanto más lo endiosa. Pero el rey no es dios y, cuando esto se hace evidente, es cuando el rey ya no le sirve al séquito; entonces lo sacrifican y hasta lo elevan al martirio. De ese modo aparecen incólumes, haciendo del rey el chivo expiatorio que cargará con todas las culpas y todos los pecados; mientras el séquito, limpio e inmaculado, salvado por la sangre del inmolado, se dedicará, otra vez, a buscar un nuevo rey”. Bautista S., Rafael: El ángel de la Historia. Genealogía, ejecución y derrota del golpe de Estado. 2018-2020, p. 262, yo soy si Tú eres ediciones, La Paz, 2021.

[4] Definición de llunk’u: aquel cuyo único mérito consiste en masturbar el ego del jefe, disfrazando esa destreza en la famosa meritocracia que tanto reclama la clase media. Eso lo vimos recientemente en el vergonzoso agasajo honorífico que le hace el canciller Aramayo al presidente Rodrigo Paz, premiándole con el “Cóndor de los Andes”, destinado a destacadas personalidades que el propio Estado condecora (no a la autocondecoración), exhibiendo la consecuencia del vacío cultural y moral de una elite política adicta a los honores inmerecidos.

Rafael Bautista S., autor de Hacia la Universalización de los Códigos del Vivir Bien. Dirige “el taller de la descolonización”.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.