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El nuevo Partido Justicialista y los límites del proyecto K.

Fuentes: Rebelión

«Derrotamos a los sindicatos. Les quitamos el partido» José Luis Manzano [1] El legado más duradero de la llamada «renovación peronista», allá por los ochenta, que decantaría en el liderazgo de Menem, fue, como señala Manzano, la exclusión de los sindicatos y la CGT, su desaparición como actores dentro del espacio político del peronismo. Este […]

«Derrotamos a los sindicatos. Les quitamos el partido»

José Luis Manzano [1]

El legado más duradero de la llamada «renovación peronista», allá por los ochenta, que decantaría en el liderazgo de Menem, fue, como señala Manzano, la exclusión de los sindicatos y la CGT, su desaparición como actores dentro del espacio político del peronismo. Este proceso encerraba complejas implicancias: si el peronismo, que durante treinta años había basado su presencia en la sociedad en su anclaje sindical, dejaba de lado a la CGT, ¿cuáles serían sus bases?

Manzano y Menem aportaron una respuesta clara: ya desde mediados de los ochenta puede verse cómo los dirigentes sindicales son gradualmente desplazados de los puestos más importantes en el PJ, reemplazados por intendentes y gobernadores que, gracias a su manejo discrecional de los fondos públicos, han edificado densas clientelas que los vuelven autónomos de las bases obreras del movimiento. Este proceso, desde luego, es inseparable de la ruina de la producción nacional, posibilitada por el avance neoliberal producido por la última dictadura, que mermó marcadamente la presencia social y la cultura obrera en el país.

Ahora bien, acerquemos la lupa al tiempo presente. ¿Cuál ha sido el eje, la novedad, si la hay, de la reconstrucción del PJ por parte de Néstor Kirchner? Pues, precisamente, se trata de devolverle a los sindicatos, no la abrumadora preeminencia del pasado, pero sí una presencia institucional, que obliga a todos los actores del renacido justicialismo -intendentes, gobernadores, y los propios dirigentes gremiales- a un delicado equilibrio de posiciones, disciplina y alianzas que, en última instancia, favorece y legitima un liderazgo vertical. Claro, la clase obrera argentina no es lo que era, y en esa medida la operación no supone entregar el control del aparato a sus viejos dueños, sino apenas unificar éste reforzando su crítico desgaste con la presencia de la CGT.

Hay, en esta lista, un convidado de piedra: las nuevas organizaciones sociales. Inexistentes en el partido sindical clásico, deben su existencia a la continua aplicación de políticas neoliberales desde el Estado durante los últimos treinta años. Son, podríamos decir, a la vez el fruto y la respuesta social a las políticas implementadas por los grandes grupos financieros.

En todo caso, los movimientos sociales, nacidos al calor de la resistencia al neoliberalismo menemista de los años noventa, y caracterizados en su momento por algún trasnochado, como la vanguardia transformadora y revolucionaria de la sociedad argentina, se han consolidado como un actor más, que no releva, sino que complementa al sindicalismo tradicional, con el que ha rivalizado varias veces en los últimos años por el control de las «bases».

En el diseño del kirchnerismo, los movimientos sociales -representados por D´Elía, Pérsico, Tumini y otros- no han recibido un espacio partidario e institucional propio. No debería sorprender: está claro que, a los ojos de Kirchner, la apuesta a futuro reside en la consolidación de la clase obrera y la continua erosión, por consiguiente, del peso social de estos actores. Sin embargo, es evidente asimismo que, aún aceptando como válida esa apuesta, existe un hiato temporal -el tiempo presente- en el cual dichos movimientos representan una proporción nada despreciable de los apoyos populares del kirchnerismo. En efecto, se trata de los únicos interlocutores territoriales de los sectores más pobres e indigentes de la sociedad. Sectores que, si nos atenemos a los resultados de octubre, han sido el apoyo más sólido y duradero de Kirchner en su aventura electoral.

Y aquí, es evidente, el kirchnerismo ha mostrado otra de sus debilidades (que son varias). Si bien ha impulsado con fuerza la recuperación del empleo -precario, es cierto-, del salario -erosionado por la inflación-, y de los derechos laborales, es evidente que dicho impulso, basado en el crecimiento económico posterior a la devaluación, no ha modificado, en lo sustancial, la matriz desigual de la sociedad. En efecto, la asimetría entre los más ricos y los más pobres, pese a lo dicho, se ha acentuado. Por ende, es claro que la pobreza y la indigencia, lejos de ser fenómenos transitorios, como pudo imaginar el oficialismo ante las descomunales cifras de crecimiento, son componentes perdurables de la actual estructura social. La exclusión, que le dicen.

Si esto es así, el kirchnerismo está cometiendo un error. Por convocatoria, construcción y liderazgo social, las organizaciones como FTV y Libres del Sur se han ganado largamente, a nuestro entender, un lugar dentro del dispositivo justicialista. Por ello, no sorprende que, luego del fracaso de la 125, hayan sido sus referentes los primeros en señalarle al gobierno que el estilo de acumulación política preexistente -aquello que, en otro trabajo, llamé «un duhaldismo a medida» [2] – si bien permitió apropiarse del partido y vencer, consecutivamente, en dos elecciones nacionales, está hoy completa y absolutamente agotado [3] . Lejos de interpretar los votos «no positivos» del bloque oficialista ambas Cámaras como una traición, creo que se trata del lógico proceso de defección por parte de quienes, en definitiva, se subieron al proyecto cuando las cosas iban bien, por oportunismo y circunstancias, respondiendo a una coyuntura concreta, y no como parte de un nuevo proyecto nacional.

Desde esta modesta tribuna, sostenemos que el «nuevo PJ» es una respuesta necesaria, como piso, para la edificación de un nuevo movimiento, capaz de sustentar políticamente las transformaciones que la Nación necesita. Necesaria, pero, al menos en su estructura actual, insuficiente. Peor aún, inconsistente, si no con la historia del peronismo -que interpreta relativamente bien- al menos con su presente. La fragmentación de la sociedad exige otro tipo de estructura, capaz de integrar a quienes, antes que nadie y sin cálculo ni especulación, han saludado el nuevo rumbo del país. Las organizaciones sociales, pero también los jóvenes y los intelectuales, reclaman hoy un ajuste del diseño institucional partidario a las realidades disímiles de una sociedad menos homogénea que en el pasado.

[1] Citado por Steven Levitsky: La transformación del justicialismo. Del partido sindical al partido clientelista, Buenos Aires, Siglo XXI, 2005, p. 147.

[2] Ezequiel Meler: «Acerca del surgimiento y el crítico presente de las constelaciones progresistas: El caso argentino», en www.rebelion.org, 29/11/05.

[3] Cecilia Merchán y Victoria Donda: «Errores, oportunismos y coherencias», en Página 12, 19/07/08.