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La Fábrica de Sueños. Reseña de El libro de los pasajes, de Walter Benjamin.

El pasaje, los pasajes, un viaje a la vida

Fuentes: Rebelión

«Querer separar la religión de la política es una locura tan grande o mayor que la de querer separar la economía de la política». (Miguel de Unamuno, 1947)

Luego de recibir del poeta argentino Carlos Barbarito la Revista Pasaje nº 1, julio de 2020, y de recordarle que era una bella publicación, acompañada por las 13 definiciones del DRAE sobre el término, aun sin que citara el Libro de los pasajes, de Benjamin, recibí la invitación a escribir un breve texto sobre el mismo asunto. Tentación a la que me resistí al inicio, pero a la que pronto renuncié: uno no escoge los temas, sino se le imponen. Así que, de inmediato, pensando en que haré poca referencia al cementerio del lenguaje, como Cortázar le decía al diccionario, me volqué sobre la virtualidad en blanco para abordar sin ambages el desafío.

El pasaje es un viaje a la vida si de por medio hay un libro. El pasaje es un viaje a la muerte si de por medio hay un régimen. El pasaje es un boleto completo a algún lugar si hay libertad. El pasaje es medio pasaje, Middle Passage, si hay esclavitud: idea que avalaría Charles Johnson y su novela así llamada, a la que se retituló en español La trata.(1) Pero, lástima, la cosa va más allá de eufemismos y está más cerca del dolor que del placer. El pasaje no es ningún pasaje si al hombre se le priva de movimiento. Así, mientras exista la cárcel, el pasaje no tendrá sentido. El pasaje solo cobra sentido si va de la mano de la vida, no de la amenaza, la violencia, la muerte. Todo esto no es más que un subtexto/pretexto para hablar de lo que pasa alrededor de uno, cuando hay que decirlo y no puede callarse. Porque nada hay que callar, si no el pasaje deja de tener valor y apenas nos recuerda un precio. El valor que habla del pasaje como paisaje: el que no existe sin el hombre, porque el hombre es el paisaje, no el paisaje en sí, pues mientras aquel no lo nombra sencillamente no existe. A propósito, al norte dela provincia vasca de Guipúzcoa, hay una población que recibe el nombre de Pasajes.

El pasaje, los pasajes, son sucedáneos de movimiento, voluntad, poder. Incluso voluntad de poder, porque con un pasaje en mano ya nadie tiene excusa para detenerse, sino para avanzar. Y aunque aparezca de repente el oxímoron y nos asuste, avanzar implica ir hacia adelante. Pero, el oxímoron, menos mal, en el caso del pasaje, no es otra cosa que una metáfora, lo que hace reaparecer mágicamente la idea de movimiento, de transporte, de cambio de sentido de una idea a otra. Es decir, una puerta abierta a la tolerancia y de otra cerrada al prejuicio, a los prejuicios, los que tanto nos impiden, a la vez, aprehender el eclecticismo: la postura abierta a distintas tendencias. Como en principio piensan los musulmanes, por ejemplo, salvo si EEUU, vía Trump, está del otro lado desvirtuándolos, tratando de llevar a la práctica una perversa/oscura idea: la de dañarles la cabeza a los pueblos, si no puede cambiarles el corazón, con la apócrifa idea de que los musulmanes, todos, son “extremistas islámicos”, como dijo en discurso de posesión, queriendo ignorar de paso la frase de Unamuno en cuanto a que religión como economía, salvo para un loco, claro, son inseparables de la política.(2)

Así que, como se puede inferir, ya, el pasaje no consiste solo en pasar de una parte a otra, mucho menos de un país a otro, si de por medio ya no solo hay fronteras sino coronavirus, rara especie de virus/negocio mediado por esos chulos/zopilotes/proxenetas de la ideología llamados políticos; tampoco, el pasaje es solo la totalidad de los viajeros que van en cualquier vehículo, sea carro, avión, barco o el viajero solitario que anda en bicicleta, salvo, cuando va en tándem; ni siquiera el pasaje es solo el paso público entre dos calles, a veces cubierto, porque hay muchos pasajes de la vida descubiertos y por ellos los seres van desnudos, sin falsos ropajes o travestidos, sino que en sí mismos son la Nuda Veritas que mostró Klimt en ese paradigma del erotismo que es su cuadro Dánae, mujer por cuyas piernas se desliza la metáfora líquida/dorada del semen, la sustancia engendradora: en otras palabras, la que está a favor de la vida, no solo de la reproducción, y en contra de la muerte o de matar, ya no del simple acto de morir. O que muestra Walter Benjamin en el Libro de los pasajes, al hacer una minuciosa reconstrucción, mediante citas y fragmentos o pasajes, de la filosofía materialista a lo largo del siglo XIX, obra por desgracia inacabada: en el fondo, un pretexto erudito para hacer una lúcida reflexión sobre la modernidad, sobre lo que representa la evolución de la Historia que, sin saciar los anhelos de liberación humana, a través de sus propias ruinas proyecta la imagen de lo inconcluso tras las metas fijadas o que se propuso.

El pasaje, los pasajes, son un pasaporte a la verdad. Una ventana de resistencia al oprobio, a la avaricia, a la mentira de quien sea, ya no solo de los políticos. Porque como decía el poeta, no hay que echarles toda la mierda, porque aparte de que la mierda es blanda, ¿en realidad qué nos ha hecho ella?¿Por qué prodigársela siempre al presidente de los EEUU?(3)Aunque, en este caso también podría hacerse eso con el Pato Donald Hitler Trump, ¿cierto? Quien, a propósito, ya no será más The President, sino que ahora, al menos para la revista alemana Der Spiegel, es The Presidend, cuyo sufijo, fin, va en blanco y el resto en rojo, quizás subrayando una idea: la sangre que ha vertido por el orbe. Como la que hoy hace rodar por Fosa Común ese subpresidente hijo putativo del Matarife: el que tanto da de qué hablar.(4)

Aun con esto, sin duda, el/los pasaje/s, son tránsito o mutación, cambio o transformación, hechos con arte, de una voz a otra, de un lado a otro, de un país a otro o, como en este caso, de un ex país, Colombia, llamado ahora Fosa Común, como se dijo, al resto de la aldea global: donde todavía los pasajes tienen su valor intrínseco, son sinónimos de movimiento, transporte, vida; no de inmovilidad, sedentarismo, muerte. Donde todavía el pasaje es un lugar para estar tranquilos ejercitando la capacidad natural de observación, curiosidad, visión, sin tener que estar pensando, al mismo tiempo, en privarse de ello a causa de políticas equívocas, perversas o, francamente, corruptas, como las que hoy enturbian nuestra mirada en estos caminos de la muerte, disfrazados, a punta de tinta, de pátinas, de cristalerías que no se quiebran, aun teniendo al frente al raro elefante de la ignominia, la crueldad, el asesinato, resumidos en la idea del fascismo que campea en la actualidad a sus anchas por el mundo.

En conclusión, se propone el pasaje, como sinónimo de versículo o canto o caligrafía a la manera de El collar perdido de la paloma (1991), filme del tunecino Nacer Khemir (5); aunque también como equivalente a fragmento de libro, que permite viajar sin tropiezos, sin caer una y otra vez, como le ha pasado (no solo) a Carlos B. II, responsable de que yo haya atravesado el pasaje de la calle, la vida, la tolerancia sin prejuicios, igual los pasajes de libros, filmes, sonidos: en suma, el pasaje de la cultura, los pasajes del arte, los que permiten expresar una visión basada en respeto, aceptación de la diferencia, vía expedita para conseguir la igualdad y no su antinomia, como tontamente se cree. No olvidar, por último, que entre sus muchas acepciones, quizás más de 13 si se mira la vida, no el cementerio del lenguaje, pasaje viene de la voz latina passare, “dar pasos”, y del sufijo francés -age (-aje, en español), “acción de”, o la acción de dar pasos, otra metáfora para ir del dicho al acto, en un espacio que lo pide a este a gritos y a aquel lo llama a la calma/al silencio, a ver si se pasa del territorio de la retórica que no trasciende, al pasaje que en forma de libro es un viaje a la vida; que si hay libertad y no represión es un boleto completo; que si hay esclavitud es solo medio pasaje, en el cual no se ve ni la sombra que acompaña al esclavo. En fin, que si el humano está más cerca del placer que del dolor es porque opera en función del movimiento: lo único que garantiza un viaje a la vida, que al frente esté ella y no la damisela de la guadaña.

Notas y bibliografía:

(1)Johnson, Charles. Middle Passage o La trata. Seix Barral, Barcelona, 1991, 197 pp.

(2) https://www.dw.com/es/opini%C3%B3n-trump-y-su-visi%C3%B3n-del-mundo-%C3%A1rabe/a-38929338

(3) https://lyricstranslate.com/es/die-schei%C3%9Fe-la-mierda.html

(4) https://www.youtube.com/watch?v=llphYiiAT0s

(5) https://archive.org/details/102n566

Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957). padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín, desde 2012, y columnista de EE, desde el 23/mar/2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la Humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis Eustáquio Soares, enportal Rebelión. E-mail: [email protected]