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Historia de la “Brigada George Jackson” y del colectivo gay anticarcelario “Hombres contra el sexismo”

Fuego Queer

Fuentes: Rebelión

Fuego Queer es una fuerza de atracción innegable desde la propia portada. Pese a tener 40 años, la imagen de dos hombres cogidos de la mano, paseando por un pasillo enrejado, resulta aún provocadora. Al fin y al cabo, las relaciones homosexuales y la actitud queer continúan siendo un auténtico tabú en las cárceles. Además, […]

Fuego Queer es una fuerza de atracción innegable desde la propia portada. Pese a tener 40 años, la imagen de dos hombres cogidos de la mano, paseando por un pasillo enrejado, resulta aún provocadora. Al fin y al cabo, las relaciones homosexuales y la actitud queer continúan siendo un auténtico tabú en las cárceles. Además, una vez se comienza la lectura de este pequeño libro, el contenido tampoco deja indiferente a nadie. Fuego Queer mantiene la capacidad para interpelar al lector a diferentes niveles que van de lo social a lo íntimo: la relación entre política y violencia, qué se entiende por militancia revolucionaria, el concepto de identidad de género, la vivencia del deseo, las situaciones de abuso y agresión sexual, etc. Todo ello contextualizado en el final de un ciclo de efervescencia revolucionaria que había comenzado a mediados de los 60′ y había agrupado a movimientos tan heterogéneos como los Black Panther o Weather Underground, dando lugar a cientos de subgrupos más o menos numerosos, que actuaron de manera autónoma con el fin común de derrocar al capitalismo. De hecho, se trata de un libro escrito con una mirada retrospectiva (en ocasiones, nostálgica), que intenta realizar una reflexión crítica sobre un periodo en el que la historia iba muy deprisa. Y un ajuste de cuentas con la parte menos conocida de estos acontecimientos, con un aspecto que en muchas ocasiones se ha considerado anecdótico o prescindible: ¿Cómo se vivía la sexualidad en los movimientos políticos revolucionarios?

A este respecto, es bien conocido el proceso de liberación sexual que se vivió durante los años 60 y 70 en los EEUU y la forma en la que este cambio de comportamiento afectó a los distintos grupos de la izquierda más combativa. En este sentido, en los testimonios que aparecen en Fuego Queer se realizan varias referencias a grupos como los Weathermen, pues sus propios miembros se encargaron de airear las orgías en las que participaban de manera «religiosa», con la intención de superar la represión social sobre el sexo y el concepto burgués de pareja. Aún así, los componentes de la Brigada George Jackson mantienen las distancias con los Weathermen, a quienes señalan como estudiantes e intelectuales, acusándoles de tomar las decisiones de forma jerarquizada. En contraste, Ed Mead y Rita «Bo» Brown se muestran orgullosos de sus orígenes proletarios y de haberse enrolado en la lucha revolucionaria, entre otras cosas, al encontrarse en los márgenes de la sexualidad heteropatriarcal dominante.

Hay que señalar, que en nuestro país es ahora cuando se está tratando de recuperar la memoria del movimiento homosexual más combativo y su encarnación queer. Después de la decepción que han supuesto productos de la industria cultural como la película Stonewall, en la que se eliminaban de la historia los homosexuales y transexuales de color para colocar como protagonista a un hombre blanco cisgénero, resulta imprescindible la publicación de libros como éste. De hecho, lo primero que debemos reseñar y alabar es la labor que está desarrollando la Editorial Imperdible a la hora de publicar no sólo Fuego Queer, sino toda una serie de títulos que indagan en los inicios de la poco conocida militancia queer (además de los libros dedicados a la difusión de los clásicos del anarquismo y a la lucha anticarcelaria). En este sentido, hay que hacer mención también a Acción Travesti Callejera Revolucionaria. Supervivencia, revuelta y lucha trans antagonista, en el que se dan a conocer los testimonios de dos activistas imprescindibles para comprender los acontecimientos de Stonewall, como fueron Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson o Stonewall. El origen de una revuelta de Martin Duberman, en el que se enfocan los acontecimientos de verano del 69 en su verdadero aspecto militante y subversivo.

En cualquier caso, queda claro que en todos estos documentos no se trata de consignar el ascenso en el reconocimiento social del estereotipo del hombre blanco, homosexual, liberal y de clase media, sino de rendir homenaje a la lucha de toda la heterogeneidad marginalizada en la que se mezclaban transexuales, travestís, lesbianas o chaperos, quienes militaban de manera más o menos formal en grupos comunistas, anarquistas o de liberación racial durante los años 60 y 70 en los EEUU. Y para ello Fuego Queer es un buen punto de partida al recoger los escritos y entrevistas de Ed Mead, consignando la creación del grupo anticarcelario «Hombres contra el sexismo», y de Rita «Bo» Brown, quien relata su militancia en la Brigada George Jackson y sus vivencias como lesbiana «butch» en los inicios de la liberación sexual.

El libro comienza con una historia del devenir de la propia Brigada George Jackson. El nombre del grupo se toma como homenaje al preso revolucionario negro George Jackson, quien fue asesinado en 1971 en el penal de San Quitín, al parecer durante un intento de evasión. Cuatro años después se conformó la Brigada, que estuvo activa hasta el año 1978. Durante este tiempo, sus miembros se dedicaron a poner en marcha atentados contra supermercados o estaciones eléctricas y robos a bancos con los que financiaban su lucha en defensa de la clase trabajadora. Tras varios atentados fallidos y atracos desastrosos, sus miembros fueron poco a poco detenidos y el grupo dejó de operar. Hasta aquí el libro relata una historia muy parecida a la de otros colectivos de similares características, eso sí, explicitando su afinidad teórica y práctica con los Black Panther. Es, a partir del encarcelamiento de varios de sus miembros, cuando el grupo gira hacia un activismo menos transitado por los militantes revolucionarios como es el de la liberación homosexual.

Para comprender la relevancia y la valentía del movimiento emprendido por Ed Mead en la Penitenciaría Estatal de Washington en Walla Walla hay que imaginar la situación de las cárceles de la época. Con este propósito, se puede acudir a numerosos testimonios en los que se constata el aumento de la violencia en los penales. La agresividad se recrudeció en sintonía con la conflictividad de las calles, es decir, coincidió con el endurecimiento del crimen organizado encargado del tráfico de drogas y las diferentes luchas revolucionarias de izquierda. Por ello, la trayectoria de George Jackson resulta ilustrativa de cómo convictos y exconvictos acababan comprometiéndose en los movimientos anti-capitalistas. Al fin y al cabo, él pisó la cárcel por primera vez con 18 años, tras cometer un atraco, y empezó a militar en el movimiento de liberación racial de los Black Panther dentro de la propia prisión. Marxista y autodidacta se convirtió en una personalidad célebre a partir de la publicación de varios libros en los que testimonia los malos tratos sistemáticos a los que eran sometidos los presos afroamericanos. Edward Bunker, quien coincidió en San Quintín con Jackson, describe con bastante mala uva, en La educación de un ladrón, la peregrinación de periodistas y activistas de todo el mundo para ser recibidos por el fundador de la Black Guerrilla Family durante unos minutos. Bunker señala directamente a este grupo como el responsable directo del aumento del clima de violencia dentro de la prisión y, tras dejar claro que no se considera a sí mismo racista, retrata a Jackson como un criminal seductor de intelectuales. En las páginas de La educación de un ladrón, el movimiento de presos afroamericanos acaba por ser un grupo de delincuentes que convirtieron unas reivindicaciones justas en un puro acto de venganza. Aún así, los testimonios de Jackson y Bunker nos sirven como ejemplos para comprender la rutina de amedrentamiento y violencia que se vivía en cualquier cárcel norteamericana. En la práctica, la vida cotidiana de cualquier preso resultaba muy angustiosa. Hubo etapas en las que cada dos o tres días alguien fallecía de manera violenta, tanto a manos de los propios convictos, como por responsabilidad de los funcionarios de prisiones.

Ed Mead señala con detalle la sensación de completa vulnerabilidad que se vivía al ingresar en la cárcel. Evidentemente, para la bienvenida se mantenían los rituales de humillación a manos de los carceleros, pero a esto se añadía que, si el preso no contaba con apoyos fuertes entre algún grupo reconocible, éste se encontraba física y mentalmente expuesto a los peores tratos. El sometimiento a violaciones y agresiones era la cruel cotidianeidad Hasta el asesinato por motivos sexuales se había convertido en una posibilidad más dentro de la inseguridad carcelaria. Mead trató de plantar cara a esta violencia para protegerse a sí mismo y a los presos más débiles. Para ello, empleó las demostraciones de fuerza, cuando tenía la posibilidad de contar con un grupo fuerte. Pero, y esto es lo más interesante, también buscó caminos menos transitados, cuando comprendía que se encontraba en una posición de inferioridad. Con esta intención, puso en marcha una reflexión sobre las relaciones eróticas de sus compañeros de encierro. Es decir, resultaba imprescindible, no sólo proteger a los hombres en situación de vulnerabilidad, sino realizar un cambio en las manifestaciones del deseo sexual y el establecimiento de prácticas consensuadas no violentas. Por eso Mead crea «Hombres contra el Sexismo»: para protegerse de los abusos, desarrollar el debate sobre la sexualidad y buscar espacios donde los presos bisexuales, homosexuales, transexuales y travestís pudieran entregarse a un goce des-reprimido. La provocación que suponía un movimiento como este en plena cárcel era clara, tal y como testimonia Mead: «Di asco a algunos de esos hombres, pero a otros les gusté. Quería la capacidad y la libertad de ahondar en estos últimos sentimientos consiguiendo un deseo sexual por su parte. Pero ni los homosexuales ni nada femenino estaba realmente referenciado en la prisión» (MEAD, 2018: 103). De este modo, Mead busca darle la vuelta a la situación de violencia y confrontación a través de la seducción, despertando el deseo en la población carcelaria en una explicitación radical del lema «Haz el amor y no la guerra».

Cualquiera puede imaginarse lo desconcertante que resultaba un movimiento así en un entorno tan agresivo, por mucha liberación sexual que hubiera en EEUU. Tratar de romper con las relaciones de abuso y violencia establecidas durante tanto tiempo, con presos que llevaban varios años sin pisar la calle, debió de despertar sentimientos bastante confusos. Desde una perspectiva pragmática, en la cárcel siempre se han establecido pasillos o zonas en las que se segregaba a los presos homosexuales, travestís y transexuales, igual que se permitía un comercio sexual más o menos explícito en dichas celdas. Pero Mead trataba de romper esa segregación para explicitar el conflicto entre encierro y deseo sexual, buscando cauces de liberación homosexual. Si debían estar entre rejas, al menos podrían disfrutar de un sexo desinhibido. En Fuego Queer queda claro que la actitud era expresamente militante cuando Mead declara lo siguiente: «Me identifiqué como un marica político: alguien que tenía relaciones sexuales con hombres, no necesariamente porque las deseara, sino porque era lo correcto. (…) En esencia esa era la idea, ya que un varón no debería llamarse a sí mismo antisexista a menos que haya chupado una polla» (MEAD, 2018: 143).

Evidentemente, es un momento único dentro de la historia occidental, pues provocar, ofrecer tu cuerpo al deseo del otro, romper con tabús y situaciones de frustración eran comportamientos que aún podían considerarse como actitudes políticas. No hay que olvidar que la sexualidad en situaciones de encierro ha sido un tema recurrente al tratar, por ejemplo, la vida de los barcos, los monasterios o las cárceles. Sin embargo, el enfoque y los límites de la tolerancia eran diametralmente opuestos en cada una de estas situaciones. Mientras que en los monasterios y conventos las relaciones sexuales se justificaban como la inevitable tentación de la carne (dando lugar a una rica temática erótica transgresora y homosexual). En los barcos y las cárceles los hombres se han visto obligados al disimulo y el subterfugio. De forma que se acepta que suceda, pero siempre que durante el encuentro el hombre pueda garantizar un rol activo: «En la cultura carcelaria, nadie considera que sea un comportamiento homosexual el meter la polla en cualquier agujero de otro hombre; sólo el que te penetren está etiquetado y estigmatizado como gay» (MEAD 2018: 117).

Frente a todos estos estereotipos heterosexuales y masculinos, Mead buscó apoyos entre compañeros homosexuales en busca de protección y de un refugio frente a la angustia y el miedo que se respiraba en la cárcel: «En algunos días, particularmente cuando HCS [Hombres contra el Sexismo] estaba haciendo bien las cosas, el nivel relativo de dolor no era demasiado grande. Algunas veces éramos felices. Y otras veces el miedo y la tensión eran tan duras en el aire que no sabíamos si a la hora o al día siguiente íbamos a continuar con vida» (MEAD 2018: 124). En esos momentos, el mayor lujo consistía en disponer de un cuarto en el que disfrutar de encuentros sexuales de manera despreocupada y libre. Un auténtico oasis dentro de un contexto en el que los delincuentes se mataban unos a otros por una simple mirada. Y donde se va extendiendo la sensación de haberse convertido, en palabras de Giorgio Agamben, en nuda vida. Es decir, en una vida reducida a la supervivencia animal, constantemente vigilada y absolutamente vulnerable. Precisamente por eso, cuando se supone que se está absolutamente alienado y que el deseo no tiene lugar alguno, es cuando la libertad erótica se convierte en un arma de emancipación.

Como indicábamos arriba, Fuego Queer mantiene diferentes niveles de lectura y es difícil de clasificar. Aún así la osadía de sus protagonistas continua siendo fascinante. Rita «Bo» Brown, Ed Mead y el resto de la Brigada George Jackson hicieron una apuesta difícilmente sostenible entre el compromiso político y sexual. Hoy en día, en pleno totalitarismo libidinal, es impensable plantear un revolución tan arriesgada, implicando no sólo una forma de comprender la realidad social, sino un modo de vida en el que se reclama, simplemente, ser considerado humano. Como nos explica la pensadora feminista Judith Butler: «Para ser oprimido se debe ser, en primer lugar, inteligible. Darse cuenta de que se es fundamentalmente ininteligible (que incluso las leyes de la cultura y del lenguaje te estimen como una imposibilidad) es darse cuenta de que todavía no se ha logrado el acceso a lo humano, sorprenderse a uno mismo hablando solo y siempre como si fuera humano, pero con la sensación de que no se es humano (…)» (BUTLER, 2017: 53). El movimiento queer se mantiene en esa compleja lucha contra el heteropatriarcado, para conseguir que todos los cuerpos importen y que se ejerza una verdadera libertad en las combinaciones del deseo hacia el otro. Simplemente, que nuestra vida erótica merezca la pena ser vivida.

 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.