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Respuesta al artículo de Salvador López Arnal sobre «Los años irrecuperables»

Fuentes: Rebelión

Esta es una respuesta al artículo de Salvador Arnal sobre Los años irrecuperables. Lo primero que conviene aclarar es que una lectura crítica es siempre legítima, incluso cuando hay desacuerdo profundo. Lo que ya no resulta aceptable es construir esa crítica a partir de descontextualizaciones sistemáticas, omisiones significativas y atribuciones que no se corresponden con lo escrito.

Mi libro no es un tratado académico ni una historia exhaustiva de la izquierda, sino un ejercicio consciente de memoria situada. Por eso sorprende que se me exija una exhaustividad que nunca pretendí —como si no citar a determinadas figuras equivaliera a ignorarlas— o que, directamente, se pasen por alto menciones explícitas. Se afirma, por ejemplo, que hay ausencias “altamente significativas”, cuando en realidad sí cito a Francisco Fernández Buey —quien además fue mi director de tesis— y también a Manuel Sacristán, entre otros referentes de la tradición crítica.

Algo similar ocurre con la interpretación de algunas frases. Cuando escribo sobre los “errores de quienes cegados por sus ideales construyeron un orden despótico”, no estoy haciendo una crítica ni a Karl Marx ni a Ernesto Che Guevara, sino a la deriva histórica de determinadas experiencias políticas que, en nombre de la emancipación, acabaron produciendo sistemas opresivos. Esta distinción, bien conocida en la tradición crítica de izquierdas, desaparece en la lectura del comentarista.

En la misma línea, cuando hablo de una generación marcada por la derrota, no me refiero a personas concretas ni a trayectorias individuales, y mucho menos a figuras que forman parte de mis propios referentes intelectuales y políticos. Me refiero a un horizonte histórico: al fracaso de unas expectativas de transformación radical que atravesaron a varias generaciones de la izquierda. Convertir esa reflexión en un reproche dirigido a nombres propios no solo es una lectura forzada, sino que introduce un enfrentamiento que no existe en el texto.

También se me atribuye una suerte de autoelogio desmedido, cuando lo que intento es narrar —con la intensidad con la que se vivió— un momento político excepcional. Dar cuenta de una experiencia colectiva no equivale a proclamarse imprescindible. A veces, la memoria necesita recuperar el tono con el que se vivieron los acontecimientos para no traicionarlos con una falsa modestia retrospectiva.

Más preocupante es la lectura profundamente sectaria que subyace en algunos reproches. Se me cuestiona que pueda expresar respeto o empatía hacia figuras con las que mantengo profundas discrepancias ideológicas, como Carles Puigdemont o Jordi Pujol. Sin embargo, se omite un hecho fundamental: fui yo quien interpuso la querella contra Pujol que contribuyó a llevarlo ante los tribunales. Reducir mi posición a una supuesta “simpatía” ignorando ese dato no es una interpretación: es una omisión relevante que distorsiona el sentido de lo que explico.

Del mismo modo, se silencian deliberadamente las críticas que formulo hacia estas figuras para construir una imagen sesgada. Defender una ética política que no deshumanice al adversario —y que permita reconocer matices incluso en quienes están en las antípodas ideológicas— no es una muestra de debilidad, sino de convicción democrática.

Resulta llamativo, además, que se considere inaceptable cualquier reconocimiento hacia dirigentes de tradiciones políticas distintas, como si la historia de la izquierda catalana no estuviera llena de ejemplos de relaciones de respeto y diálogo entre adversarios. Ignorar esa tradición es empobrecer —y simplificar interesadamente— la comprensión de nuestra cultura política.

En otros pasajes, la crítica vuelve a apoyarse en lecturas parciales. Se me reprocha no mencionar el papel del PSUC en determinados contextos, obviando que sí aparece en otras partes del libro. O se cuestiona el uso de la expresión “dedicarme a la política”, ignorando que el propio texto distingue claramente entre la política institucional y el activismo, reivindicando este último como una forma plenamente legítima de acción política.

Se me atribuye también una mirada “nacionalista” allí donde simplemente describo diferencias reales entre contextos políticos. Nombrar esa diversidad no es adoptar una posición identitaria, sino reconocer que los debates se configuran de manera distinta según los contextos.

Asimismo, se me critica por formar parte del grupo de Los Verdes en el Parlamento Europeo, sugiriendo una supuesta incoherencia política. Sin embargo, se omite un dato verificable: mi posición política se refleja en mis votos, que coinciden de forma sistemática con los del grupo de The Left. De nuevo, la omisión de este contexto contribuye a construir un relato que no se sostiene en los hechos.

Finalmente, se critica mi posición sobre la aplicación del artículo 155 como si fuera una anomalía, cuando ha sido compartida por amplios sectores del constitucionalismo de izquierdas.

Llegados a este punto, conviene decirlo con claridad: no estamos solo ante una discrepancia ideológica —legítima y necesaria—, sino ante una crítica que en demasiadas ocasiones renuncia al rigor. Discrepar no exime a nadie de la obligación de leer con precisión, contextualizar correctamente y no atribuir al otro lo que no ha dicho.

La política que defiendo —también en este libro— no es la del sectarismo ni la de la trinchera moral permanente, sino la de una izquierda capaz de pensar críticamente, de asumir sus derrotas sin convertirlas en reproches internos y de tratar al adversario como tal, no como un enemigo a caricaturizar.

Aun así, quiero reconocer un gesto que no es menor: que, pese a sus críticas, el propio autor recomiende la lectura del libro. En un tiempo donde la descalificación suele sustituir al diálogo, esa invitación a leer —y a formarse un juicio propio— es, en sí misma, una forma de honestidad que conviene preservar.

Desde ahí invito también yo a leer Los años irrecuperables: no como un relato cerrado ni como una verdad absoluta, sino como una aportación —discutible, como todas— a una conversación colectiva que necesita más honestidad, más matices y menos simplificaciones interesadas.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.