Recomiendo:
0

La crisis del neoliberalismo criollo

Fuentes: Rebelión

Herencia y sentido común El sentido común es un elemento moldeable, sensible, vulnerable, factible de acomodar en la medida que se cuente con los dispositivos adecuados. Sin embargo, el sentido común, debiera de saberlo el gobierno y todos los actores que impulsan la agenda gubernamental, debe, bajo pena de nulidad, articular con un componente, con […]

Herencia y sentido común

El sentido común es un elemento moldeable, sensible, vulnerable, factible de acomodar en la medida que se cuente con los dispositivos adecuados. Sin embargo, el sentido común, debiera de saberlo el gobierno y todos los actores que impulsan la agenda gubernamental, debe, bajo pena de nulidad, articular con un componente, con un porcentaje de la realidad. El abuso que Cambiemos hace sobre la pretendida hegemonía del sentido común ha encontrado una limitante infranqueable. Existe en la sociedad argentina, siempre en estado latente, un acumulado simbólico, sociabilizado, soldado a una interpretación histórica, a través del cual los conceptos de crisis, inflación, 2001, corralito, dólar, no presentan un significante flotante, abierto, sino una fijo/cerrado, siempre asociado a hechos terribles. Con lo cual, los esfuerzo del gobierno por construir un relato que quite del imaginario público el significado de crisis se han convertido en fracaso que ahora se vuelve contra su emisor. De tal forma que lo que era una crisis económica en estado latente, maquillada, comenzó su desenlace a través de una crisis financiera. Ésta hizo emerger a superficie la crisis económica real, y su propia inercia generó la crisis política que hoy vivimos. El saldo, la caída de imagen y popularidad del presidente, como también su credibilidad, respecto la capacidad de gestionar la crisis hacia buen puerto. Las expectativas, nudo borjano del entramado neoliberal, son las que crujen.

En palabras más llanas, la alianza de gobierno insiste en instalar que las turbulencias pasajeras que experimentamos, encuentran sus causas indecibles en la «herencia» recibida vía el déficit y, en el «gradualismo» para tramitar las transformaciones necesarias. Y redondean el argumento sosteniendo que dicho gradualismo, fue diseñado y sostenido por el oficialismo atento la sensibilidad y cuidados con los cuales decidieron afrontar el problema. Mienten. Lisa y llanamente mienten. Como veremos, la discusión real que sostienen con la herencia es la disputa histórica entre dos matrices productivas y dos modelos respecto a la distribución de la riqueza. Respecto al gradualismo, solo cabe manifestar que constituye un eufemismo para un ajuste profundo que comenzó con el inicio de la gestión Cambiemos vía caída de los salarios reales, sea por reducción de subsidios, paritarias a la baja, inflación relacionada a la quita de subsidios o inflación de raíz devaluatoria.

El operativo oficial

El operativo oficial busca explicar la crisis económica actual acotándola en el tiempo, presentando la situación con carácter transitorio, de tal forma que descomprima las expectativas adversas. También se permite atribuir culpas por fuera de sí, al decir que la vulnerabilidad externa del país se explica por hechos foráneos como la suba de la tasa de referencia de la FEB, o dicho en criollo, la suba de la tasa de intereses de Estados Unidos. Sin embargo, con el correr de las semanas y la agudización de la crisis de confianza/política que azotó la Casa Rosada se produce un viraje de la carga argumentativa. En ese contexto, contradiciendo la racionalidad de sus propios argumentos, el gobierno «reconoce entre líneas» problemas más graves. Punto seguido los endilga de lleno a la herencia recibida. La atribución de causas de la crisis actual esta orientada a generar un sentido común que no indague en las causas reales.

Lo que comenzó como una mera tensión cambiaria y luego se convirtió en una clásica corrida cambiaria, tenía su epicentro explicativo en la política monetaria de Estados Unidos al subir la tasa de referencia, incentivando a los capitales especulativos a salir de sus posiciones en pesos hacia el dólar. Mera especulación sostenían. Es indudable que las monedas de toda la región se devaluaron por este hecho, renglón seguido comenzaron a apreciarse, pero en Argentina la crisis se agudizó. Por que? Esta claro que la economía argentina presentaba problemas propios. Muchos auto inducidos por el propio gobierno.

En orden de importancia el rasgo de argentinidad en la crisis esta condensado en liberalización del flujo de capitales, es decir, en enorme facilidad construida por el gobierno para entrar y sacar dólares, con la modesta aclaración que los que entran se incorporan a la bicicleta financiera y luego engrosan la fuga. Hay que puntualizar que el ejecutivo eliminó la obligación para los capitales golondrina de permanecer al menos tres meses una vez ingresados los dólares al país, instrumento de protección contra las corridas de la herencia kirchnerista.

La inversión extranjera directa, la estrella del proyecto económico de Macri jamás se concreto. Este hecho esta hilado a otro quizá más dañino. Al inicio de la gestión de Cambiemos se tomó la decisión de enfriar la economía, básicamente enfriar la demanda que estaba muy fuerte en relación a la oferta. También buscaron en esa línea, y con un ojo en la inflación, quitar pesos de la calle. Para lo cual construyeron dos políticas concretas, una monetarista pergeñada a través del Banco Central, que fue el lanzamiento de las Lebacs, y otra política pero inter relacionada que fue la perdida de poder adquisitivo real al empujar a las paritarias a la baja en relación al proceso inflacionario, donde en 2016 se perdieron en el empleo formal en blanco promedio 6 puntos, algo menos en 2017 y se pretende una perdida superior para este año. Esta alquimia, que dicho sea de paso atacó la distribución de la riqueza, verdadero objetivo estratégico, porque permitió la recuperación de la taza de ganancia empresaria; decía, esta alquimia tuvo como consecuencia directa deprimir el crecimiento del país, porque desmontó el consumo interno como motor de crecimiento y no logró, en ese escenario de estancamiento, seducir dólares productivos. La caída de las acciones que cotizan en bolsa abonan esa línea con las excepciones de los sectores energéticos y otros donde los CEOs ministeriales tienen inversiones.

La capacidad de repago de un país esta vinculada al crecimiento. Sino se crece, por fuera de un rango vegetativo, no genera divisas para pagar deuda. Pero si la taza de endeudamiento se dispara como fue el caso, la cuestión se torna alarmante.
El mercado con el ojo atento fue observando con cautela dicho proceso, el cual encontró durante buena parte del tiempo transcurrido desde el inicio de gestión una rueda de auxilio en el endeudamiento en el mercado de capitales. Cuando quedo claro que nadie invertiría en Argentina, salvo sectores que dinamizó el gobierno como es el energético donde aumento más del mil % las tarifas, comenzó a cerrarse el financiamiento, con lo cual los inversores y los acreedores se pusieron en alerta máxima. El mercado puede y de hecho lo hace, prestar dinero aunque sea muy alta el porcentaje de deuda en relación al PBI que toma el país, pero requiere que exista superávit comercial, cuestión que esta en rojo y donde el gobierno jamás posó la mirada.

Este cuadro visto desde el prima de inversionistas financieros/especuladores fue lo motivó la búsqueda de inversiones/colocaciones donde exista una capacidad asegurada de re pago. Esto es la «crisis de confianza» que se atraviesa. Una crisis de confianza que se acentúa siempre se convierte en una crisis política; a sabiendas de esto, Cambiemos acude de urgencia al FMI para dar seguridad a los acreedores de su capacidad de saldar sus deudas. Vale la aclaración, de efectivizarse el crédito Stand By del Fondo, las divisas irán a las reservas del Banco Central, las cuales son las mismas que se rifan cuando los inversores financieros tienen miedo y compran dólares presionando su precio. Los 10.000 millones de dólares que perdió el Central con la corrida es un ejemplo. Como consecuencia, mientras el gobierno no cambie la política que nos condujo hasta acá, la deuda con el FMI será dinero para financiar la fuga de dólares.

Las «cuestiones» y el déficit

El relato oficial pone en el epicentro la cuestión del déficit y lanza una asociación directa con la que ellos sindican como la herencia. Esta claro que el déficit gana espacio en la arenga gubernamental en la misma proporción en la que fracasó su proyecto económico. Luego de instalar a través de las cientos de bocas de expendio comunicacional la alarma del déficit ponen el acento en el gasto público; de tal forma que sientan las bases argumentativas para el ajuste. El problema interpretativo es que los Estados no están para tener superávit fiscal, puesto que su función no es la de cerrar un ejercicio contable favorable. El déficit fiscal irrumpe en el discurso oficial porque existe déficit comercial y porque hay mucha deuda tomada (déficit financiero), mientras duró dicho financiamiento nadie hable de ello, pero cuando cruje o se reduce, en busca de generar «condiciones de credibilidad» lanza el discurso del déficit.

Esta zaga requiere desmontar la falacia del relato neoliberal. El déficit debe desagregarse para luego contabilizarlo en conjunto. Así los componentes son el déficit comercial de la balanza de pagos (lo el país exporta versus lo que importa -dólares-), el déficit fiscal (lo que gasta el Estado -pesos-) y el déficit financiero (lo que Argentina debe, sea capital o intereses -dólares-); todo configura la sinergia del déficit.

Ahora bien, es un hecho empírico que el gobierno incrementó el déficit. Otro hecho insoslayable es que Argentina ha lidiado con la escasez de dólares por décadas; es una problema estructural. Con independencia de los ciclos económicos la falta de dólares presiones al país al ritmo que se suceden los gobiernos.
Siendo la falta de dólares una de las «cuestiones estructurales», resulta productivo reseñar que uno de los elementos de peso para explicarlo es la fuga sistemática e histórica de excedentes (dólars) generados en la economía argentina. Esto quiere decir que Argentina exporta dólares, pero no solo de capitales extranjeros, sino de productores de bienes y servicios de capital nacional. 300.000 millones de dólares o más según se mire, es lo que los Argentinos han fugado al exterior. Este fenómeno representa uno de los problemas políticos más acuciantes y presiona para generar una respuesta política hacia el problema.

Dicho esto, volvamos a los tres componentes del déficit que tanto preocupa a Macri.

Comencemos con el déficit comercial; dicho déficit es de uno 8.000 millones de dólares anuales.

Resulta obvio para un análisis estructural que Argentina incrementó este déficit en la medida que eliminó instrumentos que obligaban a quienes exportan a liquidar las divisas en el país (agro-negocio), siendo este sector el que reporta la mayor proporción de dólares (casi 26.000 millones anuales). La responsabilidad directa sobre el particular corresponde al gobierno.

El incremento del déficit financiero encuentra su epicentro en la gigantesca toma de deuda (53.70% del PBI) y en el modelo de «carry trade» favorecido por el gobierno; dólares que vienen del exterior, se cambian por pesos, compran Lebac a una tasa de interés muy alta, la venden, comprando dólares y se van cuando existió una colocación más rentable, o más segura, tardando unos días en generar la crisis financiera que se atravesó, depreciando el peso y haciéndonos más pobres a los ciudadanos de a pie. Para hacer viable dicho mecanismo leonino, Cambiemos desmontó toda restricción al flujo de capital, acentuando la fuga de capitales generados por las empresas que producen en Argentina. Doble sangría. Un error no forzado que ahora sopla sobre la nuca de la estabilidad económica y financiera.

Reglón a parte exige el tema de fuga de dólares (excedentes). Éste es uno de los temas troncales, relacionado con el crecimiento (son los dólares que el empresariado no quiso «re invertir» durante doce años generando una oferta deprimida en relación a la demanda y empujando un proceso inflacionario, esencialmente producido por esa puja distributiva.

Este hecho muestra con energía que el ajuste, es decir, la política escogida por Cambiemos para reducir el déficit no es la única alternativa. Es más, confunde las causas del déficit. La fuga de dólares reales traduce como la inexistencia de tasa de re inversión; lo que fuga no permite el desarrollo ni el crecimiento, que a fin de cuenta es la otra alternativa de reducir un déficit. El crecimiento es la gran política ausente. Es dable recordar que una explicación concreta a la caída del crecimiento estuvo dada por un programa de re primarización de la economía, atento que según el gobierno, la industria argentina al ser deficitaria en dólares recargaba la competitividad del agro negocio por la presión tributaria, que era la forma de subsidiar a la economía.

Como vemos, la sola opción del ajuste es una posición ideológica, pero también un gran negocio.

El déficit fiscal hace a los desbalances del las cuentas fiscales. En esa misma línea, el gobierno continua insistiendo en el achicamiento de la base imponible, es decir, aquello sobre lo que deja de cobrar o reduce impuestos, con lo cual tiene efecto directo sobre las cuentas fiscales. La política de reducción de impuesto, tasas, gravámenes ha incrementado notoriamente el desfinanciamiento de las cuentas del Estado. Como también a decidido deprimir el consumo interno, política que recalienta la economía según su criterio, se ha visto privado de cobrar impuestos sobre un consumo que se expande.

Debe hacerse notar que el argumento de un Estado sobredimensionado como explicación del déficit, es falaz. Consideremos dos elementos. Al inicio de gestión se generó masivos despidos en el estado (no renovación de contratos), los cuales fueron repuestos inmediatamente por cuadros afines al gobierno equiparando el saldo; pero aún más risueño es el incremento posterior de agentes del Estado como lo constata el Boletín Oficial tanto el año pasado como éste. No esta demás recordar que según las recomendaciones de la OCDE sobre la cantidad de trabajadores que requiere un estado, Argentina esta por debajo de lo recomendado en relación a la cantidad de habitantes.

Como conclusión, debemos dejar en claro que el problema no es la economía, como nos quieren hacer creer la vuelta en tropel de los técnicos (economistas) a los medios, sino que es la política. Siempre la política. La economía es política concentrada, nada más.

Por ello, debemos reestablecer esto esta en el centro de las prioridades de un proyecto político popular. Desde esta perspectiva, nuestras responsabilidades están, o deberían estar, centradas en dos líneas directrices, la resistencia en la calle y simultáneamente la construcción de alternativa política. El humor social ha cambiado, lo cual no puede traducirse en el apoyo a un programa político alternativo. Hay que generar la opción de gobierno real con la suficiente elasticidad táctica, pero sin ceder la direccionalidad del proyecto.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.