Hay en México una expansión de la educación superior pública. Es política de los gobiernos de la 4T aumentar las oportunidades de estudio de la juventud. Sin embargo, esta política loable descansa sobre los hombros de profesores precarizados. “Profesores de asignatura”, “por tiempo determinado”, “temporales”, “prestadores de servicio” son eufemismos de una injusticia laboral.
Profesores de vocación, amorosos (la educación es el espacio de amor) y comprometidos con la educación pública, reciben bajos salarios, inestabilidad laboral, meses sin cobrar, los peores horarios y, muchas veces, malos tratos por parte de la burocracia. Entran a una dinámica de división con sus pares de tiempo completo, en dónde a la diferencia salarial inmensa se suma una supuesta “justicia meritocrática”. En muchas universidades esto adquiere un tinte clasista y generacional.
Detrás de ello hay un desprecio institucional, de larga data, por la labor docente a costa del prestigio del investigador. Para muchos profesores centrados en sus becas de investigadores el trabajo docente (fundamento de las universidades) pasa a un segundo término. Esta situación es sentida por los estudiantes. Hay una comunidad fragmentada y desigual, que lastima la dinámica de las universidades públicas. En ese clima los docentes precarizados son los que asumen en mayor proporción la responsabilidad formativa de las universidades.
Las voces de descontento se amplifican cada vez más entre los profesores precarizados. En todos los casos un profesor de asignatura no puedes aspirar a una vida digna con salarios de $2,200 a $10,000 mensuales y sin prestaciones básicas. Ya no hablemos de garantizar la vivienda y la cultura, la alimentación misma está en entredicho. Así, la expansión de la educación universitaria se logra a costa de los derechos de miles de profesores precarizados, que padecen pobreza, futuro nublado, ansiedad, depresión y estrés.
El mito meritocrático funciona como una trampa para justificar la desigualdad y la precariedad. El SNI y las becas funcionan como supuesta “tierra prometida” y como paliativo, ambos mecanismos ocultan una injusticia presente. En su conjunto estos aspectos despolitizan al profesorado y son un obstáculo para la unión y la lucha del magisterio por nuestros derechos.
El individualismo, el “sálvese quien pueda”, impulsado culturalmente por décadas, impide la organización del magisterio universitario precarizado. Un sector con gran capital cultural, aspiracioncita, que no se reconoce como trabajador y como pueblo, con facilidad. Sin embargo, la solución a nuestra situación extrema pasa por la organización y la lucha. De lo contrario solamente queda el sufrimiento individual.
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