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La farándula como guionista política

La extimidad política

Fuentes: Editorial La República

El riesgo y la sorpresa en la cultura política argentina, esa especie de ruleta rusa que cada cuatro años espera a la ciudadanía, vuelve a girar el próximo domingo con las elecciones presidenciales. Su dramática incertidumbre alterna azarosas chances mortales con proporciones inciertas de salvación. Al caudillismo personalista, se suman dos componentes particulares que quiero […]

El riesgo y la sorpresa en la cultura política argentina, esa especie de ruleta rusa que cada cuatro años espera a la ciudadanía, vuelve a girar el próximo domingo con las elecciones presidenciales. Su dramática incertidumbre alterna azarosas chances mortales con proporciones inciertas de salvación. Al caudillismo personalista, se suman dos componentes particulares que quiero tratar someramente en este artículo: la llamada «borocotización» y la «farandulización», que de conjunto hacen de esta cultura de la sorpresa no sólo algo probable sino históricamente recurrente. No son exclusivas, sino malformaciones ineludibles de toda democracia representativa y fiduciaria, aunque al adquirir magnitudes casi absolutas, carcomen al régimen político. Sin soslayar la inorganicidad y anomia del lazo representativo que permite que se pueda prescindir de programas, mediaciones explicativas y molestas metas concretas apelando exclusivamente a la confianza, hasta para seguir el curso contrario a vagas directrices si es que éstas son expuestas.

El ejemplo más elocuente, aunque no único, es el del ex presidente Menem en su campaña de fines de los ´90. Para diferenciarse críticamente de su antecesor, Alfonsín, cuya gestión desembocó en un caos económico de hiperinflación, desempleo y crisis, contrapuso la solución de una «revolución productiva» con «salariazo». Pero su slogan definitivo apeló al personalismo, a diferencia de Alfonsín que aludía a un camino, «la democracia», claro que sin precisiones ni adjetivos. «Síganme, no los voy a defraudar» demandó Menem, para luego -una vez en el poder- arrasar la industria, abatir los niveles salariales y de empleo, es decir, para hacer lo contrario. En una clara exhibición de la supuesta «viveza» de estas manipulaciones, llegó a confesar públicamente que si exponía las medidas que efectivamente aplicaría, no lo hubiera votado nadie. No traigo este ejemplo por el hecho -nada menor por cierto- de que los tres actuales candidatos a la presidencia con chances de vencer o ingresar al ballotage el próximo domingo provienen ideológicamente del tronco menemista/UCD, sino porque la cultura que denominaré aquí «personal-autonomista, discrecional y fiduciaria» lo excede implantando raíces en todo el régimen. Con rumbos hasta diametralmente divergentes entre sí, todos los gobiernos posdictatoriales conllevaron una enorme dosis de sorpresa y negación de sus -aún imprecisos- postulados. El gran lema de Alfonsín fue que con la democracia también se come, se cura y se educa, pero su gestión terminó por expandir el hambre, deteriorar la salud pública y la educación. Ya sinteticé los resultados de Menem. Pero la Alianza, que a principios del siglo XXI se suponía que daría vuelta la década neoliberal menemista, restaurando conquistas sociales y combatiendo la corrupción, debutó impulsando una ley de flexibilización laboral para cuya votación parlamentaria utilizó fondos de inteligencia para corromper legisladores (conocida como ley «Banelco», por la marca de los cajeros automáticos), además de restituir al mismo ministro de economía menemista, Domingo Cavallo. El hecho de que con Néstor Kirchner el derrotero fuera contrapuesto y en lo personal celebrable en varias esferas de su gestión (DDHH, libertades civiles, tibia redistribución de la riqueza, etc.) no queda eximido de inscribirse en esta huella de plena autonomía del representante respecto a la ciudadanía e inclusive de estafa a las -apenas vagas- «promesas electorales» para no referir directamente a la ausencia de todo programa de gobierno. No es momento de hacer un balance de las gestiones kirchneristas ni de cierto «regalo del cielo» que pudo haberlas caracterizado porque el objetivo es cuestionar el hecho de que el régimen político le proponga al ciudadano esta suerte de ruleta rusa en la que puede recibir algún inesperado obsequio o un mortal castigo.

Resulta complementaria a esta tendencia el término que la ciencia política vernácula le debe al médico pediatra Eduardo Lorenzo «Borocotó», quien arribó en 2009 a la Cámara de Diputados en una lista de candidatos de Macri y, poco antes de asumir, se mudó al kirchnerismo. Desde entonces, el término «borocotización» denomina al transfuguismo político. Este ejemplo además es tangente a la farandulización a la que reservo las últimas líneas porque sigue la estrategia menemista de incorporar personajes «conocidos» aunque sin trayectoria política alguna (Borocotó daba consejos para mamás bobas en magazines televisivos de la tarde). Es que en ausencia de un sistema de partidos, o con una muy débil estructura orgánica , el poder se traslada a figuras sueltas o punteros clientelistas que fundan su influencia en un pacto de retribuciones mutuas con su entorno. Votos provenientes de electores sin actividad partidaria ni información sobre los debates políticos internos o participación en ellos, que los candidatos retribuyen luego con puestos administrativos para estas figuras y sus recomendados, con otorgamiento de concesiones de servicios estatales a las «empresas» del puntero o sus amigos, o con favores del Estado de distinta índole. La ligazón con «el personaje mediático» y sus alternativas electorales, es emocional, simbólica, carismática, personalizada. Sin embargo, así acompañan dócil y pasivamente, todos los entuertos de las oligarquías partidarias. A medida que se van consolidando las tendencias en las encuestas, el trasiego de figuras y punteros ratifica que la borocotización no es un fenómeno aislado ni ajeno a la cultura política sino endémico.

Al enternecimiento de esta ciudadanía pasiva contribuye además la farandulización de la política cuyo transcurrir caracterizo por dos carriles complementarios. Por un lado el de la participación de los políticos en los realities televisivos, a los que aludí en algunos otros artículos, pero por otro por la participación de los llamados «periodistas del corazón» en la mediación de los políticos con las audiencias. El puntapié inicial lo dio la Presidenta Cristina Fernández cuando, acorralada por las críticas a su estilo comunicacional monologuista, renuente a cualquier pregunta periodística, inició un ciclo de reportajes desde la quinta presidencial en el que ella elegía a su interrogador. El ciclo duró sólo dos emisiones porque lamentablemente debió ser operada de urgencia. Para la primera experiencia escogió al periodista ultraoficialista Hernán Brienza, que acompañó complacientemente el discurso presidencial. Para la segunda, al conductor del mayor programa de chismes y miserias personales de la TV, Jorge Rial, especialista en intromisiones en la vida privada de celebrities y en producir y estimular peleas de alcoba, incluyendo las propias. Con este antecedente, en vez de politizar a la farándula, se facilita y alienta el camino para la farandulización de los políticos.

Una genuina expresión reciente de esta descomposición de la cultura política es el ciclo «Brindar por Argentina» que el oligopólico multimedio Clarín lanzó esta semana (brindarporargentina.clarin.com). Para reportear a los seis candidatos presidenciales y descubrir «los secretos» de cada uno, el multimedio eligió a Viviana Canosa, competidora de Rial en periodismo basura, violación de la privacidad y escandalosidad mediática. Para lograr ese objetivo visitó las casas de cada candidato con un imponente equipo de producción y los hizo participar junto a parejas, hijos y otros familiares de una sucesión de escenas guionadas, inversosímiles desde la misma llegada, además de insustantivas y torpes. Todo realzado por una ristra de lugares comunes de la conductora que hasta producen la epidérmica impresión de que Mirtha Legrand, por ejemplo, es una intelectual de izquierda. Del mismo modo en que estos «conductores» provocan el llanto de sus invitados en los programas del corazón, Canosa extrajo lágrimas de las esposas de los tres candidatos mayoritarios, aunque su rol aquí no fue alentar peleas como en sus programas, sino enfatizar su deseo de que «dejemos de estar peleados y seamos una verdadera república» (sic). No se privó sin embargo de interrogar por tiernas intimidades y particularmente inquirir a todos si estaban casados.

Algunas grageas de sus inducciones temáticas y valorativas resultan imperdibles. Con Massa sostuvo que «se respira en esta casa esa cosa de los valores», a Macri y su esposa los sintió «de corazón muy nobles» (cosa que puede no ser desacertada, ya que a una mansión y campus deportivo semejante sólo podría acceder la nobleza), la familia de Stolbizer le pareció «adorable» y la de Rodriguez Saa «muy linda». No le pareció tan agraciada la situación del joven e intelectualmente anémico trotskista Del Caño, sorprendida -negativamente- por su decisión de no casarse con su compañera y no tener «un hermoso bebé», convivir con otros dos militantes en un apartamento alquilado o donar su cuantiosa dieta legislativa para apoyar luchas sociales.

La socióloga Paula Sibilia llama «extimidad» a la exposición de la intimidad. Su extensión a la política es un paso más hacia su ineluctable extinción.

Emilio Cafassi. Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.