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El Cabildo de Cochabamba

La ignorancia no había estado en el campo, había estado en la ciudad

Fuentes: Rebelión

La sentencia fue unánime. Los siempre acusados de ignorancia (los indios) mostraron dónde realmente está arraigada esa tamaña ignorancia (que es capaz de hacer lo único que sabe: golpear hasta matar). La ciudad siempre había renegado del campo, cuando fue siempre, el campo, el proveedor de las necesidades de la ciudad. En otros términos: el […]

La sentencia fue unánime. Los siempre acusados de ignorancia (los indios) mostraron dónde realmente está arraigada esa tamaña ignorancia (que es capaz de hacer lo único que sabe: golpear hasta matar). La ciudad siempre había renegado del campo, cuando fue siempre, el campo, el proveedor de las necesidades de la ciudad. En otros términos: el racista odio «educado» de la ciudad mostró que ese odio disimulado no suele siempre disimularse. Tal «educación» no puede frenar sus propios impulsos porque, en definitiva, no es una educación que forma, sino que deforma. Esa deformación se autentifica en lo que vimos: citadinos fanáticos dispuestos a «limpiar su ciudad de indeseables» (manifiesto de la Nación Camba, ahora esgrimida por una «juventud cochabambina», remedo de la fascista «juventud cruceñista»); racismo alimentado por los mass media, que no se ahorran de medios para incendiar más a este país, avalando la violencia de los fascistas como «acto democrático», mientras satanizan el uso legítimo de la defensa como «violación de la democracia». Trastornando de este modo la opinión pública y privarla de todo criterio para poder evaluar lo que muestran las imágenes. Si no hay criterios éticos, toda violencia aparece como la misma, tanto del que agrede como del que se defiende; de este modo, verdugo y víctima aparecen medidos con la misma vara. Por eso el cinismo de los mass media presenta a corruptos y delincuentes (de la derecha que gobernó y rifó a este país) como los «abanderados de la democracia», mientras la indignación del pueblo la muestran como la imagen que nos hacen creer: turba delincuencial de cocaleros narcotraficantes (puro agravio y desprecio, terrorismo verbal). Esa imagen no sólo «vale más que mil palabras», vale más que todas las vidas y la humanidad y la dignidad de todo un pueblo.

La imagen es el símbolo de la cultura de la ciudad, es decir, el ciudadano ve lo que la imagen le muestra; pero la imagen nunca es neutra sino que está cargada de símbolos y valores, cuyos contenidos previos han sido ya deformados por la educación formal (y ahora por la televisión, que es la que deforma la opinión pública). La imagen genera un culto a la estética (siempre en desmedro de toda ética) que se disemina en la sociedad como un egotismo funcional al mercado: la gente se ofrece como mercancía, como cosa atractiva, haciendo de la convivencia humana un asunto de transacción mercantil, donde el beneficio privado se manifiesta en la obtención de más cosas; el ser humano se subordinan a la cosa y es esta la que da razón de su existencia: la obtención de más cosas; siendo la más preciada de todas el dinero: donde importa el dinero ya no importa la gente. Es el fenómeno de la globalización: la subordinación de los pueblos al dinero mundial, al capital. Es una subordinación r eligiosa, cuyos templos se llaman Bancos y cuyas plegarias se expresan en cifras, cuya religión, que la profesan los «educados» por el capital, es ahora el neoliberalismo. Este asume su expansión como una nueva cruzada religiosa, donde debe eliminar a los enemigos de su Dios: los que se oponen a esa expansión, los que no hacen mercado, los que sobran, los excluidos, los pobres, los indios. En los países ricos estos enemigos están afuera y se construye muros para evitar su presencia; mientras que en los países pobres el enemigo es interno y hay que «limpiar» estos fantasmas que recorren las ciudades. Son una presencia fantasmagórica porque los mass media se encargan de satanizarlos: son turba violenta, irracional, delincuentes adoctrinados, etc.; o sea, son siempre lo que hay que eliminar, porque son indios, son el «eje del mal», los enemigos de la civilización; o sea, si cometes violencia contra ellos no es violencia, es mas bien un «acto heroico». Los «héroes» de la globali zación son los que limpian de «indeseables» su expansión. Y los mass media les preparan, hasta con humor (cuando un prejuicio es peligroso, los chistes son letales; así opera el racismo de la comedia mediática boliviana), deformando a una juventud adicta a la violencia (la pulsión de muerte que explota la estética posmoderna), dirigiendo su descontento y su pasividad en una explosión de odio, despertando el racismo centenario que prescribe su subconsciente a la hora del insulto: «indio de mierda».

Pero es el indio quien alimenta con su trabajo a la ciudad, es el indio quien cuida sus propiedades, quien limpia sus casas, quien cría a sus hijos, es el indio el que pone su pecho contra el dictador, el que va a defender a la patria siempre malagradecida, el que en definitiva lucha por todos. Y es sobre quien descarga nuestra oligarquía atrasada y subdesarrollada sus taras: la flojera, la delincuencia, la mendicidad y la ignorancia son la cultura del que increpa estas lacras a sus subalternos; depositando en otro sus taras se cree liberado de ellas pero, como aquello sigue presente en su subconsciente, el otro le devuelve su propia imagen, como en un espejo, donde se retrata su propia mísera idiosincrasia. Por eso desata sobre el indio el odio que siente por sí mismo; más aún si este le recuerda su origen (odio redoblado que manifiesta el mestizo). Por eso necesita sentirse superior (porque sabe en el fondo que no lo es) y demostrarlo, por eso acude a la fuerza, porque es l o único que posee y lo único que alardea. Por eso sale a «defender la (su) paz» con bates de béisbol y palos de golf, con pistolas y granadas («ejemplar» modo que muestra en qué consiste su «pacifismo»); el que se asume «culto» y «civilizado» no sabe otra cosa sino insultar y apalear. Esa ignorancia fue la que salió a embestir a un pueblo que, como de costumbre, lucha incluso por aquellos que le desprecian. La arrogancia de la ciudad manifestó su racismo crónico y lo expuso su tan glorificada (por los mass media) «clase media». Quienes se autodenominan «defensores de la paz y la democracia» demostraron que esa defensa es, en realidad, violencia insensata del racismo citadino; de aquellos que se atribuyen para sí el ejercicio de la política de modo intolerante y racista: «la política es cosa de hombres» dicen los machos caporales que piensan con el látigo, «no es cosa de indios». Carcomidos por el mito de la superioridad, no saben sino exponer esa supuesta superioridad como a tropello: «cualquier oposición la aplastamos» (declaración de Herr-man Antelo, cínico de Santa Cruz, ante la convocatoria de un cabildo popular en Santa Cruz); porque su magro entendimiento sólo concibe su supuesta superioridad como atropello violento ante una también supuesta inferioridad.

Sólo hay una raza inferior, decía Marti, la de aquellos que se consideran superiores. Es el producto de la ciudad colonial que todavía soportamos, la ciudad que sólo ve su ombligo y piensa que el mundo es ella, es la que desprecia al campo como el hijo que desprecia a la madre. La ignorancia proviene de ella, porque nació mirando para afuera, admirando lo de afuera, aspirando ser como afuera. Despreciando lo de adentro se desprecia a sí misma; blanqueando inútilmente su cultura (cuyo origen es el campo) no logra otra cosa sino privarla de su autenticidad, despojarle del alimento nutricional que hace a su desarrollo y convertirla en otro objeto, sin vida y sin historia, una mercancía que se presente «familiar» al apetito de afuera. Porque al dirigir su atención exclusivamente hacia fuera ella misma se anula todo sentido posible y vive exclusivamente sirviendo a los sentidos que se le impone desde afuera. Vive para complacer al dinero mundial, porque está hecha a su imagen y se mejanza.

Por eso los Bancos están en su centro. El santuario en el cual depositan sus ofrendas para agradar el apetito de su Dios: la transferencia sistemática de «valor» (robo de riqueza) de los países pobres a los ricos. En las ciudades se media esta transferencia y es el lugar donde (vía mass media) se santifica esta práctica (por eso, con lenguaje cuasi litúrgico, señalan cada día las alzas y las bajas de la bolsa de valores, el valor de la moneda mundial, las inyecciones de inversión, etc.), identificando el «estar bien» cuando se inflan las cifras, es decir, «estamos bien» cuando el capital, la cosa, «está bien», aunque estemos mal, muriéndonos en la miseria; si el capital está rechoncho entonces no hay de qué quejarse. Esa es la «paz de los impíos», los que «tranquilos constantemente aumentan sus fortunas» (salmo 73, 12), mientras el pueblo se muere en la miseria, «por eso el pueblo se vuelve contra ellos» (salmo 73, 10). Así llaman violencia al clamor de justicia del pueblo y entonces se movilizan a defender su paz, es decir, su paz es la tranquila reproducción de la injusticia a la cual sirven: «Como quien inmola al hijo a la vista de sus padres, así el que ofrece sacrificios de lo robado a los pobres. Su escasez es la vida de los indigentes y quien se la quita es un asesino. Mata al prójimo quien le priva de la subsistencia. Y derrama sangre quien retiene el salario del obrero» (Eclesiástico 34, 21-27). Por eso prorrumpen en sandeces como esta: «Bolivia enfrentada»; «Bolivia ya no vive en armonía»; o sea, vivíamos en el paraíso, o sea, nunca hubo violencia, o sea, no existió dictadura, masacres, persecuciones, no hubo guerra del agua, del gas, etc. ¿En qué país vivían los mass media, que pronuncian tal insensatez?

La ignorancia había pues estado en la ciudad y emana ahora de los mass media. Es la ignorancia de aquel que no sabe reconocer su deuda con sus semejantes; es la ignorancia del soberbio, que no sabe agradecer, porque se cree autosuficiente y escupe su desprecio al pueblo y al cielo; es el odio irracional del racismo citadino, que no soporta que le gobierne un indio, que vengan a «su» ciudad a perturbar «su» paz. El racismo presente en un prefecto, como Manfred (y como los fascistas medialuneros), que prefiere separarse a ser parte de un gobierno de indios; que confundió su labor puramente administrativa (y subordinada al gobierno central) con la provocación política abierta de quien se cree rey en su feudo, que confunde la delegación que le hizo su pueblo con la potestad de hacer lo que le de la gana, que desconoce la democracia y pretende una plutocracia, que se burla de la voluntad popular y apuesta por la tiranía. Si los límites de una persona están en los límites de su len guaje, los límites de los prefectos secesionistas son mas bien exiguos, por eso su continua provocación, su tozudez colonial, su ignara y cándida facilidad con la que hablan sobre la democracia. La ignorancia es atrevida, más aún cuando esta se magnifica en las pantallas de televisión.

La maledicencia contra el gobierno y contra el pueblo (esta identificación muestra de qué lado se encuentran) es el pan de cada día de los mass media, y actúa como una maldición; porque el afectado no es sólo el que la propaga, o el imprecado, sino también el que presta atención a ella (este es el posible propagador del odio que anima al que maldice). Por eso una población citadina acomodada (o acomodaticia) es la primera interpelada por la furibunda rabia mediática, porque esta vive pendiente y sujeta a la manipulación mediática (además de sujeta a los beneficios que rinde el abrir las puertas a los ladrones de afuera y de adentro). Ella hace eco del odio subliminal que teje el inconsciente citadino y que despierta cuando, sobre todo, la televisión enciende el interruptor que suele transformar a un «dulce angelito» en un «terminator». Es la insensata adversidad que debe sufrir un pueblo que se quiere liberar: la oposición de los suyos.

Cuando se menciona la dialéctica del amo y el esclavo, se olvida que esta describe bien a la sumisión de quienes calculan sus intereses y sacan provecho de aquella sumisión; en términos actuales, el esclavo no es aquí el pueblo, sino sus elites y la famosa clase media; estas son siempre las que apuestan por el sometimiento porque, de todos modos, suelen siempre sostenerse en este, aunque indignamente, porque siempre se sostienen sobre el pueblo, quien es, en definitiva, el que soporta el peso real del sometimiento nacional. La defensa ridícula e histriónica que protagoniza la clase media de su «posición social» la realiza siempre a costa de los que padecen la exclusión paulatina de todo beneficio posible; por eso no es raro encontrar en la historia que los tiranos siempre cuentan con el apoyo de estos sectores (como Franco, Hitler, Pinochet, Banzer y ahora los prefectos medialuneros). La clase media no forma parte del pueblo por filiación automática sino por opción política e histórica.

Pueblo es el bloque histórico de los oprimidos. No es una multitud ni un congregado societal. Es el todo complejo de los excluidos que se reúnen alrededor de una vanguardia que, históricamente, es la que señala un nuevo sentido y un nuevo destino. Ahora son las naciones indígenas. Son las que muestran una alternativa al callejón sin salida que impone el proyecto moderno: El despilfarro de los países ricos está no sólo pauperizando al 80% de la población del planeta; lo más grave es que está dañando seriamente la capacidad reproductiva de la tierra. Por eso, desde los noventas, los pueblos indígenas, reclaman una nueva constitución, porque necesitamos reestructurar todo de nuevo, porque una nación que beneficie a todos necesita reordenar sus fundamentos. Por eso, los verdaderos realistas son ellos: una economía centrada exclusivamente en la maximización de las ganancias no es sostenible en el largo plazo. Esa es la economía que se nos impuso desde la conquista y es la que adop taron nuestras elites con la republica, y el resultado empírico es que somos una de las naciones más pobres del planeta (siendo poseedores de una riqueza natural envidiable). Sólo los más afectados de aquella pobreza son capaces de vislumbrar una esperanza y son los que históricamente hacen posible la re-evolución de la vida. Ellos son los verdaderos nunca incluidos y los que tienen la autoridad moral y ética para cambiar verdaderamente las cosas, porque hablan desde la exclusión y el padecimiento de todo el peso del sometimiento nacional. La clase media es siempre acomodaticia y cuando estima entrar en el asunto siempre, como decimos coloquialmente, cría cuervos… No otra cosa resultó la derivación de octubre (la guerra del gas, la insurrección del pueblo soberano), vía clase media, en uno de los gobiernos más vergonzosos e insultantes que haya tenido nuestra historia, en aquella nueva subordinación vergonzosa del aprendiz de brujo Carlos Mesa a la nueva derecha fascista y racista que apareció en Santa Cruz (que es donde se aglutinan los separatistas y chantajean a un país con inventadas confrontaciones: oriente versus occidente), que es a donde escapó el prefecto de Cochabamba.

Pero lo mejor de la clase media no carga esa condena como una fatalidad, su destino se define por el proyecto que abrace, al cual subordina su presente en pos de un futuro más justo, para redimir también su pasado. Por eso la humanidad de cada uno se define no por la devoción entre iguales sino por el acto de justicia para con aquel que no es nuestro igual, el prójimo. Por eso es bueno recordar a San Basilio: «Pertenece a los que tienen hambre el pan que guardas, a los desnudos el manto que conservas en los cofres, al descalzo los zapatos que se pudren en la despensa, al pobre el dinero que atesoras. Cometes tanta injusticia como personas hay a quienes deberías ayudar». Por eso la política no es un acto cualquiera (alterada y corrompida por las oligarquías), es siempre un servicio consagrado a los necesitados, una vocación, porque responde al clamor del pueblo: «He escuchado el clamor de Mi pueblo y vi la crueldad con que los oprimen, por lo tanto ponte en camino, pues te env iaré.» (Éxodo 3, 9-10), le dice El Señor a un pastor acomodado y próspero, como era Moisés. Es, en suma, un acto espiritual. Porque las necesidades materiales de mi prójimo son necesidades espirituales para mí.

Rafael Bautista S. Autor de «OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA» Editorial «Tercera Piel», La Paz, Bolivia [email protected]