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La izquierda, la pleitesía y las cuentas pendientes

Fuentes: Rebelión

Ceferino Reato, director de la revista Fortuna, ha escrito un texto precisando aspectos que considera -a mi modo de ver con razón− escamoteados del recientemente fallecido Juan Gelman. En medio de un enorme reconocimiento a su trayectoria como poeta, tanto desde el gobierno que decretó tres días de duelo nacional, como desde todas las corrientes […]


Ceferino Reato, director de la revista Fortuna, ha escrito un texto precisando aspectos que considera -a mi modo de ver con razón− escamoteados del recientemente fallecido Juan Gelman.

En medio de un enorme reconocimiento a su trayectoria como poeta, tanto desde el gobierno que decretó tres días de duelo nacional, como desde todas las corrientes y cofradías izquierdistas y progresistas, diarios, radios, se recordó su compromiso revolucionario en los ’70, su lucha por conocer el paradero de su hijo, el destino de su reaparecida nieta…

Página 12, por ejemplo, lo recuerda en su paso por actividades culturales (estuvo en crisis, en Noticias…) y cita esta frase suya: «La palabra va de aquí para allá, busca un sitio de no marcharse nunca. Su única casa es imposible, nadie se la va a construir».

Entiendo que la palabra está, siempre, a la intemperie. Acuerdo profundamente con ello, pero tendría que agregar que en todo caso, eso pasa siempre con la palabra (o debería), pero no con los poetas, necesariamente. O con los escritores, ciudadanos de la República de las Letras.

Hasta Clarín recuerda, siquiera al poeta. Patricia Kolesnicov nos dice que «Fue uno de los poetas más importantes del país. Ganó el Cervantes en 2007. […] Supo hacer alta poesía con palabras comunes […].» Es cierto, y han aparecido en su memoria varios poemas suyos accesibles y extraordinarios. Pero hasta para ser más justo habría que agregar que también hizo poesía, con palabras no tan comunes. Vadarkablar podría ser un ejemplo, pero tal vez más contundente; Sucede:

aseteado el delirante / contento de su prez / alza la cola el vuelo su caballo / repite su color / ¡ah gran caballo delitento / toda colez para el alzor!/ ¡que amor para estos días! / ¡qué repeteado su vuelísimo! / ¡acaballáramos el tiempo y es lo mismo! / ¡piafáramos paciencia / como pacallos que mismáramos / todos los animales de la sed!>

(Cólera Buey, Ediciones La rosa blindada, Buenos Aires, 1971)

Resumiendo, un coro enorme de compañeros, admiradores, exégetas, colegas, rinde tributo a Juan (lo conocí trabajando en una misma revista). Un tipo simpático. Con carpeta, como se decía décadas atrás. Nunca sabré si un cierto «periodismo de escritorio» que ejercía era fruto de las limitaciones que le imponía su compromiso guerrillero o si era más escritor que periodista, aun haciendo periodismo…

Y Reato aparece con su contrapunto. Valiéndose del alegato de Omar del Barco, que habiendo participado intensamente de la izquierda sesentista y setentista, y por lo tanto comunista en un momento, guerrillero en otro, ha hecho un análisis de lo vivido y una sobrecogedora autocrítica. Acerca de que si los guerrilleros matan también tienen que rendir cuentas.

A la derecha, a los dueños o representantes del poder fáctico, sólo les intere-sa el desarme psíquico (y físico) de la crítica, de los críticos, de los ajenos al ban-quete. Son puro pragmatismo. Cuando recogen, como Reato, la crítica de del Barco a la violencia «revolucionaria», la identifican desde sus intereses y puntos de vista.

En rigor, la crítica a la violencia de del Barco podría circunscribirse al tema de la violencia ideológica. A la violencia de grupos armados que definen desde sí, hacia adentro y hacia afuera, lo que hay que hacer. Y que con condenas definitivas legislan sobre lo que no se ajusta: del Barco analiza las condenas a muerte de algunos guerrilleros para con otros guerrilleros que no cumplían determinados requisitos. El análisis de del Barco podría extenderse a condenas a muerte que ha ejercido alguna guerrilla contra alguien, incluso inocente y ajeno, pero que les alteraba planes… (caso Pascasio Báez, en Uruguay).

Hasta donde sé, entiendo que JG ha ignorado semejante abordaje. Aunque sí sé que se desvinculó de la guerrilla montonera en 1979 ante la llamada «Contraofensiva» y su actitud crítica lo enfrentó con el dogmatismo entonces, su-friendo amenazas, esa vez no desde «el sistema» sino desde la insurgencia…

Pero hay algo terrible en el alegato de Reato. No lo que afirma desde un derechismo confeso (basta leer el título de la revista que dirige para otear sus valores y su identificación con el capital y por lo tanto con el capitalismo, aunque él seguramente lo defina como «la democracia»). Algo más allá de su definición de violencia tan ajustada a las necesidades de los poderosos, como procuramos señalar.

Lo que el planteo de Reato expresa es que la izquierda, señorial, ha evitado dar cuenta de sus errores. Y es patético que eso sea señalado desde la derecha. Porque eso revela únicamente que desde la propia izquierda faltó el coraje, la lucidez, la honestidad y/o la humildad suficiente para hacerlo.

Rendir cuentas

Sólo así se explica que a Juan se le haya tolerado el exclusivismo de adueñar-se de la causa de su hijo en Uruguay, cuando la madre, Berta Shuberoff, con quien Juan tuvo ese hijo, también quiso estar y actuar en Uruguay. Al menos mediáticamente, Juan fue presentado como «el» protagonista de ese rescate.

Igualmente, JG llegó a aceptar −como por otra parte, también lo hizo José Mujica, presidente del Uruguay−, un «acuerdo de caballeros» para sólo rastrear y dar con el paradero de su nieta, y con los restos de sus progenitores, asesinados en Uruguay (al menos, con certeza, la madre); el plan Cóndor en acción era apenas rozado, desde la presión de alguien «realmente» importante.

Ese acuerdo provenía de una condena que el estado uruguayo, criticado públicamente por organismos supranacionales, como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, reconoció.

A tal punto llega el exclusivismo parental que el estado uruguayo declara: «En su contestación de la demanda, el Estado de Uruguay reconoció parcialmente su responsabilidad internacional por la violación de los derechos humanos de María Claudia Iruretagoyena de Gelman, de María Macarena de Gelman Garcìa y Juan Gelman.» [si entiendo bien, sobra una «de» después de María Macarena y falta otra «de» delante de Juan…]

Sin embargo, todos sabemos que ese mismo plan arrastró a decenas o centenares de presos clandestinos de la Argentina al Uruguay, como pasó con María Claudia Irureta Goyena, embarazada de lo que se transformó en una nieta afortunadamente recuperada, Macarena. No sabemos siquiera si hubo otras embarazadas en tales «traslados».

Juan Gelman es un emergente de lo que ha sido ser intelectual de izquierda en los ’70. En estos pagos. Incluyendo hasta los que apostaron tan seriamente como para hacerlo con la vida propia (y ajena), como ha sido el caso de los compromisos guerrilleros. Ni siquiera ese compromiso, de tanto desnudamiento, les hizo perder a los intelectuales, en general, su carácter señorial.

Algo de lo que no se habla

Una de las tantas deudas de la izquierda. Hasta el colapso soviético, concienzudamente pre-visto por tantos disidentes rusos, le llegó al comunismo como ducha de agua fría. Podemos decir que meses antes, seguían los sacerdotes y sacristanes de las iglesias del «socialismo científico» insistiendo con dogmas como la irreversibilidad del paso del capitalismo al socialismo…

Me voy a permitir recordar que a mediados de 1973, presenté en lo que resultó ser el último concurso de ensayos del semanario Marcha, en Montevideo, un texto que titulé «Izquierda, ¿baluarte de la derecha?» (la huelga de junio me permitió disponer de las horas para «borronear esas cuartillas»).

Sería muy penoso tener que tropezarnos hoy con un texto que nos hablara de la Derecha, ¿baluarte de la izquierda?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.