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La posverdad al servicio del golpismo en Bolivia

Fuentes: Rebelión

Cada acontecimiento o proceso político tiene características históricas únicas que conviene estudiarlas y analizarlas, no por inquietudes académicas de las ciencias sociales, si no -más allá de eso- con propósitos evaluativos de la misma lucha política. En este marco, el golpe de Estado en Bolivia presenta características bastante particulares que merecen ser analizadas y debatidas […]

Cada acontecimiento o proceso político tiene características históricas únicas que conviene estudiarlas y analizarlas, no por inquietudes académicas de las ciencias sociales, si no -más allá de eso- con propósitos evaluativos de la misma lucha política.

En este marco, el golpe de Estado en Bolivia presenta características bastante particulares que merecen ser analizadas y debatidas por quienes en Bolivia y en Latinoamérica en general, tendremos que enfrentarlas en el futuro. Esto, por el simple hecho de que el enemigo también extrae enseñanzas de las experiencias.

Se ha acuñado el término de posverdad, para señalar al fenómeno que se produce cuando los medios de comunicación instalan en el imaginario de un grueso sector de la sociedad una distorsión de lo efectivamente ocurrido de tal modo que se lo concibe como si fuera verdad. No es novedad que los medios de comunicación masiva se hayan dedicado durante mucho tiempo a esta práctica en el marco de la promoción de los intereses de las clases sociales a las que representan. Ahora bien, lo realmente novedoso en el caso del golpe en Bolivia, ha sido que estas posverdades han sido generadas en lapsos de tiempo muy cortos, para servir a las necesidades concretas de coyunturas políticas que se desarrollaban y cambiaban vertiginosamente. En cuestión de horas, la coyuntura política, se alteraba drásticamente, con un anunció repetido incansablemente por todos los medios de comunicación, que daban lugar a otros sucesos que a su vez cambiaban nuevamente la coyuntura. En este marco, combatir la posverdad se tornó en algo prácticamente imposible.

Es cierto que el anunció de fraude se lo había anunciado con anterioridad, sin embargo, cuando se lo instaló como si fuera un hecho consumado, aquél 21 de octubre, los acontecimientos se precipitaron y se produjeron las tomas y consiguientes incendios de los Tribunales Departamentales Electorales. De este modo, la coyuntura política se alteró de manera drástica. Todo esto indica obviamente que hubo una premeditación y planificación en la generación de la posverdad, así como en sus repercusiones.

La posverdad desafiaba todo sentido común. No había tal «Alteración injustificada» de la tendencia en la votación, ya que siempre ha ocurrido que los datos del campo llegan al final y éstos beneficiaron siempre a la candidatura de Evo Morales. No había absolutamente nada de novedoso en eso, pero seguro, fue justamente esa característica del conteo de votos la que permitió planificar a los golpistas sus pasos a seguir.

A partir de ello, las posverdades se han multiplicado para consolidar el golpe de Estado. Se ha desarrollado ávidamente una campaña mediática para instalar en el imaginario de la población que existen grupos terroristas que están armados y promueven saqueos en las ciudades. Entonces se realiza una cacería de brujas contra todo tipo de resistencia al golpe. Como se sabe, la represión es brutal y despiadada, porque ya lleva más de tres decenas de víctimas mortales. Sin embargo, y pese a que los medios no han podido ocultar lo sucedido, se ha instalado en la opinión pública promovida por esos medios, una indiferencia e insensibilidad, que contrasta fuertemente con la intensidad y energía que le otorgan a las posverdades que promueven. De este modo, la matanza pasa desapercibida, en los medios que «promueven la democracia».

Así también se ha difundido ampliamente un video en el que se ve a un dirigente campesino hablando por teléfono celular, supuestamente con Evo Morales, quién instruye bloquear las carreteras y no dejar pasar comida a las ciudades. La escena esta tan burdamente montada, que ofende la inteligencia. Sin embargo, se la instala en la opinión pública como si fuera un hecho verificado e incuestionable. Eso les sirve para criminalizar al dirigente social con obvios propósitos de proscribirlo definitivamente.

Como se puede ver, en esta somera y de ningún modo concluyente descripción de los hechos, la posverdad ha jugado un rol determinante en el golpe de Estado. No es novedad que los golpistas, en todos los tiempos, hayan generado una versión de los hechos para pretender justificar su toma del poder. Lo que destaca en el caso del golpe en Bolivia es la sincronización de los medios con los golpistas en sus puestas de escena y la rapidez con la que se ha producido esa coordinación. También resalta que las posverdades impuestas riñan absolutamente con el sentido común. Por esta razón el golpe en Bolivia, además de ser un golpe cívico-policial, como lo han denominado muchos analistas, también es un golpe mediático.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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