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Los crímenes históricos

Fuentes: Página/12

Ya he expresado en estas páginas que también en la historia habría que recordar las reacciones desde abajo acometidas en momentos agitados de nuestro país. Y describí la muerte del jefe de Policía Ramon Falcón en manos del anarquista ruso Simón Radowitsky. Hoy trataremos otro crimen famoso contra la autoridad: el del anarquista alemán Kurt […]

Ya he expresado en estas páginas que también en la historia habría que recordar las reacciones desde abajo acometidas en momentos agitados de nuestro país. Y describí la muerte del jefe de Policía Ramon Falcón en manos del anarquista ruso Simón Radowitsky. Hoy trataremos otro crimen famoso contra la autoridad: el del anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens contra el teniente coronel Hector Benigno Varela, cuando éste acababa de llevar a cabo la represión contra los peones rurales patagónicos, que según los cálculos de la época terminó con unos 1500 fusilados.

Un hecho increíble en un gobierno democrático como el de Irigoyen. Los peones rurales de Santa Cruz ocuparon los campos y el presidente Yrigoyen no encontró otra solución que enviar al 10 de caballería con la orden de pena de muerte para quien resistiera a las tropas .

Fue un hecho tristísimo. Dentro de todo, la ocupación de los campos por campesinos había sido hecha sin violencia y casi sin víctimas. Los fusilamientos, en cambio, fueron efectuados sin ninguna consideración. Como testimonio del crimen político quedaron las tumbas masivas en el extenso territorio de Santa Cruz.

Inicié la investigación justo en una época en que todavía vivían testigos de los hechos. Hallé las tumbas masivas y los testimonios concretos de los hechos. Así fue con el hallazgo de las tumbas masivas de fusilados de la estancia «El Baile» de Don Angel Ties, cuyo hermano era religioso salesiano en el colegio de Puerto Deseado. El lugar exacto es una manga llamada «Cañada de los Muertos», que está a tres leguas del casco de la estancia llamada «La Julia». Hasta hace unos treinta años había cruces en el lugar pero las hicieron desaparecer. Se ve que elegían cañadones para estar al cubierto en los faldeos: allí se ponían las víctimas para que las balas que atravesaban los cuerpos iban a dar en las barranquitas. Es característico de lo que hacía el oficio de matar a los asesinos, que buscaban lugares solitarios. Tal vez un poco para guardarse de miradas y otro poco para esconder sus crímenes, como una forma de reprimirlos en sus consecuencias. De cualquier manera esto demuestra la ilegalidad del fusilamiento ya que de ser legal no lo habrían escondido. En este lugar de la estancia » El Baile», es sin duda, el mismo que el comandante señala en su parte donde se produjo el combate cercano a Corpen donde según él «mueren sus obreros, entre ellos el cabecilla Avendaño».

En la investigación que realicé hace cuarenta años figuraron todos los fusilados durante la expedición. Ante la falta de justicia, los anarquistas lo hicieron con su propia mano.

El comandante Varela fue muerto como una secuela de otras muertes. Diecisiete heridas graves. Doce producidas por la bomba y 5 balazos en la parte superior del cuerpo (dos balazos le han interesado la aorta). Firman los médicos legistas Klappenbach y del Solar. Parece que al alemán Wilkens no le ha temblado la mano. Le ha aplicado lo que los anarquistas llaman la justicia proletaria. En un muerto han resumido los centenares fusilados en la Patagonia. Ahora la muerte los ha emparejado. Lo mismo que sus víctimas, el comandante ha quedado en el suelo, boqueando.

Con la diferencia que éste tendrá un entierro de lujo. Del suelo lo han levantado los solícitos de siempre y lo llevan a la farmacia de Fitz Roy y Santa Fe, a unos pasos de allí. El farmacéutico Julio Schechtman le aplica dos inyecciones de ergotina pero no hay nada que hacer. En una camilla que traen de la enfermería de los cuarteles es llevado al Regimiento 2 de Infantería. En el casino de oficiales lo ponen sobre una mesa y lo cubren con una sábana.

La noticia corre de boca en boca: lo han matado al Comandante Varela. El lugar del atentado sirve de punto de reunión para centenares de curiosos. Se aglomeran autos, coches de plaza y carros. La policía debe intervenir y corta el tránsito por Fitz Roy. A las diez llega al Regimiento 2 el ministro de Guerra, general Augustín P. Justo. Lo acompaña el coronel Manuel Costa; el Jefe de Policía Jacinto Fernandez ; el comisario de órdenes Doctor Emilio C. Díaz y el Jefe de Investigaciones, Eduardo Santiago: asediado por los periodistas, Justo dice con voz grave: » Esto no quedará impune, el castigo será ejemplar».

En la casa del fallecido, mientras tanto, se han cerrado puertas y ventanas. La viuda » Mercedes Giovaneli » y sus ocho hijos ( Mercedes, Dora, Héctor, Alfredo, Rodolfo, Margarita, Arturo y Amalia) han sido conmovidos por la tragedia. Casi no hay llantos; la sacudida emocional ha sido tremenda. El cuñado de la víctima, el mayor Jorge Giovaneli atiende en el zaguán a los periodistas y le explica que en repetidas ocasiones Varela recibió anónimos amenazantes pero que jamás había pedido custodia para su persona ni para su casa. Pero, tal vez, la verdad iba un poco más allá: a Varela nunca le ofrecieron custodia a pesar que se sabía el peligro de su vida en cada paso. Profunda amargura reina entre los oficiales de Caballería que van llegando a ver el cadáver de su jefe. De Campo de Mayo llegan el capitán Anaya y los demás oficiales del C. 10 . Hay dolor en sus rostros, una expresión de sufrimiento viril contenido. Es que el odiado y vilipendiado Varela era muy querido por sus oficiales y suboficiales. Era enérgico, sí, pero tenía un gran sentido de la camaradería militar. Era paternalista con los jóvenes que le venían a pedir consejos.

El crimen oficial quedó ampliamente al descubierto y el partido Radical debe a los argentinos una declaración sobre ese absurdo crimen masivo. La Historia no olvida.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-300199-2016-05-25.html