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Reseña; “Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy”, de Noam Chomsky

Los verdaderos terroristas

Fuentes: Rebelión

Tras el 11 de Septiembre , Noam Chomsky publicó un libro con ese mismo título -11-S- que fue todo un record de ventas, en el que se recopilaban varios trabajos sobre la trascendencia de los atentados en Nueva York y Washington. La obra «Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy», que vio […]

Tras el 11 de Septiembre , Noam Chomsky publicó un libro con ese mismo título -11-S- que fue todo un record de ventas, en el que se recopilaban varios trabajos sobre la trascendencia de los atentados en Nueva York y Washington. La obra «Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy», que vio la luz en España el pasado mes de junio, ha pasado mucho más desapercibida. Una de las razones es que su contenido no es tan novedoso como su título, subtítulo y fecha de edición pueden dar a entender. Sin embargo, nos permite establecer la línea de continuidad en la política exterior norteamericana de las últimas dos décadas con Donald Reagan, George Bush Sr. Bill Clinton y George Bush Jr.

La primera edición de este libro se remonta a 1986 y vendría a ocupar el prefacio y los tres primeros capítulos de la obra ahora editada. En ellos se aborda una reflexión sobre los mecanismos de control del pensamiento en el sistema doctrinal dominante (capítulo 1), la irreverente interpretación del terrorismo en Oriente Próximo (capítulo 2) y, en el capítulo 3, el papel desempeñado por Libia, un ejemplo de satanización con el que los lectores de hoy encontrarán espectaculares paralelismos con Iraq.

El capítulo 4, dedicado también a Oriente Próximo, lo heredamos de la edición de 1987. El siguiente capítulo, en mi opinión el más elocuente, data de julio de 1989 y se centra exclusivamente en el concepto de terrorismo internacional. Por último, los capítulos 6 y 7 ya afrontan la situación internacional tras el 11-S.

La tesis de toda la obra la sintetiza Chomsky en las cuatro primeras líneas del prefacio con una anécdota relatada por San Agustín. Un pirata es capturado por Alejandro Magno, quien le preguntó. «¿Cómo osas molestar al mar», «¿Cómo osas tú molestar al mundo entero? -replicó el pirata-. Yo tengo un pequeño barco, por eso me llaman ladrón. Tú tienes toda una flota, por eso te llaman emperador».

En opinión de Chomsky, la respuesta del pirata «refleja con bastante precisión las relaciones entre Estados Unidos y varios actores secundarios de la escena del terrorismo internacional». El término terrorismo ha desaparecido para la consideración de los gobiernos poderosos que practican el terrorismo de Estado, al tiempo que controla el sistema de pensamiento y expresión. Para los poderosos la expresión terrorismo sólo adquiere sentido cuando lo práctica el otro bando, no el nuestro. Recuerda Chomsky que las operaciones de la Gestapo en la Europa ocupada también se «justificaban como procedimiento para combatir el terrorismo». A lo largo de las trescientas páginas de esta obra podremos comprobar como las principales víctimas del terrorismo internacional han sido los cubanos, los centroamericanos, los libaneses y, últimamente, los iraquíes. Y cómo la mano ejecutora de ese terrorismo, mediante la violación sistemática de la legislación internacional, la provocación constante, el uso de armas prohibidas, la mentira y la manipulación no es otra que la del país más poderoso del mundo y su principal asesino a sueldo, Israel. Ya lo señalaba Noam Chomsky en 1989: «Existen dos formas de abordar el estudio del terrorismo. Se puede adoptar un enfoque literal, tomando el tema en serio, o un enfoque propagandístico, construyendo el concepto de terrorismo como un instrumento al servicio de un sistema de poder determinado». Sin duda, Washington ha elegido el segundo.

Hoy, varios años después y superada la guerra fría, el análisis de Noam Chomsky sobre las masacres perpetradas en el Líbano y en Centroamérica por Israel y Washington supone rescatar de la memoria la más negra historia de quien ahora se proclama baluarte de los derechos humanos y no hace más que repetir en Iraq, y quien sabe donde más próximamente, esa historia de muerte y horror. He conocido personalmente esas dos regiones y he podido comprobar la triste y escalofriante verdad que relata el autor. Toda una legión de testigos, supervivientes y tullidos en El Salvador, Guatemala, Honduras y el Líbano me han dado el testimonio del sufrimiento de civiles inocentes a manos de quienes, en nombre de la lucha contra el comunismo unas veces o contra el terrorismo otras, vivieron en su piel masacres de comunidades de campesinos, bombardeos de poblaciones, torturas a manos de especialistas entrenados en Estados Unidos y ejecuciones de escuadrones de la muerte planificadas por asesores norteamericanos. En esta obra, Chomsky me ha aportado los datos y acontecimientos que complementan el drama que he podido ver tras la masacre israelí en Sabra y Chatilla (Líbano), los bombardeos con asesores norteamericanos del ejército en Morazán (El Salvador), las masacres de la Contra financiada por EEUU en Estelí (Nicaragua) y la represión liderada por militares entrenados en Norteamérica contra las comunidades populares en el Quiché (Guatemala). Testigos, supervivientes y familiares de las víctimas de un sinnúmero de atrocidades cometidas en nombre de la democracia y de la lucha contra el comunismo y el terrorismo con las que he compartido testimonios y dolor.

Y mientras todo eso ocurría, la opinión pública mundial, y sobretodo la estadounidense, era sistemáticamente engañada por unos medios de comunicación dóciles al servicio del aparato de poder. Hoy la historia se repite en Colombia, Palestina e Iraq con la misma metodología de terror y mentiras.

Si ya entonces las instituciones internacionales se demostraron ineficaces ante los constantes bloqueos y vetos de Estados Unidos, tanto en la Asamblea como en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el tiempo nos ha demostrado que esa incapacidad aún podía incrementarse.

Por su parte, los medios de comunicación han demostrado su doble rasero en ejemplos como la diferente trascendencia mediática del asesinato de un minusválido norteamericano en el secuestro del Achille Lauro (octubre 1985) que entró en los anales del terrorismo o la muerte acribillado a balazos de un minusválido palestino cuando huía en su silla de ruedas con una bandera blanca en Yenín en el 2001, condenada al silencio. Mientras 29 personas morían en el norte de Israel durante la invasión del Líbano desde 1978 hasta 1992, miles eran asesinadas por los bombardeos israelíes en el Líbano. Para las primeras, portadas de periódicos, para las segundas, silencio. Mientras la Contra nicaragüense y la UNITA angoleña que masacraban civiles para desestabilizar gobiernos populares, eran movimientos libertadores, el FMLN salvadoreño y la OLP eran terroristas, junto con las comunidades campesinas y líderes sociales y religiosos que compartían su lucha social.

Como señala Chomsky, «Cuando Estados Unidos y sus satélites son los agentes de atrocidades terroristas, éstas desaparecen del historial o bien se transmutan en actos de represalia y autodefensa al servicio de la democracia y los derechos humanos».

EEUU es un caso único por ir a la par la falta de restricciones a la libertad de expresión y «el alcance y la eficacia de los métodos utilizados para reprimir la libertad de pensamiento». Es el sistema que Chomsky denomina «lavado de cerebro con libertad». «La censura literal apenas existe en Estados Unidos, pero el control del pensamiento es una industria próspera, ciertamente indispensable en una sociedad libre basada en el principio de decisión de la elite y en el respaldo o pasividad el público».

La legitimación del terrorismo de Estado norteamericano en los medios de comunicación es escalofriante. Véase como ejemplo el titular del New York Times tras un bombardeo norteamericano que mató a un centenar de personas en Libia: «Para salvar a la próxima Natasha Simpson», en referencia a una víctima de atentados en los aeropuertos de Roma y Viena en diciembre de 1985 que, como luego se demostró, nada tenía que ver con Libia.

Según los datos que aporta Chomsky las acciones terroristas más sangrientas de 1985 fueron la explosión de un vuelo de Air India en la que murieron 329 personas. Supuestamente, los terroristas fueron entenados en un campamento paramilitar de Alabama. Ese mismo año un coche bomba en Beirut provocó 80 muertos, un atentado perpetrado por la inteligencia libanesa entrenada y financiada por la CIA. Al año siguiente, los actos terroristas más graves en Oriente Próximo y Mediterráneo, fueron el bombardeo de Libia y los atentados en Siria en los que perdieron la vida más de 150 personas en abril. La autoría, agentes israelíes.

Para EEUU, el asesino de masas Suharto en Indonesia era un «moderado» respetado, mientras que «un grupo de apoyo mutuo organizado por la Iglesia en El Salvador es radical y debe ser exterminado por fuerzas mercenarias estadounidenses». Tras la caída de las sangrientas dictaduras amigas de Somoza en Nicaragua y del Sha en Irán, surge entre las elites estadounidenses una honda preocupación por los derechos humanos y la democracia en ambos países, ahora con gobiernos con gran apoyo popular.

El caso libio en la década de los ochenta, resulta estremecedoramente similar al iraquí hoy. Escribía lo siguiente Chomsky en 1986, refiriéndose a la política de EEUU con Libia: «la campaña de Reagan contra el terrorismo internacional era una elección obvia para el sistema doctrinal en apoyo de su programa: expansión del sector estatal de la economía, transferencia de recursos de los pobres a los ricios y una política exterior más activista. Estas políticas se desarrollan con mayor facilidad si el público obedece asustado por algún terrible enemigo que amenaza con destruirnos». Libia se ajustaba perfectamente a las necesidades: un contexto de racismo antiárabe, una sociedad represiva y antecedentes de ejecución de disidentes libios. El párrafo no puede ser más actual si pensamos ahora en Iraq.

Al igual que hoy, las mentiras eran constantes. Se inventó una invasión de Nicaragua a Honduras para justificar la financiación de la Contra y se habla del patrocinio cubano del terrorismo pero nada de las operaciones terroristas contra Cuba desde Miami.

La capacidad de sembrar la violencia y el odio alcanzó uno de sus más dramáticos ejemplos en el Líbano ocupado por Israel. Allí el enfrentamiento entre cristianos y musulmanes dejó un rastro de miles de muertos y devastación que, como he podido comprobar personalmente, se ha superado con la retirada israelí, auténtico cerebro que provocó el odio entre las dos comunidades. Cuando visité la prisión de Jiam en el sur del Líbano, con sus celdas de castigo y sistemas de tortura, construida y utilizada por Israel en 1985 sentí el escalofrío de comprobar las cotas de crueldad que puede llegar a alcanzar el ser humano. Algunos no podemos evitar pensar años más tarde en la ex Yugoslavia como el ejemplo actualizado de fomento del odio entre comunidades desde el exterior.

Pero el terrorismo internacional, aplicado a la política internacional de EEUU no es un invento actual, ni siquiera de la década de los ochenta. Durante dos décadas anteriores ya se utilizó contra Cuba. En 1961 la CIA ya gestionaba un presupuesto anual de cincuenta millones de dólares para un grupo especial denominado Mangosta que se dedicaba a operaciones de bombardeos de hoteles e instalaciones cubanas, envenenamiento de cultivos y ganado, contaminación de las exportaciones de azúcar, etc..

Y llegamos a los atentados del 11 de septiembre: «El nuevo milenio no tardó en engendrar dos nuevos crímenes terribles (…). El primero fue los ataques terroristas del 11 de septiembre; el segundo la reacción a ellos», afirma Chomsky.

El autor establece paralelismos entre los dos terrorismos, el del 11-S y el de la reacción que provocaron: «en ambos casos los crímenes son considerados apropiados y justos, incluso nobles, en el marco doctrinal de sus autores, y de hecho se justifican casi con las mismas palabras». Pero, continúa Chomsky, «las proclamaciones de los antagonistas no son del todo iguales. Cuando Bin Laden habla de nuestras tierras, se refiere a territorios musulmanes (…). En cambio, cuando Bush y Balir hablan de nuestras tierras se están refiriendo al mundo. Esta distinción refleja el poder de que disponen los adversarios.»

Chomsky nos recuerda cómo los editores del New Republic no ocultaron las intenciones de Bush en Afganistán y confirmaron la mentira sobre las intenciones en su reconstrucción y democratización en su edición del 5 de noviembre del 2001: «si dejamos un país sumido en el caos que no pueda servir de base de operaciones contra nosotros, habremos cumplido un objetivo necesarios»; y deberíamos «abandonar la obsesión por la reconstrucción nacional» que no es asunto nuestro. Efectivamente, dos años después del bombardeo de Afganistán, Amnistía Internacional denuncia que la seguridad están peor que antes, UNICEF que uno de cada dos niños está malnutrido y la Oficina para el Control del Tráfico de Droga de la ONU que el cultivo de opio se ha multiplicado por 18.

Hoy parece que todo el mundo coincide en calificar de terrorismo los atentados palestinos e iraquíes tras la ocupación norteamericana. Pero recordemos una resolución de la Asamblea de Naciones Unidas aprobada por 153 votos a favor y dos en contra (EEUU e Israel) sobre el terrorismo internacional. En ella, se legitima la resistencia de los pueblos a la ocupación extranjera y la dominación. La citada resolución condena el terrorismo internacional y llama a todos los Estados a actuar para combatir esa plaga sin «detrimento alguno del derecho a la libre determinación, la libertad y la independencia, como se desprende de la Carta de las Naciones Unidas, de los pueblos a los que se ha privado por la fuerza de ese derecho […], especialmente los pueblos sometidos a regímenes coloniales y racistas y a la ocupación extranjera u otras formas de dominación colonial, ni el derecho de esos pueblos, de acuerdo con los principios de la Carta y de conformidad con la Declaración citada, a luchar con tal fin y a pedir y recibir apoyo». Es evidente que el caso palestino y el iraquí actual se ajustan a esta situación, por lo que, mediante esta resolución, la comunidad internacional legitima su lucha contra la ocupación y los apoyos que ésta pueda recibir desde cualquier lugar del mundo

Otra de las tesis manejadas por Chomsky es que el final de la guerra fría, de ningún modo sirvió para aplacar el belicismo de EEUU. O dicho de otro modo, en el fondo no era el enemigo soviético a quien se enfrentaba Norteamérica, sino «el nacionalismo autóctono, como había sido siempre». Es decir, el deseo de los pueblos de ser dueños de su destino y su futuro. «A las pocas semanas de la caída del muro de Berlín, Estados Unidos invadió Panamá, matando a cientos e incluso miles de personas, vetando dos resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU». La ausencia del contrapeso soviético, al contrario de lo que se podía pensar de que eliminaría la necesidad bélica de EEUU, provocaría que «por primera vez en muchos años Estados Unidos podía recurrir a la fuerza sin inquietarse por las reacciones rusas», según dijo un funcionario del Departamento de Estado tras la invasión de Panamá. De hecho el nuevo presupuesto para el Pentágono presentado por la Administración Bush tras el fin de la guerra fría, ya sin el pretexto de que «vienen los rusos», era todavía mayor.

Chomsky rescata el elocuente comentario del presidente Mahathir de Malasia tras el final de la guerra fría. No tiene desperdicio: «Paradójicamente, la mayor catástrofe para nosotros, los que habíamos sido siempre anticomunistas, es la derrota del comunismo. El fin de la guerra fría nos ha privado de la único influencia que teníamos: la opción de desertar. Ahora no podemos acudir a nadie».

El autor nos recuerda que todos «entienden muy bien que el mundo puede ser tripolar en términos económicos, pero que es radicalmente unipolar en la capacidad para recurrir a la violencia». «Incluso antes del 11 de septiembre, Estados Unidos gastaba más que los quince países siguiente en defensa, que, como de costumbre, significa ataque».

No puedo terminar de otra manera que con un párrafo del autor llamando a la resistencia: «El aspecto positivo es que los sistemas de autoridad imperantes son frágiles, y lo saben. Se está haciendo un esfuerzo enorme para iniciar programas duros y regresivos y para neutralizar los movimientos populares de masas que se han gestando en todo el mundo de formas inauditas y sumamente alentadoras. No hay razón para sucumbir a esos esfuerzos, y sí todos los motivos para no hacerlo. El abanico de opciones disponible es amplio. Lo que se requiere, como siempre, es la voluntad y dedicación para buscarlas». Ejemplos -añado yo-, hay muchos, el pueblo iraquí y el cubano son dos de ellos.

«Piratas y emperadores. Terrorismo internacional en el mundo de hoy». Noam Chomsky. Ediciones B. Barcelona. Junio 2003