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Reseña de El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia, de Manuel Sacristán Luzón

¿Marx científico?

Fuentes: Rebelión

Mis siguientes reflexiones los son con motivo de la reciente publicación del libro El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia, de Manuel Sacristán, en edición de Salvador López Arnal y de David Vila.

El libro, publicado recientemente por Editorial Montesinos (finales 2020), recoge en tres trancos estrechamente interrelacionados: el extenso artículo de Manuel Sacristán que corresponde a la redacción de su conferencia en la Fundación Miró de Barcelona, el 11 de noviembre de 1978, y que ocupa las páginas 17 a 81 del libro; la transcripción del coloquio posterior (páginas 83 a 112) y el bloque de enriquecedoras notas complementarias de los editores (páginas 113 a 172); encabezado el conjunto por la presentación de Salvador López Arnal.

Prevengo al lector, a efectos de que por sí mismo module el entusiasmo que pueda deducir de mi admiración por Manuel Sacristán, que fue profesor mío de Metodología de las Ciencias Sociales y del curso de doctorado sobre la lógica en John Stuart Mill. A Manuel Sacristán lo considero el pensador más riguroso, profundo y valioso después de José Ortega y Gasset. Coincido con Jesús Mosterín, dejando a salvo la diferencia de especialidad (lógica, matemática y filosófica en su caso, frente a económica y sociológica en el mío) y de calidad en las tareas de reflexión teórica, en cuanto a la valía intelectual de Sacristán: “De todos los filósofos españoles que he conocido, ninguno me ha producido la impresión de inteligencia, lucidez y seriedad que me producía Manolo. Y de todos los pensadores marxistas que he conocido, ninguno me ha parecido comparable.” (en nota n. º 76 al pie de la página 64).

Mi querencia a Manuel Sacristán, lo es a su obra de pensamiento y a su ejemplaridad moral; sin tener yo vínculo alguno con sus ideas políticas, que considero fueron un obstáculo para dar de sí mucho más en el ámbito de la lógica, de la filosofía de la ciencia y del pensamiento en general, como le manifesté personalmente en años cercanos a su muerte. A su obra o sobre ella he dedicado diversas publicaciones; así: en Notas de lectura y comentarios del Dr. Fernando G. Jaén, o cómo matar el tiempo placenteramente n.º 2 (diciembre 2001) y en [email protected], n.º 15 (marzo-abril 2005); n.º 36 (septiembre-octubre 2008); n.º 44 (enero-febrero 2010); n.º 59 (julio-agosto 2012) y n.º 88 (mayo-junio 2017).

Partiendo del título, que se compone con tres elementos: Marx, su trabajo científico y su noción de ciencia, estos dos últimos ligados entre sí. Lo primero que debemos reflexionar, a mi juicio, es si merece la pena hoy en día leer acerca de Marx (¿y qué Marx?, como señala Sacristán, entre interpretaciones no cientificistas: el Marx  filósofo social o el filósofo de la cultura o el filósofo de la revolución) y, en particular, sobre su qué de científico y, después, sobre su noción de ciencia elucidada por Manuel Sacristán en 1978. Respecto de lo primero, sólo apuntaré que Marx es un clásico en la historia del pensamiento universal, con independencia de su vocación revolucionaria o de las interpretaciones posteriores que de él se hayan hecho; es, pues, luz para iluminar el presente, como se ha podido constatar, durante los años de la crisis de las “subprimes” iniciada en 2007 en Estados Unidos y extendida mundialmente, que renovó el interés de muchos por las explicaciones de las crisis económicas contenidas en su obra, apareciendo nuevas ediciones con gran presencia en las librerías. Esto, en el ámbito de la economía está claro; en la ciencia en general, me parece menos o nada evidente. El trabajo científico de Marx, quedaría así circunscrito a la economía (entendida en sentido amplio, combinada con historia y sociología, por donde entrarían reflexiones menos científicas), y en este dominio, el de la economía, cita Sacristán a Michio Morishima y su intención de evaluar la grandeza de Marx  desde el punto de vista de la teoría económica moderna (1973).

Por lo que se refiere a la noción de ciencia que tuviera Marx, según análisis de Manuel Sacristán, que comporta saberes filosóficos especializados, muy especialmente sobre Hegel y su influencia en Marx, pero también sobre lógica medieval y de su época, sin olvidar a Goethe, amén de amplios conocimientos de cultura de la época, su interés lo será para aquellos que lo tienen en la filosofía de la ciencia o en Marx pura y simplemente. Podemos añadir otro interés muy sustantivo: el de aquellos que se interesan por el ejercicio intelectual de Manuel Sacristán, mayormente los que investiguen su obra, de los que son ejemplo las tesis doctorales ya leídas en las universidades.

En un caso como en el otro, hay un considerando mío que creo conveniente plasmar: aquello que en los años 70 (principalmente en la primera mitad de ese decenio del siglo XX) pudo ser y fue descubrimiento de grandes ideas e interés por su arribada histórica, hoy está ya sobado y no levanta entusiasmo, pues el cambio tecnológico y social han mudado las apetencias y las capacidades. El consumismo se ha desarrollado a tal punto que aparta la reflexión profunda menesterosa de dedicación en tiempo y concentración; por ello, los estudios de marketing han desplazado a un rincón las explicaciones de la sociología, dedicada ésta a generalidades y, con gran profusión, a marginalidades.

No se hace esperar mucho nuestro autor para señalar qué nociones de ciencia se pueden encontrar en Marx: “Science, Kritik y Wissenschaft son los nombres de las tres tradiciones que alimentan la filosofía de la ciencia implícita en el trabajo científico de Marx” (p.24), y nos las ha caracterizado previamente: Corresponde a la primera lo que entendemos por ciencia normal (acuñado por Thomas S. Khun, que corresponde a la tarea que desarrollan los científicos habitualmente). La segunda proviene de la época joven-hegeliana de los años del decenio de 1830 en que Marx cultivó la herencia hegeliana con espíritu crítico. Y la tercera, que se funda en la metodología del desarrollo interno, o sea, la dialéctica, según nos indica en páginas siguientes. Esta dos últimas son las tratadas por Sacristán apoyándose precisamente en su aplicación indagatoria.

No se extiende en la ciencia normal, por ser la usualmente conocida y no es caracterizadora del pensamiento de Marx, aunque la practique también, añadiéndole, recubriéndola –si se me permite la expresión– con el manto dialéctico, que no es redundante, nos dice Sacristán, que es propio del modo de trabajar del artista y “que la dialéctica establece con la realidad, con la práctica, una relación diferente de la que suele tener con ella la teoría científica.” (p. 41). Si tecnológica podemos llamar a la relación de aplicabilidad de una teoría científica, la dialéctica establece una relación política directa.

¿Podemos hablar de método dialéctico? No en el sentido normal de método, por más que así nos llegó en los años 70 en los medios estudiantiles considerados marxistas (cada cual a su manera), con el vacuo proceder metódico de la negación y la negación de la negación, cuya insustancialidad metódica Sacristán pone de manifiesto en respuesta a la primera intervención en el coloquio: “¿Qué negación es esa que no es simplemente lo opuesto a la afirmación de una proposición, de modo que la negación de una proposición es falsa cuando la proposición es verdadera (y verdadera cuando la proposición es falsa)? (p. 85) No es método, sino la pretensión de un conocimiento global, sistemático, “es un estilo mental que busca un determinado objetivo (con los métodos de cualquiera, con los trucos aprendibles por cualquiera.)” (Ibidem). El lector que quiera profundizar en la concepción de la dialéctica y su relación con Marx, puede acudir a otra obra de Sacristán: Sobre la dialéctica,editada por Salvador López Arnal (publicación conjunta de la fundació nous horitzons y El Viejo Topo. Barcelona, 2009. Véase mi reseña en [email protected] N.º 44. Ene-Feb 2010)

En cuanto a la inspiración hegeliana de la juventud de Marx, la que incorpora la Kritik como noción vinculada a la ciencia en Marx, alcanza hasta los años 50 del siglo XIX, pero Sacristán señala que Marx la había abandonado en 1858, aunque queden restos en El Capital, por de pronto en el mismísimo subtítulo en la portada de 1867: El Capital. Crítica de la Economía Política. Con todo, destacará más adelante nuestro autor que “si bien era poco fecunda para la ciencia, la filosofía crítica iba a ser, en cambio, un elemento permanente de la visión general de Marx. La ‘crítica crítica’ ha contribuido a proporcionar a Marx la percepción de las limitaciones de una teoría económica no sociológica, las limitaciones que intentaría rebasar  con la amplitud abarcante de la dialéctica.” (p. 74)

Entre los estudiosos que no comparten los puntos de vista filosóficos y políticos de Marx, pero que reconocen en él un enorme trabajo sistemático, Sacristán menciona a Schumpeter (del que refiere su idea de “visión” y cuyo Karl Marx, reproducido en 10 grandes economistas: de Marx a Keynes, permite apreciar su reconocimiento por la labor científica de Marx en economía, resalta contundentemente en la nota complementaria número 13 de los editores), Morishima (al que ya se ha referido), Joan Robinson (de la que discrepa, pero elogia), Maurice Dobb, obsérvese que todos ellos economistas de renombre; añade a R. L Meek, del que recoge su “ménage à trois” en la unión de “la historia económica, la sociología y la economía”.

Menciona también la opinión de Maurice Godelier sobre la economía de Marx y la matemática, que los editores citan textualmente en nota 52 al pie de la p. 52: “la ‘teoría económica de Marx desemboca necesariamente en el diseño de modelos matemáticos’”. Más adelante, en la página 59, Sacristán indica que “En muchos lugares Marx sabe que está trabajando con lo que hoy se llamaría un modelo” (los editores aprovechan para introducir una breve nota al pie, la 65 para indicarnos que el historiador  Fernand Braudel consideraba a Marx como el primer científico social en construir auténticos modelos sociales. No señalan empero, y lo hago yo aquí por ellos, la grandiosidad de la obra de Braudel, el más sobresaliente de los historiadores de la Escuela de los Anales, tras sus fundadores, influido también por Marx). Los manuscritos matemáticos de Marx son enjuiciados por nuestro autor como escasamente importantes en el conjunto de su obra (p. 63)

Ya en la última sección, Crítica, Metafísica y Ciencia, Manuel Sacristán sentencia que la metafísica resultó “fecunda para la ciencia de Marx. El equívoco metodológico de nuestro autor, que consiste en tomar por método en sentido formal una actitud (la dialéctica) y por teoría científica la visión de un objetivo de conocimiento (la ‘totalidad concreta’)” se debe al influjo hegeliano (p.76).

Schumpeter señala (op. cit.) las vertientes que se pueden ver en Marx: Marx, profeta. Marx, sociólogo. Marx, economista. Y Marx maestro. Raymond Aron, en su libro Le Marxisme de Marx (Éditions de Fallois, 2002), podemos apreciar la coincidencia de reconocimiento de la distinción que hace Manuel Sacristán al principio entre estudiar  y explicar el pensamiento de Marx y, cosa distinta, hacer marxismo, Aron se queda con lo primero, adoptando un enfoque evolutivo de la obra de Marx, donde hallaremos su trayectoria intelectual, destacando el papel inicial de la crítica y la crítica económica, el materialismo histórico y el materialismo dialéctico, la economía y la historia en Marx y la opinión que le merecen. Sin embargo, ni uno ni otro abordan específicamente el trabajo científico de Marx en tanto que tal, como nos ha brindado Manuel Sacristán, en el que la Filosofía de la Ciencia fue especialidad concomitante con sus profundos estudios de Lógica.

No entro a enjuiciar el coloquio transcrito, lo que no quita la importancia aclaratoria que puede tener de algún aspecto. Resalto, eso sí, la capacidad reactiva y generosidad que Manuel Sacristán tiene con el interpelante, evitando a veces señalar la ridiculez de lo planteado con reiteración, lo cual me trae al recuerdo sus clases y el enorme esfuerzo que hacía para “salvar” las simplezas que podíamos señalar los alumnos, buscando el ángulo aprovechable para la discusión de las ideas tratadas.

Insisto en la gran labor que han desempeñado los editores con sus notas al pie de página y, sobre todo, con sus interesantísimas Notas complementarias, que permiten al lector situarse en la idea tratada o en el autor referido o en el contexto histórico de la polémica señalada en el texto principal. Una labor que el lector agradece por lo que enriquece y facilita una lectura más completa. No es de su responsabilidad, espero, la elección de la portada panfletaria con imágenes del dibujo de la cara de Marx, que no se corresponde con la seriedad intelectual del contenido.

Fernando G. Jaén Coll. Doctor en Economía. Profesor Titular de Economía y Empresa. Universidad de Vic-UCC.

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