Recomiendo:
0

Entrevista a Joaquín Miras Albarrán sobre "Praxis política y estado republicano. Crítica del republicanismo liberal"

«Marx trata de explicar cómo una sociedad genera una dinámica de consecuencias inesperadas y no queridas por quienes la operan, tal como se da en el capitalismo»

Fuentes: Rebelión

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y estado republicano. *** -Nos habíamos quedado aquí. Señalas que la mercancía y el mercado no son instituciones transhistóricas sino que surgen, como explica Marx, […]

Entre otras muchas cosas, algunas de ellas recordadas y comentadas en anteriores conversaciones, Joaquín Miras Albarrán es miembro-fundador de Espai Marx y autor de Repensar la política y Praxis política y estado republicano.

***

-Nos habíamos quedado aquí. Señalas que la mercancía y el mercado no son instituciones transhistóricas sino que surgen, como explica Marx, a la par que el capitalismo. ¿No se puede hablar propiamente de mercado en otras épocas históricas, en otros medios de producción precapitalistas?

-No. el ser humano es un ser histórico, ontológicamente. Esto es, «por naturaleza» es un ser que «carece de naturaleza» o comportamiento e instituciones predeterminadas. No existen instituciones transhistóricas, perennes, naturales, y que permitan la transición de un orden económico a otro. No existe, en consecuencia, el «mercado» como institución que permitiera el paso de un sistema productivo y de redistribución a otro. El capitalismo es el que constituye el mercado. El mercado, lo que denominamos mercado, es una institución sistémica, que abarca la totalidad del hacer humano, que además, -no podría ser sistémica sin ello- incluye una extraña mercancía, la «fuerza de trabajo». Es sistémico porque consigue que la totalidad de las necesidades humanas deban ser saciadas yendo al mercado. Y para ello se necesita, en primer lugar, que las necesidades más elementales y universales, comer, y comer lo más elemental, pan por ejemplo; vestirse y vestirse con ropa vasta, algodón; cobijarse, solo puedan ser saciadas comprando en el mercado. Esto exige como condición de posibilidad que la inmensa mayoría de la gente carezca de los medios que permiten producirse alimentos, la ropa, el abrigo; lo cual, a la par, acarrea que también ellos deban venderse como mercancía, para conseguir los medios que les permitan adquirir esos bienes cotidianos, elementales, de los que depende su subsistencia. Todo esto es lo que posibilita la sistemicidad inherente al intercambio en el mercado, y en consecuencia la competencia en el mercado y en consecuencia la construcción de «precios», sin la cual no existe mercado, eso que llamamos mercado. Esta realidad institucional denominada mercado, surge históricamente con la expulsión masiva de las comunidades campesinas de sus tierras, mediante las que producían en común sus bienes materiales, a manos de los señores aristócratas, gracias al poder del estado absolutista. Látigos, cadenas, hierros candentes, terrorismo, la violencia partera de la historia; así lo explica Marx. Son las relaciones de producción nuevas las que generan nuevas instituciones y nuevas fuerzas productivas, no al revés. Es la lucha de clases la que determina qué tipo de relaciones sociales van imponerse y dominar en una sociedad, y éstas relaciones determinan qué tipo de desarrollo de actividades productivas, con qué potencia, que fuerzas productivas se van a dar en una sociedad.

-Hablas de enajenación. ¿Cómo la defines? ¿Es concepto central en Marx como sostiene, por ejemplo, Nestor Kohan?

-Esta noción fue sostenida y, a la par reelaborada, enriquecida, siempre por Marx. Sostenida porque Marx siempre trata de explicar cómo se produce el hecho de que una sociedad genere una dinámica de consecuencias inesperadas y no queridas por quienes la operan, tal como él observa que se da en el capitalismo. Que la explotación de la fuerza de trabajo tenga como consecuencia el aumento constante del poder del dominador y el aumento constante de la explotación del dominado. Que la producción genere crisis que destruyen capital, contra lo deseado por los capitalistas, etc. A lo largo de su obra, Marx reelabora la explicación, la perfecciona y mejora, arroja luz sobre las fuentes materiales, económicas, de la misma -plus-valor, plus-trabajo, plus-producto, plus-tiempo…-. Pero sostiene el hilo heurístico. Cómo el capitalismo genera efectos a espaldas de sus actores, no queridos por ellos, que se les imponen. Es cierto que en El Capital, por ejemplo, no usa el término específico que me citas. Pero sí trata del «fetiche» de la mercancía, que nos domina como un dios. Y coloca como noción central explicativa de la dinámica del capitalismo la noción de «subsunción». Término que sirve para traducir el aufhebung, alemán, que era, a su vez, traducción del subsumere latino, como nos explica Enrique Dussel. El capital es un proceso de producción -de producción de valor- que subsume, incluye y domina la capacidad de trabajo de todos los explotados, que no pueden acceder a los medios de trabajo sin incluirse en ella, y que pierden el control, no pueden controlar su capacidad de hacer una vez se incorporan a ella. La organización capitalista de la sociedad, que integra y supedita todo hacer -subsume- posee una dinámica, debida al modelo organizativo que articula las relaciones sociales entre las personas y éstas y la naturaleza, que la arranca de la capacidad de control por parte de la comunidad. Una vez integrado en la dinámica de ese proceso objetivo, su hacer pasa a ser ajeno, a depender de voluntad ajena, y, en resumen, de una dinámica imparable que domina incluso a los amos o dominadores de la fuerza de trabajo en competencia entre sí.

-Escribes una breve nota crítica sobre Joan Robinson. ¿En qué punto te separas de ella?

-En el punto y medida en que ella se separa de Marx. Cada vez que en Marx, en El Capital, aparecen nociones hegelianas, conceptos de este autor, -que es constantemente-, Robinson dice que se trata de ferretería inútil y de simple coqueteo lingüístico de Marx. Pero al hacer esto se carga la crítica fundamental de Marx a la economía escocesa y, en concreto, a la Teoría Económica-, en puridad, para definir adecuadamente estos modelos habría que denominarlos Filosofía Económica- de David Ricardo, que Marx desarrolla a partir de los fundamentos puestos por Hegel. Robinson cree leer a Marx, pero está leyendo a Ricardo. Según esta lectura, Marx sería, ex aequo con Alfred Marshall, el Escolarca de la escuela de Ricardo. Marx es lo que Marx escribe. A partir de ahí cabe que alguien diga: «pues si escribe eso, y lo escribe así, a mí, Marx no me interesa». Eso es legítimo. No lo es fabricarse un Marx al gusto, serrando su obra, y a ratos considerarlo un genio y a ratos un chocho escolástico ergotista, que mete hueros latiguillos hegelianos, por petulancia, o cosa semejante. Es cierto que Robinson opera así por ignorancia, sin percatarse de las consecuencias intelectuales que acarrea para el sentido de la obra lo que ella mutila, porque no ha leído a Hegel. Pero esta condescendencia no se la hubiera permitido con la obra de un, por ejemplo, Withehead. Marx es un «filósofo continental».

-Hablas en varios momentos del origen violento de todo excedente. ¿Qué tipo de violencia? ¿Quién ha ejercido esa violencia? ¿Desde cuándo?

-Hoy día poseemos buena investigación que prosigue y refuerza, que avala la hipótesis filosófica de Hegel y de Marx, que ellos, a su vez, fundamentaron empíricamente con todo el saber historiográfico a su alcance. No existe nunca un «excedente». Todo producto histórico es siempre consecuencia de una previa necesidad histórica y genera en quienes lo producen la necesidad de consumo del mismo. No existe, por tanto, «excedente» natural. Este concepto sí que es una teleología. Y un post hoc, ergo propter hoc… El excedente surge, y lo explican los estudios historiográficos y antropológicos, cuando un grupo se impone sobre otro mediante la violencia armada. Posteriormente, puede que pase a dominar controlando también saberes imprescindibles para la reproducción de la comunidad, sin abandonar el control de la violencia. Para lograr que «surja» el excedente, el explotador debe obligar al explotado a trabajar más y a consumir menos. La misma agricultura sistemática -el neolítico- fue, no la causa de un excedente, sino consecuencia de la esclavización de masas de gentes, que se vieron obligadas a usar de saberes ya anteriormente poseídos por las comunidades, en un uso que imponía unas condiciones de vida indeseadas. En el neolítico, con la agricultura y las ciudades, se produce -sabemos- un desarrollo de la producción de alimentos que va pareja a un aumento de la desnutrición -antropología paleontológica humana- de la masa de población. Proliferación masiva del raquitismo, disminución de la talla de los cuerpos, huesos más frágiles, más enfermedades…

-Te cito: «Cada nomos es inherente a cada ethos». ¿Inherente? ¿Por qué inherente de manera singular: un nomos para cada ethos?

-Nomos es la denominación de la ley en griego. Una ley, una constitución, puede declarar que una sociedad es una república. Pero si en esa sociedad no hay una cultura material de vida, un ethos, un saber vivir asumido y preservado por la comunidad que imponga en la vida cotidiana que los individuos sean libres e iguales, que obligue a los individuos a luchar por el bien común y por la igualdad, que aliente a la participación en la vida común, la ley será una simple declaración huera. Sin un vivir democrático, sin una comunidad igualitaria de vida, o, en otras condiciones, sin un movimiento de masas que luche por democratizar la sociedad en sus microfundamentos, desde el centro de trabajo a los demás ámbitos que organizan cotidianamente el vivir, sin un movimiento que promueva la participación de todos en ello, ni llegará a existir tal ley, ni, de existir, se hará valer. No tendrá valedor.

-Te vuelvo a citar: «Explicar el mundo humano como consecuencia de la creación histórica por parte de la comunidad, excluye que exista un orden natural innato que determine el orden social». Innato, tal vez, pero el orden natural al que aludes, ¿no marca los límites del orden y construcciones sociales? No podemos vivir a lo loco y menos despilfarrando y maltratando bienes y naturaleza.

-La cultura material de vida, la actividad humana, las relaciones sociales que la ordenan, el saber hacer que la posibilita, no está determinada por la naturaleza. La actividad productiva y reproductiva depende de nuestra dinámica inmanente. El capitalismo, que organiza actualmente la actividad productiva, tiene como fin la producción ampliada de valor de cambio: de más y mayor valor de cambio. En constante expansión indefinida. Sin tener en consideración otros asuntos, ni tan siquiera que la naturaleza es finita y que no cabe en ella una expansión ilimitada, que eso lleva al desastre. Por ello, por esa libertad de la especie, sí podemos vivir a lo loco y despilfarrando: lo hacemos. Lo vamos a pagar, claro. Pero podemos hacerlo y lo hacemos.

-La última cita… por hoy: «La historicidad pasa a ser característica ontológica que define la sociedad y la naturaleza de cada individuo». ¿Pero alguien en su sano juicio y con buena información sostiene lo contrario? ¿Alguien ha creído realmente alguna vez en el fin de la historia, en la inmutabilidad de los seres humanos?

-Esa es precisamente la opción filosófica, la ontología antropológica del Liberalismo. Que el ser humano, en todo periodo histórico, y en los prehistóricos, bajo toda cultura histórica y en cualquier latitud geográfica, siempre ha mantenido la misma forma de hacer y ser, que es innata, la del Individualismo Egoísta Antropológico. Es la ideología Liberal, la del Liberalismo clásico, la del Neoliberalismo. Un determinismo que convierte la historia en diacronía. La historicidad humana queda liquidada, no existe. El fin de la historia es esto que vivimos, que, aunque no lo sepamos y no lo supieran, era el destino preparado desde el principio de los tiempos, pues estaba en nuestra naturaleza biológica. Quiero recordar aquí que el estado de excepción o estado de sitio, con la militarización de la sociedad y el uso sistemático del ejército para fusilar en masa a la población, no fue un invento español, ni de Napoleón, ni de Stalin, que nunca utilizó al ejército para imponer el orden. Lo inventó en Francia el ministro Turgot, ilustrado, encyclopédiste, «filósofo economista» -«philosophe économiste»-, fisiócrata, padre del Liberalismo, y uno de los grandes maestros de Adam Smith, cuando trataba de imponer a sangre y fuego la «natural» desregulación de la economía, que a pesar de ser tan «natural», no existía porque nunca había existido.

-Pasamos al siguiente apartado: «Algo más sobre frónesis y ethos». ¿Te parece?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.