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México en la coyuntura del nuevo imperialismo

Fuentes: Rebelión

La proclamación por el presidente estadounidense de una reactivada Doctrina Monroe (o, para satisfacer su egolatría, Donroe) se concretó con perversidad en acción con el asalto al Fuerte Tiuna en Caracas, el bombardeo a diferentes instalaciones militares y civiles venezolanas, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores y el asesinato de los guardias venezolanos y cubanos que los resguardaban. A partir de entonces el discurso que emana desde Washington pretende ser el anuncio de una era de dominio imperial por el uso ilimitado de la fuerza y, como lo ha expresado Stephen Miller —asesor de Donald Trump y uno de los encargados, con Marco Rubio y el secretario de Guerra Pete Hegseth de “administrar” la transición venezolana—, un mundo en que el derecho internacional y la soberanía de los Estados no tengan ninguna relevancia.

El uso irrestricto de la fuerza es la primera de las premisas del nuevo orden soñado por Trump. Más que de la Doctrina Monroe, es la reedición de la de Theodore Roosevelt conocida como Big Stick, como pretendido “derecho” de los Estados Unidos a intervenir militarmente en otros países para preservar sus intereses estratégicos. La segunda premisa sería el reparto del mundo en áreas de influencia, virtualmente de dominio, asignadas a las grandes potencias, donde todo el llamado “hemisferio occidental”, esto es América, sería un espacio vital —Lebensraum en la versión de la Alemania nazi— de expansión para asegurar a los estadounidenses los recursos que necesiten, con exclusión de otras potencias.

Un nuevo orden que, para esas otras potencias emergentes, China y Rusia, es inaceptable y que conduce a acrecentar las tensiones en todo el planeta; pero es un hecho que su diseño impacta desde ahora a las naciones americanas y se proyecta como amenaza sobre todo el continente. Es claro que ya están en esa lógica de subordinación al imperialismo los gobiernos de Argentina, Ecuador, Perú, Paraguay, Bolivia, El Salvador, Guyana y el que está por llegar en Chile, en tanto que Venezuela se ha convertido en un territorio políticamente inestable en resistencia, mientras las acechanzas directas se ciernen sobre Cuba, Colombia y, también de manera anunciada, México.

Para ejercer presión, el argumento de Washington es el del narcotráfico, como en otros momentos lo fueron la actividad e ideología del comunismo en nuestros países y el terrorismo. Se habla ahora de las bandas de delincuencia organizada como narcoterroristas; y en Venezuela, Colombia y México son argumento para buscar un giro en sus gobiernos, forzarlos a la sumisión a Washington, tener acceso a sus recursos petrolíferos y minerales y excluir de éstos a otros países. Para el caso de México, Trump busca, además, obligarlo a suspender el suministro de combustible a Cuba y acentuar así el ahorcamiento de su economía; pero no deja de amenazar con atacar a los cárteles mexicanos directamente en nuestro territorio

No hay duda de que las formas de presión seguirán y se intensificarán. Donald Trump y su equipo han demostrado hasta la saciedad que no les importará utilizar cualquier recurso para poner bajo su control a todos los gobiernos de la región latinoamericana y también de otras zonas del planeta. No otra cosa sino el retorno a las formas más toscas y agresivas del imperialismo, conocidas históricamente, pero que se suponía no volveríamos a ver en el siglo actual. Y para México eso implica, desde ahora, un periodo de gran complejidad en las relaciones bilaterales y geopolíticas en general. A ello se agrega la presión de la oposición empresarial y de derecha del país que, en total coincidencia con Washington, exige que se deje a su suerte a Venezuela y se abandone también la solidaridad con Cuba conforme a la voluntad del imperio agresor. Todo ello cuando entra en su etapa de revisión el tratado comercial y financiero entre Canadá, México y los Estados Unidos, T-MEC.

El golpeteo ha sido, especialmente durante el último año, múltiple y durísimo: los aranceles a las exportaciones mexicanas; la expulsión masiva y violenta de trabajadores emigrados a los Estados Unidos; el forzar a México a convertirse en repositorio de los migrantes provenientes de otros países del continente y de otras regiones del mundo; las amenazas de realizar operativos en nuestro territorio (“algo hay que hacer con México”) contra las organizaciones de fabricación y trasiego de narcóticos, especialmente el fentanilo; la integración de las fuerzas armadas mexicanas a la estrategia del Comando Norte estadounidense mediante programas de ejercicios conjuntos; la presión para imponer aranceles a las exportaciones chinas a nuestro país. La postura de los gobiernos morenistas desde el primer gobierno de Donald Trump ha sido avenirse pragmáticamente a las exigencias del déspota, desde que Andrés Manuel López Obrador aceptó cerrar las fronteras sur y norte a las caravanas centroamericanas, retenerlas en centros de concentración (con tragedias como la de Ciudad Juárez) y recibir a los deportados de otros países. Claudia Sheinbaum, entre otras cosas, ha entregado sin juicios de extradición a medio centenar de presos mexicanos por delitos cometidos en México para ser encarcelados en prisiones estadounidenses.

La actual situación obligaría al gobierno de Sheinbaum a adoptar una política inteligente y firme. El documento emitido el 4 de enero conjuntamente con Brasil, Chile, Colombia, España y Uruguay, y la posición expuesta en el Consejo de Seguridad de la ONU por el representante mexicano Héctor Vasconcelos y en la OEA por Alejandro Encinas han sido buenas expresiones que recuperan las líneas de la política exterior doctrinaria mexicana. También fue buen signo el haber suspendido la reunión de comisiones en el Senado en la que se discutiría la aprobación del ingreso de elementos de las fuerzas armadas estadunidenses a territorio nacional para realizar ejercicios de adestramiento con la Armada mexicana.

Los principios de no intervención, autodeterminación de los Estados y solución pacífica de los conflictos son, desde luego, la base indispensable para el despliegue de una política autónoma en el contexto internacional. E implican desechar el pragmatismo que ha dominado la diplomacia mexicana en las décadas más recientes, basado en meramente estrechar la relación económica con nuestro vecino del norte por medio de tratados comerciales, y en los temas de seguridad y combate al narcotráfico, lo que de hecho ha subordinado más que nunca antes a México a los requerimientos de la potencia norteamericana. Quiero decir, la agresividad de la política de Trump debe obligar a revisar la lógica que ha llevado en el periodo reciente a trocar principios por intereses inmediatos.

México debe deslindarse urgentemente de cualquier forma de alianza militar con la potencia intervencionista y retraer a sus fuerzas armadas de las operaciones conjuntas, so pena de aparecer como colaborador con la violación del derecho de autodeterminación de las naciones, en este caso, de Venezuela. No puede aceptar, como hasta ahora lo han hecho, que China sea una nación hostil a nuestro interés nacional; no lo es. Por lo contrario, una visión de largo plazo implica fortalecer los vínculos diplomáticos, comerciales, políticos con diversas regiones del mundo, que es la forma de robustecer la autonomía y romper la lógica de aprisionamiento exclusivo en que el trumpismo quiere imponer a los países de la región.

Necesitamos una diplomacia más activa en las instancias internacionales, por pervertidas y debilitadas que se encuentren, porque son los foros para hacer escuchar los proclamados principios de policía exterior y donde se puede tejer alianzas multilaterales para aislar el neofascismo de Trump, llevando propuestas sustentadas en el derecho internacional que hay que reactivar como dique frente al expansionismo político y territorial estadounidense. Trump ha abierto muchos frentes de agresión simultáneamente, por lo que es necesario dar respuestas multilaterales. Y, sobre todo, los tratados comerciales no deben ser lo que determine la política internacional, so pena de renunciar a la soberanía en política exterior.

México tiene que remontar la inercia de varias décadas de alineamiento unilateral a los intereses de los Estados Unidos y entender que el futuro de la nación depende, más que nunca en las actuales circunstancias, de su capacidad para eludir el cerco que el imperio nos quiere imponer en conjunto con los demás países de la región. El acercamiento con Brasil, la otra potencia subregional es clave en este momento, para contrarrestar los influjos que vienen del norte envenenando el ambiente de convivencia internacional. También a Canadá, país también amenazado, por la coincidencia regional en América del Norte y por el tratado comercial y financiero que mantenemos en común con los Estados Unidos. El silencio de nuestro país ante la masacre en Gaza ha sido repugnante y ominoso; no debe proseguir en el caso de las agresiones a los más cercanos países de nuestra región.

Aunque no lo parezca, la debilidad del gobierno mexicano se ubica mayormente en lo interno. El discurso polarizante de Andrés Manuel López Obrador, proseguido por Claudia Sheinbaum, de confrontar y descalificar verbalmente a los opositores y al capital, aunque en realidad el gobierno sirve a éste, confrontando y agrediendo también a las clases medias; y el construir su hegemonía sobre la única base del clientelismo a partir de los programas de asistencia y la propaganda, mientras se debilita la organización popular, no es suficiente para enfrentar a una derecha ahora disminuida pero más que dispuesta a sumarse a las iniciativas imperialistas y a apoyarse en ellas para disputar el poder. Por alta que se la popularidad de los gobernantes, el clientelismo electoral —lo hemos visto recientemente aun en Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, donde el progresismo tenía bases más sólidas— resulta frágil frente a la acometida conjunta del imperio y sus grupos lacayos internos.

El régimen bolivariano en Venezuela no se ha derrumbado, y subsistirá, es seguro, porque su base social es más firme, mucho más, a partir de las comunas y organizaciones sociales populares, que la que vemos en México. Construir esa trama de organismos que den vida a una alternativa popular efectiva es la tarea de las izquierdas, no del régimen actual.

Eduardo Nava Hernández. Politólogo – UMSNH

X: @ednava7

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