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Militares torturadores

Fuentes: Mientras Tanto

El pasado mes de enero se tuvo conocimiento público que desde 1964 y durante 30 años por lo menos la enseñanza de torturas era práctica habitual en las Fuerzas Armadas argentinas. Varias fotografías mostraban lugares de preparación de supuestas fuerzas especiales, también llamados comandos, donde personal militar era sometido a diversas torturas y tratos aberrantes […]

El pasado mes de enero se tuvo conocimiento público que desde 1964 y durante 30 años por lo menos la enseñanza de torturas era práctica habitual en las Fuerzas Armadas argentinas. Varias fotografías mostraban lugares de preparación de supuestas fuerzas especiales, también llamados comandos, donde personal militar era sometido a diversas torturas y tratos aberrantes -picana eléctrica, submarino, etc-, como parte de su entrenamiento. La identificación proporcionada por mandos militares permitió señalar la presencia de efectivos de Ejército, Marina y Aeronáutica, lo que implica al Estado Mayor Conjunto y al Ministerio de Defensa en el funcionamiento de esas instalaciones. También participaban de esa formación efectivos de los cuerpos de seguridad Prefectura Naval y Gendarmería Nacional.

Según el Ministro de Defensa, José Pampuro, estas prácticas se aplicaron hasta 1994, es decir, 11 años después de que las Fuerzas Armadas abandonaran el ejercicio del poder que tomaron mediante el golpe de estado de 1976. Bajo los gobiernos civiles de Raúl Alfonsín y Carlos Menem los militares continuaron entrenándose en la aplicación de torturas, tal como hacían durante la dictadura.

Nada prueba, por otra parte, que tal formación aberrante no se siga utilizando, aunque con medidas de seguridad más estrictas que impidan su conocimiento público.

En el libro «Comandos en Acción. El Ejército en Malvinas» del profesor de la Escuela Superior de Guerra, Isidoro Ruiz Moreno, publicado en 1986, al describir la formación de comandos, o fuerzas de elite, afirma: «No falta ni siquiera la experiencia de prisioneros, una de las más fuertes, pues estos campos no responden a los requisitos establecidos por la Convención de Ginebra (…) todos los participantes en un ejercicio caen prisionero, (…) el candidato es capturado sorpresivamente, encapuchado y golpeado (…) sus instructores no le escatiman el uso de esos garrotes de caucho que usa la policía. Encerrado desnudo en un estrecho pozo que lo mantiene forzosamente de pie -mejor dicho sepultado en él- se encuentra el infeliz cubierto por una chapa de lata o zinc que lo abrasa al sol o lo congela de noche, recibiendo una sola comida por día y ahí permanece inmóvil por tres dias. Sólo sale para ser interrogado sobre detalles y características del curso que está realizando. El comando es golpeado cuando es menester, y también cuando no hace falta (.. .) En su sepultura ha debido escuchar constantemente música popular centroamericana o proclamas marxistas y subversivas que un altoparlante propala sin cesar».(1)

No obstante su brutalidad el relato es una visión edulcorada, ya que para nada se menciona la enseñanza de las torturas más duras. La preparación no era precisamente para combatir a un enemigo militar -como pretenden demostrarnos- sino contra el propio pueblo. Y durante la dictadura de Videla, lo habitual no era que los prisioneros fueran torturados por «sólo» tres días, tal como hacían los comandos durante su entrenamiento. La tortura podía durar semanas o meses y, la mayor parte de las veces terminaba con la «desaparición» (asesinato) de la indefensa víctima.

El entrenamiento descrito no era sino la preparación de las fuerzas eufemísticamente llamadas «de seguridad» para la función represiva y aniquiladora que cumplieron los militares desde el Gobierno desde 1976 hasta 1983.

Toda la estructura militar y policial del país se empleó en una represión generalizada, con el uso indiscriminado de torturas y vejaciones, de expolio a las víctimas y sus familiares, del empleo de la terrible figura del desaparecido, en aplicación de un denominado Plan de Batalla que se llevó a cabo con absoluta frialdad y con el empleo de un personal previamente entrenado y mentalizado para realizar esa labor. Cuando hablamos de torturas no nos referimos solamente al hecho de infligir dolor físico a una persona, sino al conjunto de las vejaciones y sufrimientos que se le hace padecer física y psíquicamente: nos referimos tanto al dolor físico; al terrible miedo a la tortura y a la muerte que sufre el prisionero; al aislamiento; a la impotencia total ante la impunidad con que operan los torturadores; al hambre y frío a los que habitualmente someten a la víctima; a las enfermedades no tratadas ni curadas; a las violaciones. En una palabra, al conjunto de los malos tratos a que fueron sometidos los detenidos en poder de las fuerzas armadas y policiales argentinas, como lo fueron en los 70 y 80 en tantos otros países de América Latina..

1- CUAL ES EL ROL ACTUAL DE LAS FUERZAS ARMADAS?

Históricamente el rol de las Fuerzas Armadas fue la defensa de los países contra enemigos exteriores, la defensa del territorio, de las fronteras. Y, por lo tanto, el equipamiento del que se dotaba para cumplir ese rol abarcaba desde barcos de guerra, aviones, blindados, artillería, y numerosos efectivos reclutados mediante el servicio militar obligatorio. Incluso la distribución territorial de esas fuerzas tenía sus centros de gravedad en relación a los potenciales enemigos exteriores, en las fronteras y ubicaciones estratégicas.

Esto no quiere decir que los militares no participaran en tareas represivas contra los movimientos populares en defensa del sistema, sobre todo cuando las fuerzas policiales se veían desbordadas, en cuyo caso llevan a cabo intervenciones sumamente violentas. A pesar de esos casos en que los militares se veían envueltos en la represión al pueblo, en general, esa tarea era desarrollada por la policía, más especializada en detener, interrogar…y torturar.

Sin embargo, esos roles, esas distintas áreas de actuación, comenzaron a cambiar a partir del fin de la IIª Guerra Mundial, con la aparición de guerras de liberación en Yugoslavia, Grecia, China, Vietnam y el surgimiento de guerrillas en numerosos países.

En los países más poderosos se mantuvo el rol de ejércitos ofensivos -contra enemigos externos- junto con una creciente capacidad de control poblacional. La Guerra Fría dio el pretexto para ambas funciones, ahora retomado con la lucha contra el Eje del Mal -Afganistán, Irak, Corea-. En cambio en los países menos desarrollados, mas afectados por el peligro de resistencia popular, los ejércitos cambiaron notablemente, orientándose en mayor medida a prepararse para la lucha contra el enemigo interior, lo que se refleja en el tipo de armamento, en la distribución territorial de las estructuras militares y en la reducción del tamaño de las unidades, haciéndolas mas flexibles y operativas.

También se fue dejando de lado el reclutamiento masivo, con una creciente transformación en ejércitos mercenarios, integrados por personal a sueldo, básicamente de oficiales y suboficiales.

Dentro de este cambio, ganaron terreno los cuerpos especializados: los comandos, los servicios de Inteligencia, los equipos de guerra psicológica y propaganda.

En América Latina este cambio estratégico del rol de las Fuerzas Armadas tuvo el sustento teórico desde los años 50 en la Doctrina de la Seguridad Nacional, elaborada y desarrollada por Estados Unidos como instrumento de la Guerra Fría y fielmente aplicada por los militares de la región, rápidamente transformados en dictadores, a través de innumerables golpes de Estado contra gobiernos democráticos..

Con el pretexto del peligro comunista encarnado por la URSS, China, Vietnam y Cuba, en realidad la nueva doctrina militar apuntaba al mantenimiento del «orden» que podía peligrar ante el creciente malestar popular en América Latina, que se expresó especialmente a partir de la Revolución Cubana de 1959.

Esa tarea fue la fundamental asumida por los militares latinoamericanos: mantener el «orden», su orden, en sus respectivos países, incluso mediante la cooperación entre ellos, traspasando las propias fronteras. La acción de los militares golpistas se vio facilitada, en algunos casos, por la financiación y el entrenamiento brindado por el Pentágono y la CIA a través de maniobras militares conjuntas o por medio de la formación suministrada en centros como la Escuela de las Américas, sede del Comando Sur del Ejército de EEUU, que operó hasta fines del siglo XX en el Canal de Panamá..

En ella, miles de militares latinoamericanos aprendieron a utilizar los más sofisticados métodos de tortura y «guerra sucia».

En otros casos, era a través de la intervención norteamericana directa, como en Guatemala, República Dominicana, Nicaragua (a través del apoyo abierto a la «contra»), en Panamá o Granada, por sólo nombrar los casos más notorios de las últimas décadas..

2- LAS ESCUELAS MILITARES «ANTISUBVERSIVAS»

Pese al importante rol jugado por los militares de Estados Unidos en el manejo de ese tipo de guerra, están muy lejos de haber sido ellos en realidad los precursores en este campo. Fueron sí aplicados alumnos de sus pioneros colegas británicos y franceses, así como los militares latinoamericanos lo fueron de los norteamericanos.

Fue sin duda en los más importantes estados fascistas europeos-Italia y Alemania- donde primero las Fuerzas Armadas jugaron el doble papel de brazo armado de su burguesía y de represores de sus propios pueblos.

La escuela alemana

El caso alemán es sin duda el máximo exponente del rol policíaco militar del Ejército, el que, a través de los campos de concentración sojuzgó, torturó y asesinó a millones de personas, civiles en su inmensa mayoría. En esos campos los militares se desempeñaron como carceleros y torturadores; accionaron las cámaras de gas y gestionaron el trabajo esclavo; provocando también en muchos otros casos la muerte por hambre y por no tratar enfermedades de los prisioneros. Fueron también ellos los precursores de la cruel figura del detenido-desaparecido. Judíos, gitanos, polacos, rusos, franceses, españoles, también alemanes, pasaron por esos campos de trabajo y exterminio, gestionados por la Gestapo y los militares alemanes.

La famosa orden del mariscal Wilheim Keitel, jefe supremo del Ejército alemán, dictada en 1941, explicita la doctrina represiva que se aplicó: «Una intimidación efectiva sólo puede ser lograda con la pena máxima, o con medidas mediante las cuales los familiares del criminal y la población en su conjunto desconozcan la suerte que ha corrido. (…….) Los prisioneros deben ser llevados secretamente a Alemania (…) Estas medidas tendrán un efecto intimidatorio, porque los prisioneros se desvanecerán sin dejar rastro y no podrá darse información alguna respecto a su paradero o su suerte». (2)

En esta orden está contenido el objetivo buscado con las «desapariciones», una práctica masivamente aplicada en muchos países de América Latina, y más particularmente en Guatemala, Argentina, Chile, Uruguay, Brasil y Nicaragua, entre otros. Queda claro que esta técnica va acompañada siempre de los malos tratos, torturas y, generalmente, la muerte del prisionero.

La escuela francesa

Fueron sin embargo los militares franceses los que desarrollaron la doctrina de la guerra antisubversiva en Vietnam y en Argelia, transmitiendo luego su experiencia a sus colegas de Estados Unidos y de América Latina. En la lucha contra los movimientos revolucionarios de Vietnam y Argelia, dos de sus entonces colonias –en las que fueron finalmente derrotados–, los franceses desarrollaron técnicas militares avanzadas, como el uso del helicóptero en apoyo directo a las tropas en el terreno y técnicas represivas, como las «aldeas estratégicas», donde era confinada la población, práctica inicialmente utilizada por el Ejército británico en Malasia. El uso brutal de la tortura para obtener información útil para las operaciones militares contra la guerrilla, se convirtió en una práctica cada vez más habitual.

Meses atrás, en septiembre de 2003, Canal Plus de Francia difundió un vídeo documental de la periodista Marie-Dominique Robin, dedicado a la implicación de los militares de ese país en la guerra sucia. El máximo interés de ese vídeo reside en las entrevistas con viejos militares franceses, veteranos de las guerras de Vietnam y Argelia..

El teórico de la guerra antisubversiva era el entonces coronel Trinquier, autor de La Guerra Moderna, que fue el manual utilizado en Argelia. Uno de sus subordinados, el general (entonces teniente coronel) Paul Aussaresses, ante la pregunta de si se aplicaban torturas respondió: «¡Qué pregunta! Incluida la tortura, claro…..aplicarles la picana, electrodos para pasarles corriente eléctrica……..Cuando teníamos a un tipo que ponía una bomba lo apretábamos para que diera toda la información. Una vez que había cantado todo lo que sabía, terminábamos con él. Ya no sentiría nada. Lo hacíamos desaparecer.» (3)

Y el Prefecto de policía de Argel, Paul Teitgen explicaba el procedimiento: » En la cárcel no estaban.(se refiere a personas detenidas) Preguntaba por alguno y me decía que desapareció. Los habían enviado a Bigeard (coronel de paracaidistas). La gente de Bigeard les ponían los pies en cemento y los tiraban al mar desde helicópteros. Un método sucio. Así no se hace la guerra.» (3)

En 1958 esas técnicas se comenzaron a enseñar en el Centro de Entrenamiento en Guerra Subversiva, creado por el ministro de Defensa Jacques Chaban-Delmas. Allí se formaron los militares franceses, pero también israelíes y portugueses.

Esos conocimientos fueron exportados rápidamente. En 1959, se firmó un acuerdo entre el Ejército argentino y el francés, por el cual se instaló en Buenos Aires una misión militar conjunta. Como el coronel Bernard Cazaumayou relata en el citado artículo, «Viajamos a pedido del Ejército argentino (en la misión francesa entre 1962 y 1965) para enseñar la guerra revolucionaria.» Se refiere a la guerra contrarevolucionaria, evidentemente.

Pero los militares argentinos ya en 1957 habían designado al general Alcides López Aufranc para estudiar en la Escuela de Guerra francesa la nueva doctrina. El curso incluía un mes de práctica en Argelia, escenario por entonces de la feroz represión que llevaba a cabo el ejército francés..

La escuela norteamericana

La célebre Escuela de las Américas se creó en 1946, pero es en 1960 cuando los norteamericanos invitan a sus colegas franceses para que expliquen la doctrina de la guerra sucia que seguían. Como dijo el ex ministro de Defensa Pierre Messmer, » les interesaba la teoría de la guerra revolucionaria. (en verdad contrarevolucionaria)

Pidieron asesores. Enviamos gente que tenía experiencia.»

Experiencia, claro, en interrogar y torturar. Allí fue el ya citado Aussaresses -destinado a Fort Bragg, sede de las fuerzas especiales que irían a Vietnam- al que Messmer caracteriza cínicamente: «Me parece que no es un pensador, es un ejecutor».

En Vietnam el Ejército norteamericano aplicó concienzudamente esas enseñanzas. La tortura se utilizó como un arma más del arsenal militar. Miles de prisioneros fueron torturados, miles fueron asesinados. Se aplicó también la técnica de las aldeas estratégicas. Se utilizaron armas químicas, como el agente naranja y otros contra la población civil.

Esa metodología de guerra contrarevolucionaria fue luego transmitida a los militares latinoamericanos, que la aplicarían en sus respectivos países en la lucha contra sus pueblos. Ya los dictadores locales tenían su propia experiencia. Recordemos a Somoza, a Batista, Duvalier, Stroessner y el largo etcétera de dictadores que asolaban América Latina. Pero fue esencialmente Estados Unidos el que legalizó y elevó al rango de táctica militar la tortura. La guerra psicológica, el terror como arma militar, los interrogatorios, las torturas, la presión sobre la población civil, eran elementos que se aprendían en la Escuela de las Américas, de la cual salieron tantos militares golpistas y genocidas..

La continuidad en el uso de esas técnicas por parte de los Estados Unidos se puede constatar en todas sus intervenciones, pero para sólo resaltar las últimas, basta constatar los métodos empleados en Irak y el trato dispensado a los prisioneros afganos en Guantánamo.

3- LOS AVENTAJADOS ALUMNOS LATINOAMERICANOS

Las dictaduras de los años 60, 70 y 80, son las que emplearon masivamente a sus Fuerzas Armadas como contingentes policíacos-militares, utilizando toda la infraestructura del Estado y los métodos represivos descritos.

En todos los países aplicaron el mismo patrón, aunque adaptándolo a las características nacionales. Así Guatemala y Argentina se caracterizaron por el uso masivo de las «desapariciones» y el empleo, junto a las Fuerzas Armadas, de organismos parapoliciales (aunque siempre dirigidos por mandos militares y/o policiales), como las AAA (en Argentina) y la Mano Blanca (en Guatemala), dedicadas a los asesinatos selectivos de líderes populares. En Brasil, Chile y Uruguay, la práctica de las desapariciones se usó en menor medida, junto con la tortura y el encarcelamiento masivo de opositores. En Perú la represión más salvaje se aplicó a las poblaciones campesinas, con desapariciones, enterramientos clandestinos y torturas generalizadas.

El caso argentino

Las Fuerzas Armadas argentinas tienen una larga trayectoria represiva. Participaron en la represión de las movilizaciones obreras de 1909 y de la Semana Trágica de 1919 en Buenos Aires, y de la masacre de los trabajadores rurales de la Patagonia en 1924.

Protagonizaron la sangrienta represión en el curso del golpe contra el Gobierno del general Perón en 1955 y 1956, y en la represión de la huelga general de 1959.

Gobernaron a través de sucesivos gobiernos militares entre 1964 y 1973, y desde 1976 a 1983, cercenando las libertades con mano dura, con el uso de la tortura y asesinando a miles de prisioneros políticos.

Ya desde finales de los años 50 el Ejército conocía y aplicaba las experiencias francesas de Vietnam y Argelia. El citado general argentino López Aufranc organizó en 1961 el Primer Curso Interamericano de Guerra Contrarrrevolucionaria en el que participaron militares de 14 países.

Pero es con el golpe de Estado de 1976 cuando las Fuerzas Armadas ejercen definitivamente su rol de control total de la población, utilizando todo tipo de medios represivos. El golpe fue planeado y dirigido por los comandantes en jefe de las tres fuerzas. El 24 de marzo de 1976 -día del golpe- fue emitida la Orden de Batalla firmada por los tres comandantes, dando directivas precisas para la represión. Con el auxilio de las fuerzas policiales y de seguridad controlaron todo el territorio y la población. Dividieron el país en zonas y subzonas a cargo de unidades militares. Habilitaron como prisiones clandestinas locales oficiales -comisarías, cuarteles, cárceles, escuelas- donde recluyeron a decenas de miles de personas que iban rotando a medida que se decidía su destino, pero todas ellas bajo la figura del detenido-desaparecido, que no eran sometidos a jueces ni leyes y sin que sus familiares tuvieran ninguna noticia de su paradero.

En esos centros de detención se mantenía a las personas incomunicadas, encapuchadas, esposadas, en espacios reducidísimos, en el suelo, con una comida mínima, sin atención médica, y sometidos a torturas diariamente. Estas eran brutales, desde el uso generalizado de la «picana» hasta el ahogamiento con bolsas de plástico o en agua, pasando por palizas y exposición a fríos extremos. La gran mayoría era finalmente «desaparecida», eufemismo encubridor del asesinato, en un destino que siguieron 30.000 detenidos. Para ello se utilizaban diversos métodos. Desde la simulación de enfrentamientos con la policía, pasando por enterramientos en fosas comunes, hasta los llamados «vuelos de la muerte», donde los prisioneros eran arrojados vivos al mar desde aviones militares. Como declaró el oficial Adolfo Scilingo: » En 1977, siendo teniente de navío y estando destinado en la Escuela de Mecánica…. participé de dos traslados aéreos, el primero con 13 subversivos a bordo de un Skyvan de la Prefectura, y el otro con 17 terroristas en un Electra de la Aviación Naval….Recibieron una primera dosis de anestesia, la que sería reforzada con otra mayor en vuelo. Finalmente, en ambos casos, fueron arrojados desnudos a aguas del Atlántico Sur desde los aviones en vuelo.»(4)

Con estos antecedentes, no puede sorprender que la tortura y la vejación a los prisioneros sean motivo de estudio y entrenamiento de las Fuerzas Armadas argentinas.

Entrenamientos que, como hemos visto, lo decidían las mas altas jerarquías militares y que en absoluto pueden considerarse como hechos aislados, sino que afectaba al conjunto de las instituciones armadas. En particular a las unidades especiales, a los comandos y a los servicios de Inteligencia, pero que en determinadas épocas comprendió al conjunto de la oficialidad: Es conocido que bajo la última dictadura todos los oficiales debían participar en la aplicación de malos tratos a prisioneros y en ejecuciones sumarias, en un auténtico pacto de sangre al mejor estilo mafioso.

«En ese sentido hay que destacar por su significación el llamado «Pacto de Sangre» -ideado e impulsado por el general Luciano Benjamín Menéndez, siendo jefe del III Cuerpo de Ejército, con sede en Córdoba, en virtud del cual todos los jefes y oficiales de dicha gran unidad, para verse implicados por igual en los actos sangrientos de la represión, eran obligados a participar por turno rotatorio -como en cualquier otro servicio de armas- en dicho tipo de actos, principalmente en el fusilamiento de personas secuestradas y ya exhaustivamente torturadas hasta su nula utilidad». (5)

No es extraño que esas prácticas perduraran y que llegaran hasta 1994, más de una década después del fin del Gobierno militar. Tampoco debe extrañar que su huella siga siga marcando a muchos oficiales y suboficiales, como lo demuestra la existencia de malos tratos e incluso de muertes de soldados en cuarteles a consecuencia de brutales entrenamientos y castigos disciplinarios.

Tampoco debe sorprender el hecho de que en la década de los 80 oficiales argentinos fueran destinados a diversos países de América Latina donde organizaron y participaron en tareas de Inteligencia y lucha contrarrevolucionaria, teniendo la oportunidad de aplicar sus feroces conocimientos.

Otros ejemplos latinoamericanos

Todos los ejércitos latinoamericanos sin excepción -incluso los considerados más democráticos y legalistas como el uruguayo y el chileno hasta el golpe pinochetista- han aplicado métodos represivos brutales, incluyendo la tortura y el asesinato de prisioneros, amparados en la toma del gobierno a través de golpes de estado.

Baste recordar los métodos utilizados por el Ejército brasileño desde los años 60, asesorado en la época por militares franceses. Las torturas sufridas por monjas y curas, son un buen ejemplo de ese proceder. Igualmente los crímenes de la dictadura de Pinochet vastamente divulgados recientemente, que se cometieron incluso en los años 80 y que incluyeron desde torturas hasta enterramientos clandestinos y la «desaparición» de miles de personas.

La salvaje represión de las dictaduras latinoamericanas, encabezadas por la guatemalteca, que causó 200.000 desaparecidos y sin olvidar la Cuba de Batista; la Nicaragua de los Somoza; la República Dominicana de Trujillo, el Paraguay de Stroessner, el Haití de Duvalier o El Salvador. Tampoco se pueden olvidar los procedimientos militares bajo gobiernos civiles, como el caso de México, donde se masacró a campesinos y estudiantes y hasta hoy día se siguen utilizando a grupos parapoliciales en Chiapas. O el caso de Perú, donde se masacraron pueblos campesinos enteros y se mató a centenares de presos políticos. Está también Colombia, donde la creación de verdaderos ejércitos mercenarios en apoyo de las Fuerzas Armadas regulares, ha llevado a la comisión de un verdadero genocidio.

4- REPRESION Y VIOLENCIA

La represión ejercida por los militares es la continuación -en un grado cualitativamente superior- de la violencia permanente que aplican las policías en muchos países contra la población civil. La cuestión que debe quedar clara es que los ejércitos elevaron la represión a un nivel extremo contra toda la población, y sin ninguna clase de cortapisa o límite.

En realidad los policías son los primeros «técnicos» de la represión cotidiana y de la violación de los derechos humanos, son los «expertos» de la tortura. Como lo reconoce explícitamente el general argentino Albano Harguindeguy a la pregunta de si los militares franceses enseñaron el uso de la picana eléctrica: «No creo que lo hayan enseñado. Nos explicaron para qué servía y nosotros la adoptamos a medida que se hacía la lucha. Es un método que ya era conocido por la Policía Federal».(6)

Sin duda.Y también lo conocían las policías provinciales, el Servicio Penitenciario, la Gendarmería y la Prefectura. Miembros de estas fuerzas integraron los Grupos de Tareas de las Fuerzas armadas durante la dictadura, esencialmente en calidad de torturadores, de expertos interrogadores.

Esos conocimientos les vienen dados por su práctica cotidiana represiva contra los pequeños delincuentes, contra los jóvenes de los barrios pobres, que siempre que entran en una comisaría son torturados y vejados, acabando muchas veces con su vida.

CORREPI, una organización especialmente dedicada a denunciar y combatir la represión policial documenta esta conducta a través de sus investigaciones.

De su informe de 2002 se desprende que 179 personas fallecieron entre el 1 de diciembre de 2001 y el 22 de noviembre de 2002, por muertes causadas por miembros de las fuerzas de seguridad del Estado. El informe detalla que se incluyen «casos de gatillo fácil propiamente dicho (fusilamientos enmascarados, las mas de las veces como pseudoenfrentamientos), gatillo fácil «culposo» (muertes de terceros causadas por la policía en enfrentamientos reales), tortura seguida de muerte y desapariciones».

Y que parte de esas muertes fueron de «personas privadas de su libertad, sea en unidades carcelarias o en comisarías, presentadas oficialmente como inverosímiles suicidios por ahorcamiento o en incendios».(7)

5- LA TORTURA, METODO GENERALIZADO.

Hechos infrecuentes?

Es evidente que cuando hablamos de la tortura aplicada por las Fuerzas Armadas y el resto de «fuerzas de seguridad», no nos referimos a hechos aislados, ante aberraciones cometidas por elementos incontrolados o frente a «excesos» fuera del alcance de los mandos, como tantas veces se intentó argüir para eludir responsabilidades. En el caso argentino, desde la Orden de Batalla emitida por los Comandantes en Jefe de las tres armas, hasta la práctica de torturas como asignatura de las enseñanzas militares, testimonian que la tortura es concebida como un elemento de gran importancia, dentro de la metodología castrense. Su práctica no está circunscripta a períodos excepcionales o dictatoriales, sino que su enseñanza es continuada y rutinaria.

En el caso del asalto guerrillero al Cuartel de La Tablada, en la periferia de Buenos Aires, llevado a cabo por el MTP (Movimiento Todo por la Patria) en 1989, en pleno gobierno democrático de Raúl Alfonsín, el accionar militar es un trágico ejemplo. Por una parte se eludió cualquier intento de obtener la rendición de los guerrilleros. Se utilizaron armas pesadas, como tanques y artillería de grueso calibre, totalmente desproporcionados para la situación. Y finalmente se torturó, se asesinó e hizo desaparecer a varios combatientes, como testimonió incluso uno de los militares que participaron en la represión: «El sargento retirado José Alberto Almada quien participó en la represión del intento de toma del regimiento de La Tablada, admitió que «varios prisioneros de ese grupo fueron sometidos a torturas y ejecución sumaria» por los militares que los detuvieron. Almada sostuvo que fue testigo de situaciones que no guardan relación con las conductas de un soldado en combate ante personas que deponen las armas y tratan de rendirse. La Corte Interamericana de Derechos Humanos ya ha establecido que tras ser reprimida la rebelión hubo fusilamientos sin juicio y torturas contra los detenidos, además de hacer desaparecer a varios de los dirigentes del grupo guerrillero, cuyos cadáveres aparecerían varios años después.» (8)

El patrocinio estatal de la tortura

Pese a las convenciones internacionales que establecen la prohibición de la tortura y a la vigencia de tratados sobre el respeto a los prisioneros de guerra y el principio de que las cárceles no deben ser lugares de sufrimiento sino solamente de reclusión, la tortura persiste. Desde el tribunal de Nüremberg, en el que tras la II Guerra Mundial se juzgó a los jerarcas nazis, ha habido numerosa legislación sobre el tema y existen varios tribunales internacionales «ad hoc», como el que juzga los crímenes cometidos en la ex Yugoslavia, o en Ruanda, o la nueva Corte Penal Internacional. Sin embargo y tal como nos muestran periódicamente los detallados informes de Amnistía Internacional y otras organizaciones humanitarias, igue habiendo numerosos estados que toleran, amparan e incluso promueven la utilización de vejámenes y torturas a los prisioneros.

No puede menos que recordarse que el Tribunal Supremo de Israel ha aceptado y dado cobertura legal a la aplicación de torturas a los presos palestinos. El Ejército israelí reivindica como legítimos los métodos brutales que utilizan sus tropas para reprimir la Intifada, que incluyen fracturas de piernas y brazos de los jóvenes manifestantes. Tampoco se puede olvidar el trato dispensado por Estados Unidos a personas capturadas durante la ocupación de Afganistán -incluso menores de edad- que hoy todavía sufren incomunicación en su ilegal base militar de Guantánamo, en Cuba, sin cobertura legal de ningún tipo, donde la impunidad con la que actúan los mandos norteamericanos es total. En Estados Unidos, un país que ha dado total cobertura política a dictaduras aliadas de América Latina y otras regiones del orbe, muchos influyentes «halcones» siguen reivindicando teóricamente la tortura como método contra enemigos que «amenacen la seguridad de EEUU».

Los métodos y objetivos de la tortura

El primer objetivo de la tortura es sin duda el de obtener información, tanto táctica e inmediata, para uso instantáneo, como a más largo plazo, a nivel estratégico.

Ejemplos del primer caso son las torturas que se practican contra un detenido para que «cante» citas que tenga con otros miembros de su organización; para que revele sus contactos, locales o domicilios donde puedan ser capturados antes de que se produzca la alarma entre compañeros o familiares del detenido-desaparecido. De esta forma, se pretende una cadena de caídas rápidas de activistas. Ese objetivo se utiliza fundamentalmente durante las primeras 48 horas desde la detención y para ello se aplica un régimen de tortura intensivo, que parte desde el momento mismo de la captura, llegando a torturarse a la víctima en el mismo lugar donde se ha producción la detención o secuestro. Muchas veces se tortura en el propio vehículo donde se produce el traslado hacia el centro de detención. También en esa situación se suele presionar al detenido con amenazas a sus familiares más directos. A menudo se ha golpeado a bebés o niños en presencia de sus padres, para vencer la resistencia de éstos a los interrogatorios.

Pero las torturas no se utilizan sólo durante los primeros días de la detención o secuestro. En muchos casos se convierte en una práctica prolongada, sistemática, durante días o semanas, con o sin intervalos, jalonada con salidas a la calle para que el detenido «marque» viviendas de otros compañeros, locales, oficinas, o que señale concretamente a personas. Cuando los resultados de esas «salidas» con el detenido no resultan satisfactorias, nuevamente comienza el ciclo de torturas. En este tipo de prácticas se intentaba, se intenta, obtener del detenido todo lo que sabe, tanto sobre organizaciones como personas concretas, a efectos de componer un cuadro general, político y social de su entorno, que facilite posteriores acciones represivas.

Es en esa etapa cuando las condiciones generales de la detención ejercen su mayor influencia. Se trata de transmitir al secuestrado la inequívoca sensación de que está absolutamente aislado del mundo exterior, sin ninguna posibilidad de obtener ayuda de compañeros, abogados o familiares. El hecho de estar desaparecido implica ante todo esa sensación de indefensión, constantemente reforzada por los torturadores, que se une y multiplica los efectos de la tortura física propiamente dicha

El testimonio del médico detenido Norberto Liwsky es revelador sobre este aspecto de la detención, cuando relata lo que le decían los torturadores: «Desde que te chupamos (detuvimos) no sos nada». «Además ya nadie se acuerda de vos». «Si alguien te buscara, que no te busca, ¿vos creés que te iban a buscar aquí?». «Nosotros somos todo para vos». «La justicia somos nosotros». «Somos Dios». (9)

Pero la tortura también busca otros objetivos: En el libro citado Duhalde caracteriza al régimen represivo argentino como el «modelo desintegrador». Y lo describe así:

«El modelo desintegrador aplicado tiene fines muy precisos: hacer de un hombre libre, un hombre sometido; de un ser sano, un ser enfermo; de un militante político, una persona desquiciada» Y refiriéndose a las técnicas utilizadas cita entre las principales a la presencia de la muerte como trasfondo de la vida en los campos de detención; al aislamiento y la ruptura con el mundo exterior; a la pérdida de la visión y de la noción del tiempo, a la cosificación de la persona y los vejámenes psicofísicos, y a la tensión límite constante.

En suma, un modelo tendiente a la destrucción física y moral del detenido. En casos como el argentino, aún cuando éste colaboraba de alguna manera con sus verdugos, la mayor parte de las veces era asesinado, «desaparecido». Ni siquiera sus restos aparecían, porque era enterrado clandestinamente o arrojado al mar, a lagos, ríos o volcanes, cuando no quemados o dinamitados simulando falsos enfrentamientos.

La investigación encomendada a la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas argentina afirma textualmente: «En la casi totalidad de las denuncias recibidas por esta Comisión se mencionan actos de tortura. No es casual. La tortura fue un elemento relevante en la metodología empleada. Los Centros Clandestinos de Detención fueron concebidos, entre otras cosas, para poder practicarla impunemente.Transcribimos el primero de los casos (el de Norberto Liwsky) con todas sus implicancias en la personalidad de la víctima a la que se quería destruir» (10)

Además de romper la personalidad de los detenidos mediante la aplicación del método descrito, la presencia represiva constante en las calles, más la certidumbre de la desaparición de amigos, familiares y vecinos, contribuía a establecer un temor generalizado en la población, limitando los actos solidarios e incluso el contacto con los familiares de los desaparecidos.

El objetivo último buscado por la dictadura argentina y su modelo represivo iba mucho mas allá de la detención de militantes o activistas o la destrucción de algunas organizaciones. De hecho, los grupos armados ya habían sido duramente golpeados antes del golpe de Estado de marzo de 1976 y su capacidad operativa mermada, debido al accionar de los grupos paramilitares del régimen de «Isabelita» Perón, las temibles AAA y a la implicación cada vez más abierta de las Fuerzas Armadas en la represión interna. Se trataba en definitiva de imponer un modelo económico y social, para lo que se requería el silencio, el sometimiento de la mayoría de la población; de la destrucción de toda forma de organización popular, fuera sindical, estudiantil, cultural o social. Para ese fin no bastaba con liquidar a las organizaciones político-militares, sino que era preciso sembrar el terror en el conjunto de la sociedad.

Por eso la represión fue tan terrible, y por eso las Fuerzas Armadas destinaron a esa tarea todos sus efectivos y técnicas genocidas. El resultado fue la práctica liquidación de una generación, a través de los 30.000 desaparecidos y de los centenares de miles de personas que sufrieron el exilio interior o exterior, perdiendo trabajo, estudios y vida familiar y social.

Las fuerzas armadas torturadoras

La perversidad mostrada por los militares, que tanto dolor causó a la sociedad argentina a través de la represión y la tortura, no podía menos que reflejarse sobre los mismos torturadores y la institución militar en su conjunto.

Los oficiales dedicados a las tareas llamadas de inteligencia, que ejercían un poder omnímodo sobre las víctimas, fueron transformando su carrera militar, la que los había preparado para «defender la Patria» de eventuales enemigos externos en un trabajo más policial, con las aberrantes prácticas mencionadas.

Y en cuanto a los altos mandos, a los generales y almirantes que condujeron la represión desde la cúspide, los Videla, Massera y Agosti, cuando por su propia necesidad de aferrarse al poder, cada vez más cuestionado por la población, decidieron emprender una «huida hacia delante», la aventura bélica de recuperar las Islas Malvinas, una vieja reivindicación, como Gibraltar. Pero allí se pudo comprobar que las Fuerzas Armadas, con años de una práctica que desvirtuaba totalmente los fines para los que habían sido concebidas, eran incapaces de presentar batalla a las Fuerzas Armadas británicas, inmediatamente movilizadas por Margaret Thatcher cuando los militares argentinos se atrevieron a tomar las islas por la fuerza.

La propia Comisión Investigadora de las Fuerzas Armadas que estudió las causas de la derrota militar sufrida, y que fue presidida por el general Rattenbach, reconoció la enorme ineptitud demostrada, sobre todo por parte de los altos mandos del Ejército y la Armada argentinos

El hecho más evidente de ello es que 7.500 combatientes británicos, operando a miles de kilómetros de sus bases, desembarcaron en un territorio defendido por 12.500 soldados argentinos, y, a pesar de ello, obtuvieron rápidamente su rendición. La causa fundamental fue la manifiesta incapacidad de sus mandos: Las tropas sufrieron las consecuencias del desabastecimiento de alimentos y suministros; el despliegue de los efectivos no se rigió ni por las mínimas normas militares necesarias para una operación de ese tipo. La Armada retiró además sus buques del área de operaciones, otorgando a los británicos el dominio absoluto del mar. Los mandos militares argentinos fueron incapaces de coordinar sus fuerzas y de evaluar correctamente la situación, corrigiendo inmediatamente sus movimientos.

Otro ejemplo manifiesto de esa guerra fue la falta de adaptación al combate contra un enemigo exterior que tenían aquellos oficiales admirados por sus colegas por su habilidad y ferocidad para reprimir al enemigo interior. Uno de estos casos es el del tristemente famoso capitán de corbeta Alfredo Astiz, activo participante en el Grupo de Tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada, centro represivo y de detención clandestino. Astiz se infiltró en el movimiento de familiares de desaparecidos para preparar la captura de varias de sus integrantes, así como de dos monjas francesas, que finalmente fueron asesinadas. Astiz, condenado a cadena perpetua en rebeldía por la Justicia francesa y que asesinó también a la joven ciudadana sueca Dagmar Hagelin, jugó un papel vergozante como militar en la guerra de las Islas Malvinas.

«Siendo comandante de la guarnición de las Islas Georgias del Sur (dependencia de las Malvinas), en otro de sus acostumbrados actos de valor, se rindió sin ofrecer la debida resistencia, según el dictamen de la Comisión Rattenbach». (11)

En realidad no ofreció no sólo la «debida» sino ninguna resistencia, sin disparar un tiro. Se rindió sin más. Una consecuencia en definitiva lógica si se tiene en cuenta que se trataba de unos oficiales que, dedicados durante años a la represión interna, a reprimir a víctimas totalmente indefensas, terminaron descuidando la preparación que se le supone por su carrera, convencidos de que la superioridad que mostraban ante la población era una cualidad aplicable también a un enemigo exterior.

6- A MODO DE CONCLUSION

Las Fuerzas Armadas argentinas durante varias décadas se dedicaron a combatir al llamado «enemigo interior». Volcaron sus efectivos, sus recursos y su formación a ese objetivo. Parte importante de ello fue la preparación para la tarea policial represiva, que incluía como una de sus armas predilectas la tortura, en todas sus facetas.

Dicha «especialización» fue posible porque desde fines de los años 50, y coincidiendo con las prioridades estratégicas de EEUU en el continente, los altos mandos militares argentinos enviaron a muchos de sus oficiales y suboficiales a la Escuela de las Américas y otros centros similares, donde aprendieron, como parte de su preparación para enfrentar a la «guerra revolucionaria», a interrogar y a torturar a los detenidos, así como una amplia gama de técnicas represivas aplicadas antes por franceses y norteamericanos en distintos escenarios mundiales.

Esos oficiales transmitieron e intercambiaron a su vez conocimientos con militares y sevicios de Inteligencia de otros países, como en el Cono Sur en el curso de la Operación Cóndor, juntamente con sus pares de Chile, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia, que les permitió aunar sus acciones para secuestrar y asesinar a opositores más allá de sus propias fronteras. Y en Centroamérica donde, con base en Honduras, sirvieron a los ejércitos de ese país, y a los de Guatemala y de El Salvador, además de contribuir junto con la CIA activamente a la guerra sucia que se llevó a cabo contra el Gobierno sandinista a través de la «contra».

No es extraño por lo tanto que en Argentina fuera «normal» que sus oficiales y suboficiales se entrenaran para interrogar y torturar, como no lo es que incluso bajo gobiernos civiles continuaran con esas prácticas.

No sería raro tampoco que en la escuelas militares de las tres Fuerzas Armadas se siguiera aún dictando la doctrina llamada en su día de la Seguridad Nacional, hoy reconvertida en la lucha contra el Eje del Mal, pero con los mismos métodos de ayer.

Tampoco puede sorprender que las fuerzas de seguridad -Policía, Gendarmería y Prefectura- asesinen a los «subversivos» de hoy, a «piqueteros», en la Provincia de Buenos Aires, o en la norteña provincia de Salta. Nadie desconoce en Argentina que en las comisarías se sigue torturando y se asesina a jóvenes en la calle por el simple delito de serlo.

El hilo conductor que parte desde la cúpula de las Fuerzas Armadas penetra a todos los rincones de la sociedad, amparando en especial la violencia represiva policial, de la cual a su vez se nutre cuando necesita de sus especialistas. La impunidad de que han disfrutado los militares genocidas alimenta la persistencia de la tortura y la violación de los derechos humanos.

Notas

(1) «La escuelita», Página 12, Argentina, 16/01/04.

<> (2) El caso Pinochet y la impunidad en América Latina, Roberto Montoya y Daniel Pereyra, Editorial Pandemia, Argentina, 2000.

(3)»La letra con sangre», Marie-Monique Robín, Página 12, Argentina, 3/9/03 (4) El vuelo, Horacio Verbitsky, Seix Barral, Argentina, 1995.

(5) El estado terrorista argentino, Eduardo Luis Duhalde, Editorial Argos Vergara, España, 1983.

(6) «El mejor alumno», Marie-Monique Robín, Página 12, Argentina, 3/9/03. (7) ALDABON, Número 41, Argentina, Diciembre 2002/Febrero 2003.

(8) «Admite ex militar argentino que varios rebeldes fueron ejecutados en La Tablada» , Stella Calloni, México, 18/02/04.

(9)El drama de la autonomía militar, Prudencio García, Alianza Editorial, España, 1995.

(10) Nunca Mas, Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, EUDEBA, Argentina, 1984.

(11) Prudencio García, obra citada.