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La vida a sangre y fuego

Murió Enrique Gorriarán Merlo

Fuentes: Página 12

Se hizo masivamente conocido en 1989 con el ataque a La Tablada, que le costó ocho años de cárcel, pero el ex jefe guerrillero ya había dejado huellas con su participación en la fundación del ERP, su protagonismo en las fuerzas sandinistas y la ejecución de Somoza. Sus antiguos compañeros se dividen al analizar su […]

Se hizo masivamente conocido en 1989 con el ataque a La Tablada, que le costó ocho años de cárcel, pero el ex jefe guerrillero ya había dejado huellas con su participación en la fundación del ERP, su protagonismo en las fuerzas sandinistas y la ejecución de Somoza. Sus antiguos compañeros se dividen al analizar su trayectoria.

El parte oficial consignó que la muerte de Enrique Haroldo Gorriarán Merlo se produjo hacia las 16.30 a causa de la rotura de un aneurisma en la aorta abdominal. Ingresó a la guardia del hospital Argerich en parada cardiorrespiratoria. La noche anterior había estado con antiguos compañeros en una reunión política. Gorriarán era considerado por la opinión pública un hombre polémico. No se le perdonó el desastre de fuego y sangre desatado en el copamiento del regimiento de La Tablada, el 23 de enero de 1989. Sin embargo, luego de largos años de cárcel y de una durísima huelga de hambre, obtuvo la libertad en mayo de 2003, por un indulto. Desde ese momento se preparó para regresar. Estaba tratando de concretarlo a través del Partido del Trabajo y el Desarrollo, un grupo de objetivos moderados y proyectos electorales asentado en Santa Fe. Es probable que su muerte despierte sentimientos encontrados. Eso sí, nadie podrá decir que no ha sido prematura: tenía 64 años y era uno de los últimos mohicanos de la dirección del PRT-ERP, la guerrilla marxista más importante de los años ’70.

La Tablada lo expulsó de la vida legal y de la lucha democrática en la que, a diferencia de otros de sus camaradas, pretendió incursionar. A mediados de los ’80 había realizado una autocrítica devastadora, marcando como un error las acciones armadas llevadas a cabo bajo el gobierno de Isabel Perón. Antes de La Tablada había cometido otro error: describir, sin una pizca de pasión, los instantes finales de Anastasio Somoza, un personaje siniestro y despreciable cuya muerte en atentado llevó la firma de un sector del PRT-ERP que él lideraba. Ocurrió en Asunción del Paraguay, donde Somoza estaba exiliado, el 17 de septiembre de 1980. Es curioso, la vida fue construyéndole una imagen brutal que, quienes lo rodeaban, niegan de plano. «Tenía un enorme sentido de la amistad -sostiene su amigo y conmilitón, el médico Roberto «el Turco» Habichayn- y para mí lo fue. Un gran amigo, familiero, sin dobleces. Se emocionaba con mi hijo, que tenía la edad de sus mellizas y estaban lejos. Sentía una especial debilidad por su madre. Ella murió estando preso y no le permitieron verla».

Daniel De Santis, ex miembro del Comité Central del PRT e integrante de la corriente que siguió a Gorriarán al producirse en los ’80 la última y definitiva división de la organización, coincide con esa impresión. «Mi relación con él era bastante buena. Lo que tenía para criticarle no me lo callaba. El se revolvía en la silla, pero se lo aguantaba. Era un tipo que se emocionaba con facilidad. Se le humedecían los ojos en cuanto hablaba de algo que lo conmovía. Fue muy solidario conmigo.»

Gorriarán había ingresado a mediados de los ’60 a Palabra Obrera, la corriente trotskista que, fusionada con el Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP, un movimiento indigenista impulsado por Mario Roberto Santucho) dio origen al PRT. Había nacido en San Nicolás, de una familia radical, pero Rosario y la universidad eran el polo de atracción para los jóvenes de la ribera del Paraná. Con Luis Pujals, Emilia Susana Gaggero y Benito Urteaga formaron parte de la «regional Rosario», de enorme gravitación en el desarrollo del PRT. En 1970 fue elegido delegado al Congreso que decidió la fundación de un brazo militar: el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Ese mismo congreso designó Secretario General a Santucho y a Gorriarán uno de sus jefes militares. Santucho ya era «Carlos» y Gorriarán, «Ricardo».

Las rupturas posteriores dejaron heridas y según pertenezcan a uno u otro bando, las opiniones respecto de la capacidad política y militar de Gorriarán, difieren: para De Santis, uno de sus antiguos hombres, no es cierto que, tal como piensan muchos, «Ricardo» careciera de conocimientos teóricos: «Al volver de Cuba, después de la fuga de Rawson, ocupó con Santucho una casita en Gonnet. La había alquilado un pariente mío, que también militaba en el partido. Cuando abrí la puerta me encontré con un pelado que estaba leyendo El Capital. No era un hombre sin formación o que no hubiera estudiado el marxismo. Ahora tenía tendencias socialdemócratas, eso es verdad, pero creo que se trataba de una cuestión táctica. Estaba totalmente identificado con la Revolución Cubana y la Revolución Bolivariana. En lo militar, tuvo que ver con la construcción del ERP, estaba en el comando que dirigió la fuga de Rawson, fue jefe del comando que ejecutó a Somoza y, más importante que eso, como estaba en la inteligencia nicaragüense participó del ajusticiamiento del comandante Bravo, en Honduras. Bravo era el jefe de las tropas especiales del somocismo que, apoyado por la CIA, se había reorganizado alrededor de él»

Luis Mattini, nombrado secretario general del PRT tras la muerte de Santucho, y adversario ideológico de Gorriarán, tiene una visión más crítica :»Lo conocí en el 70, en el V Congreso. Y tenía prestigio en el aspecto militar. Estuvo al frente del asalto a un tren pagador, en Rosario, y con ese dinero se financió el congreso. Su primera acción militar importante había sido, precisamente, durante «el rosariazo». Ese congreso lo convirtió en miembro del Comité Central y miembro del Estado Mayor del ERP. Santucho, era el comandante en Jefe. En 1972 pasa a revistar en el Buró Político. Urteaga («Mariano» era su nombre de guerra) y Santucho tenían mucha afinidad y yo me entendía bien con Domingo «el gringo» Mena y con Eduardo Merbilháa («Alberto»). El Pelado era el Pelado. No tenía un par en el Buró. Era muy solitario. Muy reservado».

Mattini señala que la toma del cuartel de Azul marcó un punto de inflexión en el prestigio militar de Gorriarán dentro de la organización: «lo despromovieron del Estado Mayor y quedó en su reemplazo Juan Ledesma, el «comandante Pedro». Gorriarán nunca alcanzó el grado de «comandante». Era «capitán».» A regañadientes, Mattini acepta explicar que la despromoción se debió a «errores de mando»: en buen romance, una orden de retirada prematura y sin asegurar que todas sus fuerzas estuvieran en condiciones de abandonar el lugar. «Por eso lo enviaron a Córdoba, a realizar trabajo en el frente de masas. Allí, una decisión suya, altamente arbitraria, desencadenó su exclusión del Buró Político. Sin embargo, siempre permaneció como integrante del Comité Central». Mattini tiene ideas claras respecto de su viejo compañero: «no es ni un héroe ni un demonio. Es como lo que produjo latinoamérica, gente que dio mucho y erró mucho. Si se quiere tenía, en lo operativo, un estilo desprolijo que le era muy característico, claro que en medio de una desprolijidad general. Tenía la lógica del sentido común ¿Qué entiendo por eso? El pensar linealmente que si algo se planifica bien, tiene que salir bien. Su gran acción, la más meritoria, es la ejecución de Somoza. Lo que hizo en Nicaragua no fue poca cosa, no»

Algo muy parecido es lo que sostiene Humberto Pedregosa, «Gerardo», un ex importante cuadro militar del ERP. «El Pelado fue fundamental en los inicios de la acción armada, en las primeras etapas de la organización militar. Después, el surgimiento de nuevos cuadros militares y el salto cualitativo del PRT-ERP lo relegaron a un segundo plano, su papel se diluía. Pero lo que merece destacarse es que fue un hombre que nació en cuna de oro, pertenecía a las clases medias altas y renunció a todos los privilegios para abrazar una causa que implicaba muchos sacrificios. No era de los que estaban obligados a luchar porque no les quedaba otra salida. Y desde el punto de vista de su lealtad, era irreprochable». Mattini no cree que la muerte de «Ricardo» marque el fin de una época. «El fin de una época morirá cuando desaparezcamos todos. Somos los últimos guevaristas. La revolución sigue, pero por otras vías. Gorriarán fue reflejo de una época, con lo bueno y lo malo. Para evaluar una época hay que agarrar las bolsas llenas y las vacías» .