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Nuevo poemario: «Los dioses y los hombres», de Jesús Aller (KRK ediciones)

Fuentes: Rebelión

Intervención del autor en la presentación de «Los dioses y los hombres» (Club Prensa Asturiana de Gijón, junio de 2012)

Buenas tardes. Quería comenzar por agradecer a las personas que me acompañan en esta mesa su amabilidad al tomar parte en este acto y sus palabras tan benévolas. Y a todos ustedes también su gentileza al venir con nosotros en esta hermosa tarde de verano recién estrenado.

Tal vez lo primero sería que yo respondiera a una pregunta que sin duda cualquiera de ustedes querría hacerme, una pregunta fundamental, que podría formularse algo así como: ¿Por qué escribe usted poesía? o ¿En estos tiempos que corren y con la que está cayendo, no se le ocurre a usted de verdad nada mejor que hacer que escribir versos? ¿Cree usted que eso sirve para algo?

Para responder a esto, tengo que empezar por admitir que en esta sociedad nuestra la imagen del poeta más difundida es simplemente la de un ser abstraído de la realidad que juega con el sonido de las palabras buscando efectos armónicos. No se espera en general que los poemas expresen algo más allá de unas reflexiones más bien manidas sobre el amor y el desamor, o sobre la vida y la muerte. Eso es lo que se espera del poeta. Todo muy en la línea de los valores sociales más admitidos tradicionalmente. Sin embargo (y ahora me toca preguntar a mí) ¿es esto así necesariamente?

Para una definición muy general de qué es poesía y qué no lo es, yo acudiría a lo que Robert Graves dijo al respecto (porque nadie mejor que un gran poeta para definir la poesía). Él en la primera parte de La diosa blanca, un libro suyo fundamental, hablaba de que un verdadero poema tiene que conseguir una serie de efectos. «La razón por la cual el vello se eriza, la piel se estremece y un escalofrío recorre nuestra espina dorsal cuando uno escribe o lee un auténtico poema es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, también llamada Musa, la Madre de todo lo viviente, el poder antiguo del espanto y el placer, la araña hembra o abeja reina cuyo abrazo es la muerte«. Hasta aquí Graves. Yo estoy muy de acuerdo con él en que lo que caracteriza la poesía es su capacidad de transmitir una emoción intensa, tan intensa que produce efectos físicos sobre el organismo. Luego, los que escribimos versos conseguiremos o no lograr este objetivo, y habrá poetas mejores y peores, pero ese ya es otro tema.

¿Y por qué ocurre esto? Yo creo que la poesía son simplemente palabras con poder, palabras capaces de tocar algo profundo en el hombre y conmoverlo. Sólo haría falta leer un poema de Antonio Machado para ver esto muy claro, por ejemplo, uno de esos con «grises alcores y cárdenas roquedas». Así quedaría muy claro de qué les estoy hablando.

Es algo realmente sorprendente que haya palabras que tienen este poder. Y ningún pastor de hombres creo que haya renunciado nunca a usar un arma tan valiosa. Pienso por ejemplo ahora en el lenguaje vibrante del Corán. Más hacia Oriente, estas palabras con poder son entregadas amorosamente por los maestros (los gurús) a sus discípulos, son los mantras que les guiarán en las dificultades de la vida. Yo creo que más allá de la visión anémica que planteaba antes, la poesía es en realidad algo muy importante para el hombre, algo que le afecta profundamente. Realmente tiene sentido intentar hacer poesía, aunque el reto sea difícil y arriesgado. Terriblemente difícil.

Robert Graves tiene también algunas páginas luminosas en que nos explica el proceso de la creación de poesía. Según él, no tiene sentido pensar que el poeta es alguien que se sienta ante un papel y dice: «voy a escribir un poema». De eso nunca puede surgir un auténtico poema. El dice textualmente: «El poeta tiene que esperar hasta que las palabras del poema llegan a él ya organizadas«. Esperar es la clave.

Bueno creo que va siendo el momento de que vaya acercándome al asunto que nos reúne hoy aquí, a este pequeño libro que es tan pretencioso como para ostentar el término poemas en su portada. No estoy seguro de poder provocar muchos estremecimientos con mis versos, pero lo que puedo asegurarles es que en mi caso el proceso de escritura se adapta muy bien a lo que Graves decía. Pueden pasar muchos años sin que esas voces misteriosas suenen. En este caso han sido casi cuatro años. Otras veces han sido más. Uno llega a pensar que nunca más oirá esas voces y un buen día se encuentra con que están ahí otra vez. Toma papel y lápiz, y anota al dictado.

¿De dónde vienen esas voces? Un fisiólogo dirá que de algún lugar del cerebro. Un psicoanalista dirá que de algún lugar del inconsciente. Yo prefiero pensar que vienen de lugares remotos en el espacio-tiempo, de una lectura tal vez, de una conversación, de un paisaje, de un gesto o una mirada. Todo ello ha madurado lentamente, en el sueño y en la vigilia, y en un momento dado las palabras suenan como lo que quiere ser la solución de un enigma, porque sabemos que las palabras pueden tener poder y solucionar enigmas. Y el primer sorprendido de que esas palabras suenen es el que escucha estas voces. Ahí están sus obsesiones y sus ideas, sus reflexiones y sus sueños, pero ahora aparecen con una forma precisa, con la forma del poema.

En el caso de este libro mío, el proceso ha sido muy lento esta vez. Las primeras piezas que escribí, muy seleccionadas, están en el comienzo del libro. Son poemas con versos muy cortos, heptasílabos sobre todo. Yo en ese momento no sabía qué iba a salir de todo ello. No sabía, pero la racha seguía y en seguida comprendí que los dioses de la antigüedad clásica empezaban a ser el asunto de muchos de los fragmentos. Es un paganismo resucitado que esconde en realidad un panteísmo, porque los dioses no son más que los procesos que vemos activos en el mundo. El agua se convierte en Indra, el fuego en Agni, el sueño en Asklepios o el poder generador del cosmos en Shiva. Tengo que decir que a mí el panteísmo me parece una cosa muy seria.

En conversaciones recurrentes, un buen amigo mío que conoce mis debilidades suele tomarme el pelo diciéndome que el panteísmo no es ni más ni menos que la tontería de adorar a las piedras. La verdad es que yo como geólogo podía ser muy partidario de esto, pero es que además, no sé si adorar, pero en todo caso maravillarse profundamente ante las piedras no me parece que sea una tontería.

Y aquí me van a dejar que les recuerde la historia que cuenta Allan Watts en uno de sus libros: Imaginémonos unos extraterrestres que orbitan la tierra hace mil millones de años. Verían océanos y continentes sin vida ninguna y uno diría al otro: «Bah, en este planeta no hay más que piedras.» Pero imaginemos que los descendientes de estos extraterrestres regresan después de mucho tiempo. Encontrarían el mar y la tierra poblados de criaturas y al repasar las notas de sus antepasados no les quedaría más remedio que decir: «Oye tú, cuidado con las piedras.» Las piedras parecen una tontería pero hoy sabemos bien que juntándose con el agua y el aire y al calor del sol se transforman en cosas muy raras, cosas como animales, plantas u hombres. Así que mucho cuidado con las piedras.

Los científicos estudian todo eso muy bien y ello tiene un gran mérito, pero a mí no me parece una extravagancia llamar «dioses» a las fuerzas misteriosas que tienen un poder creador tan extraordinario. Por otra parte, los nombres y atributos que la antigüedad clásica otorgó a estos dioses me parece que aportan una aproximación muy válida para entender todo esto.

La primera parte de Los dioses y los hombres intenta ser un recorrido por estas ideas. La habitan dioses védicos, hindúes, griegos y romanos, un gran número de dioses sin duda. Ahora pienso que lo que se esconde aquí es más que nada una reflexión sobre el sentido del mundo y una búsqueda de explicación. Habitamos cada hora una conciencia en la que a nada podemos aferrarnos, porque todo fluye y todo perece; es ese desfondamiento del hombre sobre el que reflexionaba Luis Cencillo. Yo creo que estos poemas están habitados más que nada por la esperanza de que la invocación de esas fuerzas inmortales pueda aliviarnos en ese sobresalto y ese desfondamiento tan humanos.

Y en esa invocación a los dioses es inevitable que uno encuentre entre ellos su favorito. Yo, como Paris el príncipe troyano, me he encomendado a Afrodita, y a ella están dedicados una gran parte de estos poemas; Afrodita o Venus, es lo mismo. En realidad es la misma diosa blanca de la que nos hablaba Graves. He repasado muchas de sus advocaciones y epítetos, e imaginado otros, y se descubre al final que todas estas imágenes de la diosa caminan hacia un pensamiento de identidad esencial de todo lo que existe. Esta es la visión mística que culmina esta primera parte del libro

Y hay que decir además que en este desnudamiento del mundo como un juego de espejos, hay un lugar importante para las enseñanzas del Buddha, que de una forma tan lúcida nos hacen ver la propia desnudez de nuestra alma, comprenderla y aceptarla porque tras ella se esconde una existencia sin miedo.

Culmina así esta primera parte con una enseñanza tan vieja como las de aquel príncipe indio llamado Siddharta Gautama, al que sus discípulos llamaron Buddha, «el que ha despertado». Es un camino con dos etapas esenciales: análisis y disección del dolor para ver su semilla en el deseo y en la trampa del yo. Y liberación de todo ello en un camino que es capaz de detener la rueda más poderosa, la de la apariencia y el dolor, la que no cesa de girar inventando existencias sobre el mundo.

Estamos por lo tanto ante una visión mística, de raíces eróticas, paganas y budistas si se quiere. Bien podría el libro terminar aquí. Sin embargo no lo hace. Hay una segunda parte.

Muchos de ustedes ya lo saben, pero para los que no lo sepan, quiero decirles que desde hace bastantes años suelo colaborar en algunas webs de información alternativa. Mando reseñas de libros y algunos artículos de opinión, porque me hace feliz contribuir, aunque sea de una forma muy pequeña a este proyecto que me parece admirable. Además, estos artículos me sirven de disculpa para enfrascarme en mis lecturas favoritas, en libros sobre historia, contemporánea sobre todo. Tengo que decir que la historia del mundo, de la Revolución Francesa para acá es algo que me obsesiona.

Don Quijote se volvió loco leyendo novelas de caballerías. El que lee libros de historia de forma apasionada y reflexionando sobre ellos, va a sufrir sin duda también una transformación en su mente. No es la locura, pero es una visión desolada que es muy difícil de soportar. La historia va a definir nuestra propia identidad, porque qué somos si no Historia Universal encarnada en un cuerpo. Pero el caso es que esa identidad es terrible.

Michel Parenti publicó hace años un libro, La historia como misterio, en el que expresa muy bien esto que digo. La Historia a la que llamamos tal, es sobre todo el discurso de los vencedores. Cuando escarbamos en él y razonamos, la visión que nos espera es espantosa. Sólo la ignorancia nos permite seguir adelante sin inmutarnos en un mundo como éste.

No me resisto a ponerles un ejemplo muy claro de esto que digo, lo que me servirá a la vez para recomendarles a un autor cuyos textos me parecen en este momento imprescindibles para entender el mundo en el que vivimos. Es el sociólogo californiano Mike Davis, y el libro que quiero comentarles es Los holocaustos de la era Victoriana tardía, que existe en castellano en una edición de Publicacions de la Universitat de Valencia. En este libro, Davis, apartándose de sus escenarios habituales, centrados sobre todo en la degradación actual de la vida urbana como consecuencia de las políticas neoliberales, realiza una incursión en el pasado para reunir argumentos que muestran las circunstancias históricas que determinaron la formación de lo que ahora denominamos Tercer Mundo. Es un estudio riguroso y demoledor que analiza las devastaciones del colonialismo durante las décadas finales del siglo XIX y el papel determinante que éste tuvo en la pauperización de la mayor parte de la población mundial.

La primera sorpresa que nos reserva este libro es la magnitud de la tragedia que se va a estudiar. Estamos hablando de hambrunas que en tres episodios entre 1876 y 1902, y sumando sólo tres de sus escenarios: India, China y Brasil, arrebataron la vida a un número de seres humanos comprendido entre 30 y 60 millones, según diversas estimaciones. La segunda sorpresa, más mortificante aún si cabe que la primera, es descubrir que estas muchedumbres hambrientas tras desaparecer del mundo han desaparecido también de la historiografía. Como apunta Davis: «Casi sin excepción, los historiadores contemporáneos que escriben sobre la historia mundial del siglo XIX han ignorado las megasequías y hambrunas que arrasaron lo que ahora llamamos Tercer Mundo.» Al parecer, se trata de holocaustos que no sólo no han conseguido ser el Holocausto (así con mayúsculas), sino que ni tan siquiera existen. Son los vencedores los que escriben la historia. No es éste un olvido inocente, pues se trata de muertes que contradicen la narrativa oficial sobre la historia económica del siglo XIX. Los ferrocarriles que se extienden en la India, por ejemplo, no son vehículos de progreso, sino herramientas de despojo y de muerte. En China, por su parte, los regímenes sociales establecidos por la dinastía Qing y que evitaron desastres mayores en el siglo XVIII, fueron desmantelados en el siglo XIX debido a la extorsión ejercida por las potencias coloniales. Recordemos las guerras del Opio.

La primera y la segunda partes del libro presentan en detalle los datos del desastre. Aunque se trata en muchos casos de episodios climáticos con escasez de agua y pérdidas de cosechas que fueron las peores en muchos siglos, se pone en evidencia también que siempre había excedentes de alimentos en alguna región próxima que podían haber aliviado la situación, mostrando claramente que son también el mercado y sus leyes inexorables los que asesinan. En la India británica bajo los virreyes Lytton, Elgin y Curzon, el dogma de la doctrina de Adam Smith y el interés imperial permitieron que se realizaran exportaciones a la metrópoli mientras algunas áreas de la India eran arrasadas. Así, entre 1875 y 1900, un período que registra las mayores hambrunas de la historia de la India, las exportaciones anuales de grano crecieron de 3 a 10 millones de Tm, equivalentes a la nutrición anual de 25 millones de personas. Hay que considerar además que, en esa época, la India era obligada a dedicar una parte sustancial de su presupuesto (más del 25%) a costear las aventuras militares expansionistas del Imperio Británico. De esta forma, las masas de la India financiaban generosas la misma maquinaria que las mataba de hambre.

El resultado de los procesos que se estudian en el libro es que partiendo de una situación a finales del siglo XVIII en que las diferencias entre sociedades no eran significativas comparadas con las diferencias existentes dentro de las distintas sociedades, y en la que un campesino indio o un campesino francés, por poner un ejemplo, tenían un estándar de vida similar, con un nivel muy por debajo de sus clases explotadoras respectivas, se alcanza al final de la época victoriana una situación bien distinta. En el nuevo mundo que surge de unos desastres naturales exacerbados por la exprimidora colonial, las desigualdades entre naciones eran tan profundas como las diferencias de clase. Esta es la triste historia de la fabricación del Tercer Mundo.

Y la historia que acabo de contarles no es ajena a nosotros, porque así como el tercer mundo fue creado en un momento histórico concreto, vivimos ahora otro en el que el proceso económico dominante (lean ustedes al premio Nóbel Paul Krugman, por ejemplo) es la transformación en tercer mundo de amplias zonas del planeta. Las conmociones de este tiempo nuestro se explican exactamente en estos términos.

Este es sólo un ejemplo de las monstruosidades que nos muestra la historia a cada paso. Y hay que decir que a medida que vamos venciendo esa ignorancia en la que vivimos inmersos como el pez en el agua, hay un sentimiento que nos domina, un sentimiento poderoso y que encauzado puede ser la herramienta más útil para construir un futuro mejor. Han adivinado ya que me refiero a la indignación. La santa indignación que se extiende en estos días por las plazas del mundo y que es sin duda el síntoma más halagüeño de la gran enfermedad social que padecemos.

Estas son cuestiones que pululan por mi cabeza en los últimos tiempos, y de esta forma fue inevitable que cuando escribí los poemas de la primera parte de Los dioses y los hombres, de los que les hablaba antes, junto a ellos fueran surgiendo otros, hermanos suyos sin duda, pero bastante distintos, poemas en los que expreso mi visión de eventos históricos esenciales, guerras y genocidios recientes, poemas por ejemplo sobre el octubre asturiano del 34, la conquista de América o la guerra de Vietnam, y también reflexiones sobre todo ello.

Por último, hay que decir también que hay poemas en esta parte en los que se juega a dibujar otro mundo posible, un mundo utópico donde las patrias que nos dividen son olvidadas y donde los hombres son capaces de organizarse en estructuras horizontales y fraternas.

En un momento dado, me di cuenta de que había escrito dos libros a la vez, en los mismos meses, dos libros muy diferentes. En principio, no me parecía que reunidos en un mismo volumen encajaran muy bien. Ciertamente, no parece que ensoñaciones eróticas y genocidios vayan bien de la mano en las páginas de un mismo volumen. Lo pensé bastante tiempo, y al final decidí que este encaje era posible si pensamos que todo ello define al hombre tal como lo conocemos hoy. Me pareció, además, que de alguna forma ambas partes se complementan y explican mutuamente.

Yo siempre he despreciado las místicas que no miran al sufrimiento humano como el objetivo fundamental a combatir. Y al mismo tiempo, siempre me ha parecido que sin una profunda transformación humana cualquier revolución está siempre condenada al fracaso más estrepitoso. Porque como bien señalaba Emma Goldman: «Las víctimas de hoy siempre están dispuestas a convertirse en los tiranos de mañana». Con esta perspectiva no es difícil pensar que todos los poemas escritos en aquellos meses podían encajar juntos, e incluso explicarse mutuamente, o dicho de otra forma, que una mirada hacia dentro que trata de desnudar nuestra identidad y liberar nuestras pulsiones más positivas bien puede ser el fundamento de una perspectiva sobre la historia que muestre posibilidades de una vida más satisfactoria para todos. Y así es como llegué a pensar que los dioses y los hombres podían caber juntos en un mismo volumen.

Esta es la historia del libro. Y tras la escritura viene la búsqueda de un editor, trabajo en el que he tenido la suerte de dar con Benito García Noriega y el equipo de la editorial KRK. Ellos han hecho que esa etapa que podíamos llamar de la «materialización del libro» haya sido enormemente rápida y cómoda. Realmente todo han sido facilidades y así da gusto trabajar. Y todos ustedes estarán de acuerdo de que en su aspecto material el libro ha quedado estupendo.

Y así es como tras muchas ensoñaciones y mucho trabajo solitario, al final ve uno esos pensamientos tan suyos encarnados en un pequeño objeto que es capaz de transportarlos y llevarlos hasta otras personas. Es realmente algo mágico lo que significa un libro. Lo más agradable de todas formas es que tras tanto trabajo, ahora ya está todo dicho y hecho, y es a los posibles lectores a los que les toca trabajar. A mí ahora me toca simplemente escuchar.

Y nada más. Muchas gracias a todos por su atención.

El libro puede descargarse aquí.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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