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Petróleo sangriento (2007): La fortuna está edificada sobre el crimen

Fuentes: Rebelión

Para Santiago, Marthica y María del Rosario, por la armonía de esta nueva familia… en recuerdo, siempre, de Valentina.

Con There Will Be Blood (2007) o Habrá sangre,en español Petróleo sangriento,filme del mismo director de Magnolia (1999), continúa Paul Th. Anderson elaborando un retrato veraz sobre la condición humana. Esta vez, de nuevo, lejos de la seducción, cerca del patetismo, no peyorativo, y más próximo a lo real verosímil que cualquier producción de consumo a que la industria hollywoodense tiene acostumbrado al espectador. No hay aquí espacio para el optimismo ni la alegría, para el moralismo ni, mucho menos, para la ética: para Daniel Plainview, de hecho, su mayor aspiración, es decir, la más ruin, radica en la codicia: “Quiero ganar suficiente dinero para librarme de todo el mundo”, sostiene sin rodeos. Él, entre ateo y agnóstico, cuya noción de absoluto solo parece ser la del dinero, apenas recurre a la religión cuando lo ve necesario: al notar que el provinciano pastor de ovejas ingenuas, cuando no descarriadas (a los ojos de los demás, que olvidan son los demás de los demás) como él, Eli Sunday, sabe cómo sacar tajada de la ignorancia y del desvalimiento. Una alianza, la de dinero y religión, heredada por Anderson del original literario de Upton Sinclair Oil (1927) o Petróleo. Historia que se ubica en las tres primeras décadas del siglo XX, con un preocupante trasfondo socio-político y económico que cierra el paso al facilismo y a la trivialidad y, sin querer, permite la entrada a la desesperanza y a la crueldad del ser humano. 

Buena parte de la atmósfera del filme, aparte de al director, habría que atribuírsela al responsable de la música original: Johnny Greenwood, guitarrista de Radiohead. Una atmósfera densa, pesada, depresiva, muy acorde con el expresionismo tanto de la novela, como del filme. Fuera de eso, el ambiente generado por el sonido de Greenwood, se refuerza con la recurrencia al concierto para violín en re mayor de J. Brahms. Ahora, el carácter expresivo de la novela se evidencia al constatar que la obra de Sinclair hace parte, en EEUU, de la Neue Sachlichkeit alemana, correspondiente al periodo 1923-30, el de la llamada República de Weimar, época de grandes dificultades económicas en la que se dieron, en 1926, el Tratado Dawes, con EEUU, para la recuperación posbélica y como efecto del Tratado de Versalles que obligó a Alemania a resarcir daños, y en 1929, el llamado Crack o Depresión económica mundial que, en el caso germano, llevó al país a tener cuatro millones de parados hacia 1934, problema que se muestra en el filme Kuhle Wampe, de Slatan Dudow, con guión de Ernst Ottwalt y Bertholt Brecht. Determinante en la literatura y el teatro de la época citada, la Nueva Objetividad entrañaba la búsqueda de un nuevo equilibrio a través de un realismo de cuño socialista, con una mirada no-utópica sobre la realidad, basada en la claridad, el cuidado y la economía de medios orientada, eso sí, a lo colectivo antes que a lo personal y a la expresividad antes que a la introspección. La generación de la Nueva Objetividad se ancla en la negación, como ya lo había hecho en el idealismo, de ahí que el escritor Erich Kästner dijera: Somos la juventud que ya no cree en nada (como hoy dicen los jóvenes, apoyados en la vieja subjetividad). Amargura, entonces, y retorno a la naturaleza y a sus riquezas, son dos etapas de este nuevo realismo en el que la juventud que lo conforma es considerada cínica (por impúdica y desvergonzada) por volver a las costumbres, artes y tradiciones populares y, por ende, a la vida sencilla. El nazismo sabría sacar su tajada de este ponqué naturista para imponer su teoría eugenésica de la raza aria (desvirtuación del Übermensch o suprahombre, de Nietzsche, que no el superhombre acomodado por los nazis a la raza ‘aria’ o ‘superior’), su particular mundo chauvinista y demagógico de la sangre y la tierra, es decir, del calvario y la promesa, uno real y la otra no cumplida. El mismo que se sigue dando en otras latitudes. 

Un realismo expresivo, el de la Nueva Objetividad, muy bien asimilado por Upton Sinclair (1878-1968), quien tuvo suerte con su literatura social y política de honda repercusión. Se hizo famoso con su novela La selva (1906), en la que expuso las condiciones de los mataderos de Chicago y los abusos de la industria distribuidora de carne. Con ello hizo abrir una investigación por el gobierno federal que acabó en un proyecto de ley sobre la pureza de los alimentos. Luego, en Boston (1928) denunció las terribles/miserables condiciones laborales del proletariado y la hipocresía de la sociedad gringa que prohijaba tal situación… un año antes del Crack. Escribió otras novelas de corte socio-político y estudios en contra de la prensa, con inmerecido poco eco. Para comprender lo anterior, hay que señalar, así sea de forma breve, en qué consiste el expresionismo. Para el crítico alemán Herwarth Walden, en la presentación del catálogo del salón de otoño de 1913, de Berlín, es moderno o expresionista quien da a conocer la expresión de su ser, y para quien toda expresión recibida desde afuera se convierte en expresión desde adentro. Si se considera que el expresionismo en arte es la tendencia a la expresión sincera aun a costa de la forma, sin duda en cine sería, en parte, la antítesis de dicha afirmación pues su énfasis está en lo meramente escenográfico, al menos al comienzo de ese vago periodo y hasta la aparición de El último hombre (Der letzte mann, 1924), filme en el que la tensión argumental y la intensidad del protagonista hacen que el contenido pase a primer plano: cuando la forma pasa a supeditarse a la expresión del ser. De ahí que sean filmes expresionistas tanto El último… como Amanecer (Sunrise, 1927), también de Murnau y su primera obra gringa, lo mismo que la novela de Sinclair y, a su modo, el filme de Paul Th. Anderson: Dedicated to Robert Altman (1925-2006), postrer homenaje a uno de los cineastas más lúcidos, ácidos e inteligentes de cuantos ha habido en EEUU y quien vislumbró como ningún otro lo que hoy se llama cine independiente gringo.

Petróleo (1927), la novela, muestra, al inicio, la insaciable sed de dinero y de poder que acompaña a Plainview y, al final, como el filme, la infinita e inquietante soledad que le deja como saldo toda una vida dedicada a la avaricia, a intentar obtener lo contrario de lo que logró: una fortuna edificada sobre el crimen… y no cualquiera: uno de lesa humanidad que solo él, en su fuero interno, pudo ver como tal. Para el resto de mortales, como gobernantes, empresarios y líderes religiosos, el tamaño de sus arcas es el sucedáneo de una vida hecha a pulso, la del típico self-made man, con base en trabajo, disciplina y carácter autosuficientes. Y bajo la égida de los tres pilares del capitalismo: el consumo, la competitividad y el éxito. Entre otras cosas, sostiene: “Tengo una competición conmigo mismo”; “No quiero que nadie más salga adelante” … y en adelante se dedicará a saciar sus más hondos apetitos materiales. Quizás por ello, no en vano, el crítico James Christopher, en The Times, definió al filme así: “Una parábola bíblica sobre el fracaso de Estados Unidos en cuadrar la religión y la codicia”.

No importa que al final se le vea consumido, incompetente y solitario por misántropo (“Odio a casi todo el mundo”; “…miro a la gente y no veo nada que merezca la pena”, dice), esto es, en las antípodas de lo que forjó: de lo que quiso tener, no ser. Pues a la postre la piltrafa humana en que se convirtió ya no produce admiración alguna: apenas compasión, si no lástima, tristeza, pero, quizás, también desprecio. Al fin y al cabo, construyó su riqueza sobre la miseria de los demás, incluido su hijo H. W. (Dillon Freasier), a quienes usó, en el caso de los primeros, como simples herramientas, fuerza laboral, plusvalía; en el del segundo, como carnada para mostrar su lado humano: como quien acaricia el lomo de un caballo para después montarlo. Y el lomo es, además, el de sus inocentes peones en el ajedrez petrolero de explotación y crueldad sin más límites que la muerte. Ahora, no se olvide que, en determinado momento, Daniel abandona a su hijo en el tren; más tarde, volverá al redil paterno, con su maestro de escuela, George Renan, y luego a reclamar sus derechos y a farfullar sus verdades, las que traerán la culpa del padre, culpa que éste intenta disolver en whisky: “Agradezco a Dios no tener nada de ti en mí”, le espeta H. W. a su padre. Y éste, le responde, casi sin titubear, como si estuviera frente al espejo: “No eres mi hijo. Eres solo un pequeño trozo de inmundicia”. Pocas veces se da un ajuste de cuentas tan áspero entre padre e hijo, como solo ocurre en Celebración (1998), de Thomas Vinterberg o en A la izquierda del padre (2004) de Luis Fernando Carvalho. O en literatura, con Las botellas y los hombres, de Julio Ramón Ribeyro, el mayor cuentista del Perú y un nada despreciable novelista.    

Petróleo sangriento es, al cabo, uno de los retratos más reales y expresionistas de la triste, pobre e indefensa condición humana. A quien crea esto una exageración se le invita a ver el filme de Anderson y a tratar de ir más allá de los primeros 15 minutos de esta obra, con pocos referentes dentro de la historia del cine: con un aliento épico, o antiépico ¡qué importa!, apenas comparable al de Las uvas de la ira (1940), filme basado en la novela homónima de Steinbeck (Nóbel en 1962), con guión de Nunnally Johnson, cuyo foco central apunta, como en el caso de Petróleo sangriento, a la explotación laboral, así como a la desesperación del hombre cuando se hace consciente de que es, simplemente, un juguete de poderes extraños, como pensaba Marx. Cuando deja de correr la sangre en el filme de Anderson, al espectador no le queda sino sentir un profundo desconsuelo por el futuro de la raza humana… por su pasado y su presente. Aquí no hay lugar para héroes ni antihéroes. Daniel Plainview es a la larga un pobre ser humano por el cual solo cabe sentir piedad o lástima, tal vez más lástima que piedad. Después de todo, vencer a alguien es tan amargo como ser vencido por él.

Y Daniel Plainview ha vencido a muchos, en una batalla desigual, con el desalentador resultado que al final se observa en pantalla, no sin antes mostrar la resaca producto de la borrachera humana. Cuando a Daniel, ebrio, en el piso, el pastor Eli le grita como un terrorista concreto, de verdad: “La casa está en llamas” y “tu casa es un milagro”, Daniel, ya sobre su víctima ulterior le exige: “Quiero que me digas que eres un falso profeta y que Dios es una superstición”, en parte para vengar aquella ocasión en la que él (que previamente lo ha hundido en el barro) es bautizado por Eli, entre amargura/desprecio y humillación, y a quien cuando termina la ceremonia, lo primero que le suelta es: “Dame mi línea de tuberías”, como quien se dirige a aquél a quienes los creyentes llaman ‘el Señor’. En la secuencia final, Daniel liquida a su socio Eli con un boliche en la pista de su ostentosa mansión y en una competencia nada deportiva que apenas significa: dinero mata religión, aunque antes aquel haya necesitado a esta para legitimar su origen. Mientras tanto la sangre corrió, tenía que correr, para mostrar que, en efecto, detrás de toda fortuna siempre hay un crimen. Que toda fortuna está edificada sobre el crimen… y que, pese a todo, la religión sigue siendo cómplice del dinero: de lo contrario, no habría caridad; aun así, podría asegurarse, no hay caridad, como lo deja ver Plainview: si la hubiera, no se justificaría que corriera tanta sangre: en Petróleo sangriento ni en el mundo. Como de ningún modo se justifica: ni en el arte ni en la vida.

FICHA TÉCNICA: Título original: There Will Be Blood. Título en español: Habrá sangre o Petróleo sangriento. G/D: Paul Thomas Anderson, según la novela Petróleo (1927), de Upton Sinclair. Fot: Robert Elwit. Mon: Dylan Tichenor. Mús: Johnny Greenwood. Casting: Cassandra Kulukundis. Int: Daniel Day Lewis (Daniel Plainview); Paul Dano (Paul & Eli Sunday); Kevin O’Connor (Henry o Noah); Dillon Freasier (H. W. Plainview); Ciarán Hinds (Mary). P: Joanne Sellar, Paul Thomas Anderson, Daniel Lupi. País: EE.UU. Año: 2007. Formato: 35 mm; color; 158 min. Dist.: Paramount Vantage & Miramax Films.

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín de EE, 2012, y columnista, 23/mar/2018. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao Editores, 2017). Mención de Honor por Martin Luther King: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, en el XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Siete ensayos sobre los imperialismos – Literatura y biopolítica, en coautoría con Luís E. Soares, fue publicado por UFES, Vitória (Edufes, 2020). El libro El estatuto (contra)colonial de la Humanidad, producto del III Congreso Int. Literatura y Revolución fue lanzado por UFES, el 20/feb/2021. Autor, traductor y coautor, con Luis E. Soares, en el portal Rebelión.

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