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¿Qué hay detrás del autonomismo?

Fuentes: Rebelión

Si el 4 de mayo aparece como un ultimátum, conviene aclarar qué es aquello que provoca semejante intimidación. Sostener una oposición a los «estatutos» por su ilegalidad es oponerse sólo a la forma; una oposición por su ilegitimidad va más allá, pero aun no logra desentrañar aquello que digita aquel ultimátum. Es decir, para estar […]

Si el 4 de mayo aparece como un ultimátum, conviene aclarar qué es aquello que provoca semejante intimidación. Sostener una oposición a los «estatutos» por su ilegalidad es oponerse sólo a la forma; una oposición por su ilegitimidad va más allá, pero aun no logra desentrañar aquello que digita aquel ultimátum. Es decir, para estar en contra de algo, hay que estarlo por las razones correctas; las demás imputaciones son meros adjetivos que se suman al alud de observaciones que se tenga: el cómo y el quién son parte del escenario, pero lo fundamental es siempre el por qué. Entonces, ¿qué hay detrás del autonomismo? Porque lo que se nos presenta es una apariencia, es decir, hay algo que se oculta. Conviene aclarar que el «ismo» es aquello que delata a este discurso. Si bien la autonomía tiene raíces en demandas indígenas de larga procedencia (en cuanto autodeterminación de los pueblos, reivindicación histórica que busca recomponer y restaurar formas de vida truncadas por la colonia y la republica), el discurso «autonomista» aparece operando una transformación semántica en el concepto; se invierte el sentido original: aquello que operaba una demanda histórica es cooptado para justificar y legitimar la recomposición en el poder de una oligarquía emparentada al capital transnacional. Se trata entonces de un rapto. Son las propias banderas de lucha de los oprimidos las que se usan para recomponer la hegemonía descompuesta del elitismo político y cultural del sector más reaccionario de este país.

Pero los motivos ideológicos tienen siempre un correlato real, que es, en última instancia, el suelo donde se construyen las justificaciones ideológicas. Entonces, vayamos desentrañando aquello que está detrás y digitando al «autonomismo» y su fatídica fecha, el 4 de mayo. Para ello, debemos primero mirar al norte. En 2005, la administración Bush, promulga la ley de Política Energética, que establece la obligación de duplicar la cantidad de etanol para el año 2012; en 2007, una nueva meta se hace política de Estado: producir 35 mil millones de galones de etanol para el 2017 (en 2005, si el planeta produce más de 9 mil millones de galones, USA participa apenas con 4 mil millones). Pero USA, ella misma, no puede cumplir la meta que se propone; para realizar aquello tendría que orientar toda su producción agrícola a un solo producto (no pudiendo cosechar caña, esto significa maíz), pero entonces tendría que disponer de toda su producción de maíz, es decir, tendría que destinarlo para un solo uso: el etanol; no puede hacer eso, pues supondría minar su soberanía alimentaria, tampoco puede ampliar su frontera agrícola y destinar, sus bosques por ejemplo, al agro. Le queda mirar hacia afuera, lo que le lleva a desear las tierras de Sudamérica; pues para producir los 35 mil millones de galones de etanol, necesita más de 40 millones de hectáreas. Por eso Bush se acerca a Brasil (pues es el país con más potencial cañero, además, la producción de etanol en base a caña de azúcar es superior a la que se puede obtener de maíz: 7000 litros de etanol por hectárea de caña contra 3000 litros por hectárea de maíz) y firma el acuerdo con Lula. Pero la cantidad de tierra que le ofrece Brasil no le basta.

Si el propósito norteamericano al provocar la independencia de Kosovo (también la «autonomía» sirvió de retórica útil) fue poseer un satélite militar y tener acceso al control de los energéticos provenientes del mar negro, el interés en los «autonomismos» es el de desestabilizar los gobiernos de la región (que no se sometan a sus necesidades) y disponer de tierras suficientes (baratas y desechables) para satisfacer su demanda creciente de etanol. La cual se hace política regional desde organismos creados para promover «desarrollo energético ecológico»; lo cual es una autocontradicción, pues es un desarrollo que nos subdesarrolla y lo de ecológico que tiene es, en realidad, necrológico: al disponer la tierra para la alimentación de autos de los países ricos socavamos la posibilidad de alimentación de la propia población local (la producción intensiva del monocultivo con transgénicos, de mayor productividad, sólo logra, a la larga, la depredación en los suelos y, lo que es más grave, socavar la capacidad reproductiva de la tierra). Los organismos patrocinados por USA están diseñados casi exclusivamente para articular políticas de sumisión a las necesidades gringas en la región, ya no sólo de la CONFILAR, sino del reciente «Consejo Interamericano de Etanol» (cuyas figuras cumbres son el hermano de Bush, Jeb Bush, el presidente del BID, Luís Alberto Moreno, el ex ministro de agricultura del Brasil, Roberto Rodríguez, etc.), que se dedica a promover la política energética norteamericana como la típica perorata colonial: que la «solución» para nuestro subdesarrollo consiste en exportar todos nuestros recursos.

La mayor parte de las más grandes transnacionales se dedican a los energéticos, y en un sistema político que garantiza y promueve el libre mercado, se entiende que la vinculación automática entre «aperturas» comerciales y subordinación nacionales, forman parte de una política global unilateral. No es casual que la infeliz invención de la «democracia» neoliberal fue la que acabó minando lo que de democrático tenían nuestros países; por eso el padrinazgo de los gringos no es gratuito y es, básicamente, el tipo de «democracia» que se nos impone después de las dictaduras (una vez que nuestras economías estaban re-ordenadas para subordinarse de modo legal y «democrático» a los interese del norte). Ahora, cuando las teorías económicas que promovió el imperio han mostrado su incapacidad y falsedad (llevando al mismo país anfitrión a una crisis con consecuencias demasiado peligrosas para el resto del planeta), conviene aclarar que su política, acorde a la economía neoliberal, contiene el mismo mal congénito: la «democracia» neoliberal es una «democracia» para las empresas, no para los seres humanos; por eso es una «democracia» pensada para servir a los negocios, a costa de la humanidad y del planeta. Ese es el tipo de «demo-cracia» que se guarda en las arengas de cívicos, prefectos y partidos de oposición en Bolivia, por eso, cuando dicen ser «demócratas» y respetar la voluntad popular se entiende lo siguiente: defienden al «demos» y al poder de ese «demos»: las empresas y la voluntad de ellas (por eso Rubén Costas y Marinkovic hablan en nombre de ese «demos», su pueblo: los Monasterios, Kuljis, Saavedra Bruno, y demás familias que controlan Santa Cruz como su feudo).

A nivel internacional ese «demos» son las grandes trasnacionales, como la General Motors, la Ford y la Chrysler, quienes promueven el etanol para satisfacer la producción de automóviles que contempla la demanda del norte. Al no poseer USA de modo efectivo, por su fracaso en Irak (gracias a la resistencia del pueblo iraquí, que posibilita la ola insurgente en Sudamérica), el petróleo del medio-oriente, esto le obliga a otra suerte de control de energéticos mundiales, lo cual se concretiza en la apuesta a los mal llamados bio-energéticos o mejor llamados necro-combustibles. Con apenas el 7% de la población mundial, USA consume más del 50% de la energía mundial (sumadas sus transnacionales y sus bases militares movilizadas en el mundo); lo cual supone un negocio de cifras escalofriantes, aunque lo más escalofriante es lo que se avecina: una industria del hambre; pues si para llenar los 25 galones del tanque de un vehículo con etanol, se necesitan más de 450 libras de maíz, esa misma cantidad remediaría la alimentación de una persona por un año; es decir, por alimentar automóviles se deja de alimentar a la población mundial. Por eso el interés por el etanol se vuelve interés de las grandes transnacionales agroalimentarias, como Syngenta, Monsanto, Dupont, Dow, Bayer, BASF, quienes lideran además la producción de transgénicos (un atentado a la salud de la población mundial), y otras que dominan el comercio mundial de cereales, como Cargill, Archer, Daniel Midland y Bunge. Estas transnacionales empezaron a considerar a Sudamérica como el medio-oriente del etanol. No en vano Cevasa (la mayor productora de caña en Brasil) fue comprada por Cargill, lo mismo hace Bunge con la fábrica Vale do Rosario, Noble Group comprará la fábrica Pertibru Paulista, ADM anuncia una fábrica en Rondonópolis, Dreyfus adquiere cinco fábricas del grupo Tavares de Melo (segunda mayor productora de etanol), etc. Si a eso le sumamos que, a principios de 2007, el BID promueve inversiones de 3.000 millones de dólares (incremento fabuloso) para los agro-combustibles en países como Brasil, El Salvador, Republica Dominicana y Haití; las tendencias indican claramente una política global de acabar con el hambre acabando con los hambrientos (dos tercios del planeta), pues además de recortar la producción destinada a los alimentos, se elevan los precios produciendo una escasez artificial de estos.

El PNUD estimaba, en el 2000, en 80 mil millones de dólares, por diez años, el monto que se necesitaría para garantizar el acceso mundial al agua potable, nutrición infantil, educación universal primaria, salud, etc. No existieron tales recursos para semejante empresa. Pues países ricos, como USA, reacios a remediar los estragos que ocasiona el libre mercado en sus propias poblaciones, fueron los menos interesados en paliar el hambre en el mundo (seguramente porque eso no les rinde ganancias); pero sí son los primeros en auxiliar diligentemente al sector empresarial (los únicos beneficiados del libre mercado); por eso no es raro encontrar en las políticas económicas neoliberales, planes de salvamento bancario, sobre todo de bancos en dificultades, transformación de títulos desvalorizados por dinero fresco, etc. La actual crisis financiera le está costando a la economía mundial un millón de millones de dólares. Es decir, salvar a la banca privada le cuesta más al planeta que alimentar a toda la población mundial. Pero sucede que salvando los negocios no se salva al planeta, es más, salvando los negocios se condena a la humanidad y al planeta. Aquellos 800 mil millones que se requería para garantizar derechos elementales no sólo garantizan la vida sino que, garantizada esta, garantiza todo lo demás, hasta los negocios tan estimados por los países ricos. Esto demuestra la lógica suicida que digita a los organismos financieros mundiales y la voluntad de poder que actúa en las transnacionales, a la hora de decidir dónde, cómo y cuándo invierten. Se trata precisamente de la racionalidad que subyace a la política económica neoliberal.

La cual no está, para nada, alejada de nuestra crítica situación actual; pues la mayor parte de la producción de soya de nuestro país está en manos de capital brasilero y, si hilamos fino, este capital nos remite inmediatamente al capital transnacional mundial. Como la oligarquía cruceña, además de torpe e ignorante, no es lo suficientemente audaz para hacerse ella misma con el negocio, trabaja para aquellos que son, en definitiva, los verdaderos beneficiarios. El envalentonamiento y las ingentes cantidades de dinero les vienen de allí. Según los «estatutos», es el prefecto (que ahora querrá llamarse emperador o empedrador de la avenida que reciba al capital del necro-combustible) el único con la potestad de decidir la posesión de la tierra (y sus compadres logieros, claro); como ellos mismos nunca han tenido la capacidad de transitar de la materia bruta a la materia procesada (o cultivada, de modo literal), entonces se entiende que, a lo mucho, toda su estrategia política se diluya en garantizar la posesión legal de las tierras que serán destinada a satisfacer las necesidades del norte. Las últimas declaraciones del prefecto de Santa Cruz son manifestaciones no sólo de la ignorancia que digita esos exabruptos sino del envalentonamiento que le produce el espejismo que le pinta el «good business» que significa disponer las tierras del oriente para satisfacer las necesidades del norte; el dinero lo puede todo, dice aquel que está dispuesto a vender a su propia madre si le ofrecen un buen precio. Y un excelente precio es el que ofrece el norte (para los judas por supuesto); como lo que proclama cínicamente la Condolezza (el as bajo la manga del sector fascista straussiano para continuar la política Bush: es negra y mujer, la mejor carta contra la pelea suicida de Obama y Clinton): «cuando promovamos nuestros intereses (sic), en concierto con aquellos países que comparten nuestros valores fundamentales (sic), el mundo será más próspero, democrático y pacífico».

Ya el Banco Mundial aseguró que más de treinta países enfrentan disturbios por los precios en los alimentos, como en Haití, Egipto o Filipinas (donde el gobierno anunció medidas drásticas a quienes elevan el precio del arroz). Es decir, el problema con el que amanece el siglo XXI ya no son los recursos, en sentido abstracto, sino los mismos alimentos que procuran la vida de los seres humanos. No hay secretos, el etanol es la principal razón del aumento de los precios de los alimentos esenciales de la alimentación mundial.

Toda la parafernalia que han tejido los medios, inventando una legitimidad que, poco a poco, se está desinflando, muestra la pérdida de sentido de realidad que posee la oposición en Bolivia. Los espejismos suelen tener ese efecto, como aquel slogan que patrocinaba la era de la aldea global: «las materias primas no importan más; son las ideas las que mueven el desarrollo económico». La economía del conocimiento fue otra ilusión que la creó otro espejismo: el petróleo barato. Las guerras provocadas por el imperio hicieron trizas estas ilusiones y mostró la verdadera cara de una situación monumentalmente injusta e irracional: es el tercer mundo el que subsidió, con la vida de sus habitantes y, ahora, con la vida de todo el planeta, el despilfarro insensato del primer mundo. Esa insensatez la expresan, ahora, los líderes «autonomistas»: no importa descuartizar al país, acabar con la población y con la nación; ya el prefecto de Santa Cruz expresó: «este país tocó fondo, ya no tiene remedio». Lo mismo piensa el imperio del planeta. ¿Qué solución se pretende entonces? Ninguna. Por eso la administración Bush es tan fundamentalista como aquellos a quienes maldice. Por eso acuden a un extremismo que delata su verdadera mentalidad; en nuestro caso se trata del «autonomismo», un espejismo que dice todo y nada, pero que, en última instancia, expresa la voluntad de aquel que quiere tenerlo todo sin rendir cuentas a nadie, que si pierde algo hará que todos pierdan todo. Por eso es el «ismo» el que opera transformando el sentido original de algo que pudo ser una opción de reivindicación histórica, pero ahora opera todo lo contrario. Esa trasformación semántica, decíamos, responde a una lógica que invierte el sentido original de algo para inyectarle uno totalmente contrario. De modo que se produce un encubrimiento. Por eso es necesario mostrar esa transformación semántica que se opera, a partir de un contexto global que expresa una voluntad imperial suicida, que apuesta por su confort sacrificando a toda la vida en el planeta.

Políticamente, en el contexto boliviano, se trata, de una expropiación de la decisión. Es lo que manifiestan los «estatutos»: que la decisión no puede ampliarse, es decir, democratizarse, porque esto afecta al sistema institucional democrático neoliberal aun vigente. Decíamos: la clase de democracia que expresa el «autonomismo» es la «democracia» neoliberal: su «demos» no tiene presencia humana, por eso aquella «democracia» es un eufemismo (si se usurpa la decisión, en nombre de la «democracia», lo que se usurpa es la democracia misma). Si no hay ampliación democrática entonces hay restricción de esta, lo cual significa la anulación de la democracia misma. No se trata de descentralizar el poder sino acumular todo el poder posible. Es una estrategia defensiva, urgente, que se impone una oligarquía en proceso de desplazamiento. Frente a la avalancha popular, le queda reagruparse y asaltar de nuevo el poder. Pero esto no puede decirlo con todas sus letras, por ello acude al encubrimiento. Como la hegemonía oligárquica ya no puede sostenerse en sus propios dogmas, tiene necesariamente que usurpar un nuevo discurso para cobijar en éste la legitimación de su dominio. Es una posición cínica que instrumentaliza una demanda para reproducir sus propios intereses; no cree honestamente en el discurso que emite, por eso lo impone a la fuerza. Aunque el «autonomista» se cobije en una retórica democrática, amenaza, como es su costumbre; por eso el 4 de mayo es su ultimátum. El «ismo» es lo que retrata la exageración de su condición: no obedece a ley ninguna, salvo, claro, a la ley que se inventa él mismo y que la impone a palos; los demás no sólo no tienen razón sino que no tienen siquiera derecho a oponérsele. Absolutismo frecuente en el discurso neoliberal, que consiste en negar que los demás son también seres humanos. Por eso importan más los negocios, es el «absoluto» en el que se mueve el empresario cruceño agroindustrial; la vida de la gente es lo «relativo»: si se mueren no hay problema.

 Autor de «OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA» y «LA MEMORIA OBSTINADA» Editorial «Tercera Piel», La Paz, Bolivia [email protected]

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