Esta rebelión popular indígena contra el gobierno oligarca y entreguista parte de la vida cotidiana, de lo ordinario, o sea nace de lo ético, porque demanda que se acabe el alto costo de la vida, que los recursos naturales y las empresas estatales no se rifen, que la deuda externa de 14 mil millones de dólares no se embolsillen la casta política y la oligarquía cruceña, que no aprueben las diez leyes llamadas “estructurales” que van a favorecer a la inversión extranjera, que no reforme la constitución.
Esto ha provocado que se deje de lado el miedo, que nos dice que sólo podemos vivir a condición de ser gobernados por un presidente que a rajatabla se ha entregado a defender a la oligarquía cruceña y permitir la intromisión de los sionistas y yanquis; demostrando, que durante seis meses en su silencio el pueblo demostró infinitamente ser más adulta que todos los títeres que gobiernan.
Entonces el pueblo tuvo que organizarse, no en función de un partido político, con sus jefes y su estrategia, sino organizarse según una percepción común y compartida de la situación por las grandes mayorías. Sin este cemento, los gestos se quedan como una huella en la nada, las vidas tienen el recuerdo de los sueños y los levantamientos acaban en los libros escolares; ese cemento nos recordó que la rabia jamás se separó de la política, ya que sin rabia la política se pierde en el discurso, y sin política la rabia se agota en griteríos.
Ahora Paz Pereira, ha enviado a la Asamblea Legislativa un proyecto de ley para reglamentar los estados de excepción, con la idea de “usar la Policía y las Fuerzas Armadas para acciones humanitarias”, arguyendo que “esta es la batalla de todas las batallas. Esto es, o transformamos la patria hacia un destino institucionalizado sin corrupción y con un narcotráfico acorralado en las cárceles y lo ilícito en las cárceles, o vuelve un pasado del todo vale”[1], además de convocar a la población a que se enfrente a los bloqueadores[2], pidiendo que “toda la sociedad boliviana se movilice, aquellos que quieren la Bolivia del futuro se movilicen con nuestras fuerzas armadas, con nuestra policía”.
Nuevamente Paz Pereira agravia a la rebelión popular indígena al llamarla corrupta y narcotraficante, y lo peor, convoca al enfrentamiento entre bolivianos, donde los militares y policías serán parte de la represión a sangre y fuego de los movilizados, con el pretexto de “impedir corredores humanitarios”.
Ahora el gobierno se quita la careta, y ofrece dos tipos de reacción estatal, una de franca hostilidad y la otra más solapada, democrática. La primera, enmarcada en la represión violenta hacia los movilizados, llamando a la destrucción sin rodeos; la segunda, una hostilidad sutil, pero implacable, que, con el discurso de defensa de la democracia y estabilidad, solo ha preparado el terreno para dar el golpe de arrasamiento del movimiento popular indígena.
La oligarquía cruceña, junto a los poderes militares y mediáticos, han visto que esta rebelión popular indígena tenía visos de irreversibilidad, en cuanto a dar un golpe político fuerte en contra de la rosca política. Ahora esos poderes de clase, militar y mediático, quieren lograr la derrota irreversible de la rebelión indígena popular, pero esto no sucederá, porque en todas las masacres que el pueblo boliviano ha vivido, la destrucción nunca ha sido suficiente.
La perfidia del gobierno y de los medios de comunicación arguyen que esta rebelión indígena popular está armada, cosa absolutamente falsa, es una rebelión armada de bloqueos, marchas y palos, frente a esta acción política el gobierno desde un punto de vista estratégico, opone la acción asimétrica, que es la más provechosa, fuerzas armadas y policía que han recibido de los gobiernos de Milei y Kast “ayuda humanitaria” de gases, pero lo más importante, armamento letal.
Este modo de “corredores humanitarios” para masacrar al pueblo boliviano, siempre ha sido una forma de destruirlo, pero que inevitablemente provocan el retorno de lo que se ha destruido, porque quien se alegre con los cadáveres de los hombres y mujeres pobres, humillados y explotados, despertará la vocación de venganza.
En esto reside el acontecimiento llamado rebelión indígena popular, no en el fenómeno fabricado por los medios de comunicación, que han forjado la imagen de “delincuentes” “terroristas” “vándalos” “narcotraficantes”; y es el encuentro nuevamente repetido de millones de mujeres y hombres de tez morena que han reiterado su devoción y lealtad por Bolivia, que resulta bastante menos espectacular que “la revolución”, pero más decisivo: la politización de un pueblo que no conoce la rendición.
Notas:
[1] https://www.facebook.com/reel/
[2] https://www.facebook.com/reel/
Jhonny Justino Peralta Espinoza exmilitante de las Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


