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Un Estado Plurinacional

Fuentes: Rebelión

La derecha recobró su tono de patrón: a grito y patada. La persuasión no le va, porque no le va el derecho ni la razón; en nombre de ellos miente y agrede, manipula y mete miedo. Pero en su tono actual enseña algo más: la grosera soberbia del mandón. Porque dice su ?generosidad? que ahora […]

La derecha recobró su tono de patrón: a grito y patada. La persuasión no le va, porque no le va el derecho ni la razón; en nombre de ellos miente y agrede, manipula y mete miedo. Pero en su tono actual enseña algo más: la grosera soberbia del mandón. Porque dice su ?generosidad? que ahora reconoce nuestra pluralidad cultural pero no la nacional: habíamos sido buenos para bailar tinku pero no para proponer un Estado. Sólo el patrón, exclama este iracundo, decide qué derechos reconoce a los siervos (?l?Etat c?est moi? proclama y sentencia que estos sólo tienen derecho a obedecer): el «consenso» sólo funciona si los siervos están de acuerdo en ser dominados. Mientras no se atrevan a exceder el espacio que el patrón les «brindó», entonces pueden enarbolar la democracia (que el patrón considera su propiedad) y en nombre de ella aceptar voluntariamente su servidumbre. En eso consiste el moderno Estado-nación. Es la imposición violenta de un proyecto cuyo fin consiste en la conservación de la desigualdad humana; una vez racializada la víctima como inferior entonces la violencia del verdugo se justifica y toda emancipación se declara atentado contra la democracia (del que manda).

Ese proyecto es el que asumen las oligarquías en toda la historia republicana y las consecuencias son funestas: no sólo que no se desarrollan ellas (en el orden económico mundial mandan otros patrones) sino que subdesarrollan a sus sociedades. Así condenaron a un país a perseguir un proyecto ajeno, pensado para perpetuar la dependencia y el subdesarrollo; así se naturalizó una mentalidad limosnera, cuya máxima la expone ahora la oligarquía camba: exportar o morir. El dependiente piensa de ese modo, pues sólo atiende a las necesidades ajenas como necesidades propias y renuncia a la soberanía tozudamente, presto a firmar tratados en contra de su propio país, porque lo único que le interesa es la ganancia inmediata.

Hay proyecto propio si este se desprende de una historia también propia, es decir, nuestra. Y nuestra historia es la paulatina exclusión de los sectores nacionales que son, en definitiva, las naciones originarias. Reconocer nuestra historia es reconocer esa exclusión y la reparación, como la propuesta coherente a semejante injusticia, supone la restauración. Y esto significa la autodeterminación. Todo reconocimiento es postizo si no reconoce por principio la dignidad absoluta de las víctimas a su autodeterminación. Lo contrario es la subordinación racista ?ilustrada?: los indios deben someterse al dictamen de la «razón», es decir, al proyecto moderno-blanco-occidental. En 1550 Gines de Sepulveda justificaba la violencia del conquistador desalmando al indio; ahora es más sofisticada: sólo el proyecto moderno es ?universal?, ?verdadero? y ?racional?. En eso consiste el eurocentrismo (y su determinación actual como eurogringocentrismo): en la adopción, como dogma de fe, de que sólo la etnia europea, como particularidad cultural, es capaz de universalidad. La devaluación de las demás culturas y civilizaciones resulta una devaluación racista: si la víctima aparece como inferior entonces la violencia aparece como emancipación, si la víctima se resiste entonces es la víctima la culpable de la violencia que se le administra.

La «ilustración» muestra su verdadero carácter en la imposibilidad objetiva de sus pretensiones; si la emancipación es en realidad la adopción de su proyecto entonces no hay emancipación alguna y todo consiste en el sometimiento voluntario a la «razón» del dominador. Y todo consiste en la subsunsión paulatina de la otredad (subordinada como inferior) en la homogenización performativa del sistema dominante: son sin-religión-verdadera ergo hay que convertirlos, son sin-educación-verdadera ergo hay que educarlos, son subdesarrollados ergo hay que desarrollarlos, son anti-demócratas ergo hay que democratizarlos. El criterio de verdad recae únicamente en el dominador, de modo que todo lo que haga, incluso la violencia, se justifica. La subsunsión es infausta y propone su imposibilidad objetiva en tres modos:

?Los indios no pueden vivir con nosotros, a no ser como subordinados?; como no se puede atropellar eternamente la dignidad humana del distinto entonces recurren a la segunda opción: «Los indios no pueden vivir entre nosotros»; así aparecen las reservaciones o una especie de apartheid, donde se confinan quienes no se adaptan, pero esto no es solución, pues la desigualdad permanece, entonces aparece la tercera opción: «Los indios no pueden vivir». Y esa es la opción que muestra la Junta Autonómica, adonde se refugia la derecha más reaccionaria de este país. Su opción es fundamentalista y tiene los tintes apocalípticos de las sectas milenaristas: la liberación de los pobres es obra del demonio, pues consideran el orden global moderno, la injusticia mundial hecha naturaleza humana, como un orden divino. Es una adopción irracional, pues confunde una determinación epocal e histórica como algo eterno; por eso aparece en el dólar: «in god we trust», «novus ordo seclorum?. Son las consignas de todo imperio, que se cree eterno y divino y justifica su ley con el dios al que se postra, el fetiche moderno: el capital.

Un Estado que sostiene la desigualdad humana se sostiene sólo por la fuerza. Esa es la opción que presenta la ?media luna? (el emblema croata que adoptan los descendientes de la Ustacha y otros grupos fascistas radicados en Santa Cruz). Quienes se aferran a la autonomía y persigue un proyecto ajeno no saben ser autónomos, porque adoptando la conservación de lo mismo adoptan en realidad la desigualdad como programa de vida. Y se merman la posibilidad de proyectar algo con sentido porque han arrancado de su subjetividad toda posibilidad de remediar la injusticia (el sinsentido al cual nos enfrentamos siempre).

Autonomía quiere también decir autodeterminación y consiste en el desarrollo de la conciencia como autoconciencia; es decir, cuando la conciencia toma conciencia de quién es, como examen histórico, es capaz de proyectar lo que puede ser. Autonomía no es el libertinaje irresoluto del díscolo, que es aquello que aparece en las delirantes declaraciones de la Junta Autonómica, se trata más bien del desarrollo de la conciencia nacional; esta aparece como proyecto político que se propone la superación de las contradicciones históricas. La contradicción permanente ha sido la adopción de modelos ajenos que realizaron, del modo más idóneo, nuestro subdesarrollo, pues precisamente nuestra postergación en beneficio de intereses ajenos ha sido el propósito por el cual fueron realizados. La superación de nuestras contradicciones pasa entonces necesariamente por la adopción de modelos que se deduzcan de nuestros problemas y nuestra realidad. Y nuestra realidad es diversa. La frágil unidad que constituyó este país no pudo sostener siquiera la integridad territorial, porque era una unidad postiza, inventada por los doctorcitos que copiaban, con puntos y comas, los dictámenes de sus admirados: los que nos colonizaron.

Su desidia no podía sino traducirse como desprecio, pues aquel que no es capaz de proyectar nada, a no ser el remedo de lo que se produce en otros lados, termina por despreciarse. Este desprecio, de aquel que sólo sabe golpear a la embajada (ahora gringa) para saber lo que debe hacer, germinó el auto-desprecio de una mentalidad criolla mestiza que, a modo de descargar esa maldición, escupe su auto-desprecio como desprecio hacia aquel que le recuerda su origen. Su maldición entonces la deposita sobre el que carga todo el peso de esa condición colonial: el indio. Y descarga en este todas las desgracias que produce esta mentalidad colonizada, persistiendo tozudamente (herencia también colonial) en un proyecto que perpetúa nuestro subdesarrollo. Más de 180 años de perseguir un proyecto ajeno no les basta, ni las crisis que se originaron, ni la miseria a la cual fuimos destinados, pues para ellos sólo tiene sentido el proyecto moderno: el Estado-nación. Una invención teórica que nunca fue una opción sino una imposición: Castilla y Aragón unifican el Estado español sometiendo a Cataluña, Galicia, el país Vasco, lo mismo sucede con Inglaterra, que es la imposición de los ingleses obre Escocia e Irlanda, etc. En esta parte del mundo la situación fue todavía más cruel, pues el racismo añadía siempre una dimensión insensata a ese tipo de ordenamiento.

En el norte del Nuevo Mundo, las naciones originarias se propusieron una forma política que después fue copiada por los gringos e hizo posible el actual Estado Unidos, lo cual demostró que aquellos despreciados tenían opciones más civilizadas y racionales para la convivencia mutua. El sistema de confederaciones supuso la convivencia política más adecuada para la diversidad existente de aquellas naciones indígenas. Nuestro país pasa por ese tipo de contradicción, que sólo puede resolverse por la aceptación de aquella realidad. Sucede que las naciones originarias fueron agregadas violentamente en esta entidad llamada Bolivia, fueron las verdaderas víctimas de un proceso de subordinación política a los centros de poder. Nunca fueron consultadas y, sin embargo, fueron siempre las más afectadas. Una unidad real supone una comunidad y esta supone una igualdad de derechos políticos. En nuestro caso, lo común es nuestra historia y en esta lo que mueve el corazón del pueblo es una cosmovisión que ha sobrevivido precisamente porque gracias a ella hemos sobrevivido. El alimento, la medicina, la cultura, la identidad, fueron posibles por una cosmovisión, en uno y otro lado, no extirpada por la modernidad.

Es la que ha desarrollado las posibilidades que tiene un pueblo de poder realizarse hasta sus últimas consecuencias: condición que posee un pueblo que nunca ha capitulado. Por eso el proyecto no es algo que se le añade a una realidad sino que es lo que permanece y da sentido a la liberación de un pueblo; cuya determinación, en nuestro caso, no es unívoca sino diversa y esa es precisamente la riqueza que poseemos. Nuestra miseria, en todo caso, es un ciego desconocimiento de lo que somos, por tanto, de lo que podemos ser. Un Estado plurinacional nos abre la posibilidad de pensarnos, por vez primera, como unidad en la diversidad. Algo que nunca ha pensado la modernidad occidental, porque su hegemonía sólo pensó la reproducción de lo mismo, sin opción posible, o sea, sin libertad ni emancipación real. Los resultados políticos son evidentes: la fragmentación y el enfrentamiento fratricida, como consecuencia, también intencional, han prácticamente descompuesto comunidades humanas milenarias. Curiosamente la disgregación nacional no procede de las naciones originarias sino de quienes se oponen a ellas. Por eso los autonomistas amenazan, reproduciendo la intolerancia moderna como defensa histriónica del insensato; quien declara abiertamente, como los cínicos de Santa Cruz: «no existe las naciones indígenas, son un invento de escritorio». Ese ?invento? ha resistido en toda la colonia la violenta invasión de estas tierras y en la república el indigno sometimiento de las oligarquías a los intereses ajenos y, desde fines del siglo pasado, han marchado en todo el país reclamando una nueva constitución, más justa y más digna, que aquella que nos gobernaba sin jamás tomarnos en cuenta.