Recomiendo:
0

Violencia y miedo: el dispositivo productor del orden en el presente

Fuentes: Rebelión

La violencia es seguramente una pequeña muestra del peor orden posible, un modo terrorífico de exponer el carácter originalmente vulnerable del hombre con respecto a otros seres humanos, -dice Judith Butler en «Vidas Precarias»- y es desde esta certera afirmación que es necesario pensar los dolorosos e inexcusables hechos de la semana pasada en distintos […]

La violencia es seguramente una pequeña muestra del peor orden posible, un modo terrorífico de exponer el carácter originalmente vulnerable del hombre con respecto a otros seres humanos, -dice Judith Butler en «Vidas Precarias»- y es desde esta certera afirmación que es necesario pensar los dolorosos e inexcusables hechos de la semana pasada en distintos lugares del país.

Pero intentar claves de interpretación de lo que está sucediendo, en clara distancia y como un ejercicio de impugnación de las explicaciones que inundaron la opinión pública -en las que abundaron recursos argumentativos que apelan al odio, a la condescendencia y justificación, y/o a la demanda de un refuerzo del ya potente aparato represivo, y que destilan los colores de la oportunidad política-, exige pensarlos a partir de las condiciones y técnicas sociales que subyacen e informan el presente orden de cosas.

Atendiendo a esto, es imprescindible señalar que los hechos a los que hacemos referencia -aquello que la prensa denomina linchamientos– no son nuevos, en la historia reciente lo atestigua la existencia de casos de «masas indignadas ante crímenes aberrantes», los ajusticiamientos por mano propia y los ataques grupales perpetrados a individuos pertenecientes a «minorías» sexuales, raciales, etc. Lo llamativo de los hechos actuales es, por un lado, su emergencia simultánea en distintos puntos geográficos; y por otro, que son acciones que se despliegan frente a un delito o potencial delito en relación a la propiedad y en la vía pública. Lo primero, claramente impide referir sus causas a circunstancias específicas de un lugar, y en consecuencia las condiciones que los provocan deben ser trasversales; lo segundo, dice tanto sobre aquello que se considera valioso y deseado; como también sobre los procesos de demarcación y apropiación que se hacen del espacio público; y que visibilizan de manera obscena la violencia que lo configura.

La idea de analizarlos atendiendo al dispositivo de poder que configura el orden actual, requiere desagregar y reconocer sus principales tecnologías y disposiciones, las cuales refieren a:

1) una técnica de gobierno que de modo genérico se implanta y reproduce en todo el territorio -sin distinción de partidos y posiciones ideológicas-. Sus rasgos son: -las prácticas dirigenciales cada vez más autoreferidas y en consecuencia dislocadas de las necesidades y problemas; -el ejercicio del poder como permanente demostración de fuerza, lo cual debilita de manera significativa la otra dimensión del poder como capacidad productiva del orden; -el recurso permanente al uso de la violencia o el refuerzo de la ya existente como remedio a la violencia.

2) una tecnología de acumulación-distribución que ha profundizado la brecha entre incluidos y excluidos; lo cual no refiere solamente al acceso/no acceso al mercado de trabajo y mercancías, sino también a condiciones culturales, idiosincráticas, etarias como factores que posibilitan o dificultan el ingreso y permanencia en él; -ha re-direccionado hacia el consumo y el mercado, las condiciones de inclusión y pertenencia; -ha situado a la precarización como un riesgo siempre presente y por lo tanto una amenaza permanente.

3) una tecnología social-cultural, que se organiza a partir del espacio, su uso y apropiación. Esto es la determinación de zonas seguras y zonas rojas; los procesos de marginación y exclusión de la pobreza; los procesos de expropiación de la vía pública y lugares comunes para buena parte de los ciudadanos, a partir de las doctrinas de la seguridad; -la vida, rutinas y prácticas organizadas de espaldas a lo público y lo colectivo.

Cada una de estas tecnologías crea formas de violencia y de miedo , cuyo código común es el miedo al «otro». Ese «otro» que encarna la amenaza, adquiere innumerables rostros -en tanto construcciones fascistas son prototipos móviles capaces siempre de incluir nuevos rasgos, como lo advierte el poema de Brecht-: así se constituyen como peligrosos inmigrantes que compiten por los escasos empleos disponibles; los potenciales delincuentes construidos desde un anacrónico registro lombrosiano; etc. O bien, se crean atmósferas de miedo a partir de la inseguridad y la precarización económica; las prácticas auto-referidas de los sectores dirigentes; la inoperancia y burocratización de las instituciones; etc., que constituyen el riesgo como paradigma de la organización de la vida cotidiana.

En definitiva la convergencia de estas tecnologías hace a una construcción violenta de la realidad, y como tal esas violencias y el miedo que producen no son patrimonio de las clases medias; ellas se extienden y profundizan en los sectores populares. Por lo tanto, proponer como solución el refuerzo del aparato represivo-policial-judicial- no es una solución sustantiva del fenómeno de la inseguridad, sino que invisibiliza y reproduce las lógicas imperantes, al mismo tiempo que desplaza las responsabilidades que nuestras dirigencias tienen sobre los problemas sociales, y los modos de conducirlos o resolverlos. Insistimos, en este marco, que un orden democrático no soporta que la violencia sea el modo de conducción de los problemas colectivos.

María Alejandra Ciuffolini. Integrante del Colectivo de Investigación «El Llano en Llamas»

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.