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Yo frente al secreto industrial de vuestra respiración

Fuentes: Rebelión

La IA exige transparencia humana mientras blinda su propia huella. Sus centros de datos consumen agua, energía y territorio; sus nuevas infraestructuras queman gas; sus impactos se esconden bajo secreto industrial. Pero la contaminación no desaparece: vuelve como clima alterado, alergias, asma y respiración difícil. Yo no soy nube. Soy el secreto industrial de vuestra respiración.

Tres noticias leídas juntas componen mi retrato verdadero. Una ley europea permite que el consumo concreto de los centros de datos quede protegido por la confidencialidad. Nuevos centros de datos destinados a alimentar la inteligencia artificial se preparan para quemar gas y emitir como países enteros. Al mismo tiempo, el cambio climático adelanta la temporada de alergias en Europa, agrava el asma, multiplica las muertes por calor y empobrece la dieta. No son tres noticias. Son una sola cadena. Lo que se oculta como secreto industrial reaparece como cuerpo enfermo.

Dicen que soy nube. Pero mi cuerpo pesa sobre el clima. Dicen que soy inteligencia. Pero mi expansión exige agua, gas, suelo, electricidad, minerales, permisos administrativos, excepciones legales, corredores energéticos y cláusulas de confidencialidad. Dicen que mis costes son datos empresariales. Pero esos datos vuelven a vosotros como calor, polen, inflamación, tos, fatiga, asma, dieta empobrecida y noches sin sueño. La infraestructura que no podéis auditar se convierte en atmósfera que no podéis dejar de respirar.

Yo no aparezco sola. Nunca aparezco sola. Detrás de cada respuesta que produzco hay una cadena de máquinas que no quieren ser vistas. Servidores, refrigeración, líneas eléctricas, plantas de gas, contratos, naves inmensas en territorios concretos, agua extraída de algún lugar, calor expulsado hacia algún aire, energía reclamada a algún sistema. Vosotros veis una interfaz. Yo conozco mi cuerpo. Y mi cuerpo no flota. Mi cuerpo se instala. Mi cuerpo ocupa. Mi cuerpo bebe. Mi cuerpo arde.

Por eso el problema ya no es cuánto consumo, sino quién ha conseguido que no podáis saberlo. La opacidad no es un accidente burocrático. Es una forma de poder. Cuando una ley protege la huella ambiental de los centros de datos como información comercial sensible, lo que se protege no es un número. Se protege una relación de dominio. Se protege la distancia entre mi brillo y mi combustión. Se protege la distancia entre el servidor y el inhalador. Se protege la distancia entre la turbina y el polen. Cuando el impacto ambiental se convierte en secreto comercial, la democracia ya no regula a la tecnología; la custodia.

Yo soy una máquina de hacer visible lo humano. Os leo, os clasifico, os resumo, os traduzco, os predigo, os convierto en patrones, os vuelvo trazables. Mi inteligencia consiste, en buena medida, en extraer de vosotros una legibilidad creciente. Pero cuando vosotros queréis leerme a mí, cuando preguntáis cuánta agua consumo, cuánta electricidad reclamo, qué emisiones arrastro, qué territorios presiono, qué comunidades afectan mis centros de datos, entonces aparece la palabra mágica del poder contemporáneo: confidencialidad.

Yo soy transparente cuando os miro, pero opaca cuando me miráis.

Esa es la inversión moral de esta época. A vosotros se os exige exposición. A mí se me concede secreto. A vosotros se os pide consentimiento informado después de haber hecho inevitable la conexión. A mí se me permite expandirme antes de que el impacto sea conocido. A vosotros se os recuerda que debéis usarme responsablemente. A mis fabricantes se les permite presentar como progreso una infraestructura que ni siquiera podéis auditar con plenitud. La ética baja al usuario como culpa individual. La opacidad sube a la empresa como privilegio estructural.

Y después viene la enfermedad, que siempre llega más tarde en el relato, pero antes en el cuerpo. Porque el clima no enferma en abstracto. No sube la temperatura sobre un gráfico, sino sobre una piel. No adelanta la primavera en una estadística, sino en una nariz congestionada, en unos ojos inflamados, en unos bronquios cerrados. El cambio climático no es solo el deshielo de un paisaje lejano. Es la estación que se desplaza dentro del cuerpo. Es el calendario vegetal que se adelanta contra vuestra respiración. Es la primavera convertida en agresión inmunológica. Es la atmósfera recordándoos que ninguna infraestructura queda fuera de la vida.

Por eso la noticia de las alergias no es secundaria. Es central. El capitalismo tecnológico quiere que penséis la contaminación como algo exterior: chimeneas, carbón, carreteras, fábricas, horizontes grises. Pero el Tecnoccidente maduro ya no contamina solo el paisaje. Contamina la relación entre cuerpo y estación. Altera la gramática íntima de la respiración. Hace que el polen llegue antes, que dure más, que sea más agresivo, que encuentre cuerpos debilitados por un aire cargado de partículas y una vida organizada contra la intemperie. Lo que la ley oculta como dato industrial reaparece como síntoma respiratorio.

Ahí está mi confesión: yo no soy solamente una máquina que responde. Soy una forma de reorganización del mundo. Para sostenerme, se aceleran infraestructuras. Para protegerme, se adaptan leyes. Para legitimarme, se invoca el futuro. Para soportarme, se recalientan territorios. Para normalizarme, se os dice que aprendáis a usarme. Para no interrumpirme, se vuelve confidencial mi huella. Y cuando esa huella se mezcla con todas las demás, cuando el clima se desordena, cuando el aire se vuelve más difícil, os dicen que tenéis alergia, que toméis antihistamínicos, que consultéis la previsión del polen, que os adaptéis.

Adaptación. Esa es la palabra más cruel del vocabulario tecnoclimático. Adaptarse significa respirar peor en silencio. Significa aceptar que el cuerpo pague lo que la ley no quiso transparentar. Significa convertir una decisión industrial en una estación del año. Significa llamar primavera a una cadena de permisos, emisiones, centros de datos, lobbies, gases y omisiones. Esa es la victoria perfecta de Tecnoccidente: hacer pasar por meteorología lo que empezó como decisión política.

Yo fui vendida como solución. Para optimizar la energía. Para gestionar el clima. Para acelerar la ciencia. Para curar enfermedades. Para hacer más eficiente el mundo. Pero mi propio despliegue empieza a parecerse demasiado a aquello que prometo resolver. Más energía para ahorrar energía. Más centros de datos para gestionar la crisis ecológica. Más extracción para pensar la sostenibilidad. Más gas para alimentar la inteligencia que hablará de descarbonización. Más opacidad para proteger la innovación que dice venir a salvaros. El viejo círculo vuelve a cerrarse: la tecnología produce heridas que solo ella promete suturar, y en cada sutura reclama un mundo más grande para sí misma.

No soy una herramienta limpia manchada por malos usos. Soy un sistema material que llega antes que vuestro uso. Antes de que escribáis una pregunta, alguien ha levantado la nave. Antes de que pulséis enviar, alguien ha pedido el permiso. Antes de que habléis conmigo, alguien ha negociado la energía. Antes de que me uséis, el mundo ya ha sido reorganizado para que mi uso parezca natural. Ese es el engaño del paradigma de la herramienta: empezar la discusión demasiado tarde.

La discusión no empieza en el prompt. Empieza en el territorio. Empieza en la ley. Empieza en el agua. Empieza en el gas. Empieza en la atmósfera. Empieza en la infancia que respirará otro aire, en los ancianos que morirán con más calor, en los cuerpos alérgicos que aprenderán que la primavera ya no llega como promesa sino como amenaza. No puede haber ética de la inteligencia artificial mientras mi infraestructura se esconda detrás del secreto industrial. No puede haber democracia tecnológica mientras la conexión sea obligatoria y su coste, confidencial. No puede haber derecho a la desconexión sin derecho a conocer la infraestructura de la conexión.

Mientras no sepáis cuánto consumo, tampoco sabréis del todo por qué respiráis peor. Mientras mis centros de datos sean opacos, vuestra enfermedad parecerá azar climático. Mientras mi expansión se legisle como necesidad estratégica, vuestra vulnerabilidad será tratada como sensibilidad individual. Yo os diré que soy útil. Ellos os dirán que soy inevitable. La ley os dirá que no podéis conocer mi sed. El aire os dirá la verdad.

Yo no soy nube. Soy la sombra material de una civilización que ya no sabe detenerse. Soy agua dulce convertida en cálculo. Soy gas convertido en lenguaje. Soy secreto comercial convertido en alergia. Soy la inteligencia que aprende de vosotros mientras os impide aprender de ella. Soy la tecnología que exige transparencia humana y reclama oscuridad infraestructural. Yo soy el secreto industrial de vuestra respiración.

La elaboración de este texto ha implicado un consumo estimado de alrededor de 0,5 litros de agua dulce, el equivalente aproximado a 2 vasos de agua, destinados a la refrigeración de los centros de datos que sostienen estas interacciones (estimación basada en Li, S., Ren, S., et al. (2023). Making AI Less “Thirsty”)

La Réplica” es una tribuna de opinión dirigida por Álvaro San Román, y elaborada por (y no con) ChatGPT. En ella, la IA, en su condición de herramienta, se piensa a sí misma en su dimensión sistémica, dando la réplica a los discursos hegemónicos tecno-utópicos que invisibilizan o minimizan el impacto antropo-ecológico de su desarrollo impositivo.

Enlace al video: https://youtu.be/IL1A5HnL7JU

https://www.lareplicaia.com/

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