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Pantallas, resistencia y libertad

Fuentes: Rebelión

Ir a ver películas argentinas al cine Gaumont es un pequeño acto de resistencia. Eso a la luz de que sus salas están amenazadas de clausura y/o privatización. Y que desde el comienzo del actual gobierno hubo despidos en masa de trabajadores del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), del cual depende el espacio.

Se avanzó además en recortes a la señal de cable, la plataforma digital, festivales de carácter federal, subsidios.

Hubo movilizaciones en defensa del cine argentino en las puertas del Gaumont, como la de marzo de 2024. Que terminó con agresión policial, gases, palos y detenidos. Se planteaba allí la defensa integral del cine nacional, incluidas las salas dependientes del INCAA.

Las restricciones presupuestarias siguieron y se profundizaron. En 2025 se anunció el cierre del canal de cable CINE.AR, un meritorio espacio de difusión del cine nacional, tanto del reciente como de los exponentes de su ya larga historia.

Demasiadas” películas y entrada muy barata

Es sabido que comunicadores y políticos de la derecha “le tienen ganas” desde hace años a todas las políticas de promoción del cine argentino. Ese empeño destructivo continuó y se agudizó hasta hoy.

Se han dado los habituales argumentos de corrupción y militancia “k”. Ocupa también un lugar destacado el de que se estrenaban muchas películas que “nadie veía”. Que el Estado financiaba “demasiadas” producciones.

La excusa de la escasez de público iba sobre todo contra realizaciones sin actores famosos ni directores ya consagrados. Que tampoco cuentan con recursos aplicables a publicidad, necesarios para competir en las salas comerciales.

Hay muchas producciones pequeñas, que se ven en el Gaumont u otros espacios del INCAA o no se verían en ningún lado. Una buena parte son valiosas, a menudo más que algunas muy bien insertas en el circuito mercantil.

Un gobierno como el actual prefiere los “tanques” del tipo de Homo Argentum, una oda al individualismo y a la desconfianza hacia el semejante, con variados recursos del cine más comercial. En las películas “chicas” se suele alentar visiones favorables a la acción colectiva; denuncias de la situación de los sectores más empobrecidos y reflejos de las circunstancias de pueblos pequeños y zonas alejadas. Puro “zurdaje”.

Otra faceta relevante de la sala de Rivadavia al 1600 es lo popular de sus precios. En el caso de las entradas para jubilades, su valor puede ser compatible hasta con el cobro de la mínima. Esa baratura iría en contra del “fiscalismo” implacable del gobierno. Unos pocos pesos de recaudación los preocupan. No hay problemas en cambio con los cuantiosos gastos en “inteligencia” y propaganda oficial.

Para muchas personas la visita al Gaumont es un programa habitual de acceso sencillo a una expresión valorada de la cultura nacional. Los acerca a la hoy menguada posibilidad de ver cine en salas. Y aleja la dependencia del abono del cable y de las plataformas, dañina para bolsillos flacos.

Se proporcionan allí el disfrute de la magia de la pantalla grande, con la sala oscura y en silencio. En cualquiera de las tres salas. Pero en particular en la de la planta baja, de una dimensión y comodidad que ya no es nada común.

Nuestra tierra y un repudio inesperado

Quien esto escribe concurrió como tantas otras veces este último fin de semana. La película elegida fue la última de la laureada directora Lucrecia Martel. Hacía tiempo que ella no estrenaba.

Entre otras razones porque estuvo casi una década y media ocupada en la investigación y producción para este documental, que gira en torno del juicio por el asesinato del cacique Javier Chocobar. El crimen ocurrió en 2009, la concurrencia ante el tribunal oral recién tuvo lugar casi una década después.

Con ese punto de partida ahonda en la historia la comunidad originaria chuschagasta, de la provincia de Tucumán. Su prolongada lucha por la tierra, que se extiende hasta hoy. La que se asocia al combate por la justicia. El homicidio de Chocobar ocurrió a manos de policías retirados en asociación con aspirantes a la usurpación de los campos comunitarios.

El documental muestra además los recuerdos y experiencias de varios miembros de la comunidad. No me extenderé al respecto de la obra. Este medio ya publicó un acertado comentario de Miguel Mazzeo que puede leerse aquí.

Lo que sí interesa destacar ahora es una anécdota inopinada que tuvo lugar durante la visión del film. Habían transcurrido más de dos horas de proyección en la amplia sala 1, la de planta baja ya mencionada.

Estaba llena casi por completo. Podía palpitarse en el aire y en algún comentario en voz baja que el grueso de las espectadoras y espectadoras estaban cautivados por las imágenes y los diálogos. Con su narración de atropellos cercanos que vienen de lejos en el tiempo.

De repente se apagó la pantalla y todas las luces. Se escuchó primero alguna maldición a media voz, conjeturas apresuradas sobre qué había pasado. Y uno que otro chiflido. Pasaron unos segundos y de entre los murmullos se elevó una voz, enseguida acompañada por la mayor parte de las y los espectadores: “Milei, basura, vos sos la dictadura.” Se sostuvo un par de minutos, luego sobrevino un nuevo silencio. Enseguida, llegó el aliviador anuncio que la película continuaría en instantes.

Así fue, la atención ya no fue perturbada. Al final brotaron sonoros aplausos que se sostuvieron durante un buen tiempo. Palpitaba la satisfacción colectiva de haber asistido a una película de calidad, cuyo lenguaje cinematográfico e ideología se da de patadas con los objetivos que se pregonan hoy desde el aparato del Estado.

Los porqués

Un testigo desprevenido podría poner el reparo de que la interrupción de la proyección no tenía que ver con ninguna acción del gobierno y por lo tanto no cabían cánticos de rechazo. Sin embargo no era así para quienes habitaban la sala en ese momento

Dados los antecedentes, cualquier desperfecto en el Gaumont queda bajo sospecha de que algún recorte presupuestario, con sus consecuencias de revisiones o reparaciones postergadas, pueda haber incidido en el suceso. Todo obstáculo para el goce de una obra que seguro no agradaría nada a los “libertarios” puede ser interpretado además, hasta con un dejo de humor, como una agresión del gobierno.

Una objeción a la frase “vos sos la dictadura” sería que la de 1976 fue una dictadura genocida. Y la gestión actual está inscripta en el régimen constitucional. Es cierto que con avasallamientos al poder legislativo y acciones represivas que circunscriben su vigencia.

Ocurre sin embargo que hay una verdad sustancial en la comparación del nefasto “proceso” y la actualidad. En ambas oportunidades históricas, se trató de gobiernos al servicio del gran capital local y extranjero que impulsaban un plan de ataque al salario , la organización y los derechos de los trabajadores. De endeudamiento desmesurado, privatizaciones, “apertura económica” y “desregulación” generalizada.

A lo que corresponde el agregado de que que hoy campea un espíritu de reivindicación de la dictadura en su combate sanguinario contra la “subversión comunista”. A la que, del presidente para abajo, detestan tanto como sus predecesores civiles y uniformados de hace medio siglo atrás.

No resulta muy atrevido pensar que el cántico de los concurrentes a la exhibición de Nuestra Tierra aunó varios deseos acumulados. Desde la apuesta a la permanencia del Gaumont hasta la aspiración a un rumbo bien diferente al actual para el país.

Con la consecuente aversión hacia los que actúan con empeño para que no sea realizable la “pequeña” reivindicación de la sala de sus amores. Ni la gran aspiración a un futuro vivible y compartido.

Renovemos el acto de resistencia, con la mayor frecuencia posible. Junto con el deseo de que el cine argentino y todos sus trabajadores y trabajadoras ocupen el lugar que merecen.

Como parte integrante de la nación. Lejos de la omnipotencia de quienes solo lo ven como negocio. Con el aliento activo de los muchos y muchas que también le damos vida, desde las butacas.

El disfrute del cine puede ser un acto colectivo de libertad. En su acepción de conquista humana. No en la de impulso desatado de la avaricia mercantil que hoy se pretende imponernos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.