Centrándome ya en impresiones y reacciones subjetivas al contenido de la biografía, déjenme sugerirles el aprendizaje estético, político y vital del contraste que se establece entre la actitud de Albert Camus y la de Fanon ante el fenómeno colonial. Adam Shatz desnuda magistralmente las contradicciones de Camus y, haciéndolo, nos insinúa una lección tan necesaria como paradójica y desconcertante: tampoco los musos -y las musas- del existencialismo europeo, por mucho que se afanasen en deconstruir el esencialismo filosófico que subyace en la tradición del humanismo clásico -en todas sus vertientes-, reivindicando, en consecuencia, la libertad radical del sujeto y su autoconstrucción como tal, fueron capaces de superar la violencia epistémica intrínseca al discurso eurocéntrico y colonial.
El 10 de Diciembre de 1957 Camus recibe el premio nobel. Ya el 12 de Diciembre, un estudiante argelino le pregunta en público porqué denunció con tanta vehemencia los crímenes del estalinismo desde los foros de debate de la prensa europea pero nunca así los del colonialismo francés en Argelia. Camus no entendió -o no quiso entender- la pregunta, y respondió:
– “Siempre he denunciado el terrorismo. Tengo que denunciar también un terrorismo que se ejecuta a ciegas en las calles de Argel y que cualquier día puede afectar a mi madre o a mi familia. Creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia”
Camus, así pues, da prioridad a los lazos o afectos familiares –lo que es lo mismo que decir a su relación con sujetos y personas concretas- que al principio abstracto de la Justicia. Lo que Camus no alcanzó a ver es que la justicia nunca había sido una abstracción para ningún musulmán argelino, sino una experiencia real, concreta, carnal, agónica, dolorosa, que creció a la par del sufrimiento social y político causado por la dominación colonial francesa. Además, también las madres de los integrantes del FLN corrían serio peligro -desde luego, mucho más que la mamma de Albert Camus- de ser torturadas y perseguidas por el ejército y la policía metropolitana organizada desde la capital del estado francés. Jean Amrouche, el poeta bereber con quien Camus discutió sobre la guerra franco-argelina, escribió lo siguiente dos semanas después de esa comprometedora pregunta del estudiante argelino a Camus:
– “Yo tuve que romper con mi madre porque la causa de la justicia, es decir, la de millones de madres argelinas, va por delante de la mía”.
Hay aquí una evidente tensión entre la Ética del límite de Albert Camus, que se guarda de los absolutos del valor Justicia apelando a la prioridad -paradójicamente, también presentada como absoluta, lo quisiese reconocer Camus o no- de los lazos familiares sobre la lucha política por principios abstractos, y la Ética de la liberación de Jean Amrouche, que invierte la escala de prioridades que establece Albert Camus.
En sus últimos años de vida, dice Adam Shatz, Camus empieza a restringir notablemente sus opiniones sobre Argelia en sus diarios e incluso llega a confesar que el amor por su tierra natal -estetizado metafóricamente a través de la analogía mimética con el amor materno- era tan fuerte que le había hecho traicionar los principios que había defendido a lo largo de su vida.
Para mí es evidente que Camus cayó en la cuenta de que el sentimiento de pertenencia, expresado con ese tipo de analogías y burdamente estetizado, puede obturar y narcotizar la razón ética: los sentimientos de pertenencia se proyectan siempre sobre la diversidad, la pluralidad y la dinamicidad de los espacios geográficos, las lenguas, las culturas y las experiencias históricas, pero quienes comparten estos sentimientos de pertenencia no son nunca una universalidad de seres humanos, sino una generalidad de los mismos. Sólo cuando esa generalidad de seres humanos comparte un fuerte sentimiento de pertenencia que expresa estéticamente el amor indomable por su matria, atemperándolo racionalmente en los tan detestados principios abstractos y universales de la razón ética, es posible columpiarse entre la realidad y el deseo sin reproducir nuevas formas de violencia y exclusión.
Camus escribió “El primer hombre” para reconciliarse consigo mismo y atemperar la contradicción interna que le había causado aquella perturbadora pregunta del estudiante argelino. Todo aquello que se había negado a decir en público sobre la causa, el honor y la dignidad universal de la lucha de los maquisards argelinos que lucharon contra la babarie nazi en Europa (1939-1945) y, después, contra el colonialismo francés (1954-1962) en Argelia, brota a través de la trama de la novela, en la que también vibra la toma de conciencia de la imposibilidad de lo que, tiempo atrás, consideraba como la única posibilidad para la pacificación del conflicto colonial francés: una Argelia francesa.
– “Devolved la tierra. Dadle toda la tierra a los pobres, a los que no tienen nada y son tan miserables que ni siquiera desearon jamás tener y poseer, a los que son como ella en este país, a la inmensa tropa de los miserables, casi todos ellos árabes y algunos franceses, que viven o sobreviven aquí por obstinación y aguante”
Así hace hablar Albert Camus a Jacques Cormery, el alter-ego autobiográfico que compensó en la ficción los remordimientos personales que empezaban a causarle las contradicciones internas de su personaje público. Jacques Cormery le dice a su madre lo que Albert Camus nunca se atrevió a decir a la opinión pública europea y a su propia madre.
Visto así, la trama completa de la vida y obra de Albert Camus nos devuelve la imagen de un escritor con una influencia mayúscula en la opinión pública que vuelve a su hogar arrepentido de sus declaraciones ante la opinión pública francesa, europea e internacional y que pasa sus últimos años compensando a través de la ficción literaria sus errores públicos.
Puede que la sombra de Nietzsche, del mismo Nietzsche que reverenciaba en sus ensayos sobre lo absurdo de la condición humana y la necesidad, en consecuencia, de rebeldía moral y política ante la misma, observase fijamente a la conciencia de Camus antes, mientras tanto y después de la cristalización de la trama de El primer hombre.
– Cuanta verdad somos capaces de soportar?
En privado, en la ficción, Camus fue, en efecto, más valiente de lo que pudo o quiso ser en público y en sus declaraciones públicas. Cuando la industria cultural -y dentro de ésta, la crítica y la prensa- empieza a entronizar, a construir pedestales de pureza moral y a sacrificar la verdad por la nostalgia, como hace tiempo que se hace con Camus en Francia, en España, en Galicia y en la opinión pública (sic) globalizada en general, es necesario volver a apropiarse de la palabra y empeñarse en que los matices pasen de lo anecdótico a lo necesario.
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