Se ha especulado mucho sobre el papel que pudo jugar la CIA en la misteriosa muerte de Thomas Merton mientras asistía a un encuentro interconfesional de monjes cerca de Bangkok en diciembre de 1968 —en plena guerra de Vietnam— y poco después de impartir una conferencia con título ciertamente sugestivo: “Comunismo y vida monástica”. El asunto ha dado lugar a varios libros y la polémica continúa, pero en cualquier caso parece claro que la trayectoria de este trapense inquietaba en muy altas instancias, lo cual es comprensible si sumamos las facetas de su compleja personalidad. Un prolífico y exitoso escritor, militante pacifista y atraído por las doctrinas sociales igualitarias representaba sin duda un peligro para el establishment, sobre todo si llegaba revestido con uno de los hábitos monacales más respetados de la Iglesia católica, el de los seguidores de la regla de san Benito. No debemos olvidar tampoco que, para redondear su perfil, Thomas Merton fue siempre ante todo y sobre todo un místico, un buscador incansable de una experiencia de unidad humana y cósmica, capaz de reventar los fusibles del alienado ser que el mundo ha hecho de nosotros.
Sería un error sin embargo idealizar a un personaje cuyas contradicciones están brillantemente expresadas en la autobiografía que lo catapultó a la fama, La montaña de los siete círculos, en la que no se escatiman detalles. Nacido en Prades (Pirineos Orientales), de dos artistas de origen galés en 1915, Thomas viajó muy joven a los Estados Unidos y allí hubo de sufrir el fallecimiento de su madre cuando tenía seis años. Tras regresar a Europa, inició estudios en la Universidad de Cambridge, pero los continuó luego en la de Columbia, con interés sobre todo por las lenguas modernas. En Inglaterra tuvo un hijo que nunca reconoció, y de hecho se las arregló legalmente para romper cualquier relación con la madre y el retoño. Obtenida la licenciatura, Thomas comenzó a interesarse por la espiritualidad y se convirtió al catolicismo, pero esto no fue suficiente para el compromiso religioso que buscaba y en 1941 ingresó como postulante en la abadía trapense —cisterciense de estricta observancia— de Nuestra Señora de Getsemaní (Kentucky). Allí recibió el nombre de hermano Louis.
Con veintiséis años, nuestro protagonista se ciñe el hábito monástico, y con él va a permanecer los veintiséis que le quedan de vida. Con dotes literarias, cuando pensaba que acababa de abandonar tales ambiciones al hacerse monje, para su sorpresa es impulsado a la escritura por sus superiores, y publica textos religiosos diversos, aunque es su autobiografía la que lo hace famoso en 1948. No resultó fácil que la estricta censura eclesial aprobara aquel testimonio a flor de piel, trepidante de alcohol, sexo y confidencias sobre la orden, pero podando y puliendo al fin se consiguió. Sin embargo, a partir de entonces se entabló una silenciosa batalla entre el monje contemplativo y el escritor aclamado. La tensión condujo a una profunda depresión en 1949 de la que la recuperación fue lenta pues no era fácil resolver el desequilibrio entre el instinto místico y la avasalladora personalidad que transpiran las obras del hermano Louis.
En los años 50, Merton publica otro volumen autobiográfico: El signo de Jonás (1953), da clases de teología mística y es nombrado maestro de novicios en Getsemaní. Es una época en la que, superado el prurito de abandonar la orden que lo había inquietado por un tiempo, se centra en componer tratados sobre la vida monástica, la oración y la contemplación, que cosechan gran éxito. A finales de esa década sin embargo, su proverbial insatisfacción lo empuja a horizontes nuevos, que van a ser investigar la espiritualidad de otras religiones y asumir un compromiso por mejorar el mundo. Merton trabó amistad con Ernesto Cardenal cuando éste visitó el monasterio en 1959, lo que dio lugar a una relación epistolar hasta su muerte, y fue amigo también del poeta argentino Miguel Grinberg, quien tradujo al castellano algunos de sus libros. Pacifismo y derechos civiles se convierten en los 60 en asuntos cruciales para un monje cuya vida personal también se revoluciona cuando en 1966 se ve obligado a someterse a una operación e inicia un romance con Margie Smith, una enfermera, que se prolonga dos años.
En 1968 el nombramiento como abad de Getsemaní de Flavian Burns, buen amigo de Merton, proporciona a éste libertad para asistir a reuniones ecuménicas en el extranjero y es así como emprende el largo viaje en el que lo va a sorprender la muerte. Visita la India, donde conoce al Dalái Lama y al maestro de budismo tibetano Chatral Sangye Dorje y disfruta después de unos días de retiro solitario cerca de Darjeeling. La fascinación de nuestro trapense por la espiritualidad oriental era vieja y genuina, pero en 1938 había decidido seguir el consejo de un reputado yogui hindú de profundizar en las vías místicas de su propia cultura, y eso fue lo que lo llevó al monacato cristiano. Respecto a su interés por el zen, databa de antiguo y motivó una intensa correspondencia con D. T. Suzuki, con quien colaboró además en algunas obras.
En cualquier caso, el viaje a Oriente de 1968 va a resultar revelador para el hermano Louis. En Sri Lanka visitó las famosas estatuas del Buda de Polonnaruwa y luego escribió en su diario: “Mientras miraba esas figuras, de repente, casi por fuerza, como en una sacudida, me sentí proyectado fuera de la visión habitual, medio atada, que tenemos de las cosas, y se hizo evidente y obvia una claridad interior que parecía brotar en una suerte de explosión desde las mismas rocas. (…) Estoy seguro de que con Mahabalipuran y Polonnaruwa mi peregrinaje a Asia se ha aclarado y se ha purificado. Quiero decir que sé y he visto aquello que andaba buscando a oscuras. No sé lo que queda aún, pero ahora ya he visto, he penetrado a través de la superficie y he ido más allá de las sombras y el disfraz.”
Aquel viaje aportó muchas claves y hay que decir que la trayectoria de Merton se vio truncada justo cuando gozaba al fin de libertad de movimientos y su conciencia conectaba aspectos diversos que permitían vaticinar una sincera y sólida contribución a las luchas sociales del momento. Su compromiso contra la violencia, la guerra y la opresión racial era sincero y estaba nutrido de un humanismo enraizado en la espiritualidad cristiana más profunda. En 1963 en el prefacio de una traducción al japonés de La montaña de los siete círculos escribió: “A través de mi vida monástica y de mis votos, digo NO a todos los campos de concentración, a los bombardeos aéreos, a los juicios políticos que son una pantomima, a los asesinatos judiciales, a las injusticias raciales, a las tiranías económicas y a todo el aparato socioeconómico, que no parece encaminarse sino a la destrucción global, a pesar de su hermosa palabrería en favor de la paz.”
En este tiempo nuestro, perspectivas como la de Thomas Merton resultan sugestivas, porque contra las religiosidades que se nutren de dogmatismo y terminan alimentando el desastre identitario, el que se refleja en su obra y a través de sus dudas y crisis es un pensamiento abierto a todas las luces que verdaderamente iluminan y capaz de descubrir en ellas el gozo de un resplandor único. En una ocasión él definió así su periplo: “Estaba escribiendo un libro sobre un inglés que se hizo comunista, luego católico, más tarde monje trapense y finalmente budista; en ese momento, habiendo alcanzado su vida la plenitud, murió.”
Releer la obra de Thomas Merton será siempre la forma de compartir su lucha por la luz a través de las contradicciones de su vida. En la visión que nos aporta, sufismo, budismo, cristianismo y tantas otras vías, son ramificaciones de la philosophia perennis capaz de conducirnos a la única cima.
Blog del autor: http://www.jesusaller.com/. En él puede descargarse ya su último poemario: Los libros muertos.
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