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Reseña de Irresponsables ¿Quién llevó a Hitler al poder? (Alianza, 2026), de Johann Chapoutot; traducción de Elena M. Cano, Íñigo Sánchez-Paños

Irresponsables

Fuentes: mientras tanto [Imagen: Hitler recorriendo la cuenca del Ruhr acompañado por los empresarios Albert Vögler y Fritz Thyssen hacia el año 1933. Créditos: tomada del libro "I Paid Hitler", de Fritz Thyssen]

En el transcurso de este último año han aparecido publicadas un buen número de monografías acerca del acceso de Hitler al poder, algunas de ellas traducidas al español. La publicación de esas monografías es muestra evidente de un renovado interés entre historiadores y politólogos por un acontecimiento que marcó profundamente la historia contemporánea: la conquista del poder por los nazis, en un rápido proceso que, en su postrera fase, se puede considerar iniciado con la disolución en 1930 del último de los gobiernos de la denominada coalición de Weimar (la coalición de partidos defensores de la primera democracia representativa alemana, conocida como la República de Weimar) y concluido con la muerte del senil presidente del Reich (jefe del Estado) Von Hindenburg. Esto significó la desaparición del último vestigio institucional de la República de Weimar, al fusionarse en los primeros días de agosto de 1934 los cargos de presidente y canciller (jefe de gobierno) en la persona de Hitler, aunque ya hacía más de un año que este era oficialmente el Führer del estado y el partido único alemanes.

Esta reciente intensificación de la atención académica prestada a la irrupción de los nazis en la vida política alemana como un actor decisivo con el que había que contar y su llegada a la cúspide del poder en enero de 1933, así como a la crisis terminal de la República de Weimar, responde, probablemente, a dos causas: una, anecdótica u oportunista, la efeméride, el año pasado, del ochenta aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, y otra, de mayor enjundia, el auge (relativo) de la extrema derecha euroamericana, con su epítome en la elección del procaz Trump como presidente de los Estados Unidos.

Una monografía que ha atraído especialmente la atención del autor de esta reseña es Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, obra del profesor de la Sorbona Johann Chapoutot, autor de varios e interesantes estudios sobre diferentes aspectos del nazismo, algunos de los cuales han sido traducidos al español. Desde el punto de vista temporal, la obra reseñada abarca el período de disolución progresiva de la República de Weimar anterior al nombramiento de Hitler como canciller, esto es, el período comprendido entre la designación el día 30 de marzo de 1930 de Brüning, el primero de los políticos conservadores que enterraron la República de Weimar, para el cargo de canciller, y la nominación para ese mismo cargo de Hitler, el líder del partido nacionalsocialista alemán de los trabajadores (NSDAP: Nationalsozialistiche Deutsche Arbeiterpartei), la mañana del día 30 de enero de 1933[1].

Como se desprende del título mismo del libro de Chapoutot, su objeto de análisis principal son más bien los políticos y otros individuos influyentes, junto a las organizaciones y grupos de presión formales e informales, que hicieron posible, dentro de un contexto histórico determinado en buena medida por la crisis económica subsiguiente al crack de 1929, el acceso al poder ejecutivo estatal del liderazgo nazi, y no tanto ese liderazgo en sí mismo considerado, aisladamente examinado. Eso no significa, por supuesto, que los gerifaltes del partido nazi dejen de estar muy presentes en el relato del autor, al contrario, pero lo que parece interesarle más son aquellos personajes y grupos sin cuyo apoyo y conspiraciones palaciegas hubiera sido impensable el nacimiento del Tercer Reich (al menos, en la forma en que su surgimiento tuvo lugar en los años treinta).

No es el propósito de esta reseña hacer una síntesis de las muchas ideas expuestas en las más de trescientas páginas de la obra del historiador francés. Y menos todavía hacer un resumen de la sucesión de hechos históricos que tuvieron lugar en 1930-1933. Me conformaré con apuntar las tesis del autor que he juzgado de mayor calado o que han despertado en mayor medida mi curiosidad. A la luz de la introducción y el epílogo de Irresponsables se puede inferir que la intención de Chapoutot es ante todo denunciar con sus propias tesis una serie de tesis falaces acerca del tema, todavía muy extendidas en la historiografía y los medios de comunicación de masas.

1) Hitler no llegó al poder por vías democráticas[2], si por ello se entiende obtener una mayoría absoluta en unas elecciones generales legislativas o presidenciales o forjar una coalición de partidos con mayoría absoluta en el Parlamento (Reichstag). No contaba, en definitiva, con un respaldo suficiente en el Reichstag para ser confirmado canciller, por lo que su nombramiento se debió en exclusiva a las intrigas en torno al débil y muy conservador (al estilo prusiano) presidente de la República Paul von Hindenburg. Una vez en el poder, el gobierno de coalición nazi-conservador sin mayoría parlamentaria convocó elecciones dentro del plazo establecido en la Constitución, elecciones que se celebraron bajo un clima de violencia extrema contra todos los partidos de izquierdas y tras la prohibición del partido comunista con la excusa del incendio del Reichstag, probablemente provocado por los propios nazis. Por tanto, el triunfo electoral del NSDAP en marzo de 1933, con un 44% de los votos emitidos —es decir, a pesar de las irregularidades y la violencia, el partido nazi tampoco consiguió en esa ocasión la mayoría absoluta— no puede ser tomado en consideración. Estas elecciones serían las últimas elecciones parlamentarias hasta la segunda posguerra mundial, pero no fueron, desde luego, unas elecciones libres.

Que el NSDAP nunca obtuviera una mayoría absoluta o una mayoría relativa suficiente para gobernar con el apoyo del parlamento y sin tener que recurrir a los poderes excepcionales otorgados por los decretos presidenciales previstos en la Constitución, no significa, sin embargo, que no fuera un partido de masas. Precisamente porque lo era, los políticos sin partido[3] del establishment intentaron instrumentalizarlo en su propio interés. Ciertamente, el NSDAP se había convertido en el primer partido político del país, con un 37,4% de votos a su favor en las elecciones legislativas de julio de 1932, pero el porcentaje de los votos de los partidos de izquierda sumados (socialdemócratas y comunistas) superaba al de votantes del partido nazi. Por añadidura, desde las elecciones generales de noviembre de 1932, en que el partido se quedó en un 33%, todas las previsiones señalaban un continuo declive electoral en futuras elecciones.

2) La tesis de que Hitler no alcanzó el poder gubernamental por vías democráticas se refuerza con la de que tampoco tiene mucho sentido hablar de un respeto de la Constitución y la legalidad vigente por parte de los nazis y sus defensores no nazis a la hora de asumir la jefatura del gobierno en enero de 1933.

El fracaso del putsch de 1923 había convencido a Hitler de que el único modo de obtener el poder y destruir la República de Weimar y todo lo que esta representaba consistía en un clamoroso éxito electoral dentro del marco constitucional y legal existente que aupase al NSDAP al gobierno y, una vez instalados en él, liquidar desde su interior la odiada república —paradójicamente, el Führer no veía contradicción alguna entre esta estrategia «legalista» y las acciones violentas de sus organizaciones paramilitares, las SA y SS—[4]. Pero durante los mismos años en que el NSDAP obtuvo buenos resultados electorales (1930-1932), el marco político-constitucional y legal alemán experimentó una verdadera mutación autoritaria, la cual transformó la democracia representativa parlamentaria en un régimen presidencialista que actuaba y legislaba a espaldas del parlamento, sin cambiar formalmente la Constitución de Weimar. En virtud de una interpretación abusiva y extensiva del poder atribuido constitucionalmente al presidente del Reich para emitir decretos de excepción y de la potestad del jefe del Estado de disolver el Reichstag, los gobiernos de los cancilleres Brüning, Von Papen y Von Schleicher pudieron administrar y regular los asuntos públicos al margen del parlamento, en el caso de Brüning[5], e, incluso, en contraposición al mismo, en los casos de Von Papen y Von Schleicher. La parálisis del Reichstag para sostener gobiernos o aprobar leyes debido a su fragmentación y a la existencia en su seno de fuerzas políticas irreconciliables abrió el camino a estos gabinetes legitimados por la autoridad del presidente del Reich y pertrechados de amplios poderes normativos extraparlamentarios.

El gobierno del canciller Hitler comenzó como uno de estos gabinetes formados con base en la autoridad y los poderes presidenciales. Fue producto de la confabulación del antiguo canciller Von Papen, enemistado con von Schleicher, el hijo de Hindenburg, Oskar, y los terratenientes vecinos de la finca de Hindenburg en Neudeck, Prusia Oriental, viejos conocidos del presidente, quienes le persuadieron de la necesidad de ceder (a lo largo de 1932, Hindenburg se había negado en repetidas ocasiones a entregar la cancillería a Hitler) y crear un gobierno de personalidades de la política, la alta administración y el alto mando militar con Hitler como canciller. Al principio, a Von Papen y a Von Hindenburg les pareció una solución que garantizaba su control político de la situación, pues, aparte de la cancillería, sólo había dos ministros nazis en el nuevo gobierno (Frick y Göring). Pero se equivocaron al nombrarlos para puestos gubernamentales clave: Frick, como ministro del Reich del Interior (que comprendía también la educación no universitaria), y Göring, como ministro sin cartera encargado de la administración del Land de Prusia, cuya autonomía había sido suspendida por el gobierno Von Papen el año anterior. De esta manera, los nazis controlaban no sólo la jefatura del gobierno, principal ejecutor de los poderes presidenciales de excepción, sino también casi todas las fuerzas policiales, las federales y las del mayor Land de Alemania. Armados con estos poderes, pronto se hicieron con el poder absoluto y la misma idea de Consejo de Ministros fue borrada del mapa.

3) Para Chapoutot, y esta es la tercera tesis formulada en esta reseña, los políticos, funcionarios y tecnócratas que poblaron los gabinetes «presidencialistas» de Brüning, Von Papen y, en menor medida, Von Schleicher, compartían un ideario común con los nazis, en especial tras la defenestración del ala «izquierdista» del NSDAP acaudillada por Gregor Strasser. El autor califica a dichos políticos, funcionarios y tecnócratas de «liberal-autoritarios» y sostiene que el ideario compartido con los nazis no se limitaba al nacionalismo, al antimarxismo, al rearme del ejército alemán, a la ruptura con el orden internacional establecido por el Tratado de Versalles, a la xenofobia, sobre todo respecto a los pueblos eslavos, a la creencia en la superioridad física e intelectual germánicas —no sustentada necesariamente en ideologías racistas biologicistas— y al odio acérrimo al sistema parlamentario y a la cultura progresiva weimarianos, sino que se extendía también al terreno socioeconómico. Este es un punto que muchos historiadores tienden a olvidar o minusvalorar, o, incluso, descartar, a juicio de Chapoutot. Según este, no se aprecian diferencias sustanciales en cuanto a concepciones y políticas económicas entre los «liberal-autoritarios» alemanes y el liderazgo nazi (por lo menos en relación con el período estudiado en su ensayo). Otra cosa es que, por razones propagandísticas, para captar votos entre las clases trabajadoras, el partido nazi recurriera a lemas, simbologías y vocablos pseudo-socialistas.

Siempre según el autor de la obra reseñada, los «liberales autoritarios» y los nazis coincidían en la idealización de la economía de mercado capitalista, para ambos el ejemplo por excelencia del mecanismo de selección socialdarwinista de los más aptos y un insustituible modo de organizar óptimamente la reproducción social; en el desmantelamiento del derecho laboral protector de los trabajadores; en el restablecimiento de la autoridad de los patronos en la empresa y el libre ejercicio sin cortapisas de su poder frente a sus trabajadores; en el recorte drástico de los gastos sociales (políticas de austeridad, diríamos hoy); en el equilibrio presupuestario; en las políticas fiscales proempresariales (subvenciones, bonificaciones, rebajas de impuestos societarios y sobre las rentas más elevadas); y, como colofón a todo lo anterior, en la expansión del dominio político y económico alemán en Europa del Este, por la fuerza, si fuera necesario. Visto así, los nazis, al igual que figuras de mentalidad «liberal autoritaria» como Brüning, Von Papen, Von Gayl (ministro del Interior de Von Papen), Von Krosigk (ministro de Hacienda de Von Papen), Hjalmar Schacht (durante años presidente del banco central alemán) o el jurista Carl Schmitt[6], fueron antiliberales en lo político y en lo sociocultural, pero no en lo socioeconómico (además de concordar en que el este de Europa constituía el espacio «natural» de expansión colonial del Reich, una particularidad del pangermanismo de largo recorrido).

En mi opinión, sin embargo, más allá de ciertas obviedades (los nazis, en efecto, no pretendían acabar con la economía de mercado capitalista, ni mucho menos con sus desigualdades, y, en ocasiones, la ponían como paradigma del perverso ideal socialdarwinista, pero eran flexibles y pragmáticos en cuanto al grado del intervencionismo público en la economía por las necesidades del rearme y la posterior guerra mundial), el intento del historiador de la Sorbona de caracterizar a los nazis (e, incluso, a los «liberales autoritarios») como una especie de neoliberales avant la lettre no resulta convincente. Creo que las teorías «clásicas» sobre la economía nazi de Franz Neumann o Ernst Fraenkel siguen manteniendo su vigencia y son preferibles a la expuesta en Irresponsables.

4) Durante los años 1930-1933, las más poderosas asociaciones de la gran industria (la RDI: Reichsverband der Deutschen Industrie, el círculo de empresarios de Düsseldorf, el Herrenclub de Berlín…), algunos banqueros (en particular, Von Schröder) y los latifundistas —los famosos Junker de Prusia Oriental, temerosos de perder las ayudas económicas que recibían del estado— financiaron, publicitaron y ampararon al partido nazi. No sin ciertas reticencias, pues, como es lógico, hubieran preferido una dictadura presidencial dirigida por uno de los suyos —salvo en algunos casos, como en el del industrial Thyssen, firmemente nazi en aquella época—, pero no tenían detrás un movimiento o partido de masas que legitimase la instauración de dicha dictadura, algo que sí ofrecían los nazis desde 1930.

Chapoutot reconoce que esta tesis no es nada original y dominaba la historiografía de los años setenta y ochenta, pero la centralidad actual de los estudios sobre identidades, cultura e ideología y la hegemonía de la doctrina arendtiana del totalitarismo han descuidado los aspectos sociales y económicos del ascenso del nazismo y las relaciones entre el partido nazi y los «intereses creados» de la sociedad alemana. Está, en consecuencia, más que justificado rememorar qué fuerzas o poderes sociales se decantaron por la respuesta nazi a la crisis de la República de Weimar.


Chapoutot tacha, con razón, de «irresponsables» a las elites económicas, políticas y militares alemanas que demolieron la democracia parlamentaria weimariana y optaron por los nazis como salvaguarda de sus privilegios e intereses. Su arrogancia, su egoísmo, su miedo al fantasma de la revolución bolchevique, su negativa a toda reforma social que minara o flexibilizara la jerarquía social y les obligase a compartir su poder y su riqueza con sus conciudadanos, les impulsó a aprovechar una coyuntura desfavorable para las organizaciones obreras con el fin de desarticular toda forma de oposición real o potencial a su ambición de deshacerse de la República de Weimar. La herramienta que creyeron encontrar a estos efectos fue el movimiento de masas nazi. Esta elección propulsó un proceso que concluiría con el desastre de la Segunda Guerra Mundial, la cual no sólo supuso millones de muertes en Europa por la guerra más terrible nunca antes vista y por los genocidios cometidos durante ella, sino también la desaparición física de buena parte de las élites germanas anteriores a esa guerra. Al igual que dichas elites, los individuos y grupos que integran los estratos más elevados de la política y las sociedades euroamericanas del siglo XXI dan la impresión de transitar por una senda que sólo puede acabar en desastre, si nadie lo remedia. Un desastre que, a diferencia de 1945, afectará a la supervivencia misma de toda vida humana mínimamente civilizada. ¿Puede haber acaso una irresponsabilidad mayor?


Notas

[1] Hay ensayos aún más detallistas que comprenden tan sólo el último año de existencia de la República de Weimar: es el caso, por ejemplo, de Timothy W. Ryback, El ascenso de Hitler al poder. 1932-1933, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2025, 404 pp.

[2] Tesis compartida y siempre sostenida por el profesor José Antonio Estévez Araújo, miembro del consejo de redacción de esta revista.

[3] Excepción hecha del magnate de la prensa Alfred Hugenberg, líder del partido de extrema derecha Deutschnationale Volkspartei (DNVP), el cual contaba también con sus propias fuerzas paramilitares, los Stahlheme o «cascos de acero».

[4] La Sturmabteilung (Sección de Asalto) y la Schutztstaffel (Escuadrón de Protección), respectivamente.

[5] Merced a la Tolerierungspolitik del partido socialdemócrata.

[6] Muy citado en el texto de Chapoutot.

Fuente: https://mientrastanto.org/256/la-biblioteca-de-babel/irresponsables/