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La gran representación fue el 28 de junio

¡Ahí tenéis la soberanía!

Fuentes: Cádiz Rebelde

Una parte importante de los personajes iraquíes que fueron incorporados al primer «gobierno de transición» ocuparon su propio país incrustados en el ejército invasor. Lo hicieron detrás de una lluvia de misiles y bombas portadoras de fracciones de «inteligencia criminal» y de vocación de armas de destrucción masiva. Caminaron hacia sus sillones ministeriales sobre los […]

Una parte importante de los personajes iraquíes que fueron incorporados al primer «gobierno de transición» ocuparon su propio país incrustados en el ejército invasor. Lo hicieron detrás de una lluvia de misiles y bombas portadoras de fracciones de «inteligencia criminal» y de vocación de armas de destrucción masiva. Caminaron hacia sus sillones ministeriales sobre los escombros y entre los cadáveres de sus compatriotas; protegidos, chacoteados y escupidos con desprecio, por el cuerpo de marines de los Estados Unidos.


Los vendidos

Entre ellos se encontraba Ahmad Chalabi -un delincuente internacional convertido en fuente de la «Verdad» que transmitía Bush al mundo-, pero también Ayad Allawi el nuevo jefe del Consejo de gobierno iraquí. Los dos trabajaron para la CIA y cobraron por ello. Chalabi se embolsó, como informante de máxima calidad y credibilidad sobre las armas de destrucción masiva y las relaciones entre Sadam Hussein y Al Qaeda, un enorme sueldo decenas de millones de dólares que ha sido retirado hace unas semanas. Allawi recibió fondos, sin duda igualmente cuantiosos, para activar el Acuerdo Nacional Iraquí, un grupo terrorista que según el Washington Post fue responsable de la colocación de bombas en objetivos civiles y la realización de sabotajes contra instalaciones gubernamentales en Bagdad durante los años posteriores a la finalización de la primera guerra del Golfo.


Los traidores

La otra parte de aquél primer gobierno títere que ha sido relevado hace unas semanas, fue designada por la Autoridad Suprema y Absoluta -los Estados Unidos- entre líderes locales que habían jurado lealtad a los invasores. La cooptación como siervos de Bremer fue hecha inmediatamente después de que Bush proclamase la victoria y la finalización de una guerra que había sido programada y ejecutada para destruir Iraq, y para aterrorizar, humillar y someter a sus habitantes. Sobre esa humillación y ese espanto de todo el pueblo, levantaron la cabeza y alcanzaron la preeminencia los miembros del primer gobierno provisional.

En esas condiciones, la prueba de fidelidad que suponía el besamanos a la Autoridad de la coalición era altísima. Había sido establecida por la enorme arrogancia y el desprecio del Bush más pletórico: el que creía haber culminado con una guerra victoriosa la tarea iniciada por doce años de embargo genocida.

La aceptación de los cargos de este segundo componente del primer gobierno provisional -el de los traidores-, fue un aplauso sin reservas a los Estados Unidos, que aumentó el dolor y la humillación de un pueblo martirizado y pisoteado.


El realojo

La mayor parte de todos esos «patriotas»: vendidos de copiosa nómina y traidores en momentos de derrota, han sido realojados ahora en el nuevo Consejo Gobernante Iraquí.

El resto de esos personajes grotescos que han servido para arabizar las fotografías de Bremer o para representar a Iraq en espectáculos mediáticos tan cínicos y crueles como la Conferencia de Donantes, se han instalado en el otro centro de la soberanía restaurada: el comité preparatorio de la Conferencia nacional.

El presidente de este órgano medio encubierto -formado por los 20 miembros del primer gobierno de transición que se han quedado sin empleo en el nuevo gobierno- es Fuad Maasum, allegado de confianza del jefe kurdo Jalal Talabani, uno de los pequeños aliados militares de los Estados Unidos. El comité tiene por misión prestar el dedo para que John Negroponte -el nuevo procónsul con estatus de embajador- distribuya las 1000 porciones de soberanía tutelada para que conformen una aparatosa Conferencia nacional que se reunirá a finales de este mes de julio. Esa enorme asamblea de «amigos» tendrá como única misión la de señalar a los personajes favoritos de los Estados Unidos para componer un Consejo de 100 miembros que asesorará y controlará al flamante «gobierno» transitorio.


Capricho pitagórico

Mil y Cien son las cifras arbitrarias de una «representación» totalmente artificial, de capricho -a saber por qué- más pitagórico que cabalístico. En el fondo da lo mismo.

Los cuerpos políticos del Iraq recreado por Washington serán la estrecha base de apoyo de una estructura vertical de poder cuya cúspide será ocupada por John Negroponte, maestro de guerras sucias e intervenciones más descaradas que encubiertas, el «embajador-general en jefe» del ejército de ocupación de unos 170.000 hombres. Todo este conjunto de comités y consejos -formalmente ejecutivos y consultivos- son, más que provisionales, fugaces. Aunque algunos aún tardarán en formarse, todos cesarán, según los planes de Washington, en el próximo mes de enero de 2005. En todo caso no tendrán por que preocuparse en tareas importantes: su misión es barajar los cien decretos de última hora que ha dejado firmados Paul Bremer. Se refieren a asuntos menores como la inmediata ley electoral que reparte el derecho de sufragio entre los iraquíes de confianza, o la norma que libera de toda preocupación penal no sólo a las tropas de ocupación y a todo el personal vinculado a la Coalición sino a los ya famosos «contratistas civiles». Una especie de bula papal con derecho de lanza, botín y pernada.

La transitoriedad institucional se construye sobre una fidelidad fundamental. Una parte de los miembros de esas instituciones, los mejor clasificados en las evaluaciones de «obediencia y servilismo», reaparecerán sin duda en los nuevos especímenes institucionales igualmente transitorios.

El presidente Bush -y también los Estados Unidos- necesitan tiempo para la batalla militar contra la resistencia. Por eso han elaborado una sucesión de momentos y de escalones en una transición que no conduce a ninguna parte.


La transición represiva

De modo que de un mismo tronco común -el de los comparsas nombrados por Bremer hace un año, cuando la ocupación parecía un juego de niños y la sumisión absoluta el precedente necesario para participar en la farsa del gobierno compartido- han salido las instituciones volátiles y las autoridades que han recibido la soberanía.

La única función real de los nuevos soberanos iraquíes es la de servir de ejecutores obedientes, y de coartada y fachada protectora, para una guerra sucia aparentemente nacionalizada.

Sin duda que para ese trabajo ha sido perfecta la elección del Primer Ministro Fantoche, Ayad Allawi, quien antes de la «entrega de soberanía» anunció la muy probable declaración del «estado de sitio» en las zonas más conflictivas del país.

Terrible sin duda el futuro inmediato de Iraq.

Terrible también los parabienes cómplices de los políticos occidentales y el alborozo cínico de los órganos de Falsimedia.