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Entrevista a Joaquín Miras y Joan Tafalla sobre su libro "Una vez más, la izquierda como problema"

«Alguien ha de ser estiércol que abone en silencio la realidad social para que haya futuro. Fuera de esta tarea todo nos parece vanidad»

Fuentes: El Viejo Topo

Filólogo uno, historiador el otro, y ambos jacobinos, gramscianos, analistas y estudiosos de los Quaderni, Joaquín Miras y Joan Tafalla son dos pensadores praxeológicos surgidos de la tradición marxista-comunista en nuestro país empecinados en pensar siempre con su propia cabeza. El diálogo se centra en su último libro editado recientemente por El Viejo Topo: La […]

Filólogo uno, historiador el otro, y ambos jacobinos, gramscianos, analistas y estudiosos de los Quaderni, Joaquín Miras y Joan Tafalla son dos pensadores praxeológicos surgidos de la tradición marxista-comunista en nuestro país empecinados en pensar siempre con su propia cabeza.

El diálogo se centra en su último libro editado recientemente por El Viejo Topo: La izquierda como problema.

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Felicidades por vuestro nuevo trabajo, vuestro nuevo «material» que diría Manuel Sacristán. Empiezo por el título. ¿Por qué «una vez más»? Cuando habláis de la izquierda, ¿en qué izquierda o izquierdas, en qué tradiciones estáis pensando?

La frase del título hace referencia a la semejanza que tiene la actual situación política con la de la transición de los años 70. En aquel momento, un fuerte movimiento obrero y popular puso en crisis una forma de dominación, pero no tenía fuerza suficiente para imponer una solución democrático-popular. Hoy ese viejo movimiento obrero y popular ha sido derrotado, se encuentra en retirada, solo puede librar batallas defensivas, en el ámbito de lo económico-corporativo. Aparece un nuevo movimiento que está en los inicios, aún sin estructurar, aún poco potente. No existe conexión entre ambos movimientos. La suma de los dos no da la potencia necesaria para vencer en el pulso contra las brutales políticas aplicadas por mandato de la UE. Esa es la diferencia en la sociedad. Pero existe un común denominador: entre 1975 y 1978 la izquierda, las fuerzas democráticas existentes, ante la situación de fin de régimen, comenzaron a moverse tácticamente para aventajar a las demás en la carrera por el poder institucional, abandonaron la movilización, convirtieron el tejido movilizado en caladeros de pesca de voto, instrumentales, etc. En la actualidad creemos que sucede algo similar. Con el agravante de que las incipientes movilizaciones existentes hoy día se han hecho al margen de esas fuerzas, cuyo interés, cuyos intereses han estado durante más de treinta años en la gestión institucional.

Por lo tanto, nuestra crítica es muy generalizada. En estos momentos brotan no cien flores, ni cien asambleas de base, sino cien candidaturas, amparando su justificación con léxico radical, pero «yendo al grano».

La izquierda es un problema… ¿para quién? ¿Para la propia izquierda? ¿Para la ciudadanía desfavorecida?

No afirmamos que la izquierda sea un problema para la ciudadanía desfavorecida. Esa es una lectura que toma la parte por el todo. Afirmamos que la izquierda actual, al margen de los esfuerzos honestos y denodados de miles de militantes, no es la solución. Y si no cambia radicalmente de cultura política, si no vuelve a empezar, no llegará a ser parte de la solución.

La ciudadanía necesita una izquierda que contribuya desde la modestia, desde el segundo plano y, esto es muy importante, desde su experiencia -la izquierda, en sus diversas versiones, cierra los ojos a lo que le dice la terrible experiencia histórica del siglo XX-, a la constitución de un movimiento democrático y popular, a la constitución del pueblo trabajador en pueblo soberano capaz de luchar, de organizarse, de deliberar y de crear una nueva cultura. La izquierda, las fuerzas políticas de izquierda, deberían ser sirvientes de las necesidades de las clases populares. Se comportan sin embargo, como eternos y frustrados aspirantes a amos. La oligarquía por su parte siempre ha entendido cuál ha de ser el verdadero papel de sus partidos orgánicos; la derecha siempre ha sabido que los políticos son sus servidores, que ministro, diputado, comisario quiere decir esclavo/esclava, servidor.

En vuestra opinión, en el territorio comprendido dentro de la Unión europea, os cito ahora, «el capital financiero e industrial alemán, tras una larga marcha, ha conquistado el espacio vital (Lebesraum) que la geopolítica alemana de los años veinte del siglo pasado consideraba imprescindible para darle un rol hegemónico en Eurasia. Una conquista de evidentes características neo-colonizadoras de los territorios periféricos de la Unión Europea.». ¿Estamos en eso? ¿Qué espacio vital se abarcaría? ¿Sólo el capital financiero e industrial alemán?

Creemos que lo que se dirime en este periodo es un nuevo orden económico social, cultural, ideológico y político impuesto por el capitalismo tras la caída de su enemigo, el bloque del este. A partir de ese momento el capitalismo se desembrida, crea nuevos instrumentos y medios de control sobre la economía, en primer lugar, y sobre los demás ámbitos de la vida. En Europa se produjo en principio una pugna por el liderato de la nueva época, entre Gran Bretaña, que decidió quedar al margen, Francia y Alemania. No cabe duda sobre quién ha sido el vencedor. El diseño de la moneda única obedece a los criterios y necesidades impuestos por Alemania. Y en torno a Alemania se han unido algunas otras potencias económicas sin peso para ser protagonistas en el diseño del proyecto como Holanda. Esto no quiere decir que Francia no trate de preservar sus intereses, pero hoy (mayo de 2013) su posición es una posición subordinada. Lo esencial, nos parece, son las relaciones de carácter imperialista entre el país centro (Alemania) y las colonias (los países periféricos de la UE). Se trata de una situación que exige una lucha por la liberación nacional y democrática. España debe salir de la UE y del euro. Se trata de la condición necesaria para salir de la trampa que lleva a los pueblos de España al expolio, a la dependencia, a la miseria y, como colofón (muy clásico por otra parte) a una confrontación entre ellos que sustituye la lucha contra el enemigo común. Para nosotros, no existe soberanía popular ni española, ni catalana, ni vasca, etc., sin liberarse del euro y de la UE.


 

Las centrales sindicales mayoritarias, os cito de nuevo, «mostraron a los trabajadores que la resignación y la sumisión era la única vía para poder trabajar» (y ello sin que las minoritarias o las sucesivas y localizadas escisiones de CCOO pudieran y/o supieran revertir este proceso). ¿Han traicionado a la clase obrera entonces? ¿Son en vuestra opinión instituciones perversas de las que nada se puede esperar?

Nos reclamamos del origen heroico y glorioso de las comisiones obreras. Una característica de las actuales burocracias dirigentes es servirse de este patrimonio de luchadores y luchadoras para legitimar su actual subordinación a los planes del la oligarquía. No hablemos ya de UGT. La imposición verticalista y antidemocrática del Pacto de la Moncloa marcó un antes y un después. La imposición de ese Pacto significó el aplastamiento de la cultura de lucha creada en durísimas condiciones entre finales de los años 50 y 1976-77. Las centrales sindicales, constituidas como tales, durante la transición perdieron toda autonomía de clase, toda práctica democrática, todo el carácter socio-político. Fueron cooptadas y, en gran parte, corrompidas. Se transformaron en instituciones sin cuyo compromiso no hubiese existido el régimen a cuyo ocaso o crisis asistimos. El último ejemplo de esa actitud de sumisión y de falta de perspectiva socio-política ha sido el llamamiento de Toxo y Méndez el pasado primero de mayo a consolidar el régimen decadente con un gran pacto social, en lugar de estimular la lucha por un cambio político democrático, por derribar el gobierno del gran capital y abrir con ello la posibilidad de otro modelo de desarrollo justo social y ecológicamente.

La lucha por la democracia precisa de un sindicalismo de clase, democrático, socio-político, autónomo de la patronal y del estado. Pequeños y dignos sindicatos lo están intentando desde hace muchos años: COBAS, SAT, Corriente Sindical de Izquierdas, Sindicato ferroviario, IAC y muchos otros. Comprendemos que hay empresas o sectores donde los compañeros no puedan hacer otra cosa que «aprovechar las condiciones legales» y deban trabajar dentro de los sindicatos del régimen. Pero si se afirma que debe surgir un nuevo régimen democrático y popular, más pronto o más tarde deberá surgir una nueva confederación sindical de clase y democrática. Y la tarea deberían haberla emprendido ya los mismos sectores honestos que aún trabajan dentro de ese sindicalismo vertical.

Los últimos episodios en IU, señaláis en vuestro material, «son la transformación del llamamiento electoral a la rebelión en una política de apoyo a la gobernabilidad de Extremadura por parte del PP», y, en el caso de Andalucía, a «la aplicación de los recortes impuestos por la troika eso sí, «por imperativo legal». Os comento lo de Extremadura: ¿pero no es eso lo que quisieron, lo que discutieron, lo que votaron y apoyaron los propios militantes de la organización enfrentándose, por cierto, a la dirección federal de IU?

En un primer nivel la respuesta es otra pregunta: ¿de veras eso es lo que quiso el electorado que votó a IU en Extremadura? En un segundo nivel, y aceptado que así fuera, se plantea entonces la cualidad moral de los dirigentes. Respecto de este tema, o del racismo, o de cualquier otro asunto político, uno no puede evitar, de entrada al menos, que el votante tenga ésta o aquella opinión, ésta o aquélla preferencia. Pero uno sí puede preferir y optar por no ser quien la gestiona. Si de responsabilidad hablamos, ésa es la responsabilidad de un individuo de izquierdas. Presidentes hubo que dimitieron por no firmar una pena de muerte, y nos parecen ejemplos imborrables.

En un tercer nivel: esto muestra los límites y la impotencia de entender la política como proceso electoral, no como organización y debate constante de las clases subalternas. El lema electoral de IU «¡Rebélate!» se transformó en Extremadura en un gobierno del PP y en Andalucía en la gestión de los recortes «por imperativo legal».


 

Habláis de una revolución democrática a pesar de que, apuntáis, «el demos no está aún por la labor». ¿Qué es eso de una revolución democrática? ¿No es la misma idea que difunde y apoya el Frente Cívico Somos mayoría?

La revolución democrática es, para nosotros, un proceso en el que se vaya creando un nuevo sujeto social colectivo, como consecuencia de la organización de la gente, en territorios, en barrios, en comunidades, en centros de trabajo, empezando por donde resulte posible, hasta abarcar el conjunto de la sociedad. Este tipo de proceso tiene sus tiempos, habitualmente lentos y, para ser democrático, solo puede darse de abajo arriba. Parte de la experiencia real de las gentes, permite que la gente haga su experiencia política y transforma a las clases subalternas en sujeto social y político creador de una nueva cultura y, consiguientemente, de un nuevo estado. Su calendario y agenda deben ser autónomos de los calendarios y agendas heterónomos, es decir, elaborados e impuestos desde fuera. Concretamente, su calendario no debe depender del calendario electoral ni de las impaciencias electorales de las vanguardias externas al proceso democrático de constitución del sujeto político. Este movimiento aún no existe (aunque en Catalunya existen pequeños embriones que se mueven en unas pocas localidades) y no puede tener en consecuencia visibilidad política. La idea de revolución democrática es el Allonsanfan que recorre Europa desde hace 224 años y es lógico que entre las gentes de la izquierda haya coincidencia en ella como objetivo. Solo que lo que para unos puede parecer lo urgente a otros nos parece que bloquea lo necesario.

Habláis del inicio de un proceso falsamente soberanista que reclama para Catalunya estructuras de Estado dentro de la UE. Para vosotros, añadís, no existe soberanía posible dentro de la UE. ¿Por qué no es posible? ¿Cómo hay que situarse en ese proceso soberanista?

Creemos que soberanía es capacidad de decisión y control sobre la vida económica y social de una sociedad determinada. Sin posibilidad de control democrático sobre la moneda, sobre las políticas económicas a desarrollar, sobre los presupuestos económicos del estado, hablar de soberanía es un sarcasmo. Por otra parte, el proceso soberanista catalán adolece de lo que adolece toda actividad política que piensa la política solo como acción institucional y competencia electoral con otras fuerzas, en lugar de plantearse la política como actividad de organización directa de la gente en su territorio, de abajo arriba, a partir de su experiencia política, sus deliberaciones y sus criterios. El institucionalismo en lugar de convertir a las fuerzas políticas en unificadoras de sociedad las convierte en nuevas instituciones en competencia con las anteriores


 

Hablando de soberanía, afirmáis que ésta no debe radicar en «la nación» o en el parlamento, sino en el pueblo, «como sujeto organizado, activo y operante, con capacidad de decisión sobre sí mismo y su creatividad cultural». ¿De qué pueblo estáis hablando? En nuestro caso, en España, ¿cuál sería el pueblo soberano?

Esta pregunta puede ayudar a comprender mejor nuestra posición sobre lo que sea o no revolución democrática. Sin prejuzgar a priori si esta o aquella fuerza comparten o no nuestra opinión. Para nosotros la democracia es el nombre de un movimiento organizado, estable, capilar, constituido por las clases subalternas para protagonizar la actividad político cultural, para protagonizar su vivir. Las clases, el pueblo, los bloques sociales, a priori no existen, se crean se organizan o forman. Pueblo soberano en ciernes lo sería el movimiento en proceso de autoconstitución que surgiera de entre las clases subalternas. No podemos creer que el universo electoral de votantes sea pueblo soberano por el hecho de votar. De hecho, tampoco lo considera así la actual constitución, que precisamente por ser de corte liberal, declara que la soberanía radica en el parlamento.

Cuando habláis de un nuevo modo de hacer política, ¿de qué nuevo modo estáis hablando? ¿Qué sería eso de la transición hacia un nuevo régimen político de carácter democrático popular?

Habitualmente se considera que hacer política es plantear al votante un programa en el que se enumera una serie de acciones que determinado partido desarrollaría desde las instituciones políticas, si se le votase. Nosotros consideramos, primero, que el centro de la política debe ser constituir un movimiento de masas que trate de organizarse como poder capilar en la vida cotidiana. No reducimos la política a la actividad estatal, porque nos negamos a aceptar la arbitraria separación entre estado y sociedad civil. Estado es todo instrumento que crea un orden social y cultural y estado es por tanto la actividad producida por ese instrumental, esto es, la cultura material de vida organizada.

En segundo lugar, desde Rousseau, Robespierre, Saint-Just, Babeuf o Buonarroti, sabemos que la representación es el mecanismo mediante el cual las élites secuestran la soberanía del pueblo. Sabemos que la ficción democrática dura el tiempo que media entre la apertura y el cierre de los colegios electorales. La democracia entendida como pueblo soberano desconfía de sus representantes: les impone un mandato imperativo, divide su poder, limita su mandato, les impone rendiciones de cuentas periódicas, los revoca si vulneran el mandato del pueblo. Ese, más que un nuevo modo de hacer político es un modo clásico, es «la libertad de los antiguos», es la tradición de la democracia jacobina que fue abandonada por la socialdemocracia a finales del siglo XIX. Aquí también cabe la idea de que de lo que se trata es de «volver a empezar».


 

Perdonad que insista en este punto. Nadie sino el Pueblo puede hablar en nombre del Pueblo. En este principio se basa la Democracia señaláis. ¿Cómo habla el pueblo de sí mismo? ¿A través de qué proceso, con qué organización si fuera el caso?

«La libertad pasó como una tormenta», dijo Saint-Just. Las ocasiones en que el pueblo ha hablado de sí mismo han sido, históricamente pocas y han durado poco tiempo. Pero nos continúan iluminando, continúan explicándonos qué debemos perseguir y, sobre todo, cómo debemos hacerlo. El colapso de estas breves experiencias nos muestra también qué cosas no se deben hacer. Nos señalan qué cosas no debemos repetir. Pero con Neruda nos podemos lamentar: «…es tan largo el olvido!».

¡Claro que el pueblo puede hablar de sí mismo! ¡1793, 1871, 1917-21, 1936 son algunas de las ocasiones recientes en que lo ha hecho! En cada una de esas ocasiones dejó de hablar por sí mismo, dejo de hablar de sí mismo cuando una determinada elite secuestró su poder, le arrebató la soberanía y se puso a gobernar en su nombre.

Quienes nos critican suelen recordarnos la tesis XI sobre Feuerbach. Siempre olvidan la tesis tercera: el educador debe ser educado. Que para nosotros quiere decir: no existe proceso democrático que quiera comenzar y crea consistir en que unos dirigen y otros siguen -no ponemos «obedecen»-. Sólo caracterizamos como democrático aquel proceso que propicie la creación de experiencia de vida activa entre los subalternos, su transformación en sujeto activo y operante, su autonomía. Rechazamos categóricamente dar el nombre de democráticos a aquellos movimientos integrados y dirigidos por «especialistas» de la política, ni a aquellos que se plantean como meta única la gestión institucional de lo existente.

¿Qué caracteriza esa democracia sustantiva de la que habláis? ¿Cuál es su sustantividad? ¿Por qué nuestras llamadas «democracias» no lo serían?

Democracia sustantiva es una definición clásica que se basa en la noción de que no hay democracia donde el demos no detenta el poder. Un poder que no es solo el de la institución burocrática del aparato del estado, sino el del conjunto de la sociedad que, en cada una de sus más mínimas expresiones, es Estado. Ese poder lo detenta el pueblo creando con su ethos el mundo de vida, la cultura o eticidad, y deliberando las leyes -la legislación no se delega- y eligiendo, de diversas formas, y controlando, a los magistrados mandatados para gestionar la ley. Es una realidad en la que el poder de control sobre la vida diaria, sobre la vida cotidiana, está en todo o en parte -según el movimiento organizado y su peso- en manos de ese movimiento capilar estable. Los regímenes existentes en Occidente «se llaman democracia y no lo son». Tras Thermidor, todos los regímenes constituidos en occidente, lejos de ser democráticos, se constituyeron en un largo proceso de «revolución pasiva», cuyo objetivo era neutralizar e integrar las conquistas de los pueblos, como por ejemplo, el sufragio universal. Se trata de regímenes constitucionales liberales -representativos donde no existe mandato imperativo, donde el soberano legal son los representes y no el pueblo. Eso por no hablar del soberano real constituido por una fina capa de poderes económicos, militares y religiosos. Son regímenes donde el pueblo no puede controlar, ni limitar el poder de los mandatarios, por que las leyes lo prohíben. Denominar estos regímenes como democracia es una concesión verbal que entraña la derrota del pensamiento democrático surgido del año II la revolución francesa.

Nuestras democracias no parten de movimientos de masas cuyas tupidas redes organizativas luchen por el control sobre el vivir para crear en lucha un vivir libre. Restringen la política a la actividad ingenieril desarrollada desde las instituciones político administrativas y conciben la participación política como el voto en las elecciones por parte de una ciudadanía -si así se la puede denominar- atomizada.


 

Nuestro programa, afirmáis, «solo puede ser ayudar al nacimiento de un Pueblo real, una Voluntad Soberana, práxica, existente, que en la medida que exista hace innecesario ningún motor de arranque». Pero el nacimiento de un pueblo real, de esa voluntad soberana, ¿no puede ser posibilitada por la elaboración colectiva de programas de unión, que acerquen a las gentes, que nos aproximen a todos, que marginen puntos de desunión?

Comenzar la casa por el tejado nunca da resultado. Y lo estamos viendo. En Catalunya desde septiembre de 2012, los programas de la izquierda se multiplican, florecen la candidaturas, por doquier personalidades abnegadas consideran llegado el momento de someterse a la dura prueba del servicio. En los ultimísimos meses aparecen fenómenos similares en el resto de España. Y desde luego, nadie tiene por qué no presentarse como candidato. Pero nosotros creemos que ahora lo que toca es asumir que alguien -«álguienes»- ha de ser estiércol que abone en silencio la realidad social, para que haya futuro. Ser estiércol hoy, tal como escribía Antonio Gramsci. Fuera de esta tarea todo nos parece vanidad.