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El poeta publica “La piel sobre la piel”

Antonio Orihuela: Poesia y comunismo por decir

Fuentes: Rebelión

«No todo está dicho. Está dicho lo de siempre». Están dichas las palabras sumisas, cómplices, evasivas. Están dichos los bajeles piratas, las oscuras golondrinas, los hondos pesares de nuestros metafísicos poetas. Antonio Orihuela, en su último libro «La piel sobre la piel» se afana de nuevo en decir lo Otro, lo que no está dicho, […]

«No todo está dicho. Está dicho lo de siempre». Están dichas las palabras sumisas, cómplices, evasivas. Están dichos los bajeles piratas, las oscuras golondrinas, los hondos pesares de nuestros metafísicos poetas.

Antonio Orihuela, en su último libro «La piel sobre la piel» se afana de nuevo en decir lo Otro, lo que no está dicho, lo que sólo se puede decir a riesgo de ostracismo o de escarnio. En sus poemas suenan las sirenas que anuncian el tiempo del bocadillo, los niños juegan al ahorcado y los feligreses del Mercado componen la bulliciosa procesión a las grandes superficies comerciales, nuestras iglesias contemporáneas.

Nuestro poeta se empeña en hablar de lo cotidiano o, mejor dicho, desde lo cotidiano. Parece que se agotó su manantial de esencias, su fuente de ambrosías y sentimientos sublimes, su capacidad para gongorizar y «garcilasar»… Nuestro poeta se obstina en hablarnos de cajeras, de pintores de brocha gorda, de playas convertidas en vertederos. «Vuelvo del contenedor a mis asuntos», nos dice, a modo de grafitti irónico en la estatua, embriagada de sí misma, de lo que suele considerarse literatura.

«La realidad es, para un autor, como el cerdo, que se aprovecha todo de él» decía hace poco Luis Landero. Antonio Orihuela utiliza lo «prosaico» como el primer material de su construcción poética. Pero su tratamiento no es el del realismo fotográfico o el del costumbrismo. Su mirada está empapada de melancolía, de urgencia, de ternura, de ironía.

Melancolía de lo cotidiano, sin impostura, sin arrumacos. Urgencia masticada, rumiada, grito de quien pensó desde su dolor. Ternura de lo mínimo, de lo despreciado, de lo que no cuenta socialmente. Ironía para defendernos de «las trampas de la individualidad y la singularidad, del nihilismo y la palabrería».

Orihuela busca desesperadamente, como un arqueólogo de las resistencias, «los actos de amor simples y desinteresados», los fragmentos de «humanidad futura». Por «las calles quemadas de la inocencia», en las vidas escindidas de los hombres y mujeres comunes, en el tiempo sincopado, descoyuntado, gobernado por las mercancías, trata de encontrar las pequeñas huellas de la esperanza, la brasa aun superviviente de la rebeldía.

El poeta rastrea «los restos de humanidad» que aun «se le salían por la boca», en la pronunciación del «zuzezivo» involuntario de un guardia; o retiene el extravío de un comercial que «estaba muy,/ muy perdido,/ el resto del tiempo/ que tenía que ser otro». Nos habla, con una mezcla de rabia y ternura, de la gigantesca alienación de nuestra época. Alienación: tiempo de otro, interés de otro, conciencia de otro.

 

LA CLASE TRABAJADORA: DE LA JAULA DE ORO A LA ESCOMBRERA

«De treinta años en la empresa
a cómo se llama esta semana la empresa,
de quién es esta empresa,
a dónde se han llevado esta empresa.
De toda una vida a las relaciones fugaces, obrero puta,
el capital no quiere fidelidades. «

La clase obrera ha sido retirada de la circulación de los discursos políticos y culturales, incluidos los de la izquierda y el sindicalismo oficial. Orihuela tiene la osadía de acoger en sus poemas esa categoría social llamada clase trabajadora que, sencillamente, ha sido hecha desaparecer por los escuadrones de la muerte de la literatura y el pensamiento únicos.

Explotación, miedo y complicidad: paisaje hoy de la clase obrera. Metros y trenes arrastran cuerpos a granel, derrotados por jornadas cada vez más extenuantes, dormidos de pie, de lado, de soslayo, acunados en la fantasía de las mercancías. «Los obreros salen de los tajos,/ suben a los coches,/ entran en los bares,/ llegan a casa,/ besan a sus hijos,/ encienden la TV,/ y se enfrían,/ se enfrían,/ se enfrían….»

Clase trabajadora-escombro, mero trabajo de usar y tirar, condenada a «la movilidad sin fin» y a sacrificar su propia conciencia de existencia a manos de la promesa de ascenso social.

«Ahora/ ya no pasamos miedo,/ vivimos con él». Miedo de no poder pagar el alquiler o la hipoteca. Miedo al paro, miedo al despido. En cualquier empresa, el patrón repite una y mil veces la vieja Ley, la ley fundante de esa dictadura del trabajo asalariado que se conoce como capitalismo, la ley del despido, de la apropiación del tiempo del obrero. Mientras se consuma el enésimo despido, las piezas del rebaño, apretaditas y «obedientes marchan a la saca./ El resto disimula el olor a sangre/ con un poco de hierba entre los dientes» y un joven, al fondo, repite la cantinela que ya aprendió: De la dignidad no se come…

EL TIEMPO DE LAS ALAMBRADAS

Eructamos opresión. También los oprimidos reproducimos la opresión, «este cuento de aquí que entre todos sostenemos». Orihuela nos incita a mirar de frente el mundo que nos rodea, «este manicomio/ de coches, fábricas, centrales nucleares/ y relojes sin tiempo».

El Mercado engulle y jibariza los afanes de socialidad que aun perviven. Un mercado que se dice libre, «pero en todos los puestos venden lo mismo». Los oprimidos compramos la mitología del progreso fabricada en las factorías de la burguesía, mientras «el Capital trabaja, incesante, para provocar deseos insatisfechos».

Las alambradas de nuestro tiempo se construyen con represión policial, pero también con fantasmagoría ideológica, con fetiches embaucadores, con promesas mercantiles de felicidad.

Aceptamos como democracia un régimen en el que publicidad e información se confunden, en el que «nos llaman, cada cuatro años/ para elegir la remodelación del circo» y donde » te dejan hablar mientras no tengas nada que decir».

Dictadura de las mercancías y de las jerarquías. Diseño, modas, pantallas, teléfonos, coches, pero también jefes, iglesias, obediencia. El capital no es una categoría económica, sino la expresión de una relación social de dominación y explotación, «una enorme concentración de poder acumulado» como diría José María Ripalda.

CONSTRUIR LO COMÚN

¿Cómo pueden crecer los arbolillos
bajo toda la nieve del invierno?. (Bertold Brecht)

Se puede, a pesar de todo. A pesar de que «negras tormentas agitan los aires», podemos «cambiar el mundo de base». Depende de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestra tenacidad, de nuestro valor. «Las cosas se hacen reales cuando las gentes las hacen reales».

La memoria de nuestros muertos viene en auxilio. «Los muertos indóciles/ sin nombre en sus tumbas», nos recuerdan la rebelión interminable y orgullosa de los esclavos. La memoria, como un manantial, del que brotan palabras «mascullando revolución,/ comunismo libertario/ el topatós».

Ellos nos quieren zombis de su Mercado y de sus neurosis de poder. Nosotros podemos construir lo común, las formas de socialización y de humanidad que nos han robado o impedido. Apoyo mutuo, conciencia y solidaridad de clase, desobediencia, viejas y novísimas palabras para detener la locura organizada.

«Nuestra vida debe ser enemiga del capitalismo» y para ello debemos apagar nuestra muerte, «llenarnos de lentitud, de fiesta, de sentido». «Dejar de ser ellos,/ renunciar a ser como ellos,/ ni un minuto más ellos», reapropiarnos de nuestro tiempo.

La austeridad y el afecto, virtudes a las que alude Antonio Orihuela, en un hermoso poema que recuerda las enseñanzas del padre, serán imprescindibles para construir la vida buena.

No todo está dicho. Revolución, austeridad, afecto: son palabras del comunismo (libertario) que está por decir.

LIBROS DE ANTONIO ORIHUELA

  • La piel sobre la piel. Editorial: Aula de Cultura-Facultad de Filología de Sevilla, 2005

  • La voz común. Editorial: Tierra de nadie, 2004

  • Piedra, corazón del mundo. Antología poética. Editorial: Germanía, 2001


El libro se puede comprar en la siguiente correo:  [email protected]