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Trabajo forzoso y abuso de trabajadores

Cómo se construyó la Embajada de EEUU en Bagdad

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés por Sinfo Fernández

En los meses siguientes a septiembre de 2005, empezaron a llegar una serie de quejas al Departamento de Estado de EEUU que indicaban que no todo estaba yendo tan bien en su proyecto más ambicioso: una inmensa embajada nueva en las orillas del inmemorial río Tigris. La mayor, la más férreamente fortificada embajada en el mundo, con alrededor de 20 edificios, ocupando 104 acres (421 kilómetros cuadrados), comparable en tamaño al Vaticano.

Un poco antes, en julio de 2005, el Departamento de Estado había concedido un contrato de construcción por valor de 592 millones de dólares a First Kuwaiti General Trading and Contracting, y miles de emigrantes, con salarios ínfimos, reclutados en el Sureste Asiático, Filipinas y otras naciones fueron confluyendo hacia Bagdad para levantar el gigantesco complejo en un plazo de dos años. Pero fuentes comprometidas en el proyecto de construcción de la embajada comunicaron a Slogger que, a causa de las prisas de First Kuwaiti para terminar el proyecto este verano, en la fecha prevista, los administradores y especialistas estadounidenses presentes allí empezaron a protestar por las condiciones de vida y trabajo de los trabajadores, con salarios ínfimos, secuestrados y en gran medida inadvertidos tras los muros de seguridad que rodeaban el proyecto de la embajada en el interior de la Zona Verde controlada por los estadounidenses.

Los estadounidenses informaron que el personal dedicado a la construcción vivía hacinado, comiendo alimentos de calidad infame y con muy pocos cuidados sanitarios. Cuando el agua potable escaseó con el calor abrasador, se llenaron los refrigeradores en las orillas del Tigris, un río en el que abundan las enfermedades infecciosas transmitidas por el agua, a causa de la basura y de la existencia de cadáveres flotando, dijeron. ¿Era para impedirles escapar? Algunos trabajadores habían «desaparecido» sin casi investigación. Otro estadounidense manifestó que los trabajadores le contaron que habían sido engañados en cuanto al destino de su lugar de trabajo. Nadie les advirtió, cuando fueron reclutados, que les enviaban al Iraq asolado por la guerra.

Después de escuchar acusaciones similares durante gran parte de 2006, Howard J. Krongard, el inspector general del Departamento de Estado, voló hacia Bagdad el 15 de septiembre para lo que describió como «breve» inspección. Y ahora informa que las quejas no tenían fundamento.

«Nada especial nos llamó la atención», escribió en un memorando de nueve páginas publicado recientemente en la página de Internet del Departamento de Estado. Y lo más importante, que después de entrevistar a un número no especificado de trabajadores de Filipinas, India, Nepal y Pakistán, Krongard dijo que no había encontrado pruebas de contrabando y tráfico de trabajadores u otros abusos. Krongard no menciona una investigación que actualmente está realizando el Departamento de Justicia de EEUU sobre First Kuwaiti y otros por esas supuestas prácticas y otras cuestiones.

Un antiguo capataz de trabajadores en el lugar de la embajada que leyó recientemente los resultados de la investigación de Krongard, los denominó de «gilipollez». Otro antiguo empleado de First Kuwaiti los consideró como «un encubrimiento».

Mientras tanto, los abogados del Departamento de Justicia Andrew Kline y Michael J. Frank, junto a la división de derechos humanos, han estado contactando con antiguos empleados de First Kuwaiti y otros, realizando entrevistas y revisando documentos, pero declinaron comentar nada sobre la investigación, tan sólo manifestaron que estaban examinando las acusaciones de tráfico de trabajadores.

Billete para Dubai con desvío hacia Iraq

Docenas de trabajadores emigrantes de Nepal y las Filipinas han acusado anteriormente a First Kuwaiti de presionarles para trabajar en Iraq, en contra de su voluntad, en contratos del ejército estadounidense. A finales del pasado año, varios estadounidenses afirmaron también que habían embarcado en diferentes aviones fletados en Kuwait cargados con grupos de trabajadores con carta de embarque para Dubai pero que los aviones fueron directamente a Bagdad. El pasado mes de mayo, otro estadounidense informó a Slogger que varios trabajadores de Gana en el lugar de la Embajada le habían dicho que, aunque creían haber conseguido trabajos en Dubai, fueron llevados a trabajar a Iraq.

El director general de First Kuwaiti, Wadih al Absi, rechazó rotundamente las acusaciones como falsas e infundadas.

«Le digo que First Kuwaiti no ha violado nunca ningún visado ni obligado a nadie a trabajar», dijo durante una entrevista telefónica celebrada el pasado mes de enero. «En los próximos meses verá que First Kuwaiti es la mejor compañía que trabaja en Oriente Medio.»

Desde que consiguió el proyecto de Bagdad, el Departamento de Estado ha entregado a First Kuwaiti unos 200 millones de dólares más por trabajos en otras embajadas en África, India e Indonesia. Se dice ahora que la compañía está compitiendo por otra gran embajada estadounidense, esta vez en Líbano.

Si Krongard hubiera visitado Bagdad sin anunciarse antes del pasado septiembre, hubiera podido entonces presenciar algo muy diferente a lo que su memorando cuenta. Una media docena de estadounidenses que trabajaron en el proyecto de la embajada dicen ahora que el inspector general no vio nada inapropiado porque se habían adecentado los problemas antes de su inspección del 15 de septiembre, debido a las quejas y preguntas aparecidas en los medios.

20 personas viviendo en un trailer

«La mayor parte de las acusaciones (de los estadounidenses) eran verdad antes de que llegara», afirma Juvencio López, quien dice haber sido durante dos años gerente de alto nivel del proyecto bajo el Departamento de Estado estadounidense. A lo largo de una entrevista telefónica celebrada a mediados del pasado mes de mayo, explicó que los trabajadores «estaban entre la espada y la pared» y que habían estado viviendo hasta 20 de ellos en un trailer. Las protestas por la mala comida, el trato abusivo de los administradores de First Kuwaiti y las insalubres condiciones de trabajo fueron frecuentes allí durante gran parte de 2005 y 2006 por parte de la mayoría de los 2.700 trabajadores.

«Había huelgas y sentadas todos los meses», dice López. Dejó Iraq en noviembre de 2006 y vive ahora en San Antonio, Texas. «En algunas ocasiones casi se produjeron motines».

López recuerda muy vívidamente a un guardia de seguridad de First Kuwaiti desenfundando una pistola de 9 mm moviéndose entre los trabajadores que protestaban y diciéndoles que volvieran al trabajo. Si el guardia se hubiera caído al suelo o los trabajadores le hubieran tumbado, la pistola podía haberse disparado. López dijo que inmediatamente informó del incidente a First Kuwaiti. «Alguien pudo resultar muerto o herido», dijo López.

En otra ocasión, según se informa, un gerente de la compañía maltrató a un trabajador. El resto de trabajadores filipinos que se encontraban cerca empezaron a protestar con voces fuertes mientras los desconcertados trabajadores de otros países observaban. «Los trabajadores eran de 36 países distintos y cada uno hablaba una lengua diferente», dijo López.

Una de las últimas mejoras de First Kuwaiti incluye una clínica médica para los trabajadores, con farmacia, sala de urgencias, máquina de rayos-x y dentista, todo lo cual apareció justo unas semanas antes de la visita del inspector general, según manifestaron varios testigos. «El resto del tiempo la clínica brilló por su ausencia, estaban ahorrando dinero… pero era escandaloso», dijo López. «Me fui, pero cuando regresé en noviembre, allí estaba».

Eso no fue lo que el anterior técnico sanitario de urgencias del ejército Rory Mayberry encontró en marzo de 2006. First Kuwaiti había contratado a Mayberry como médico con un subcontrato con MSDS, una consultora de ordenadores de propiedad minoritaria, dos personas, de fuera de Washington DC. Recomendada a First Kuwaiti por el contratista Jim Golden, que supervisa el proyecto de la embajada para el Departamento de Estado, MSDS nunca antes había proporcionado servicios médicos ni había trabajado en Iraq.

Una vez llegado al lugar de la construcción, Mayberry dice que se encontró con que no se atendían ni las necesidades médicas más básicas y que la clínica no contaba siquiera con agua caliente, ni desinfectante ni instalación para lavarse las manos. Mayberry afirma también que los archivos médicos de los trabajadores se encontraban en desorden total o no existían, que las camas estaban sucias y que el equipo de apoyo no tenía casi formación. Se repartían analgésicos como si fuera «una tienda de caramelos… y después la gente era enviada de vuelta al trabajo», para manejar equipo pesado o trepar a los andamios, añadió.

¿Mejor ahora?

Varios trabajadores habían muerto antes de que llegara Mayberry, quizá a causa de un diagnóstico inadecuado, y él recomendó una investigación. Días después de informar de los problemas a First Kuwaiti y al Departamento de Estado, Mayberry fue despedido.

Más de seis meses después, el inspector general descubrió que la clínica estaba limpia y bien organizada y con varios doctores en el equipo médico. «Los medicamentos eran cuidadosamente recetados y aparecían etiquetados tanto en inglés como en árabe. Los miembros del equipo médico que entrevistamos dijeron que no habían registrado ninguna visita médica de trabajadores motivada por heridas relacionadas con golpes o abusos».

Krongard indicó también que la comida es «muy buena», con «seis empresas de comidas diferentes sirviendo cocina egipcia, filipina, africana, libanesa, pakistaní e india para satisfacer los diferentes gusto de la mayoría de los trabajadores».

La comida libanesa era siempre buena, dijeron algunas fuentes, porque todos los altos directivos de First Kuwaiti son libaneses y comen allí junto con los administradores estadounidenses. Había una jerarquía social basada en nacionalidad, raza y clase social, dijo Paul Chapman. Chapman trabajó nueve meses para un subcontratista de First Kuwaiti y ahora se encuentra en su hogar en Carolina del Sur. Chapman recuerda haber visto a trabajadores caminando una milla para colocarse en la fila donde, en la parte trasera de un camió, se servía arroz, estofado y pan sin levadura. La comida era volcada desde contenedores marmita. «Les ví comiendo junto a la carretera o cerca de sus trailer».

Pero lo que preocupó más a Chapman fue la desaparición de siete trabajadores de India, Pakistán y Filipinas que fueron recogidos como «desaparecidos» en las listas de First Kuwaiti. Temiendo que podían haber sido asesinados y arrojados al Tigris, empezó a presionar a los funcionarios de la embajada que supervisaban el proyecto para que investigaran. «Me dijeron que me olvidara del asunto porque probablemente los trabajadores habían encontrado otros empleos».

Ya que a los trabajadores apenas se les permitía salir fuera del área del proyecto, era un misterio cómo podían haber encontrado otros trabajos. Más extraño aún era que hubieran podido salir sin los pasaportes. First Kuwaiti guardaba, bajo llave, la mayor parte de los pasaportes en un almacén.

En octubre, trabajadores de Gana en el área de la embajada contaron a Chapman que esperaban conseguir trabajos en Dubai pero que habían sido enviados a Iraq. Chapman quiso informar de esos incidentes al inspector general pero dice que le presionaron para que no lo hiciera.

«Se han incumplido todas las leyes laborales estadounidenses»

De forma complementaria a la inspección de Krongard, en diciembre, el inspector general en Bagdad de la coalición de fuerzas multinacionales entrevistó también a 36 trabajadores de siete países distintos en el lugar de la nueva embajada. Declaró que no había encontrado pruebas que indicaran la presencia de alguna forma de tráfico de trabajadores, pero encontró trabajadores de Nepal, Pakistán, Bangladesh y Sri Lanka que le informaron de prácticas de contratación fraudulentas por parte de agencias de reclutamiento en sus países de origen. Dijeron que les habían prometido salarios más altos, menos horas de trabajo y días libres. «Una gran mayoría de trabajadores» del subcontinente indio no habían recibido sus honorarios de hasta un año.

Chapman y otros afirmaron también que con mucha frecuencia en el proyecto no se tenían en cuenta los procedimientos estándar de seguridad. Muchos trabajaban sin arneses de seguridad cuando estaban en altura y no tenían ni casco ni botas. Las ropas de trabajo estaban sucias y hechas jirones. Los que las tenían sólo contaba con un conjunto, por lo tanto, raramente podían lavarlas. Así estaban de sucias y raídas, causándoles sarpullidos e irritaciones.

Algunos trabajaban con alpargatas, otros con los pies desnudos. «Tenían los dedos de los pies curvados alrededor de las barras como si fueran garras de pájaros», recuerda López.

«Se habían violado todas las leyes laborales estadounidenses», dijo un capataz estadounidense, John Owens, que añadió que nunca fue testigo de alguna reunión para tratar del tema de la seguridad. Una vez un trabajador egipcio se cayó y se rompió la espalda y fue enviado a casa. Nadie oyó hablar de nuevo de él. «El accidente no hubiera sucedido si se hubiera contado con un programa de seguridad y si se hubiera sabido utilizar un arnés de seguridad», acusa Owen, que dejó el proyecto de la embajada en junio del año pasado.

Todavía cree López que First Kuwaiti es una de las mejores compañías con las que él ha trabajado, añadiendo: «Deseo poder traer aquí [a EEUU] a la compañía». Habla en términos globales y explica que muchos estadounidenses no están acostumbrados a trabajar en un escenario internacional donde los trabajadores vienen de países empobrecidos y están ansiosos de trabajar en las condiciones que sean. «Sólo tienes que mirar de dónde vienen los trabajadores», dice. «Estaban mucho mejor en Bagdad».

Owens ofrece una visión diferente de los trabajadores que supervisó. Tras haber trabajado en la construcción de las embajadas de EEUU en lugares como Armenia, Bulgaria, Angola, Camerún y Camboya, nada se puede comparar con el desorden que vio en Bagdad. «Nunca he visto un proyecto más jodido».

David Phinney es periodista y locutor, con sede en Washington DC. Sus artículos aparecen en Los Angeles Times, New York Times y en ABC y PBS. Se le puede contactar en: [email protected]

Este informe de investigación fue hecho para www.iraqslogger.com

Fuente:

http://www.counterpunch.org/phinney06012007.html

Sinfo Fernández forma parte del colectivo de Rebelión y Cubadebate.