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¿Quiere nuestro cantautor encarcelar a sus seguidores?

Contra Sisa

Fuentes: Retiario

A Jaume Sisa le preocupa el futuro. Normal, porque se dedica a un negocio (el de la música) al que la tecnología está dando la vuelta como un calcetín. A Sisa le parece que la tecnología (personificada erróneamente en Bill Gates, pero dejemos eso) es su enemiga, que por ese camino se llega, piensa (registro […]

A Jaume Sisa le preocupa el futuro. Normal, porque se dedica a un negocio (el de la música) al que la tecnología está dando la vuelta como un calcetín. A Sisa le parece que la tecnología (personificada erróneamente en Bill Gates, pero dejemos eso) es su enemiga, que por ese camino se llega, piensa (registro gratuito), al absurdo del ‘todo gratis’. Pero Sisa defiende una postura que es también absurda: que la música sólo pueda escucharse (previo pago) cuando, dónde y cómo sus vendedores decidan, según programas protegidos por el Código Penal; que el comprador de música no sea propietario, sino arrendador con derechos limitados; y que si el arrendador osa cambiar las condiciones acabe en la cárcel. Seguramente Jaume Sisa, defensor de las libertades, no puede estar a favor de encarcelar gente por el delito de disfrutar de su música… pero a este absurdo nos lleva considerar la música y la cultura como un objeto material, y la copia un robo. Tiene que haber un término medio, entre el absurdo del ‘todo gratis’ y el absurdo del ‘todos a la cárcel y sobre todo mis fans’. Y lo habrá. La pregunta es ¿será con, o sin la colaboración de los autores actuales?

No, Maese Sisa, no es cierto que no queramos pagar por la música. Todos hemos pagado durante años, precios abusivos, cambiando de formato cada vez que las compañías se han dignado proporcionarnos un nuevo medio de escucha. Hemos soportado oligopolios que han fijado precios (investigue usted la historia empresarial de las compañías discográficas), hemos aguantado que una fracción diminuta del precio pagado vaya a los autores e intérpretes, que fuese imposible (desde la defenestración del ‘single’) comprar una única canción… Hemos pagado, mucho, por la música; varias veces. Estamos dispuestos a pagar por la música, un precio justo, para disfrutarla.

Por ese precio, elevado, hemos tenido derecho a poseer un disco físico (de vinilo o policarbonato). Hemos tenido derecho a venderlo, pues era nuestro; a copiarlo para uso privado, a prestarlo a un amigo. Hemos tenido derecho legal a silbar la música o tararearla, a escuchar el disco en un ‘pickup’ o en un CD Player portátil, o en el coche. Hemos podido seleccionar canciones de varios discos y copiar esta mezcla, para escucharla nosotros o para regalar, incluso. Hemos pagado mucho, pero también hemos tenido muchos derechos. Había un equilibrio, inestable, siempre inclinado del lado de las empresas intermediarias, pero equilibrio. Nosotros comprábamos.

Equilibrio del que formaba parte la relación intermediarios-autores. Ellos les han pagado a ustedes por sus canciones y discos; poco, pero les han pagado. Les han hecho firmar contratos leoninos, han tomado decisiones (a veces catastróficas) sobre quién publicaba música y quién no, les han obligado a ustedes (confiese) a hacer más comerciales sus creaciones. Pero les pagaban, poco, y dar a conocer su música les permitía a ustedes ganar dinero de verdad: en los conciertos. El equilibrio también beneficiaba a los intermediarios, pero funcionaba. Ustedes componían, tocaban y cantaban.

Entra la Red. Y las cosas cambian. Su aparición elimina la ventaja que tenían los intermediarios, la privilegiada posición que les permitía sesgar todas las relaciones a su favor. Ya no es imprescindible una multimillonaria estructura para distribuir, promocionar y vender música. No es que venga mal, entiéndase: es que no es imprescindible. El poder de los intermediarios se reduce. Internet pasa a ser una amenaza, a su dominio del mercado. Piense, señor Sisa: ¿cómo es posible que en un mercado potencial cercano a la cuarta parte más rica de la población mundial casi las únicas tiendas de música en la Red sean de empresas tecnológicas? ¿Por qué han abandonado los intermediarios de la música a su mejor sector de público? ¿Por qué no han desarrollado nuevos métodos de venta de música en la Red, nuevos precios, nuevas maneras de distribución?

Lo cierto es que estaban muy ocupados endureciendo las leyes y demandando a sus clientes. Que, le recuerdo, para ellos son clientes, pero para ustedes los músicos son fans. Sus fans. Traducción: su empresario, señor Sisa, está intentando meter en la cárcel a los mejores fans que usted tiene, por el delito terrible de copiar sus canciones sin pasar por caja. Copiar, como en ‘añadir una nueva copia’, como en ‘no arrebatando a nadie la posibilidad de escuchar’, como en ‘extendiendo su música por doquier, sin cobrarle a usted’.

El análisis somero de la legislación de propiedad intelectual durante el último siglo, de sus interpretaciones desde el punto de vista de los intermediarios y de su comportamiento en los tribunales nos lleva a concluir que la industria está intentando desesperadamente convertir las ideas en propiedades equivalentes a un terreno o un coche, por la vía jurídica. Están alargando el periodo de monopolio comercial, endureciendo las condiciones de uso de los productos, y blindando todo ello con leyes cada vez más draconianas que penalizan algunas infracciones con la cárcel.

¿Defienden los autores la cárcel por escuchar (ilegalmente, según la ley de sus intermediarios) su música? ¿Defiende el señor Sisa la cárcel por compartir, prestar o hacer un disco recopilatorio que contenga su música?

Afirmar, como hace Jaume Sisa, que las personas a quienes nos preocupa este creciente endurecimiento legal en contra de los consumidores de cultura simplemente queremos música gratis es tan ridículo como afirmar que los autores y músicos, y entre ellos el señor Sisa, defienden la cárcel para quien escucha (sin permiso) su música.

No se trata de esto. Se trata de conseguir un nuevo equilibrio en la relación entre los autores y músicos, los intermediarios culturales (editores, sociedades de gestión) y los consumidores de cultura. Se trata de que los autores reciban lo suyo, los intermediarios lo suyo y nosotros, los consumidores, que somos todos, recibamos lo nuestro.

Lo cual en la práctica significa aumentar el poder de autores y músicos por un lado, y de los consumidores por otro, a costa del omnímodo poder de que disfrutan ahora los intermediarios. Significa también poder comprar canciones ‘a la pieza’ y por un precio razonable, y poder utilizarlas (escucharlas) en condiciones normales. Significa que un mayor porcentaje de ese precio reducido vaya a parar a autores y músicos, y un menor porcentaje a los intermediarios. Significa que los autores puedan conceder permisos generales para copiar su obra en determinadas condiciones (licencias ‘copyleft’) y que ello esté integrado en la legislación sin problemas. Significa dejar de tratar la copia de una canción como un robo, y empezar a tratarla como una oportunidad.

Significa no preservar ‘manu policial’ el actual modelo de negocio de la industria cultural, que tan sólo beneficia a los intermediarios mientras perjudica (cada vez más) a los consumidores de cultura y a sus creadores. No significa el ‘todo gratis’, señor Sisa. Pero tampoco la cárcel para los fans. Todos estamos en el mismo barco. ¿O no?

Con infinito respeto y desmedida admiración por Jaume Sisa.