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Después del paro

Dimensión política del 20N

Fuentes: Rebelión

El impacto político del paro del martes pasado supera ampliamente su efectividad concreta. Fortaleció a los convocantes, descolocó a las centrales oficialistas, mostró cierta implantación de la izquierda y terminó preocupando no sólo al gobierno sino también a los sectores derechistas que lo difundieron y fogonearon. 1 El paro tuvo un alcance mayor al que […]


El impacto político del paro del martes pasado supera ampliamente su efectividad concreta. Fortaleció a los convocantes, descolocó a las centrales oficialistas, mostró cierta implantación de la izquierda y terminó preocupando no sólo al gobierno sino también a los sectores derechistas que lo difundieron y fogonearon.

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El paro tuvo un alcance mayor al que los propios convocantes pensaban lograr. No obstante no alcanzó el 90% que divulgan -fue evidente en la conferencia de prensa la negativa a dar ningún dato concreto- pero tampoco es producto solo de los bloqueos, menos aún del supuesto miedo. Es cierto que no hubo demasiadas asambleas que discutieran el paro y sus contenidos -se siguió con la tradición burocrática- pero también es cierto que la medida se venia divulgando y preparando desde tiempo atrás.

Afectó fundamentalmente al sector de servicios menos al sector de producción. Sin embargo distintas informaciones dan cuenta que en algunos casos los trabajadores lograron romper el cerco de los aparatos sindicales en fábricas y talleres.

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Los piquetes y bloqueos jugaron un rol fundamental, pero también es cierto que fue importante, al menos para el flujo de tránsito entre el conurbano y la capital, la adhesión al paro del gremio de Señaleros, un sindicato cuyas direcciones fueron casi siempre correa de transmisión de los intereses de la UF. Pero lo decisivo ha sido que el pliego de reivindicaciones levantado expresa claramente intereses inmediatos, también que el paro contuvo demandas concretas que vienen de sectores más amplios de las bases trabajadoras y populares que superan el pliego original. Esta es probablemente la razón de porqué tuvo tal amplitud.

Incluso es conocido el caso de sectores que aún adhiriendo a las reivindicaciones y planteos no se sumaran por desconfianza con las direcciones convocantes o por la falta de delimitación de estas con las tendencias derechistas, con los caceroleros, o con determinadas ambiciones electoralistas.

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No puede escapar a nuestro análisis que esta jornada se dio en el marco de múltiples tensiones y contradicciones entre el gobierno nacional, sectores del capital mercado internista y del progresismo político que pugnan frente a fracciones exportadoras, corporaciones transnacionales, conglomerados mediáticos y formadores de opinión. Estas tensiones abarcan también tanto a la oposición derechista -su crisis de representatividad- y a sectores de centro, como a la disputa al interior del PJ, que ponen en juego espacios de poder y pugnan -sin suerte por ahora- por alternativas políticas a futuro.

Tampoco debe escapar a nuestra comprensión que no es la primera vez en nuestra historia cercana que los trabajadores desenvuelven fuertes conflictividades a la par que apoyan a los gobiernos bajo los cuales se desenvuelven esas conflictividades. Estas dos pulsiones están también presentes en esta coyuntura, por demás compleja, y hay que estar atentos a como se desenvuelven de aquí en más.

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La combinación de la emergencia de los límites del neo-desarrollismo, del impacto del 8N y de la ofensiva imperialista de los fondos buitres y la justicia americana- ha colocado al gobierno a la defensiva, en un estado de debilidad relativa. No tiene reflejos y solo atinó a descalificar los reclamos y a la remanida «libertad de trabajo». En tanto que los capitalistas no se sienten mayormente afectados -las reivindicaciones van todas contra el gobierno ninguna contra las patronales- mientras que la oposición derechista busca capitalizar el desgaste político, forzando equivalencias entre el 8N y el 20N.

Sin embargo tanto empresarios como opositores de derecha no dejan de estar preocupados. Son concientes que las diferencias en la composición de clase y las demandas de una y otra jornada son muy evidentes y que el resultado más general de este paro es que la clase como tal, aún parcialmente, se hizo presente y ocupó el centro de la escena política. Lo que los preocupa no es la actualidad sino la tendencia, por eso hacen hincapié, igual que el gobierno, en que el éxito de la medida fue por los piquetes. Esto es por un lado la tratan de aprovechar y por el otro la descalifican.

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Tal vez estemos en los prolegómenos de una nueva situación política. Lo que está realmente en disputa va más allá de las demandas legítimas de los trabajadores, está en juego el curso futuro de la situación política y del propio gobierno. Su debilidad -veremos si momentánea o no- no beneficia automáticamente a los trabajadores, por el contrario es posible que, salvo hechos o circunstancias excepcionales no predecibles, vayamos a una encerrona donde en su debilidad busque recomponer alianzas sobre la base de regresividades muy caras a la derecha (la Ley Antiterrorista y la llamada Ley Corta para las ART son indicios muy claros en este sentido).

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La deriva política de la situación no augura un campo sereno. Si finalmente resulta bloqueada la re-reelección -aunque nunca se sabe- y el cristinismo no logra un candidato capaz de imponerse electoralmente, la orientación probable puede ser una alianza con Scioli-Massa con las implicancias de suponer. Mientras que la derecha tal vez busque el camino venezolano, seleccionar un Capriles local al que se pueda vender con ropaje social-demócrata o social-cristiano.

El gobierno puede pagar muy caro el adherir a las tesis de Laclau del sujeto multiforme que reemplaza a los trabajadores organizados. En función de esas tesis es que ha tomado distancia del movimiento obrero. Esto crea un vacío que es necesario llenar con propuestas amplias, superadoras del neo-desarrollismo, democráticas, antiimperialistas, de transición con estatizaciones y protagonismo social.

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Los trabajadores, los sectores populares no pueden limitarse a ser observadores en esta disputa. Por el contrario deben intervenir con decisión y sin prejuicios. N o se trata de subsumirse detrás de alguna de las fracciones en pugna, como insinúan más de uno de los convocantes a la jornada de lucha, sino de intervenir con voz propia, superando las limitaciones resultantes de la naturaleza de clase del gobierno al mismo tiempo que se enfrenta a la derecha. Evitar que esta imponga soluciones que en nada favorecerán al conjunto de las clases subalternas (la agenda conservadora del 8N también es un indicio) es decisivo.

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En este sentido la Conferencia de Prensa brindada por las tres Centrales Sindicales requiere un análisis más detallado que escapa a estas líneas. Se reunieron allí dirigentes cuyas tradiciones y políticas son demasiado contrapuestas, la unidad de acción lograda parece a priori mas producto de la pretensión política del gobierno de desconocer a los sindicatos que de una propuesta de mayor envergadura. Mas de dos horas de preguntas y respuestas dejaron flotando un peligroso vacío de propuestas. No es que las mismas no se hayan enunciado en otras oportunidades, pero dada la expectativa provocada por el paro y el balance que del mismo pudieran hacer los dirigentes y protagonistas directos, ese era el momento político.

Las demandas por el mínimo no imponible, las asignaciones familiares o los fondos de las obras sociales son legítimas pero si no se acompañan con propuestas de financiamiento, en momentos en que la situación fiscal se deteriora, le dejan el campo a la derecha, y al propio gobierno, para proponer un ajuste superior al que esta en curso. Denunciar la suba de precios es legítimo y necesario pero inconsistente si no se señalan las altas tasas de ganancia de los capitalistas, la responsabilidad de los formadores de precios y la falta de inversión reproductiva como principales fuentes de la inflación, caso contrario la salida que queda es enfriar la economía y bajar el gasto público.

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La Ley de Medios no puede ser vista apenas como una disputa entre el gobierno y un grupo empresario, después del 7D nada sustantivo cambiará como vende el gobierno, pero no es lo mismo como se resuelva.

No se trata solo de una pelea entre el gobierno y un monopolio, en la que los trabajadores nada tenemos que decir, como enunció Micheli, mientras que Moyano explicó su concepción acerca de que «La diferencia entre un monopolio privado y otro estatal, es que el privado consigue de alguna manera sus recursos mientras que el Estado lo hace con los nuestros». Es difícil reconocer en que programa obrero abrevan estas concepciones. Afortunadamente segundas líneas le enmendaron la plana a sus respectivos referentes.

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Lo hemos dicho en otras notas, la única salida realista a la encrucijada que se vislumbra es ir por más. En la protección de los salarios, del empleo, de las libertades públicas, de los derechos sindicales, del ambiente y los bienes comunes, de los pobladores originarios, en la recuperación de los sectores estratégicos para el desarrollo… no dejar en manos de la derecha la lucha contra la inflación, contra la corrupción, por una nueva política tributaria (única fuente de una efectiva distribución de la riqueza). Sumando las voluntades de quienes quieran sinceramente transformar de raíz nuestra sociedad.

Se trata entonces de ofrecer otro camino para romper la encerrona. De proponer un programa popular de reformas y transformaciones que en su desenvolvimiento expresen sin ambigüedades una orientación y objetivos antiimperialistas y anticapitalistas.

Eduardo Lucita. integrante de EDI-Economistas de Izquierda

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.