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Dentro de la Zona Verde de Bagdad

EE.UU. está paranoico y aislado

Fuentes: CounterPunch

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Un amigo iraquí, que temía por su vida por su cercanía con los estadounidenses, solía vivir dentro de la Zona Verde, el área fuertemente protegida en el centro de Bagdad donde tiene su sede la Autoridad Provisional de la Coalición [CPA, por sus siglas en inglés]. Un día entró en conversación con un soldado estadounidense que guardaba una de las entradas. El soldado dijo que era de origen iraquí y que podían hablar en árabe. Agregó que la seguridad no era tan perfecta como parecía ya que las prostitutas visitaban regularmente la zona.

Mi amigo, un poco alarmado, decidió investigar. Fue a una casa que estaba siendo utilizada como burdel. Dice: «En los aseos vi que las mujeres habían escrito, con sus lápices labiales en los espejos, consignas patrióticas, favorables al partido Baas, y contra EE.UU.». Sus clientes no podían saber lo que decían los textos porque estaban en árabe.

La historia ilustra la manera como los funcionarios de la CPA se aislaron por entero de las auténticas opiniones de los iraquíes. Llegados al país el año pasado, después de la guerra, se aislaron dentro del antiguo complejo de palacios de Sadam Husein. Estaban tan alejados de las vidas de los iraquíes comunes como si vivieran en una nave espacial marciana descendida temporalmente en el centro de Bagdad.

Este aislamiento ayuda a explicar los repetidos errores de la CPA. Cuando llegó, hace 14 meses, los iraquíes estaban divididos por partes iguales entre los que pensaban que habían sido liberados y los que opinaban que estaban ocupados por EE.UU. El propio sondeo de la CPA muestra ahora que sólo un 2 por ciento de los iraquíes dice que se sienten liberados y un 92 por ciento dice que han sido ocupados. La CPA podría ser la organización menos exitosa jamás creada por el gobierno de EE.UU. Por cierto, es una de las más extrañas, «Es realmente como vivir en una prisión abierta», dijo un funcionario de la CPA.

Gran parte de la seguridad está en manos de compañías privadas. Un día organicé una entrevista con un ministro iraquí dentro de la zona. Nos habíamos puesto de acuerdo por teléfono. La reunión nunca tuvo lugar. Primero, un amistoso soldado nepalés me preguntó quién era, luego fui interrogado por un argelino nervioso y finalmente me paró un barrigudo de la seguridad que, por su acento, provenía de Mississippi o Alabama.

«No podemos dejar entrar a los periodistas» dijo en un tono desconfiado y hostil. «Son una amenaza para la seguridad». Le pregunté a quién exactamente habían amenazado. El hombre de la seguridad dijo: «Mataron al presidente de Afganistán».

Resultó que había leído algo sobre Ahmed Shah Massood, el señor de la guerra afgano, que fue asesinado por dos marroquíes con pasaportes belgas que pretendían formar un equipo de la televisión. Dije que difícilmente podían ser considerados como representantes típicos de la profesión periodística, pero no lo convencí.

Como no están seguros de dónde provienen las verdaderas amenazas, los guardias de la CPA – tanto los del ejército regular de EE.UU. como los de las firmas privadas de seguridad – tratan a todos los iraquíes como igualmente sospechosos. Según un ex ministro iraquí un atacante suicida pudo hacer volar a Izzedin Salim, jefe del Consejo de Gobierno de Irak, el 17 de mayo después de que se impidió que su convoy pasara la seguridad estadounidense hacia la Zona Verde, porque faltaba un documento vital. Su vehículo dio media vuelta, ofreciendo su oportunidad al atacante.

La dificultad para entrar a la Zona Verde es menos que la que tienen los funcionarios de la CPA para salir. Ahora es verdaderamente peligroso que lo hagan, pero la mayoría permanecían arrebujados tras los muros incluso cuando todavía no lo era.

Un funcionario comentó: «Lo que me choca es la cantidad de personas de la CPA que nunca quieren ni siquiera ver la ciudad en la que viven». Incluso la cuchillería de plástico del comedor fue importada y casi se acabó en abril cuando los insurgentes destruyeron los convoyes que la traían.

Paul Bremer preside la CPA hasta el 30 de junio, cuando supuestamente el poder será transferido a un gobierno iraquí. Ha seguido siendo una figura remota para su propio personal así como para los iraquíes. Durante este mes, cuando un cohete dio en el Palacio Republicano, donde la CPA tiene su sede, los funcionarios se preguntaron si Bremer les haría una visita para inyectarles confianza, pero no se sorprendieron demasiado por su ausencia.

Sigue siendo poco claro por qué Mr. Bremer y la CPA han mostrado tan poco sentido común. El rápido derrocamiento de Sadam Husein mostró que pocos iraquíes lo apoyaban. Pero Mr. Bremer disolvió el ejército y persiguió al partido Baas empujando a sus miembros hacia la resistencia armada.

Al llegar el verano pasado ya había perdido el apoyo de los árabes sunníes (un 20% de los iraquíes) y esta primavera enfureció a los chiíes (un 60 por ciento). Convirtió al clérigo chií, hasta entonces de importancia marginal, Muqtada Sadr, en un mártir respetado y la ciudad de Faluya en un símbolo patriótico.

Muchos funcionarios capaces e inteligentes de la CPA se sienten desconcertados por la dimensión del fracaso, tal vez el mayor de la política exterior estadounidense. «Bremer llenó su oficina de neoconservadores y de designados políticos que ignoraban todo sobre el país o la región», dijo uno. «Evitaron activamente todo contacto con cualquiera que supiera algo sobre el tema».