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El sistema penal que Estados Unidos estableció en Afganistán e Irak es, por su naturaleza, un sistema de tortura

Fuentes: MotherJones

«Al día siguiente (enero 14 de 2004), el General John Abizaid, comandante de todas las fuerzas militares de EU en la región, se comunicó telefónicamente con el Secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld. ‘A las pocas horas, El General Abizaid informó a la jefatura acerca del incidente,’ dijo un alto funcionario del Pentágono. El Brigadier […]

«Al día siguiente (enero 14 de 2004), el General John Abizaid, comandante de todas las fuerzas militares de EU en la región, se comunicó telefónicamente con el Secretario de Defensa, Donald H. Rumsfeld. ‘A las pocas horas, El General Abizaid informó a la jefatura acerca del incidente,’ dijo un alto funcionario del Pentágono. El Brigadier General Mark Kimmitt, vocero militar en Irak, también llamó al Pentágono, pero utilizó expresiones más inquietantes. ‘El dijo, «Tenemos una situación realmente grave», recordó un funcionario, que como los demás pidió que se le garantizara el anonimato. ‘La evidencia es perjudicial y horripilante,’ ‘Tenemos una situación realmente grave…’

«Abizaid hablaba diariamente con Rumsfeld sobre Irak, y es probable que la investigación sobre la prisión surgiera a menudo, dijeron los funcionarios. A los más altos dirigentes del Pentágono, tales como Rumsfeld y el General de la Fuerza Aérea Richard B. Myers, presidente del Estado Mayor Conjunto, JCS, así como el presidente Bush, los mantuvieron informados de la situación, dijo ayer el General Peter Pace, vicepresidente del JCS, en el programa Early Show de la cadena CBS.» (Tom Bowman, The Baltimore Sun, El ejército guarda herméticamente las fotografías del abuso en la prisión).

El sistema de tortura

Es importante empezar con los conceptos básicos, porque son los que probablemente usted menos observa del escándalo en ciernes.

El sistema de injusticia que, desde el 9/11, nosotros hemos implantado en el extranjero y organizado globalmente – desde Guantánamo en Cuba hasta la Base de la Fuerza Aérea de Bagram en Afganistán – es por su naturaleza también un sistema de tortura. Fue diseñado desde el comienzo para que conformara un Triángulo de las Bermudas de la injusticia, que permaneciese en una oscuridad extrajudicial fuera del alcance de «nuestra» vista o supervisión. Allá, en las bases militares y en las cárceles especiales controladas por los militares, la «guerra contra el terrorismo» podría ser llevada hasta su climax expansivo utilizando cualquier vía y cualquier método que los funcionarios del servicio de inteligencia norteamericano consideraran que podía «quebrar» a cualquiera de los prisionero que teníamos.

Sea en Guantánamo o en Abu Ghraib, en Irak, nunca se pretendió que este mini-gulag en gestación fuera un sistema de encarcelamiento para criminales; de ahí la ausencia de acusaciones, y menos de algún tipo de proceso judicial, en cualquier parte del imperio. Se trataba de que fuera una operación eterna de retención con el propósito de extraer información (y posiblemente de venganza). Los hombres (y las mujeres) que dirigen la política exterior de la administración Bush en este período no tenían que especificar el uso actual de la tortura, a pesar de que algunos de ellos parecen haberlo hecho. Sabemos por el Sunday Washington Post que en abril de 2003, después de «debates» sobre el tema, funcionarios del Pentágono de aprobaron a «los más altos niveles» veinte métodos de interrogación «sicológicamente estresantes», la mayor parte de los cuales, si no todos, cualquier persona cuerda clasificaría como tortura, incluyendo los que se aplicaron a prisioneros desnudos; y que estos
métodos fueron después aprobados por lo menos para «detenidos de gran importancia» en Irak. Mientras tanto, hubo una buena cantidad de cháchara después del 9/11 en los medios de comunicación, sobre hasta dónde nosotros podríamos, deberíamos y querríamos utilizar la tortura en una guerra a muerte contra un enemigo fanático.

Ambos, el presidente y su jefe del Pentágono pretendieron estar «conmocionados» o «disgustados» ante las formas que adoptó el sistema de tortura, ante su aspecto. Claro, ellos habían sido informados de lo que había sucedido en la prisión de Abu Ghraib , pero esas, después de todo, fueron solamente palabras, meses de palabras. Las imágenes en la televisión y en la prensa marcaron la diferencia. «Nosotros vimos las fotografías», dijo el presidente. «Son las fotografías las que le dan a uno la vívida comprensión de lo que pasó realmente», dijo su Secretario de Defensa. «Las palabras no lo hacen. Las palabras que describen que hubo abusos, que fue cruel, que fue inhumano, todo lo cual es verdad, que fue flagrante, usted lee eso y es una cosa. Usted ve las fotografías y se hace una idea de ello, y usted no puede evitar sentirse indignado».

Si se piensa por un momento, ésta es de por sí una especie de confesión. Usted no puede evitar sentirse indignado. Todos los meses previos, desde mediados de enero de 2004, cuando él y su presidente presumiblemente sólo conocían acerca del tema por las «palabras» (por cierto bien siniestras en el Informe del General Taguba), y cuando fueron, en la cáustica frase frase del General Peter Pace, vicepresidente del JCS, «advertidos verbalmente», nuestro Secretario de Defensa y nuestro presidente no habrían podido «evitar sentirse indignados». Y esto nos dice mucho.

Ellos podrían, según parece, practicar la «denegación», no solamente con nosotros sino con ellos mismos. Los seres humanos son tan capaces de esto como de convertirse en animales y torturar a otros seres humanos. Pero cualesquiera sean los autoengaños a los que se hayan dedicado, el hecho es que el sistema penal que establecieron fue un sistema de tortura. La Administración Bush, mientras alardeaba de llevar su versión de la democracia al Medio Oriente, también ansiaba, como Adam Hochschild lo escribió para TomDispatch hace muchos meses, llevar a un rápido final la actual «era de los derechos humanos», en prosecución de lo que el antiguo director de la CIA y entusiasta neoconservador, James Woolsey, gustaba llamar la «IV Guerra Mundial», la cual fue imaginaba, al igual que la Guerra Fría, como un difícil avance de décadas hacia la victoria, en el cual solamente podrían sobrevivir los más duros, aquellos deseosos de blandir el poder brutal y acometer las más difíciles tareas.
Después de todo estamos, después del 9/11, en un mundo-refugio-anti-aéreo de nuevo estilo y nos disponemos a actuar en consecuencia y a – según lo aclaran nuestros líderes – mandar al diablo las instituciones y normas internacionales, sean ellas nuevas (la Corte Penal Internacional) o viejas (la Convención de Ginebra). Así, ellos establecieron el tono para innumerables torturas en el Planeta del Poder Único de un gigante militar determinado a seguir su propio camino, lo que dijeron de manera muy clara en documentos como su Estrategia Nacional de Seguridad de 2002 . Determinaron el ángulos de las cámaras y su emplazamiento, por así decirlo, pero cuando llegaron las fotografías, no tuvieron estómago para soportarlas. Las palabras, eran otro asunto totalmente distinto.

Desde el comienzo esta administración nunca estuvo avergonzada por las palabras, por las noticias que se filtran de su agujero negro de injusticia. Que tal sistema estaba siendo desarrollado era obvio para todo aquel que le importara observar, o se preocupara por leer detenidamente aún nuestra propia prensa, o por consultar grupos como Human Rights Watch que se interesan por estos asuntos. Yo he escrito acerca de este tema durante muchos meses en TomDispatch para pequeñas audiencias, sin un investigador que me ayude y mucho menos un equipo de reporteros – basado en nada más que una lectura cuidadosa de la prensa nacional y extranjera y en una especie de habilidad para la búsqueda a través de Google que cualquier periodista de un periódico importante podría mejorar en pocos segundos. A pesar del extraño informe sobre los métodos que se adoptaron rápidamente en la privacidad de las bases militares y las prisiones de ultramar, nuestra prensa acobardada y paralizada generalmente
ha preferido desde el 9/11 no enfocar sus reflectores – o enviar sus equipos de reporteros – «hacia el interior de las tinieblas» para averiguar qué estaba pasando verdaderamente; mientras sus páginas editoriales preferían ciegamente «apoyar nuestras tropas en Irak» y dejar que los pequeños problemas como el abuso y la tortura que se dan en esas tinieblas, se fueran por la borda.

Menciono esto porque como consecuencia de la publicación de las fotografías de los horrendos abusos en Abu Ghraib, las páginas editoriales de los dos periódicos imperiales están de repente llenas de lamentos. Ambos están conmocionados, consternados y dispuestos a hacer algo al respecto. Y esto nos debe alegrar. El miércoles pasado, The Washington Post publicó un editorial reconociendo que lo que estábamos enfrentando era, como lo pusieron en el título, Un sistema de ultraje:

«El Secretario de Defensa Donald H. Rumsfeld describió ayer los abusos contra los prisioneros iraquíes en la prisión de Abu Ghraib como un caso ‘excepcional, aislado’. En el mejor de los casos, esa es solamente una verdad parcial. Maltratos similares de prisioneros retenidos por las fuerzas militares o de inteligencia, han sido denunciado desde el comienzo de la guerra contra el terrorismo. Un prototipo de arrogante desprecio de las normas de protección de la Convención de Ginebra o de cualquier otro procedimiento legal, ha sido establecido desde la cúpula, por el señor Rumsfeld y los comandantes de mayor grado de los EU. Informes bien documentadas de las violaciones de los derechos humanos han sido ignorados o encubiertos, incluyendo algunos más graves que los reportados en Abu Ghraib…»

Al día siguiente la misma página pidió la renuncia de Rumsfeld:

«Las decisiones del señor Rumsfeld ayudaron a crear un régimen ilegal en el cual los prisioneros, tanto en Irak como en Afganistán, han sido humillados, golpeados, torturados y asesinados – y en el cual, hasta hace muy poco, nadie ha sido responsabilizado».

Pero también se pedía allí de cierta manera un manejo especial para los terroristas, que únicamente puede conducir a más torturas:

«El señor Rumsfeld acertó en un aspecto importante: no solamente los miembros de Al Qaeda capturados podrían ser legítimamente privados de las garantías de la Convención de Génova (una vez sostenida la audiencia requerida) sino que tal tratamiento era en muchos casos necesario para obtener información de inteligencia vital e impedirle a los terroristas comunicarse con sus cómplices del extranjero. Pero si Estados Unidos iba a recurrir a esa práctica excepcional, el señor Rumsfeld debió haber establecido procedimientos que aseguraran que se haría sin violar las normas internacionales contra la tortura y que solamente los sospechosos que realmente necesitaran este manejo extraordinario fueran tratados así.

Parece sencillo, pero la «práctica excepcional» – tal la expresión convenientemente oscura; que no surtiría tal efecto si ellos escribieran lo que quieren decir en inglés claro, o sí? – se convirtió como era de esperar en lo común y corriente en escenarios tales como Abu Ghraib y Guantánamo. Entretanto, el The New York Times que en los meses recientes por lo regular se encuentra a la saga en comparación con el Post, pidió la salida de Rumsfeld el viernes y ese mismo día ofreció en un editorial su versión de nuestro sistema penal de ultramar (The Military Archipelago):

«La senda hacia Abu Ghraib empezó de alguna manera en la Bahía de Guantánamo en el 2002. Fue allí donde la administración Bush empezó a construir un sistema de detención militar a escala mundial, localizado deliberadamente en bases fuera del territorio norteamericano y resguardado del escrutinio civil y de la revisión judicial. La administración evitó la vigilancia de entidades independientes que supervisan los derechos, como Human Rights Watch y Amnistía Internacional. Presumía que los sospechosos de terrorismo no merecían la protección legal normal y también que los funcionarios norteamericanos podrían siempre distinguir entre un terrorista y un transeúnte inocente»

El editorial, aunque enérgico, se apresuró a añadir: «Hasta donde sabemos, las humillaciones psico-sexuales que los carceleros militares infligieron a los detenidos iraquíes el año pasado en Abu Ghraib no tienen paralelo en prisiones dirigidas por norteamericanos en otros sitios.»

Relatos de prisioneros excarcelados de Guantánamo y aquellos liberados en Afganistán, en efecto indican que las humillaciones psico-sexuales son parte esencial del sistema mismo. Pero el punto más importante es simplemente imaginar ¿qué podría haber sucedido si cualquiera de estos periódicos imperiales hubiera asumido su conciencia colectiva para proyectar una luz dentro de la oscuridad imperial, en cuanto que ellos sabían – después de todo, la administración Bush lo difundió prácticamente a los cuatro vientos – que considerábamos la Convención de Ginebra irrelevante en la «guerra contra el terrorismo» y que nuestro criterio principal en todo el mundo sería simplemente la aplicación de la fuerza bruta, en lo cual, se creía, nosotros teníamos el predominio mundial? Ahora, las páginas editoriales de éstos (y de muchos otros periódicos) están reclamando responsabilidad oficial y renuncias, además de la cabeza de Donald Rumsfeld. Quizá no obstante, debería asumirse igualmente al
go de la responsabilidad periodística, para no hablar de las peculiares disculpas editoriales y acaso hasta una renuncia o dos. (Muy improbable, por supuesto) A pesar de los recientes editoriales y del gran despliegue en cobertura de primera página, permítanme asegurarles que, dado el comportamiento de la hasta hace muy poco acobardada e inmovilizada prensa, que no se van a encontrar muchos perfiles de coraje en los medios de comunicación cuando se consideren los últimos dos años.

Para dar un solo ejemplo, durante el período de la primavera de 2003 cuando nuestros medios expresaron su indignación (como deberían) sobre el desfile de los prisioneros de guerra norteamericanos frente a las cámaras de propaganda iraquíes, esos medios estaban mostrando las primeras fotografías de prisioneros iraquíes encapuchados con lo que parecían talegas de cañamazo. Si revisan los periódicos de ese momento, encontrarán que tales fotos fueron presentadas sin comentario y que ellas eran algo común en la televisión. Ninguno discutió el «encapuchamiento» como método hasta que las fotos de los prisioneros encapuchados de Abu Ghraib de repente lo hizo aparecer en todo su horror. Con todo, esta práctica, claramente sistematizada, tuvo que haber sido planeada y preparada cuidadosamente. Esos talegos no brotan de los palmares que bordean la carretera. Tuvieron que ser embarcadas junto con las tropas. No soy un experto en crímenes de guerra, pero encuentro difícil de creer que el
encapuchamiento de prisioneros esté acordado como práctica internacional en tiempos de guerra.

Hasta donde yo lo puedo decir, aunque es indudable que los detalles concretos de Abu Ghraib conmocionan, para los iraquíes mismos nada de esto era en el fondo precisamente novedoso. Después de todo, ellos fueron los que mejor comprendieron que el principio esencial de la ocupación era la utilización de la fuerza bruta (dentro o fuera de la prisión); que la Autoridad Provisional de la Coalición y su jefe el «Administrador» L. Paul Bremer estaban instaurando no un sistema de leyes y derechos respaldado por el voto – democracia -, sino un sistema arbitrario centrado en el botín de las corporaciones. La «democracia» de Bremer, a la que se le agotó el aislamiento de la Zona Verde de Bagdad, estaba desprovista de iraquíes, mas plena de «contratistas» de las corporaciones, incluyendo aquellos que ganaron, y en verdad siguen ganando, un montón de dinero, mediante el envío de los «interrogadores» y «lingüistas» que han contratado. Estos ingresan a nuestros centros de detención para un
irse a los «equipos de explotación humana» norteamericanos – un término que escuché por primera vez anoche en ABC News -. Y al menos una de estas empresas, CACI International, está todavía poniendo avisos para reclutar interrogadores que deseen trabajar bajo «supervisión moderada» en el campo de actividad de «AfganistánIrakKosovo». («Debe ser capaz de trabajar y vivir en un ambiente hostil con facilidades médicas escasas. Tiene que desarrollar excelentes técnicas de comunicación y la habilidad para trabajar en condiciones extremas por largos períodos de tiempo… Estar dispuesto a viajar y poseer la aptitud de ser un comunicador efectivo… Tener conocimiento de las operaciones de la policía militar y de los procedimientos de las Fuerzas de Protección. Experiencia en conducir interrogatorios y entrevistas utilizando lingüistas e interruptores locales. Conocimiento de la información sobre técnicas utilizadas en operaciones tácticas de interrogación.»).

La necesidad de «información» fue tan grande en Irak , reporta Julian Borger del Guardian, que se presentó una auténtica estampida en busca de empleos. Borger entrevistó a Torin Nelson «perteneciente a un equipo que componen unos 30 en Abu Ghraib, enganchados por la firma, CACI International, con sede en Virginia». Del testimonio de Nelson escribió:

«Torin Nelson, quien sirvió como oficial de inteligencia militar en la Bahía de Guantánamo ante de ir a Abu Ghraib como contratista privado el año pasado, achacó los abusos a una falla del comando de la inteligencia militar de EU y a una sobre-dependencia de las firmas privadas. Aduce que esas compañías estaban tan ansiosas de satisfacer la demanda de sus servicios que enviaron ‘cocineros y camioneros’ a trabajar como interrogadores».

Son tantos los iraquíes que han pasado por nuestra red de cárceles allá – algunos estiman que 43.000, incluyendo tal vez 8.000 que se encuentran detenidos todavía – que esta clase de cosas difícilmente fueron noticia (como lo señaló Jo Wilding con mucho detalle en el Progressive Trail website). Las protestas de los familiares se han venido efectuando mes tras mes. Tampoco podría ser novedad que entre los «terroristas» que se deslizan dentro del país, la Autoridad Provisional de la Coalición, APC, estaba patrocinando mercenarios a sueldo que habían trabajado anteriormente en escuadrones de la muerte o en otras actividades atroces de regímenes como el del Apartheid en Suráfrica, el de Pinochet en Chile (…) Los iraquíes, por supuesto, sabían de primera mano lo que una simple búsqueda en Google podría traerle a usted estando aquí en los EU (como sucedió conmigo), o lo que cualquier guardia de nuestros centros de detención podría ciertamente haberle contado. (» ‘Es común abusar
de los prisioneros’, le dijo el sargento de la Policía Militar, Mike Sindar a Reuters, hablando de su estadía en Abu Ghraib. ‘Yo vi palizas todo el tiempo’ «).

Ha sido revelado a todo el mundo que nuestro sistema «penitenciario» en Irak cuenta con 16 o 17 centros de detención a lo largo y ancho del país, cuyas actividades incluyen golpizas sistemáticas, abuso, tortura, humillación y asesinato; la retención de decenas de miles de prisioneros a menudo inocentes, sin hacerles cargos, manteniéndolos a menudo fuera del alcance de sus familias, muchas veces sin registrarlos y procedentes de otros sitios («prisioneros fantasmas», como es sabido que los llama la gente que trabaja en inteligencia), y en condiciones caóticas (en el testimonio que rindió el mismo Rumsfeld sólo pudo dar una cifra aproximada de los prisioneros retenidos en el sistema). Hasta hace muy poco, sin embargo, había sido posible aprender más acerca de la naturaleza del sistema a través de «Riverbend» (una joven mujer de Bagdad que tiene una página personal en Internet y que ha estado largamente encerrada en su casa debido a la inseguridad reinante en esa ciudad) que de
los principales periódicos, cada uno de los cuales tiene equipos de reporteros, traductores, ayudantes, chóferes, técnicos para sus equipos, etcétera.

Habiendo descrito antes algo de la pesadilla de las detenciones en su país bajo la ocupación y entrevistas con desesperados parientes de los detenidos, ella escribe ahora:

«Todos sabían lo que estaba sucediendo en Abu Ghraib y en otros lugares… ver las fotografías simplemente lo vuelve todo más real, más tangible. Los políticos norteamericanos y británicos han tenido el atrevimiento de salir en la televisión y utilizar palabras como ‘Es cierto que la gente de Abu Ghraib son criminales, pero…’ Todos aquí en Irak saben que hay miles de personas inocentes detenidas. Algunos simplemente estuvieron en el lugar equivocado en el momento equivocado, mientras que otros fueron detenidos ‘bajo sospecha’. En el nuevo Irak, se es ‘culpable hasta que pruebe su inocencia por algún milagro divino’.

«La gente está muy furiosa. No hay manera de explicar las reacciones – aún las de iraquíes que están a favor de la ocupación, quienes se silenciaron por causa de la última atrocidad. Yo no puedo explicar como se siente la gente o aún como me siento yo personalmente. De alguna manera, las fotografías de los iraquíes muertos son más fáciles de soportar que este espectáculo grotesco de la técnica militar norteamericana. La gente preferiría morirse a que abusen de ella sexualmente y la degraden los animales que dirigen la prisión de Abu Ghraib…

«Algunas veces recibo correos electrónicos pidiéndome que proponga soluciones o haga sugerencias. Muy bien. La lección de hoy: No violen, no torturen, no asesinen y váyanse mientras puedan – cuando parece que ustedes todavía tienen una alternativa… Caos? Guerra civil? Masacre? Nosotros asumiremos nuestros riesgos – solamente cojan sus títeres, sus tanques, sus armas inteligentes, sus políticos estúpidos, sus mentiras, sus promesas vacuas, sus violadores, sus sádicos torturadores y lárguense».

Pasándola bien… Ojalá estuvieras aquí!

Volviendo, como diría un científico, a la causa próxima del actual escándalo (las últimas fotos), ahora sabemos que vienen más y peores cosas. Un reciente artículo de The Washington Post (Aparecen nuevas fotografías de la prisión):

«La colección de fotografías empieza como si fuera un el recuento de un viaje a Irak. Una de ellas muestra a unos soldados norteamericanos posando frente a una mezquita. En otra se ve a un soldado montado en un camello en el desierto. Y luego: un soldado sosteniendo una traílla amarrada alrededor del cuello de un prisionero iraquí. Este está desnudo, con la cara contorsionada y tendido en el piso.

«Mezcladas en más de 1.000 fotografías digitales conseguidas por The Washington Post hay imágenes de hombres desnudos, aparentemente prisioneros, echados uno encima del otro, mientras unos soldados están parados a su alrededor».

Así, los jóvenes y empobrecidos aquí en nuestro país fueron «habilitados» – para apropiarme de una palabra del informe Taguba – para ver el mundo a través de los militares de EU gracias a la administración Bush. Camellos, el desierto, una joven mujer en uniforme sujetando un iraquí atraillado… una de las muchas imágenes captadas por cámaras digitales, empacadas en un disco compacto y enviadas a casa a través del computador para los amigos; una moderna versión de las postales coloniales del siglo XIX o una espeluznante escena en tercera dimensión (la cual algunas veces ha presentado imágenes no menos terroríficas del mundo sojuzgado).

«Pasándola bien… Ojalá estuvieras aquí!» Y gracias a estas imágenes enviadas por estos muchachos y muchachas comunes y corrientes («No corresponde a su naturaleza hacer algo como eso. No hay un solo hueso de malicia en su cuerpo». «…a veces se le hacía difícil matar animales cuando iban de cacería…»), los norteamericanos se encontraron inmersos en un mundo diferente. Bueno, en realidad varios de esos muchachos y muchachas vivieron en las vecindades de las prisiones norteamericanas en las que fueron guardianes y sin duda tampoco allí ninguno era muy amable, pero quienes no lo fueron estaban tratando de escapar de su destino en oficios subsidiarios o de empleados de un almacén Wal Mart.

Desde los camellos hasta los hombres atraillados, sus fotos de lo «exótico», son reconocibles al instante para los historiadores de los siglos XIX y XX, como típicas de cualquier brutal ocupación colonial. Fotografías de las cabezas cortadas de los chinos en los buenos viejos tiempos de la Rebelión de los Boxer, cuando una fuerza expedicionaria internacional se tomó Pekín, o esos grotescos «álbumes» de fotos que los orgullosos soldados japoneses traían de vuelta de sus «triunfos» durante la Guerra del Pacífico, en lugares como Nankín, o fotografías similares enviadas desde Vietnam (y publicadas a finales de los 60 en lo que entonces se conocía como «prensa clandestina»). Lo sangriento y lo exótico siempre van juntos mientras usted considere a los vencidos como menos humanos que usted mismo; y aún así, las misiones de conquista siempre han tenido nombres refinados y magnánimos como la «misión civilizadora» francesa. Aquellos fueron, por supuesto, hechos que usted no conocería
si hubieran ocurrido en su propio mundo – a menos que se presenten circunstancias similares a las de, por ejemplo, las festivas postales de linchamientos que tuvieron lugar en nuestro propio país hasta bien entrado el siglo XX.

«Estas fotografías son imágenes de un comportamiento colonial», escribió Phillip Kennicott en una enérgica pieza periodística en The Washington Post, «el ultraje del pueblo ocupado, el insulto a las tradiciones locales, la humillación de los vencidos. No son excepcionales. En diferentes formas, podrían ser imágenes de los holandeses tratando brutalmente a los indonesios; los franceses encarnizándose con los argelinos; los belgas atropellando con saña al pueblo del Congo».

Para nosotros, el presente embrollo se veía venir desde hace mucho tiempo; e impredecible en sus detalle concretos como podían ser sus modernos cambios (las fotografías digitales liberadas en los sistemas computacionales), el trayecto hacia estos horrores fue notablemente rectilíneo. No necesitamos ulteriores investigaciones para verlo, aunque pienso que el anuncio de Rumsfeld el viernes de que estaba estableciendo un «comité de revisión independiente» para examinar las investigaciones previas sobre Abu Ghraib contó con cierta simpatía. Es de presumir que a esto seguirá una investigación de la investigación de las diversas investigaciones anteriores, dado que hasta ahora este «selecto» grupo de expertos , como The New York Times lo denominó en un artículo el sábado, lo integran exclusivamente miembros del Comité de la Política de Defensa, un cuerpo asesor del Pentágono, dirigido hasta hace muy poco por Richard Perle, alias «príncipe de las tinieblas», el famoso neoconservador
de esta administración. Esto podría conducirlo a usted a preguntar, «¿independiente de qué exactamente?».

Naturalmente, por qué «investigar» lo que ya ha sido investigado y cuando el mordaz informe del General Tacuba fue clasificado como secreto y mantenido fuera de la mirada del público, transgrediendo las regulaciones militares, hasta que esas «postales» empezaron a filtrarse desde Irak. (De acuerdo con el Proyecto sobre confidencialidad de la Federación de Científicos Norteamericanos, «La orden ejecutiva que rige para los secretos profesionales en la nación establece que ‘En ningún caso la información debería ser clasificada para… encubrir violaciones de la ley’ «). Tampoco necesitamos investigar ya que la simple lógica nos lleva directamente por la autopista de Guantánamo hasta los horrores de Abu Ghraib, los cuales son seguramente una simple estación en la ruta de «atrocidades» (la palabra que el senador Kerry utilizó para pedir excusas en relación con Vietnam) hacia cualquier otra parte, incluso en la cloaca penitenciaria que con seguridad resultará ser la de Guantánamo.

La mayoría de los comentarios de arrepentimiento o pavor emitidos por esta administración, realmente tienen que ver con cuestiones como «imagen», «sostenimiento», pérdida de «reputación» o de «credibilidad», con «impresiones erróneas» y, por supuesto, con «esfuerzos por minimizar el daño». Solamente a los norteamericanos dentro de nuestro imperial mundo-burbuja, pueden estos comentarios parecerles vagamente razonables o al menos como cualquier especie de excusa. El otro día en la entrevista en el canal de televisión Al Arabiya, por ejemplo, el presidente dijo:

«En nuestro país, cuando hay una acusación de abuso – algo más que una acusación en este caso, de abuso tangible, nosotros vimos las fotografías – debe haber una investigación completa y debe hacerse justicia. Nosotros tenemos en nuestro sistema la presunción de inocencia hasta que se demuestre la culpabilidad, y el sistema debe ser diáfano y abierto para que la gente pueda ver los resultados. Esta es una cuestión esencial. Es un asunto que deja malparado a mi país. Los ciudadanos estadounidenses están consternados por las imágenes que vieron, al igual que lo están los pueblos del Medio Oriente. Compartimos las mismas profundas preocupaciones. Y descubriremos la verdad de todo esto, para lo que llevaremos a cabo una investigación exhaustiva. El mundo podrá observar la investigación y se servirá la causa de la justicia».

«La presunción de inocencia» es ciertamente el Estilo de Norteamericana, como lo ha dicho el presidente, pero en este caso solamente para Norteamérica (y no, por supuesto, para José Padilla o para Yase Esam Hamdi, ciudadanos norteamericanos que han experimentado sus propios Guantánamos privados en calabozos militares y en cárceles precisamente aquí en los EU). De hecho, ese fue el mismo propósito de la política de la administración Bush después del 9/11. Su maniobra de gran astucia que generó la presente situación fue separar pequeñas áreas en el mundo controladas por Estados Unidos – generalmente bases militares, nuestras modernas «cañoneras» imperiales – y clasificarlas como «no Estados Unidos» para así ponerlas fuera del alcance legal o la supervisión de cualquier organismo, desde la Corte Suprema hasta la Cruz Roja Internacional. Guantánamo fue, por supuesto, el golpe maestro en esta política y el orgullo de nuestro nuevo sistema penal de ultramar.

Guantánamo nos dice todo lo que necesitamos saber acerca de este sistema: que, dos años después, esta administración no ha logrado conformar una simple prueba, ni siquiera de las fabricadas, con las que pensaban podrían deshacerse para siempre de sus principales enemigos. (Y recuerden que han dejado muy en claro que, si pierden en cualquiera de estos tribunales escogidos por ellos mismos, consideran conservarían su derecho de mantener de todos modos los prisioneros en prisión mientras dure la «guerra contra el terrorismo»). Este es ahora también el Estilo de Norteamérica. Y -permítanme decirlo una vez más – no estamos hablando aquí es de un sistema que tenga que ver con determinar la «inocencia», lo cual implicaría un sistema de justicia; el único propósito es romper las voluntades y extraer información, y esto es, por su naturaleza específica, un sistema de tortura.

Advirtamos de paso, que el General de División Geoffrey Miller, jefe de la prisión de Guantánamo, fue recientemente traído a Irak para «supervisar» el sistema de prisión allá. (Nuestro sistema global de pequeños gulags es ahora tan extenso como para tener según parece su propio escalafón laboral). En los últimos días, él ha sido uno de la serie de altos oficiales que se han «disculpado» con los iraquíes, y ahora proclama que ha retirado de la lista 10 de las 50 técnicas irregulares para interrogatorios severos en este país, incluyendo el encapuchamiento. Dexter Filkins de The New York Times reportó:

«Pero él defendió practicas como privar del sueño a los prisioneros y forzarlos a mantener «posiciones estresantes», como medios legítimos de interrogación, anotando que están dentro de las 50 técnicas irregulares que algunas veces son usadas contra enemigos detenidos. [Parece que ahora él ha cambiado de opinión respecto a la privación del sueño]… Dijo que entendía que su principal objetivo en ambos lugares era el de extraer tanta información de inteligencia como fuera posible para ayudar a los esfuerzos de guerra norteamericanos. ‘Nosotros estuvimos muy orgullosos de lo que hemos hecho en Guantánamo, porque pudimos crear la clase de ambiente que nos permitió concentrarnos en obtener el máximo de información de inteligencia’, dijo el General Miller… También defendió la utilización de interrogadores a contrato, diciendo que había empleado 30 en Guantánamo».

Nosotros sabemos ahora también que el General Miller originalmente visitó Abu Ghraib en el otoño de 2003 y parece haber logrado que siguiera funcionando al ofrecer un fragmento del conjunto de consejos útiles procedente de la más brillante de las colonias penales. Sugirió «que los centros de detención militar en Irak deberían servir como ‘facilitadores de interrogación’ y que los guardianes penitenciarios deberían ‘establecer las condiciones para un exitoso aprovechamiento de los internados’ «. Como lo comento Seymour Hersh, cuyo reportaje en el New Yorker realmente irrumpió con la historia de Abu Ghraib, en una aparición en el programa de TV de Fox The O’Reilly Factor: «Una de ellas [las investigaciones sobre Abu Ghraib] fue hecha por un general de división que estuvo involucrado en Guantánamo, el General Miller. Y es altamente confidencial, pero puedo decirle que él recomendaba hacer exactamente la misma clase de cosas que sucedieron en esa prisión. Quería que se rompieran
las reglas. Quería además poner la prisión bajo el control de la inteligencia militar». El general, sea que haya levantado directamente la mano contra un prisionero o que haya ordenado directamente uno de esos métodos «estresantes» (y tal parece que lo hizo), es por la misma naturaleza de lo que ha supervisado, un torturador, y, como los que están por encima de él, merece ser juzgado.

En el mundo exterior, dado que ha gastado cerca de dos años para montar cuidadosamente el sistema, la administración Bush es «culpable para siempre». En ese mundo exterior, sea en Guantánamo, en Abu Ghraib, en la Base de la Fuerza Aérea de Bagram, en «Camp Justice» sobre la isla Diego García del Océano Indico (un «portaviones» en una isla), o en tantas zonas de detención, centros de retención, literalmente portaviones-cárcel, y hasta en los presidios extranjeros de «aliados amistosos», donde los prisioneros han sido más o menos abiertamente torturados, donde no solamente no existe la presunción de inocencia, si no que no hay posibilidad de probar que uno es inocente.

Tal vez lo más llamativo y lo menos comentado sobre el carácter de las recientes entrevistas con detenidos iraquíes, que fueron sometidos de diversas maneras a abusos y torturas y ahora se encuentran afuera (por lo que pudieron ser entrevistados) es esto: cuando se les pregunta por qué fueron liberados, ellos invariablemente contestan que no tienen ni la menor idea. Simplemente un día fueron notificados de que pronto iban a ser liberados, o solamente fueron lanzados sin ceremonias a la calle. Hasta donde yo puedo decirles, en ningún caso los prisioneros recibieron alguna explicación. Esto no es extraño. Después de todo, cuál explicación podría ser ofrecida cuando el mismo concepto de «inocencia» ha desaparecido, como tiene que ser en un mundo totalmente extrajudicial. (La famosa novela de Kafka, El proceso, cuyo escenario fue por un tiempo la piedra de toque para describir mundos totalitarios, es llevada por esta clase de cosas aún más lejos de lo que él imaginó).

Tarde o temprano, hipotéticamente, lo que los detenidos prueban no es su inocencia, sino que han dejado de ser útiles, o tal vez se llegue a establecer que nunca han sido de ninguna utilidad; entonces ellos son arrojados de la prisión sin mayores explicaciones, tal y como fueron metidos en ella. Robert Moran de Knight Ridder reportó sobre un extraño prisionero recientemente liberado de Abu Ghraib:

«Decenas de prisioneros liberados el martes de la controvertida prisión de Abu Ghraib, fueron forzados a tomar un tortuoso viaje de cerca de cinco horas a través de la región central de Irak, en tres sofocantes y desvencijados buses escoltados por camiones militares Humvees, hasta que fueron dejados sin explicación en medio de una cantera de cascajo cerca de Tikrit, la ciudad natal de Sadam Hussein. No estaba claro por qué los detenidos, al menos cien de ellos, fueron soltados en esa remota localidad, 120 millas al norte de Bagdad… Uno de los prisioneros, que declinó dar su nombre, preguntó: ‘¿Es esto democracia?’ «.

No, esto no tiene nada que ver con «democracia». Fue el desenlace lógico, la última pequeña tortura en un sistema extrajudicial establecido únicamente para extraer información por cualquier medio. Ahora sabemos por qué la película de Gillo Pontecorvo, La Batalla de Argel, acerca de la rebelión y la tortura en la colonia francesa de Argelia, fue exhibida en el Pentágono durante el pasado 2003. Es deplorable que todo el mundo, como es obvio, haya fijado su atención en las torturas, perpetradas con la intención de romper el respaldo a la resistencia argelina, y haya ignorado el final de la película.

Y aquí radica la ironía de todo esto. Tales métodos – desde las humillaciones de «ablandamiento» hasta los tratos más severos – pretendían romper en primer lugar los locos duros de Al Qaeda y luego la os encarnizados baatistas del régimen de tortura y asesinato de Sadam. Pero entre más información estos prisioneros y sus unidades de «abuso» esparcían, más insegura se volvía Irak (y asimismo el mundo). Entre más aplicaban estros horrores para quebrantar a nuestros enemigos, más cerca se encontraba esta administración de quebrantarse ella misma. («Un asesor del Pentágono dijo que los oficiales con quienes trabaja en la política iraquí continúan poniendo cara feliz en público, pero en privado están pesimistas acerca de la situación en Bagdad. Agregó que cuando se discute la política iraquí de la administración, ésta es: ‘Hombre muerto caminando'» (Nota: Traducción literal del título en inglés de la película «Pena de muerte»). Ahora, el sistema de tortura post 9/11, bajo la form
a de esas postales marginales, parece estar agrietando por completo a la administración Bush. Bajo «tortura», son ellos los que se han plegado. Si esto no es una lección aquí, entonces recuérdenme qué sería una lección.

Sin embargo, ¿quiénes somos?

El novelista y antiguo funcionario de la inteligencia británica John Le Carré escribió una serie de novelas de suspenso sobre la Guerra Fría, de las cuales las más famosas fueron El espía que regresó del frío y El Topo. Todas ellas ofrecieron una visión característica de esa época. Aunque la KGB rusa, la inteligencia británica y nuestra propia CIA se habían metido de lleno en el «mundo criminal de la clandestinidad» para desarrollar su mortal juego de espía contra espía, apareció con claridad que algo extraño estaba sucediendo en ese reino subterráneo donde cada uno de los lados creía que estaba bloqueando cruciales avances de los otros. Sus espías y nuestros espías estaban comenzando a creer que tenían más en común entre sí que con las sociedades que ellos estaban ostensiblemente defendiendo. En la clandestinidad, sus modos de vida empezaron a mezclarse. Le Carré dio una visión primordial; fue el primero en extraerla del bajo mundo de la inteligencia para llevarla a novelas
cuyas lecturas todavía impactan.

Pero como él lo pone de presente en su última novela Amigos absolutos aquí surge una cuestión extraña: cuando la Unión Soviética colapsó, la última superpotencia global que quedaba, en vez de levantar su tienda, simplemente absorbió mucho del otro lado y enseguida se sumergió aún más en el mundo del espionaje. Y al proceder así, nuestro propio sistema se volvió -afuera en los dominios del imperio (y cada vez más en nuestro propio país) – más «absoluto», más opresivo, en resumen, más ruso..

Nosotros vemos los sombríos resultados de esto en Abu Ghraib y en otras partes. Lo vemos en el continuo crecimiento del Pentágono a pesar de que se han perdido los mayores enemigos militares. Lo vemos en la manera grotesca y desordenada en que la administración Bush está nuevamente repitiendo sus propias experiencias primitivas, las de la Guerra fría y Vietnam. En particular, no obstante que a duras penas se ha percibido, vemos en la manera en que actúa esta administración la misma política que, en la era de las dos superpotencias, persistió como una fantasía.

Dado el poderío del ejército ruso, especialmente cuando contaba con armas nucleares, la posición de Estados Unidos en la Guerra Fría fue considerada en general como de «contención». Pero sobre todo en los primeros años, existió otra política que fue discutida con entusiasmo. John Foster Dulles, Secretario de Estado durante la presidencia de Dwight D. Eisenhower (y hermano del entonces director de la CIA, Allen Dulles) la llamó «hacer retroceder». Nosotros estuvimos por obligar al imperio soviético, mediante la subversión y del poderío militar, a retirarse a sus fronteras . Pero nunca se puso en práctica (excepto en unos cuantos e inflamados meses durante la guerra coreana). Esto se redujo a un sueño.

Ahora, en la era postsoviética, nuestro gobierno ha retomado aspectos de los peores sueños que tuvieron ambas partes durante la Guerra fría. Desea dominar el mundo. (¿Recuerdan cuando jurábamos que eso era lo que ellos querían hacer?) Quiere administrar un sistema penal extrajudicial para sus enemigos, una especie de Siberia global blindada frente a todo tipo de ojos avizores; y quiere repeler a los ahora patéticamente empobrecidos remanentes de la Unión Soviética, la Rusia de Putin (todavía peligrosamente armada con dispositivos nucleares). Así como la OTAN, con nuestro apoyo entusiasta, abrió en profundidad las fronteras occidentales de la antigua Unión Soviética, también las fuerzas militares de EU han instalado sus propias bases en lo profundo de la antigua Yugoslavia, en las antiguas repúblicas soviéticas del Asia Central, en Afganistán (donde en esencia la Unión Soviética expiró en una brutal guerra perdida que también dio nacimiento a Al Qaeda), y en el futuro en la a
ntigua república soviética de Georgia, que asienta un oleoducto destinado a traer el petróleo del Caspio hasta Europa y más allá.

Este es entonces el mundo según Bush, el mundo desde el cual emergieron aquellas fotografías.

Traducción: MOIR