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En nada cambia la impunidad por los crímenes en Irak

Fuentes: La Jornada

Antes de la guerra decían que Irak tenía «armas de destrucción masiva» que amenazaban a Occidente. Los que nos opusimos a la guerra dijimos que eso era una mentira. George Bush, Tony Blair y John Howard pensaron que si magnificaban la falsedad, la gente la creería. No la creyó. Ahora es oficial: no había armas […]

Antes de la guerra decían que Irak tenía «armas de destrucción masiva» que amenazaban a Occidente. Los que nos opusimos a la guerra dijimos que eso era una mentira. George Bush, Tony Blair y John Howard pensaron que si magnificaban la falsedad, la gente la creería. No la creyó. Ahora es oficial: no había armas de destrucción masiva en Irak.

Luego nos dijeron que el pueblo de Irak daría la bienvenida a la «liberación». Algunos advertimos que habría resistencia, y nos acusaron de vivir en el pasado. Emergió la resistencia, y exhibió lo débil de la ocupación.

Los líderes militares estadunidenses dijeron después que la resistencia provenía únicamente de los «remanentes del antiguo régimen» y era dirigida por Saddam Hussein, por lo que al capturarlo los problemas serían manejables. Nosotros dijimos que después de su captura crecería aún más la resistencia. Ahora es obvio para todos me-nos para los ciegos que, a excepción de algunos líderes tribales kurdos, el grueso de los iraquíes quiere que Occidente abandone su país. Los levantamientos en el sur de Irak en abril anterior mostraron lo tenue que se ha vuelto el asidero de la ocupación.

¿Es nuestra memoria tan de corto al-cance que las mentiras pueden olvidarse o tacharse de insignificantes? ¿O los ciudadanos de los estados promotores de la guerra seguirán el ejemplo español y castigarán a sus líderes? Una ciudadanía alerta, inteligente y vigilante requiere asegurarse de que sus líderes no evadan la responsabilidad por sus crímenes.

Estados Unidos ya perdió la guerra de las imágenes. El derribamiento de la estatua de Saddam a manos de un equipo militar estadunidense y un puñado de mercenarios en una ciudad de varios millones de personas no es exactamente lo que fue la caída del Muro de Berlín. Son las fotografías de la tortura (a la que incidentalmente se refieren los medios occidentales como «abuso») las que se volvieron símbolo de la guerra y la ocupación colonial.

Así que repito. Una ciudadanía alerta, inteligente y vigilante requiere asegurarse de que sus líderes no evadan la responsabilidad por sus crímenes.

Cualquier pueblo que haya sufrido la dominación colonial sabe que la tortura es parte integral de las políticas imperiales. Cuando emergió la noticia, Gerry Adams, líder de Sinn Fein, describió en un artículo periodístico cómo lo desnudaron y humillaron los británicos. Numerosos palestinos describieron lo que ocurre hoy en los gulags israelíes. Quienes se sorprendieron fueron los ciudadanos de Occidente. Ha-bían olvidado lo que sus líderes perpetraron durante la mayor parte del siglo XX.

La «transferencia de soberanía» a los iraquíes es, por supuesto, otra bola de hu-mo. La ironía del caso es que, recuerdan todos los iraquíes, esto no es más que una repetición fársica de lo que hicieran los británicos tras la Primera Guerra Mundial, cuando recibieron un mandato de la Liga de las Naciones para gobernar Irak. Cuando el lapso pactado expiró, mantuvieron sus bases militares y dominaron la política iraquí. La embajada británica en Bagdad tomaba las decisiones clave.

Después del 30 de junio, es la embajada estadunidense la que juega este papel, y el gobernante de facto en Irak es John Ne-groponte, funcionario colonial probado y seguro, quien benignamente contempló el desbarajuste absoluto creado por los escuadrones de la muerte en América Central. El antiguo agente de la CIA Ayad Allawi, quien trabajó como espía policiaco de bajo nivel para el régimen de Saddam Hussein y es responsable de delatar a innumerables disidentes, es el nuevo primer ministro. ¿Có-mo pueden, inclusive los más ingenuos e ignorantes seguidores del imperio estadunidense, pensar que esta operación es una transferencia de soberanía?

Allawi declaró que lo que se requiere es mano dura para restaurar el orden. Y los dóciles comentaristas ya comienzan a repetir como pericos que los árabes prefieren hombres fuertes, no democracia. Si Allawi fracasa, y fracasará, lo quitarán, como hicieron con el fraudulento Ahmed Chalabi. Ambos hombres son sirvientes de toda la vida, que al más leve gesto del conquistador se hunden en la oscuridad primitiva.

La riqueza y la fuerza militar de Estados Unidos puede permitirles comprar los servicios y el apoyo de estados más pobres y más débiles, pero con eso no frenarán la resistencia en Irak.

Fue el ayatola Alí Sistani, el religioso chiíta con más autoridad en Irak, quien primero elevó la demanda en pos de una Asamblea Constituyente electa, que determinara la futura Carta Magna del país. Sus simpatizantes argumentaron que no había mucho problema en preparar un padrón electoral pues los ciudadanos estaban ya registrados para recibir subsidios alimentarios en el antiguo régimen. Pero se rechazó esta propuesta: «es muy pronto para la democracia», dijeron, «la gente está traumatizada», etcétera.

Ideólogos estadunidenses como Samuel Huntington hablan ahora de la «paradoja democrática». La paradoja es que el pueblo pueda elegir gobiernos nada amigables hacia Estados Unidos.

Y pocos dudan que las dos demandas fundamentales de cualquier gobierno electo genuinamente en Irak deberían ser: (a) el retiro de todas las tropas extranjeras, y (b) el control iraquí de su petróleo. Es esto lo que une al grueso del país, y estoy convencido que los líderes kurdos, implicados en maniobras peligrosas con Israel, quedarán aislados en su propio territorio si continúan por ese rumbo.

Después del 30 de junio, nada cambia en Irak. Es un mundo ilusorio donde se ha-ce que las cosas signifiquen lo que los ocupantes quieren que signifiquen y no lo que son en realidad. Es la resistencia iraquí la que determinará el futuro del país. Son sus acciones, enfocadas sobre los soldados ene-migos y las corporaciones de mercenarios lo que hace insostenible la ocupación. Es su presencia lo que evita que Irak quede relegado a las páginas interiores de los me-dios impresos o que la televisión lo olvide. Es la valentía de los pobres de Bagdad, Basora y Fallujah lo que exhibe a los líderes políticos de Occidente, que apoyaron una empresa así.

La única respuesta que le queda a Washington es aumentar la represión, pero fal-ta ver si Negroponte se arriesga a la gran matanza antes de las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

Puede resultar una tarea riesgosa.

Traducción: Ramón Vera Herrera
* El libro más reciente de Tariq Alí es Bush in Babylon: The Re-colonisation of Iraq, publicado por Verso