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Era mucho Paco

Fuentes: Rebelión

Paco Fernández Buey es el autor de La barbarie -de ellos y de los nuestros, así como de ese impresionante «discurso del indio metropolitano» titulado La gran perturbación. Pocos autores españoles han indagado tan lúcidamente como él en la obra del gran Bartolomé de las Casas, aquel fraile del siglo XVI que, con inigualable radicalidad, […]

Paco Fernández Buey es el autor de La barbarie -de ellos y de los nuestros, así como de ese impresionante «discurso del indio metropolitano» titulado La gran perturbación. Pocos autores españoles han indagado tan lúcidamente como él en la obra del gran Bartolomé de las Casas, aquel fraile del siglo XVI que, con inigualable radicalidad, formuló la primera gran autocrítica del eurocentrismo -y su deriva genocida– en los albores de la modernidad. Por eso, a alguien tan cercano a las culturas de los vencidos como nuestro Paco no le hubiera disgustado que al comienzo de estas palabras de despedida evocásemos unos versos amerindios. Un poema indígena de la altiplanicie de México dice:

«¿Acaso es verdad que se vive en la tierra?/ ¿Acaso para siempre en la tierra? ¡Sólo un breve instante aquí!// Hasta las piedras finas se resquebrajan,/ hasta el oro se destroza, hasta las plumas preciosas se desgarran// ¿Acaso para siempre en la tierra? ¡Sólo un breve instante aquí!»1

Sólo un breve instante aquí. La generosa y fecunda vida de Paco ha durado desde el 4 de junio de 1943 hasta el 25 de agosto de 2012.

«Con cantos cortaron el flujo de la sangre», dice un verso de la Odisea -en el canto XIX–, la sangre que manaba de la herida infligida por un jabalí al niño Ulises. Ojalá los cantos de los poetas, a quienes Paco tanto amaba, a quienes ha seguido leyendo hasta el final de sus días -me lo contaba Eloy ayer–, hubieran podido cortar el flujo de la sangre. Ojalá hubieran podido auxiliar más decisivamente a las quimioterapias y radioterapias, con algo más que esa débil invencibilidad que es propia de los poemas. Pero no estamos para siempre en la Tierra, como decía el cantor amerindio: sólo un breve instante aquí.

Eloy ha tenido la desgracia de perder, en poco menos de un año, a su madre y a su padre. El verano de 2011 se llevó a Neus Porta, el de 2012 a Paco Fernández Buey, dos seres humanos excepcionales, unidos durante decenios por el vínculo sagrado de compañeros de vida.

Pero la muerte de Paco deja muchos más huérfanos que Eloy, aunque él lo sea, claro está, de una forma incomparable. Cuando alguien como Paco ha sido maestro de tanta gente durante tantos años -en Castilla la Vieja, en Cataluña, en otras tierras hispanas, en América Latina, en Italia–, cuando ha sembrado tanta semilla fértil desde la militancia por la justicia y desde la cátedra universitaria, desde las asambleas políticas y desde las páginas de los libros, es muchísima la orfandad que deja una muerte así.

Una de las primeras personas que me habló directamente de Paco Fernández Buey -a quien yo seguía, como otra mucha gente, a través de sus artículos en mientras tanto y en otras publicaciones, a mediados de los años ochenta, fue el sociólogo Antonio Izquierdo Escribano, el único redactor de la revista rojiverdevioleta que vivía entonces en Madrid. Recuerdo las palabras que nos dijo -a algunos amigos y a mí- en su vivienda de Las Matas, alguna noche de 1986 ó 1987: «es que Paco… es mucho Paco». No se trata sólo de un intelectual brillante, venía a decir Antonio, si me permiten ustedes traducirle un poco, tanto tiempo después; no es sólo un pensador profundo; no es sólo un analista y dirigente político capaz; es además una de esas muy escasas personas cuya integridad moral nos da testimonio de lo que el ser humano puede llegar a ser, aunque la mayoría de nosotros, casi siempre, no estemos a la altura de nosotros mismos.

Antes llamé a Paco «maestro». Lo fue para mí: igual que muchos otros, puedo decir que yo no sería la persona que soy si, hace un cuarto de siglo, no hubiera encontrado a Paco Fernández Buey.

Si no falla mi registro, nos encontramos en persona por vez primera el sábado 19 de marzo de 1988. Habíamos viajado desde Madrid a Valladolid ex profeso, para visitarle, varios amigos, quienes por entonces formábamos un colectivo laxo de interesados en política y en filosofía -a mí me gustaba llamarlo REDROPELO-, y que desde algunos años antes buscábamos nuestra orientación en Manuel Sacristán y en la revista mientras tanto. Paco era entonces profesor en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Valladolid. Lo había sido antes en la Universidad de Barcelona, lo sería después en la Universidad Pompeu Fabra. Pertenecía a la generación de mis padres; y siendo maestro mío, la relación entre los dos iba a tener necesariamente algo de paterno-filial. Pero ese padre supo ser, desde el comienzo mismo de nuestro nexo, al mismo tiempo un hermano mayor. El desnivel en conocimiento, experiencia y calidad humana se convertía, por obra de su generosidad, en llana comunicación entre iguales. Esto es infrecuente y admirable, y como sé que lo han vivido otros y otras en su vínculo con Paco, no quiero dejar de consignarlo.

Paco ha representado lo mejor del comunismo en este nuestro país de países, en su diálogo con las demás tradiciones de emancipación. El marxismo abierto de Manuel Sacristán, que desde los sesenta cuestionó el cierre autodestructivo del pseudosocialismo adjetivado «realmente existente» y desde los setenta asumió el cambio de coordenadas que representaban la crisis socioecológica global, la deriva exterminista de la civilización industrial capitalista y el nuevo movimiento de liberación de las mujeres, ese marxismo abierto y autocrítico tuvo en Paco a su mejor discípulo. Pero, para la gente de mi generación, Manuel Sacristán, prematuramente desaparecido en el verano de 1985, no fue «Manolo». Y Francisco Fernández Buey fue desde que lo conocimos «Paco».

Vera Sacristán, la hija del maestro de Paco y de Giulia Adinolfi, lo trató en la intimidad desde niña. Evocaba así a nuestro amigo en unas líneas que le hizo llegar con ocasión de su sexagésimo cumpleaños, en 2003:

«Veraneos en Puigcerdà. Neus tomaba vitaminas, todas las letras del abecedario y algunas, incluso diferenciadas con números. Paco cocinando. Las tortillas de patatas de Paco (en mi casa sólo se comían las suyas). Tertulias en la galería. Paseos. Paco acompañando a Manolo de excursión, en bicicleta y a pie. Paco conversando con Giulia. Creo que Paco fue de las muy escasas personas capaces de llegarle al alma a Manolo y a Giulia a la vez.

Tossa. Giulia divirtiéndose jugando a cartas con la familia de Paco. La madre de Paco comiéndose siempre el pan seco del día anterior. Y una tienda de ropa hippy en la que vi una falda y una camiseta que me encantaron. Pobre Paco: Giulia fingió durante semanas que Paco se había despistado y había sido incapaz de decirle qué falda y qué camiseta eran. Aparecieron ambas el día de mi cumpleaños, claro.

(…) Y entonces Giulia se puso enferma. Sus conversaciones con Paco. (…) Giulia eligiendo un recuerdo para Paco. Manolo de negro. Mientrastanto. El centenario de Marx. (…) Paco hecho polvo cuando le pedí que redactara la esquela de Manolo. Paco en el entierro de Manolo. Paco seleccionando textos en la muerte del hijo de Guillermo.

Y ahora Paco en la Pompeu, Paco ayudando a Salva, Paco siempre con un pie en un avión, dando una charla, redactando un texto… Paco hablando con orgullo de Eloi.

Un Paco público y un Paco privado que son una única cosa. Un tipo incansable. Más moral que el alcoyano. Una presencia que acompaña y acoge (y eso que se supone que los castellanos son secos). Casi toda mi vida.» Hasta aquí Vera Sacristán.

Javier Delgado, un buen amigo de Paco, definía así su primera impresión cuando lo conoció: un tío muy serio con muchas ganas de reír (y compañero de una mujer, Neus, que tenía también una maravillosa forma de reír, con «ese entusiasmo reidor, lagrimeante y cordial del que pocas personas disfrutan»).

«Aquel hombre diez años mayor que yo podía ser más serio pero también más reidor que yo mismo. Lo segundo que me importó fueron unas cuantas charlas muy serias en la cocina de su casa, mientras él iba fregando la vajilla y yo secándola: ese tío tan serio y tan reidor vivía de una forma no muy común (desde luego, no por entonces entre los de su especie y género), al menos no muy común de puertas adentro, que es donde cosas tan serias cuando se hablan parecen tan a menudo pura broma cuando no se ven. No recuerdo nada de lo que hablamos entonces, pero nunca se me olvidará el espumoso mensaje de su lavavajillas.»2 Javier evocaba luego otro rasgo de la pareja que lo amistó para siempre: la elegancia de su trato. Lo fácil es ayudar dejando ver que se ayuda, pero lo de Paco y Neus «era otra cosa que si no es elegancia es santidad».

Desde nuestro presente, diez años de trabajo intelectual y político de Paco, en este tiempo ominoso que es el nuestro, hubieran cundido mucho más que veinte o treinta años de quienes le hemos acompañado en algunas de esas tareas. No le han sido concedidos, y eso es una pérdida grande para quienes le sobrevivimos. Nos corresponde a quienes aún queramos seguir peleando por «una humanidad libre en una Tierra habitable» tratar de compensar esa pérdida incrementando nuestro esfuerzo.

Hojeaba anoche cuadernos de trabajo antiguos -en los míos hay muchas huellas de Paco–. Hace veinte años, en enero de 1992, tuvo lugar una reunión -una de las muchas reuniones político-intelectuales en las que participó Paco- entre la redacción de la revista mientras tanto y los autores del manifiesto ecosocialista -militantes franceses, alemanes, portugueses…– que la propia revista había traducido y publicado en español un año antes. En cierto momento Paco dijo: «El nombre del ‘socialismo’ está manchado para décadas; pero lo que su concepto representa es la única esperanza para dos terceras partes de la humanidad, quizás. (…) No vale la pena abandonar las palabras, porque lo que hemos de hacer es reconstruir los conceptos (como tuvieron que hacerlo los cristianos cuando el Sermón de la Montaña se trocó en poder político despótico).»

No sabemos si habrá socialismo en el siglo XXI, porque la disyuntiva «socialismo o barbarie» se ha entenebrecido aún mucho más desde que fue formulada, hace más de un siglo. Pero si la humanidad supera el tiempo terrible que tenemos por delante, la Gran Prueba en la que ya estamos, podemos estar razonablemente seguros de que habrá socialismo en el siglo XXII.

Siendo Paco Fernández Buey la clase de persona que era, estando aquí reunidos tantos compañeros y compañeras suyos, no resultaría extraño terminar este discurso exclamando: ¡hasta la victoria siempre! Y por cierto que Paco siguió cordialmente cercano a la figura de Ernesto Guevara a lo largo de toda su vida. Con la edición que preparó de Escritos revolucionarios del Che se abrió en 1999, precisamente, otro de los empeños que tuve la suerte de compartir con Paco: la colección de «Clásicos del pensamiento crítico» que ha tratado desde entonces de mantener fluyentes los manantiales vivos de la inteligencia rebelde del mundo. Sobre Guevara escribió entonces Paco las siguientes líneas, que podríamos aplicar también a Sacristán y a él mismo:

«Fue un marxista y un comunista inclasificable entre las corrientes de la época. Incómodo, heterodoxo, crítico de las burocracias y de casi todo lo que navegó en su época bajo el rótulo de ‘socialismo real’. Nada que ver, por tanto, con el marxista académico ni con el estalinista de aparato. Nada que ver con ninguno de los marxismos cientificistas que dominaron en la década de los sesenta; nada que ver con el comunismo cristalizado en poder. (…) Quiso ser un ‘hombre nuevo’ en un mundo todavía viejo. Y lo consiguió de la única manera en que eso se puede lograr en un mundo socialmente dividido y desigual: con conciencia trágica de la contradicción propia, con pesimismo analítico y optimismo de la voluntad, con cierto estoicismo fatalista que, contra lo que dice el tópico, no es siempre fundamento de inactividad o resignación sino, a veces, y es el caso, fuente de rebeldía.»3

Pero los terribles tiempos que vivimos no son propicios para la épica de altos vuelos. Quizá «hasta la victoria siempre» sea un saludo, o una despedida, demasiado prometeica para esa «fuerza mesiánica débil» en la que -con Walter Benjamin- seguimos esperando. Cada vez me interesa más la máxima que proponía Samuel Beckett: fracasar mejor. Y es que estigmatizar el fracaso, o pretender eliminarlo -con ilusoria inconsciencia–, equivale a desertar de la vida. Paco no estaba en eso. Igual que su maestro Manuel Sacristán, era partidario de reconocer las derrotas sin gastar eufemismos ni aplicar paños calientes -eso sí, sin perder por ello el buen humor. Querido Paco, amigo Paco, compañero Paco: la próxima vez -en ese socialismo del siglo XXI, o del siglo XXII, que lograremos construir si no nos despeñamos antes en los insondables abismos de barbarie que están abiertos ante nosotros- la próxima vez fracasaremos mejor.

«Fracasar mejor» no es una consigna derrotista, sino una propuesta de acción desde la finitud humana en la que, creo, Paco se reconocería. Sin resignación, sin desencanto y sin dejar de llamar mierda a la mierda. Porque, como sabía Manuel Sacristán, «una cosa es la realidad y otra la mierda, que es sólo una parte de la realidad, compuesta, precisamente, por los que aceptan la realidad moralmente, no sólo intelectualmente». 4

En uno de sus artículos para el diario Público, hace tres años, Paco recordaba el refrán castellano «no puede ser el cuervo más negro que sus alas». «Con él, otro humorista grande, Mateo Alemán, daba a entender que, tras un gran mal, los que vinieran serían llevaderos o, en cierto modo, menores. Es lo que corresponde al optimismo de la voluntad que acompaña al pesimismo de la inteligencia de los de abajo. Nunca sabemos del todo lo que el capitalismo es o puede llegar a ser. Pero hemos visto muchas veces las alas del cuervo y parece que, efectivamente, el cuervo mismo no puede ser más negro que sus alas».5

Desde cierta tradición comunista se ha podido decir: lo que importa de un hombre son sus consecuencias. Es un punto de vista comprensible -desde el crujir de dientes que generaban las terribles experiencias del siglo XX- pero demasiado limitado. Para empezar, deja de lado a las innumerables víctimas de la historia pasada y su insatisfecho anhelo de justicia -al que otra parte de la tradición comunista fue tan sensible. Diríamos, quizá, que lo que importa de un ser humano son sus vínculos -en presente, pasado y futuro; más allá de etnocentrismos, sexismos y otros egoísmos de grupo; más allá, incluso, de los límites de nuestra especie. En todas estas dimensiones, y en círculos concéntricos, Paco fue, es y será un ser humano muy importante. También para mucha gente que no lo conoció en vida, pero que seguirá calentándose en la brasa de su inteligencia cordial, a través de la lectura, dentro de muchos años.

Uno de los sabios de quienes se sentía cerca Paco -igual que su maestro Manuel Sacristán–, el griego Epicuro de Samos, escribió -en uno de los escasos fragmentos suyos que nos han llegado–: «Nacemos una sola vez y dos no nos es dado nacer, y es preciso que la eternidad no nos acompañe ya. Pero tú, que no eres dueño del día de mañana, retrasas tu felicidad y, mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente por ese retraso, y todos y cada uno de nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no tengamos tiempo para ello, morimos.» 6

Paco ha tenido tiempo para bien vivir, casi siete decenios, y ahora, en este verano de 2012, ha tenido tiempo para morir. Lo ha hecho con una discreción y serenidad que han revelado, otra vez, su temple admirable.

Un verso más, el último que les propongo, del poeta danés Henrik Norbrandt: «Nuestro abrazo roba un milenio a una vida que dura un segundo». Tu segundo de vida, tus fecundos 69 años de vida, enriquecieron la vida de mucha gente, querido Paco. Te damos las gracias y un último abrazo. Los latinos, ya se sabe, se despedían de los suyos diciendo: «que la tierra te sea leve». Nos encontraremos otra vez, amigo, en la respiración del mundo. En la tierra, en el aire, en el agua, en la vida que sigue alentando, en el fuego del dolor y del amor compartido.

En el tanatorio de Les Corts, Barcelona, 27 de agosto de 2012

Jorge Riechmann


Notas:

1 Poesía indígena de la altiplanicie (edición de Ángel Mª Garibay), UNAM, México DF 1962, p. 132.

2 Javier Delgado, «Paco es un tío muy serio», texto escrito para Paco Fernández Buey en su sexagésimo cumpleaños, en un homenaje organizado por Neus y otros amigos/as.

3 Francisco Fernández Buey, «Ernesto ‘Che’ Guevara, ayer y hoy», introducción a Guevara, Escritos revolucionarios, Los Libros de la Catarata, Madrid 1999, p. 17.

4 Manuel Sacristán: M.A.R.X. (Máximas, aforismos y reflexiones con algunas variables libres), edición de Salvador López Arnal, Los Libros del Viejo Topo, Barcelona 2003, sección I, aforismo 16.

5 Francisco Fernández Buey, «Rebeldía en horas bajas», Público, 13 de marzo de 2009.

6 Epicuro, Sentencias vaticanas, 14. En Cartas y sentencias, Olañeta, Palma de Mallorca 2007.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.